Ecos de la Palabra

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No juzguen y no serán juzgados…

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Lunes XII Tiempo Ordinario

Textos

 Del evangelio según san Mateo (7, 1-5)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña en el Sermón de la Montaña a examinar los valores del Reino que inspiran el comportamiento de un discípulo en sus relaciones con los demás. Ante todo se trata de reflejar con “buenas obras” el rostro amoroso del Padre celestial, viviendo como hijos. También enseña en este mismo discurso cómo cultivar la relación con el Padre Dios y de la relación con los hermanos y con Dios, el aprendizaje de la justicia del Reino, se pasó a la relación con los bienes de la tierra. Hasta aquí se han abordado ya los puntos esenciales de para una vida de discipulo.

Sin embargo, quedan todavía por examinar tres criterios del comportamiento cristiano en la vida cotidiana. Éstos son: el juicio (7,1-4); el discernimiento (7,6) y la oración (7,7-11). 

Hoy nos ocupamos del primer punto: el juicio

La relación con el prójimo significa también la relación con sus fallas. La tendencia de uno –habitualmente- es insistir en las fallas de los demás y a condenar con dureza. Es fácil criticar al otro y llamar la atención sobre sus debilidades. Jesús muestra que estamos equivocados cuando hacemos esto.

Cuando se habla de otra persona eventualmente se percibe poco amor, malicia e inclusive alegría porque a la otra persona le fue mal. Con cuánta presunción y soberbia se juzgan los errores de los otros, sean pequeños o grandes, reales o suposiciones.  Esto puede suceder tanto en nuestro a nivel de nuestro pensamiento, como también en medio de conversaciones.

Jesús dice: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán”.

Nos recuerda con estas palabras que nuestros juicios sobre los otros no se quedan sin efecto: con la condena de los otros, nos condenamos a nosotros mismos. Dios está detrás, a la defensa del agredido con nuestras conversaciones: “Dios los juzgará”. Lo que hagamos con los otros, lo hacemos con Dios; de esta forma indicamos la manera como queremos ser tratados por Él.

Ya Jesús había dicho: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; “Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden” (6,12). En consecuencia, no podemos esperar la bondad, la comprensión, el perdón y la misericordia de Dios, si rechazamos a nuestro prójimo con juicios sin amor, sin ninguna consideración ni comprensión.

No debemos cerrar los ojos frente a los errores o debilidades de los otros, lo que se nos pide es que los valoremos objetivamente, es decir, sin complacernos en ello, con libertad interior, con misericordia, sabiendo que también nosotros necesitamos de la comprensión del prójimo y de Dios.

Es verdad que los defectos de los demás son mucho más evidentes y fastidiosos que los nuestros. Podemos ser muy sensibles en lo que nos toca a nosotros y más bien fríos con relación a los otros.  Con la imagen de “la viga y la paja”, Jesús nos llama la atención sobre el peligro de aplicar a la gente unos criterios de valoración que no son objetivos. 

Para que haya objetividad se requiere:

  • No dejarse guiar por la impresión del momento.
  • No precipitarse para criticar y corregir.
  • Mirarnos primero a nosotros mismos.
  • Descubrir nuestras faltas sin disminuirlas ni excusarlas.
  • Entonces sí, de manera ponderada, llamarle la atención al otro y ayudarle en su crecimiento personal.
  • Esta corrección fraterna no olvidará los cirterios que más adelante dice el mismo evangelista san mateo (18,15-17.)
  • Hacerle sentir al otro que lo que se le dice es porque se le quiere mucho.

La enseñanza sobre la objetividad en los juicios, inspirada en la imagen de la paja y la viga, nos hace caer en cuenta que no es correcto disminuir nuestras fallas y agigantar las de los otros, y más bien emprender el servicio de la corrección fraterna por el camino justo. Nunca hay que hablar de los errores de los demás por simple diversión o por deseo de armar escándalo. ¡Ante todo la misericordia!


[1] F. Oñoro. Mateo 7, 1-5. El juicio sin amor ante las faltas de los otros. CEBIPAL/CELAM.

Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XII semana

Ciclo B

Textos

† Del evangelio según san Marcos (4, 35-41)

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín.

Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” El se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma.

Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”.  Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

«¿Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Es un grito de desesperación, no hay duda, sin embargo, se percibe en el fondo, la confianza que tienen en aquel maestro. 

En este grito podemos descubrir los innumerables gritos que se elevan de este mundo sacudido por olas de todo tipo y que ponen en peligro a hombres y mujeres, sobre todo a los más pobres; a veces se trata de pueblos enteros, como los pueblos desgarrados por guerras y conflictos. 

Que Jesús duerma también nos puede sorprender a nosotros. Pero es evidente que se trata de una indicación de que el Señor nunca deja de estar a nuestro lado. Incluso cuando estamos en plena tormenta tenemos al Señor a nuestro lado. Puede parecer que duerme. 

A nosotros nos gustaría una vida sin tormentas, sin problemas, sin ningún miedo. Pero la vida es también lucha contra el mal, contra las tormentas que quieren impedir que lleguemos a la orilla de la paz. Jesús duerme porque confía plenamente en el Padre: sabe que no abandonará a nadie. Y espera nuestra oración, nuestro grito de ayuda. 

El origen de la oración es un grito de ayuda, un grito personal. Pero no solo eso. La intercesión contiene un misterio que debemos descubrir: los cristianos rezan por todos. Lo vimos durante la pandemia de coronavirus. El papa Francisco rememoró precisamente este episodio cuando, en nombre del mundo entero y en una plaza de San Pedro vacía, repitió ante Dios el grito de los apóstoles en la barca: «Señor, ¿por qué duermes». 

Al grito de los discípulos, Jesús se despierta, se pone en pie sobre la barca, y amenaza al viento y al mar tempestuoso. Y de inmediato el viento calla y llega una gran bonanza. Dios vence a las potencias hostiles que no permiten hacer la travesía, es decir, que impiden llegar a la orilla de la fraternidad, de la justicia y de la paz. Pero Jesús no lo permite. Fue él, quien dijo que fueran a la otra orilla. Y les lleva allí. 

La narración se cierra destacando una situación peculiar. Los discípulos son presa de un gran miedo y se dicen entre sí: «¿Quién es este?». El texto de Marcos habla de miedo más que de asombro. Este segundo miedo, aun siendo fuerte como el anterior, tiene características incisivas que llegan hasta lo más hondo del alma. 

Es una pregunta que no se dirige a Jesús, sino que los discípulos se la hacen entre ellos mismos. La pregunta se queda su respuesta, es una pregunta abierta que debe acompañar las manifestaciones de la identidad de Jesús a lo largo del evangelio. 

El evangelio no se vive pasivamente, el discípulo que hace el camino de su vida con Jesús y con otros discípulos debe observar, analizar, dejarse impactar, revisar sus propias actitudes. Preguntarse sobre Jesús no es necesariamente dudar, sino manifestar la inquietud de una búsqueda más profunda. Las preguntas abren puertas, mueven búsquedas. Lo que han vivido los discípulos es apenas el punto de partida de un itinerario que culminará con la confesión de fe.


[1] Paglia, Vincenzo. La Palabra de Dios cada día, Comunidad de Sant’Egidio, 2021. Pp. 266-267; F. Oñoro, El maestro y los discípulos en medio de la tempestad: El discipulado implica confianza total en Jesús.  Lectio Divina Lectio de Marcos 4,35-41CEBIPAL/CELAM.

Nadie puede servir a dos amos…

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XI semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (6, 24-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán.

¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento? ¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan.

Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en todo el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones.

A cada día le bastan sus propios problemas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«No pueden ustedes servir a Dios y al dinero», dice Jesús a sus discípulos. Es una advertencia que vale para todos. Jesús personifica a la riqueza, que se comporta como un señor absoluto que no deja libertad. Es un auténtico dictador aunque no tenga rostro ni, obviamente, alma. Es una dictadura implacable que roba el alma a quien se somete a ella. Y es el origen de los conflictos, los desórdenes, los odios y la guerra que todavía hoy continúan sembrando la amargura en la vida de los hombres.

El Señor es amor que pide al hombre una respuesta libre. Jesús también sabe que si nos unimos a Dios creceremos en amor, en justicia y en el compromiso de luchar por la libertad y el progreso de todos, sin excluir a nadie, empezando por los más pobres. Por eso no es posible servir al mismo tiempo a Dios y a la riqueza, al Evangelio y al dinero. El corazón no puede dividirse.

La pretensión de tener un amor exclusivo por parte del Señor la vive él mismo en las relaciones con los hombres. Él es un Dios celoso, pero no solo para sí mismo; también es celoso por nosotros, no acepta que el mal nos engulla. Por eso, al igual que bajó a liberar a Israel de la esclavitud del faraón, con un amor aún más fuerte ha enviado a su Hijo para liberamos del pecado y de la muerte. Así pues, confiarse a Dios significa ser libre de la esclavitud de las cosas, sabiendo que él no dejará que nos falte nunca nada. Muchas veces se insinúa en nuestra vida el afán por las cosas de la tierra, es decir, por « qué comerán… con qué se vestirán », y llega a dominarnos.

Las dificultades del trabajo, de unos beneficios justos y merecidos no pocas veces se transforman en ansia para nosotros y para quien está cerca de nosotros. El Señor no invita al ocio. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», escribe el apóstol Pablo. Pero debemos confiar plenamente que Dios nuestro Señor conoce nuestra vida y desea nuestro bien. Y el bien no significa en absoluto multitud de bienes. El Señor es un verdadero Padre que se ocupa de sus hijos y responde a sus necesidades.

Y si hay mucha gente que no tiene qué comer ni con qué vestirse es porque otros no buscan el reino de Dios y su justicia, sino únicamente su beneficio. La verdadera preocupación de los discípulos, dice Jesús, debe ser la del Reino, es decir, la de comunicar el Evangelio, construir la comunidad y servir a los pobres. El discípulo que busca esta «justicia», que es la justicia del Reino, recibe el apoyo y la defensa del Señor a lo largo de toda su vida.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 256-257.