Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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La invitación a un pecador…

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llamada de Mateo

Cuaresma

Sábado después de Ceniza

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (5, 27-32)

En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo), sentado en su despacho de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús, y estaban a la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús va caminando por la calle cuando se encuentra con un publicano de nombre Leví. Como a los demás publicanos, a él también se le considera un pecador público, y por tanto podríamos decir que no apto para el Evangelio: Pero para Jesús no hay nadie que no sea apto para el Evangelio, ni siquiera el más grande de los pecadores. De hecho, en cuanto lo ve lo llama, y aquel publicano se levanta inmediatamente -como hicieron los discípulos que le precedieron-, deja el despacho de impuestos y comienza a seguir a Jesús.

Lo que cuenta para los discípulos no es el punto en el que uno se encuentra, sino la disponibilidad para escuchar la llamada y seguirla. Leví, en el momento en que se levanta y se convierte en discípulo, ya no es la misma persona de antes. Su corazón es distinto, y lo hace ver: quiere que también sus amigos -publicanos y pecadores a los que todos deberían evitar según las disposiciones farisaicas- encuentren a Jesús como él lo ha encontrado.

En realidad todos los que sienten más que los demás la necesidad de ser amados son los que intuyen la preciosidad del amor del Señor, van a su encuentro y se reúnen en tomo a él. El banquete de fiesta expresa bien la alegría de estar en compañía de Jesús. Verdaderamente ha venido a buscar a los pobres y los pecadores, y ellos se dan cuenta. Hoy el publicano Leví y todos los demás se presentan ante nosotros para que podamos imitar su disponibilidad para reunirse en tomo a Jesús y saborear la alegría de ser salvados.

Esos pecadores en fiesta nos recuerdan, mientras caminamos hacia la Pascua, la urgencia de volver con el corazón a Jesús y de seguirlo escuchando cada día su Palabra. También nosotros, enfermos y pecadores, tenemos necesidad de este tiempo de gracia para volver al Señor con presteza y, sin posponer el tiempo de la conversión, compartir la mesa de la alegría con Jesús y con tantos amigos pobres y pecadores como nosotros que el Señor nos hace encontrar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 103.

¿Y los que lo hemos dejado todo…?

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doce apóstoles Tiempo Ordinario

Martes de la VIII semana

 Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 28-31)

En aquel tiempo, Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres e hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna. Y muchos que ahora son los primeros serán los últimos, y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se ha desarrollado una situación ante los ojos de Jesús y de sus discípulos: un joven con deseo de seguir a Jesús, se ha alejado entristecido ante la exigencia que le plantea vivir según el evangelio; atrapado por su riqueza no tenía la libertad de dejarlo todo.

En cambio, Pedro y los demás del grupo si lo han dejado todo ypara seguir a Jesús; en síntesis, su respuesta al llamado fue diametralmente opuesta a la del joven rico. Inevitablemente surge para ellos una pregunta ¿qué será de nosotros? que se plantea implícita en una afirmación: « Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte». Jesús capta el mensaje y habla de una recompensa que se distribuye entre el  «el tiempo presente» y el «el mundo futuro». A quienes lo han dejado todo, explicitado con siete realidades que abarcan el mundo del bienestar, de los afectos y de la profesión: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos, se les dará cien veces más.

No se trata de matemáticas. Se trata de quedarse si nada para tenerlo todo. Aquí podemos ver una alusión a la vida eclesial de la primera comunidad, donde era fuerte el sentido de pertenencia y los miembros se llamaban «hermanos» entre sí. El añadido «junto con persecuciones»  recuerda que en el tiempo presente no se puede alejar la sombra de la cruz. Se goza, se obtiene, pero de un modo condicionado. El premio definitivo es «en el mundo futuro» y consiste en la «vida eterna». Esa expresión no tiene necesidad de explicaciones o de complementos. Es la vida con Dios, una vida exuberante, que no conoce ocaso.

El último versículo es una sentencia de carácter sapiencial que prevé el vuelco de la situación. Es un aviso para que nadie se considere nunca de los que ya han llegado, y un llamado a la vigilancia, porque el seguimiento es siempre un compromiso de vida.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., p. 375-376.

¿Qué tengo que hacer…?

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joven rico Tiempo Ordinario

Lunes de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.

Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”.

Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que consideramos se compone de dos partes: una vocación frustrada por el apego a la riqueza y algunas consideraciones sobre el significado de la riqueza para los discípulos.

El punto de partida entusiasma: un hombre busca el camino para la vida eterna. El hecho de que se dirija a Jesús habla en favor de la confianza que inspiraba el Maestro de Nazaret. Eran muchos los maestros que podían responder con sabiduría a esa pregunta. Aquel hombre speraba algo diferente, algo nuevo. Jesús le orienta hacia Dios y hacia algunos de los preceptos del decálogo -los diez mandamientos-, sobre todo a los relacionados con los deberes hacia el prójimo. El decálogo, expresión de la alianza del pueblo con Dios, sigue siendo, en efecto, el código de referencia esencial, que establece los mínimos que se esperan de una persona que es fiel a Dios; su cumplimiento es capaz de encaminar hacia la vida eterna.

Sin embargo, aquel hombre busca algo más. El decálogo, que ya observa puntualmente desde su juventud, no le basta. Necesita un impulso novedoso: «Ven y sígueme» es la novedad del mensaje. Es la persona de Jesús, el hecho de seguirle, lo que marca la diferencia. Jesús se pone en la línea del decálogo como expresión de la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, como punto de partida. Jesús es ese «algo más» buscado. La observancia de una ley queda sustituida por la comunión con una persona, con Jesús, que manifiesta el rostro de Dios y es camino para llegar a Él.

Sin embargo, para seguir a Jesús es preciso abandonar el lastre y los diferentes impedimentos. Jesús había conocido a fondo a aquel hombre, gracias a la mirada amorosa que proyectó sobre él. El seguimiento exige una libertad interior que no tenemos mientras el los bienes materiales ocupen en nuestro corazón el lugar de Dios. El dinero es tirano y, en efecto, aferra al hombre que no consigue liberarse de él. El hombre del evangelio, es rico, su corazón está apegado a su riqueza y esta le impide da un paso que requiere libertad, por eso se aleja entristecido.

Llegados aquí, Jesús lanza una dura consideración sobre la riqueza, cuando se convierte, en impedimento para tener una vida plena. Jesús conoce y denuncia la fuerza seductora del dinero. Los ricos tienen dificultades para acceder a Dios cuando la riqueza lo sustituye y lo idolatran. El dinero confiere poder, y éste, es como una droga adictiva, difícil de dejar. La dificultad de su posición la expresa Jesús con una hipérbole, la conocida imagen del camello que pasa por el ojo de una aguja. «¿Quién podrá salvarse?» es la reacción de pasmo de los discípulos, acostumbrados a pensar que la riqueza era una bendición divina. Jesús responde que la salvación es don de Dios. Y éste es capaz de llevar a cabo lo imposible. Ese don no exonera del esfuerzo por liberarse y mantener el corazón libre del apego a la riqueza.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 365-367.