Ecos de la Palabra

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¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?”

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 34-40)

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él.

Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el texto del evangelio que leemos hoy, Jesús junta dos textos del Antiguo Testamento, más específicamente de la Torah: El de Deuteronomio 6,5, “Amarás al Señor tu Dios…”, y el de Levítico 19,18 que dice “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

Estos dos mandamientos aparecen asociados de manera osada. Cuando Jesús dice que “el segundo es semejante al primero”, está diciendo que a pesar de ser distinto del primero, es igualmente importante y necesario. 

Recordemos que el primer mandamiento de la Ley de Dios dice “amar a Dios sobre todas las cosas”, pero no por encima de una persona. Resulta así indisociable la dimensión vertical  -Dios- de la horizontal -el prójimo-. Es como el corazón que tiene dos ventrículos, así es el amor cristiano: no puede separar el amor a Dios del amor al prójimo.

El hecho es que Jesús no se limita a señalar uno o dos mandamientos principales entre los demás. Si así fuera, se colocaría en el mismo nivel de pensamiento de sus adversarios. Jesús va más lejos al presentar a Dios y al prójimo como la raíz y la fuente de todo comportamiento ético.

Sin la perspectiva de fondo planteada por Jesús, la Ley de la Alianza se degrada en legalismo ciego y opresor: Se podría decir que “de esos dos mandamientos depende toda la Ley y los Profetas«. Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo.

El punto entonces no es la respuesta simplista de que el “amor” es lo más importante, sino ¿qué tipo de amor? Este es el tipo de amor que Dios quiere de nosotros: el amor total por él y el amor del prójimo. Así es como nuestra vida alcanza su verdadero sentido, un sentido definitivo e indestructible. 

Conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XX Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 1-14)

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la ‘desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el evangelio del jueves de la semana vigésima del tiempo ordinario leemos la parábola del banquete de bodas del hijo del Rey; con ella Jesús confronta nuestra situación personal como cristianos y nuestros comportamientos.

Esta parábola nos pone ante el futuro que el Dios nos ofrece, nos invita a su mesa, nos ha destinado a la comunión festiva y gozosa, íntima y eterna con Él y con su Hijo.

Ya desde el comienzo de su predicación, en su mensaje sobre el Reino de los cielos, y de manera particular en las bienaventuranzas, Jesús nos revela cómo es que se comportará Dios con nosotros: nos ha destinado a la comunión de vida eterna y feliz con Él.

Por lo tanto, rechazar la invitación al banquete es rechazar la vida en comunión con Él.

Esto lo vemos más claro si nos apoyamos en las parábolas del tesoro y de la perla. Como esas parábolas, el tesoro es descubierto, también la perla, pero aquí resulta que quienes son invitados prefieren hacer otra cosa, se sienten incomodados porque les quita tiempo para otras cosas que consideran más importantes, como ir al campo o al comercio, e incluso se ofenden.

Como puede verse, ellos no quieren ser fastidiados en los ámbitos y en los proyectos en los que se mueven: su rutina de vida como campesinos -ir al campo- o como citadinos -ir al negocio-. Para ellos el ofrecimiento de la comunión con Dios es algo sin valor, inconveniente e incómodo.

Ya en otra ocasión, Jesús había hablado de aquellos a quienes se les había destinado en primer lugar el Reino de los cielos, pero lo pierden. Entonces vienen otros: “Yo les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos”.

Pero en esta parábola la imagen se desarrolla todavía más: a pesar de que sean “muchos” los que vengan -y también los que rechacen-, la sala no se quedará vacía. Los servidores del rey son enviados a llamar gente de todas partes. Esta es una alusión a la misión cristiana a los pueblos paganos.

El vestido nupcial: el llamado es gracia pero hay que corresponder a ella. Acoger a Dios exige un cambio de vida. Al final de la parábola se afirma la necesidad de un vestido nupcial. En lenguaje simbólico el vestido indica el estado completo de una persona, cómo la persona aparece ante Dios. Puesto que para la participación en el banquete de bodas del rey se requiere un vestido adecuado para la ocasión, se concluye que la comunión eterna con Dios pide un estilo de vida coherente, marcado por el sello de la misericordia.

El vestido de fiesta representa la vida nueva del discípulo. Ésta se adquiere por la escucha de la enseñanza de Jesús y del hacer la voluntad del Padre. 

La expresión “muchos son llamados, mas pocos escogidos”, no pretende darnos datos estadísticos sobre el número de los que entran en el cielo. Tampoco nos debe desilusionar ni llevar a la resignación cuando vemos que hay poca gente en una comunidad. Esta frase es una advertencia para que nos despertemos, nos desacomodemos, para que apuntemos hacia la meta empleando todas nuestras mejores energías para corresponder a la llamada de Dios.

Amigo, yo no te hago ninguna injusticia

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (20, 1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña.

Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’.

El les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’.

Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno.

Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’. Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia.

¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti.

¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’. De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”. Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Con una parábola se nos explica la inversión de situaciones propia del Reino de los Cielos: “los últimos serán primeros y los primeros últimos”.

No debemos perder de vista que el evangelista está exponiendo ampliamente la novedad del Reino, cuyo sentido último es mostrarnos la otra cara de la realidad en la que está obrando Dios y cuya lógica y proyectos son distintos de los nuestros.

Jesús parte de una realidad bien conocida en su época: el desempleo y el subempleo.  Por eso la parábola se escenifica en una plaza en la que continuamente se encuentran desempleados esperando una oportunidad de trabajo. De igual forma en el escenario aparece un movimiento que sigue las diversas horas de una jornada: el amanecer, las nueve de la mañana, el mediodía, las tres y las cinco de la tarde, y finalmente el fin del día al atardecer.

Un patrón yendo y viniendo continuamente haciendo contratos. Los jornaleros tienen la expectativa de que su pago será proporcional al tiempo trabajado. Pero ¡oh, sorpresa!, no es así, todos reciben por igual y los interesados están a punto de hacer una huelga de protesta por la aparente “injusticia” de su patrón.

La parábola afirma la soberanía de Dios y su gracia que no está basada en el cálculo humano de la ganancia proporcional al esfuerzo. El corazón de Dios no se mide con esta “regla” de la recompensa.

Si bien Jesús nos enseña que Dios siempre espera que nos esforcemos al máximo, que no seamos pasivos, inactivos o indiferentes, requiriendo siempre nuestra activa colaboración, nos enseña también que estamos llamados a una justicia mayor, que debemos vivir en sintonía con el corazón amoroso del Padre.  

Efectivamente nuestro actuar justo y nuestro compromiso total son necesarios y podemos estar seguros del reconocimiento generoso por parte de Dios. Pero eso sí, la relación con Dios no se fundamenta en la contraprestación sino en la gratuidad, en el dejar de lado cualquier segunda intención de beneficio propio.

Somos invitados hoy a descubrir el corazón bondadoso de Dios y a superar una espiritualidad rígida basada en la contraprestación con Dios: “me porto bien para que Dios me premie escuchando tal o cual petición que le haga”. 

No debemos nunca decirle a Dios qué es lo que tiene que hacer con nosotros, sino más bien respetar su libertad y su bondad, y todavía más, alegrarnos con todo signo de su bondad que descubramos en nuestros hermanos, superando así cualquier sentimiento de envidia. 

Dios no es un patrón con quien hacemos contratos sino un Padre de quien recibimos gracia y bondad.