Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos

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doce

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 1-7)

En aquel tiempo, llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos del Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos, ni entren en ciudades de samaritanos.

Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Comenzamos la lectura de una nueva sección del evangelio de Mateo, que se conoce como el Discurso de la Misión y que abarca todo el capítulo décimo; en él contemplaremos el llamado de los misioneros, las instrucciones acerca de las tareas que realizarán para congregar al nuevo pueblo de Dios, para enfrentar desafíos y conflictos en la misión, para fortalecer su espiritualidad, superar las crisis y sobre la identificación de Jesús con ellos. Es un verdadero manual del misionero que ofrece orientaciones para la formación de la personalidad apostólica, sus actitudes y tácticas.

El llamado al apostolado o misión es implícito al llamado al seguimiento de Jesús; no perdamos de vista que no se refiere al llamado a un estado de vida, clerical o religiosa, sino a la vocación cristiana que es discipular y misionera al mismo tiempo.

Jesús llama por segunda vez a algunos de sus seguidores; quiere constituirlos en sus apóstoles, es decir, sus enviados para continuar su obra en el mundo. La misión parte de una llamada; nadie se envía a si mismo.

El número de llamados es indicativo, son doce; hasta ahora se había hablado de cuatro de ellos, los que fueron llamados en la orilla del mar de Galilea. El número recuerda las doce tribus de Israel y por tanto el propósito de la misión: formar la comunidad de la nueva alianza, al nuevo pueblo de Dios.

Los apóstoles son enumerados con nombre propio, incluyendo, en algunos casos, algún dato adicional. El grupo es heterogéneo; proceden de distintas regiones; algunos de ellos son hermanos entre sí, uno es publicano, otro pertenece a un grupo rebelde; también se nombra a Judas, el traidor, que proviene de un pueblo hoy desconocido (Carioth, por eso ish-Carioth).

De la mención de los nombres, aprendemos que todo apóstol tiene identidad propia y una historia que Jesús valora y pone en función de la misión. Los apóstoles no son engranaje de una maquinaria, ni comodines de una estrategia, son personas reconocibles por su nombre, su ambiente es de estrecha familiaridad; a pesar de sus fragilidades, que no son desconocidas por Jesús, el apóstol nunca dejará de ser discípulo en proceso de maduración en la escuela del Señor.

La heterogeneidad del grupo de apóstoles es ilustrativa: cómo se ha dicho, los seguidores de Jesús tienen personalidad propia, no son clon de nadie, ni deben uniformarse, su único referente es el Señor, los hermana la experiencia de fe y el anhelo por el Reino.

A estos apóstoles, sus enviados, Jesús «les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias». Las acciones que Jesús les confía son las mismas que él ha realizado; Jesús les comunica su propio poder.

Hoy, como ayer, Jesús nos confía la tarea de formar una comunidad que sea signo y germen del Reino, que salga de sí misma para llevar a la humanidad sufriente la alegría del evangelio.  La misión está en nuestras manos ¿cómo la llevas a cabo?

 

 

Jesús expulsó al demonio y el mudo habló

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curación mudoTiempo Ordinario

Martes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 32-38)

En aquel tiempo, llevaron ante Jesús a un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio, Jesús expulsó al demonio y el mudo habló. La multitud, maravillada, decía: “Nunca se había visto nada semejante en Israel”. Pero los fariseos decían: “Expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios”.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En un relato muy breve, el evangelio de este día, nos presenta el último milagro de esta sección y un resumen de la actividad de Jesús en favor del pueblo necesitado.

La curación de «un hombre mudo, que estaba poseído por el demonio» es el culmen de los milagros, pues además de curar el cuerpo y el espíritu, al ser liberado del poder del enemigo malo, el que es curado queda habilitado para proclamar la fe.

De la misma manera como Jesús habilita a un paralítico para caminar, es decir para que lo siga en el camino del discipulado, habilita al mudo para proclamar la confesión de fe, que lo integra a la comunidad de discípulos.

Frente al milagro las opiniones se dividen. Los que siguen a Jesús y son testigos de los signos de su misericordia, proclaman con admiración una afirmación muy cercana a la confesión de fe: «Nunca se había visto nada semejante en Israel», reconociendo así la novedad absoluta de la obra salvífica de Jesús.

En contraste, los fariseos, que se resistían a la novedad del Reino y preferían permanecer en el rigorismo legal, hacen un diagnóstico teológico, completamente errado, de la persona de Jesús: «expulsa a los demonios por autoridad del príncipe de los demonios» y así se cierran ante la evidencia de los signos de Dios que hacen resplandecer la vida, encerrándose en su juicio de que es una fuerza maligna la que respalda a Jesús.

Jesús está congregando al nuevo pueblo de Dios, por eso «recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino»; el evangelista describe el efecto que tiene en Él contemplar las dificultades para la misión: «Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor

La compasión cuando es auténtica lleva a la acción; Jesús no se quedará con los brazos cruzados, enviará a sus discípulos con la tarea de sanar y congregar al pueblo disperso; esta misión la realizarán no como tarea propia, ni confiados en sus propias habilidades; lo primero que deben hacer es ver sus límites y volverse al que envía: «Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos» La misión madura primero en el corazón orante.

No es lo mismo hacer el trabajo de cada día como obligación o por altruismo que realizarlo como una misión. Hacerlo por obligación centra al sujeto en sí mismo; hacerlo por altruismo centra en el otro; hacerlo como apostolado centra en Dios, que es quien envía, actúa, sostiene y fortalece a quien en su nombre comunica con su palabra y con su vida la alegría del evangelio.

La compasión evangélica, sentir con las entrañas de Dios, nos abre los ojos; nos permite ver a los pobres y débiles e inclinarnos ante las personas que están «extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor»; y al orar pidiendo al Señor que envíe obreros a su mies nos hace exclamar ¡aquí estoy, envíame!

 

 

 

Señor, mi hija acaba de morir; ven a imponerle las manos y volverá a vivir

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Curación de la niña

Tiempo Ordinario

Lunes de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”.

Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Hemos venido considerando distintos episodios de la sección de milagros que se contiene en los capítulos 8 y 9 de san Mateo; estos narran una serie de encuentros de Jesús con distintas personas necesitadas que se abren a la novedad del Reino. En el evangelio de hoy contemplamos la curación de una mujer que padece flujo de sangre y la resucitación de una niña.

En ambos casos Jesús es buscado; en el primer caso por una mujer muy sencilla cuyo sufrimiento se ha prolongado muchos años y en el segundo, por el desenlace fatal que acaba con la vida de una niña de doce años.

Es un pasaje en el que el sufrimiento tiene rostro de mujer; a ambas se les niega la posibilidad de la vida; el flujo de sangre hace estéril a una y la otra muere justo cuando entra en la edad en que se hace adulta y puede engendrar. Las dos, quedan excluidas del contacto humano, su situación las hace impuras.

El contacto con Jesús las salva de la muerte. la mujer con flujo de sangre, toca el manto de Jesús, diciéndose para sí: «Con sólo tocar su manto, me curaré»; a la joven hija del jefe de la sinagoga Jesús la toca: «Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó».

Detrás de cada historia de sufrimiento hay una historia de fe. El papá de la niña, en el momento más álgido de su dolor, pues su hija acababa de morir, le suplica: «ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir»; ante la fe de aquel hombre, «Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos». A pesar de las burlas de la gente que se encuentra en la casa, Jesús sigue adelante, no le importa el beneplácito del público, cuenta con la fe del papá. La misericordia de Dios no tiene fronteras, lo que cuenta es la fe de la persona necesitada.

Por su parte, la mujer con flujo de sangre, estaba convencida. «Con sólo tocar su manto, me curaré», se pensamiento custodiaba una confesión de fe que Jesús saca a la luz pública: «Hija, ten confianza; tu fe te ha curado» y es curada desde aquel mismo instante.

Dos mujeres reconducidas a la vida encuentran su esperanza en Jesús. No quedaron defraudadas por Él y quedan constituidas en el evangelio como signo de la vida que trae el Reino de Dios.