Le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVI semana – Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (21, 28-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. El le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Ellos le respondieron: “El segundo”.

Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios.

Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Las lecturas de este domingo están unidas por una pregunta decisiva: ¿nuestra relación con Dios transforma realmente la vida o se queda en palabras, costumbres y apariencias? La Palabra nos invita a distinguir entre una religiosidad exterior, que puede ser correcta e incluso devota, y una fe que alcanza el corazón, modifica nuestras decisiones y nos hace capaces de amar. Podríamos hablar, en este sentido, de una “religión cosmética”: cuida la apariencia, pero no necesariamente transforma a la persona. El recorrido de las lecturas conduce precisamente hacia una fe que no se limita a decir “sí” a Dios, sino que permite que ese sí se convierta en una forma concreta de vivir.

La primera lectura está tomada del profeta Ezequiel y pertenece a la etapa en la que el profeta dirige fuertes llamadas de atención al pueblo antes de la caída de Jerusalén. En ese contexto aparece una enseñanza de enorme importancia: cada persona es responsable de la orientación de su propia vida. Ezequiel se aparta de una manera antigua de comprender el sufrimiento, según la cual las culpas de una generación podían recaer inevitablemente sobre las siguientes, y subraya la responsabilidad personal. Esto no significa negar las consecuencias sociales o familiares del mal, sino afirmar que nadie queda condenado para siempre por su pasado ni determinado de manera absoluta por lo que otros hicieron antes.

El centro de la lectura está en la posibilidad de recapacitar. “Si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, ciertamente vivirá”. Recapacitar es detenerse, mirar con verdad la propia existencia, reconocer hacia dónde nos están conduciendo nuestras decisiones y aceptar que algo necesita cambiar. La conversión, por tanto, no consiste solamente en experimentar culpa. Es la posibilidad real de reorientar la vida. Allí donde el egoísmo nos encierra y termina produciendo heridas, Dios abre un camino de libertad. La esperanza de Ezequiel consiste en afirmar que el ser humano puede volver a comenzar porque Dios no lo encierra en el error cometido.

El salmo 24 presenta la vida como un camino que necesita orientación. La respuesta, “Descúbrenos, Señor, tus caminos”, no pide simplemente información religiosa, sino aprendizaje. Dios no solo indica una meta; acompaña, forma y enseña a recorrer el trayecto. La sabiduría bíblica no consiste únicamente en saber cosas acerca de Dios, sino en aprender a vivir de una manera nueva. Por eso el salmo resulta especialmente adecuado después de Ezequiel: quien reconoce que necesita cambiar no queda abandonado a sus propias fuerzas, sino que puede pedir a Dios que le enseñe el camino. La vida creyente aparece así como un proceso de formación interior en el que vamos aprendiendo a mirar, discernir, decidir y amar según Dios.

La segunda lectura, tomada de la carta a los Filipenses, lleva el tema todavía más lejos. Pablo no se limita a pedir conductas correctas; invita a los cristianos a cultivar “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. La transformación cristiana no consiste, por tanto, en una simple corrección exterior de comportamientos, sino en permitir que la manera de sentir, mirar y relacionarse de Jesús vaya tomando forma en nosotros. El himno cristológico que sigue expresa esta verdad mediante la imagen del vaciamiento: Cristo no se aferra a su condición, sino que se entrega, toma la condición de siervo y se hace obediente hasta la muerte.

Aquí aparece el tema de la kénosis, el vaciamiento. Lejos de presentar a Dios como un poder que domina o se impone al estilo de los poderosos de este mundo, el himno revela que el poder de Dios se manifiesta como amor que se entrega. Dios se da, se acerca, sirve y ama hasta el extremo. Este movimiento permite comprender también la vocación humana: si hemos sido creados a imagen de Dios, nuestra plenitud no se encuentra en afirmarnos contra los demás, sino en salir de nosotros mismos para entrar en relaciones de amor. Por eso la humildad cristiana no es desprecio de uno mismo, sino libertad frente al ego y capacidad de entregarse.

El evangelio de Mateo nos sitúa en Jerusalén, en un momento de creciente confrontación entre Jesús y las autoridades religiosas. Poco antes ha tenido lugar la acción simbólica de la purificación del templo y después aparece la imagen de la higuera estéril. En este contexto, las autoridades cuestionan la autoridad de Jesús, y él les plantea a su vez la cuestión de Juan el Bautista. Su negativa a responder deja al descubierto una dificultad más profunda: no están dispuestos a dejarse interpelar. Sobre ese trasfondo se comprende la parábola de los dos hijos.

Un padre pide a sus hijos que vayan a trabajar a la viña. El primero responde que no quiere ir, pero después recapacita y va. El segundo responde “sí, señor”, pero finalmente no cumple. La pregunta de Jesús es sencilla y directa: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es evidente: el primero. Con esta pequeña historia, Jesús pone en crisis una religiosidad basada en el discurso correcto. A los ojos de Dios no basta la respuesta verbal; lo decisivo es aquello que finalmente se convierte en vida. El problema no está en pronunciar palabras religiosas, sino en utilizarlas como sustituto de la conversión.

Aquí aparece con claridad el contraste central de este domingo. Los sumos sacerdotes y los ancianos representan una religiosidad exteriormente correcta, sostenida por prácticas, reconocimiento social y una cierta seguridad espiritual, pero resistente a la llamada de Dios. Su “sí” religioso puede esconder un “no” más profundo. En cambio, los publicanos y las prostitutas representan vidas que, desde fuera, parecían haber pronunciado un “no” evidente al proyecto de Dios, pero que, al encontrarse con una misericordia que los busca y los llama, son capaces de abrirse y cambiar.

Jesús no está diciendo que el pecado carezca de importancia ni que cualquier conducta sea indiferente. Lo que subraya es que nadie queda definido definitivamente por su apariencia religiosa ni por su pasado. Hay un “sí” superficial que puede ocultar un corazón cerrado, y hay un “no” superficial detrás del cual todavía permanece vivo el deseo de volver a Dios. La conversión sucede cuando la persona se deja alcanzar por la misericordia y permite que el corazón cambie de dirección.

La crítica de Jesús a una religiosidad de apariencia no es una crítica al culto, a la oración o a la práctica sacramental. Jesús participa de la vida religiosa de su pueblo, ora, acude a la sinagoga y celebra las fiestas. Lo que denuncia es la posibilidad de utilizar lo religioso para evitar el encuentro verdadero con Dios. Una práctica puede ser externamente impecable y, sin embargo, no tocar nuestros resentimientos, nuestros egoísmos, nuestra manera de tratar a los demás o nuestra necesidad de reconocimiento. Entonces la religión se vuelve “cosmética”: embellece el exterior, pero deja intacto el corazón.

Esta advertencia no pertenece solamente a los adversarios de Jesús. También las primeras comunidades cristianas tuvieron que escucharla. Pablo reprocha a los corintios que celebren la fracción del pan mientras entre ellos permanecen divisiones, desigualdades y falta de solidaridad. Esto muestra que incluso los signos más santos pueden vaciarse de su fuerza cuando dejan de conducirnos al amor. La autenticidad de la fe se verifica precisamente en la capacidad de transformar nuestras relaciones.

Las lecturas permiten también plantear una cuestión más amplia: aquello que da sentido a nuestra existencia termina organizando nuestras decisiones. Todos necesitamos una orientación fundamental, algo que nos ayude a levantarnos, elegir, renunciar y perseverar. El problema aparece cuando colocamos en el centro realidades incapaces de sostener por sí mismas el peso de nuestra vida: el dinero, el poder, la imagen, el éxito, el reconocimiento o incluso una determinada idea de perfección religiosa. Jesús revela que el sentido último de la existencia humana se encuentra en la capacidad de amar y dejarnos amar.

Esta afirmación conecta profundamente con el himno de Filipenses. Si Dios se revela como amor que se entrega, entonces crecer hacia nuestra propia plenitud significa aprender ese mismo dinamismo. La vida cristiana no consiste principalmente en construir una imagen perfecta de nosotros mismos, sino en permitir que el amor de Dios nos libere del encierro en el ego y nos haga capaces de relación, servicio, compasión y entrega. Allí donde el amor crece, la persona se vuelve más verdadera; allí donde el ego se absolutiza, la vida se estrecha.

Por eso la Palabra de este domingo no está dirigida solamente a quienes se consideran lejos de Dios. Está dirigida también, y quizá especialmente, a quienes creemos haberle dicho ya que sí. Nos invita a revisar si ese sí ha llegado realmente a nuestras decisiones, a nuestras relaciones y a nuestras prioridades. Pero no lo hace para encerrarnos en la culpa. Ezequiel recuerda que siempre es posible recapacitar; el salmo enseña que Dios puede mostrarnos de nuevo el camino; Pablo señala que el modelo es Cristo que se entrega; y Jesús afirma que incluso quien comenzó diciendo “no” puede cambiar y entrar en la viña.

La conversión cristiana consiste, entonces, en dejar que Dios lleve nuestro sí desde los labios hasta el corazón y desde el corazón hasta la vida. No se trata de ignorar nuestras faltas, sino de entregarlas a Aquel que puede transformar aquello que nosotros solos no logramos cambiar. La Palabra nos invita a acudir al fondo del corazón, permitir que el Espíritu ilumine las heridas de donde nacen muchos de nuestros rechazos y descubrir que, más profundamente que nuestras resistencias, permanece la llamada de Dios a vivir en el amor. Esa es la diferencia entre una religión de apariencia y una fe capaz de renovar verdaderamente la existencia.


[1] Cf. Alex Zatyrka. XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A, Youtube

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