Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¿De qué discutían por el camino?

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niño 

Tiempo Ordinario

Martes de la VII semana

Textos

†Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El camino a Jerusalén implica una plena conciencia por parte de Jesús y una irresponsabilidad total por parte de los Doce. Son las dos partes que componen el fragmento de hoy.

Jesús es consciente de lo que significa para él Jerusalén. Se prepara y prepara a los suyos. Anuncia tres veces lo que va a suceder en Jerusalén: padecerá la pasión, morirá y resucitará. El suyo es un anuncio pascual, es decir, un anuncio completo de muerte y resurrección y no «anuncio de la pasión», como se dice con frecuencia.

Jesús expresa la conciencia que tiene de lo que le espera, pero también el deseo de consumar la entrega de su vida como expresión de amor. El anuncio de Jesús no es información: es catequesis y formación. El hecho de que anuncie también la resurrección significa que será el bien, la vida, el que triunfe, aunque antes sea preciso atravesar el túnel estrecho y oscuro del sufrimiento y de la muerte.

Instruye a sus discípulos para que sepan leer su vida como misterio pascual. Mientras los prepara para el choque con la «hora de las tinieblas», les pide que orienten también su propia vida en esta dirección pascual. Jesús es el Maestro que se aventura el primero por el camino que, después, deberán seguir todos los discípulos; él es el primogénito de muchos hermanos.

A la conciencia y seriedad con que Jesús se dirige hacia Jerusalén les corresponde, en igual medida y sentido contrario, la irresponsabilidad de los discípulos. Cada vez que Jesús anuncia el misterio pascual, ellos están «distraídos» con otras cosas, como si Jesús se limitara a suministrar una simple información. No le piden aclaraciones al Maestro, no se esfuerzan en profundizar en el sentido, bastante enigmático, de sus palabras, porque todos ellos están pendientes de sus intereses.

Mientras Jesús presenta su vida como un «ser entregado en manos de los hombres», ellos andan preocupados por establecer quién es el más importante entre ellos. Es grande el contraste entre la entrega de la vida por parte de Jesús y la búsqueda de la supremacía y del poder por parte de los Doce.

Jesús no les responde por su incomprensión; tiene paciencia porque todavía están ‘verdes’ para la comprensión del misterio pascual. Les prepara señalándoles el camino justo que deben seguir, el del servicio humilde y desinteresado: «El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos». Con esta actitud podemos preparamos para hacer frente a la pasión y a sus consecuencias.

Jesús para hacer más expresiva su catequesis, acompaña sus palabras, como los antiguos profetas, con un gesto. Pone a un niño en el centro y le abraza. La colocación en el centro es un primer mensaje de atención dirigida al niño, que, por lo general, no tenía ningún valor (como las mujeres, los niños tampoco entraban en el cómputo cuando se calculaba la población: cf. Mc 6,44); El tierno gesto de abrazarle revela con claridad hasta qué punto los niños fueron objeto del amor de Jesús.

Por eso, las palabras completan y aclaran el mensaje: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mi me acoge; y el que me acoge a mí no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado».  Estar bien dispuestos hacia un niño, signo de quien no cuenta, significa dejar sitio en nuestra propia vida a Jesús y, a través de el, al Padre.

No hemos de buscar, por consiguiente: la supremacía con la idea implícita de hacernos servir, de ser reverenciados, sino con la disponibilidad de ponernos servicio de todos, de mostramos acogedores con todos, incluso con los últimos. Éste es el modo correcto y fructífero de ir a Jerusalén para compartir el misterio pascual con Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 315-317.

Todo es posible para el que tiene fe

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curaciòn muchacho endemoniado

Tiempo Ordinario

Lunes de la VII semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (9, 14-29)

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban sus discípulos, vio que mucha gente los rodeaba y que algunos escribas discutían con ellos. Cuando la gente vio a Jesús, se impresionó mucho y corrió a saludarlo.

El les preguntó: “¿De qué están discutiendo?” De entre la gente, uno le contestó: “Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu que no lo deja hablar; cada vez que se apodera de él, lo tira al suelo y el muchacho echa espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso. Les he pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido”.

Jesús les contestó: “¡Gente incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho”. Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, se puso a retorcer al muchacho; lo derribó por tierra y lo revolcó, haciéndolo echar espumarajos. Jesús le preguntó al padre: “¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?” Contestó el padre: “Desde pequeño y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él. Por eso, si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos”. Jesús le replicó: “¿Qué quiere decir eso de ‘si puedes’? Todo es posible para el que tiene fe”.

Entonces el padre del muchacho exclamó entre lágrimas: “Creo, Señor; pero dame tú la fe que me falta”. Jesús, al ver que la gente acudía corriendo, reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: “Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: Sal de él y no vuelvas a entrar en él”.

Entre gritos y convulsiones violentas salió el espíritu. El muchacho se quedó como muerto, de modo que la mayoría decía que estaba muerto. Pero Jesús lo tomó de la mano, lo levantó y el muchacho se puso de pie. Al entrar en una casa con sus discípulos, éstos le preguntaron a Jesús en privado: “¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?” El les respondió: “Esta clase de demonios no sale sino a fuerza de oración y de ayuno”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús baja del monte donde se había transfigurado y vuelve con el resto de sus discípulos. Los encuentra rodeados de una muchedumbre que se queda sorprendida con su inesperada llegada. Dejando aparte toda discusión, todos se apresuran a saludar al Maestro. Jesús pregunta el motivo de la reunión de los discípulos, gente sencilla y maestros de la Ley y -tras cierta vacilación- es el padre de un muchacho endemoniado quien toma la palabra. Cuenta el estado de salud en el que se encuentra su hijo y afirma que los discípulos no han podido liberarlo.

Jesús se indigna con todos, porque constata que su predicación y los milagros realizados no han consolidado ni la fe de los discípulos ni la fe de la gente. Con todo, y aunque con una nota de enojo y de cansancio, Jesús no abandona a esta gente y le ofrece una vez más su ayuda.

El padre del muchacho interviene de nuevo y pone al descubierto la endeblez y la inconsistencia de su fe: «Si algo puedes…». Esta petición sorprende al Maestro, y responde de inmediato: «Todo es posible para el que tiene fe». Al decir: «Creo», el padre del muchacho afirma la impotencia del hombre y la gran misericordia de Dios.

Entonces Jesús realiza el milagro: libera al muchacho del espíritu mudo y deja pasar un breve intervalo de tiempo, un espacio para que se manifiesten la grandeza y el poder del amor. No, el muchacho no está muerto; está completamente libre.

Cuando los discípulos le preguntan a Jesús la razón de su impotencia, se refiere éste a la oración, es decir, al reconocimiento total y humilde de que todo viene de Dios y de que contar únicamente con nuestros propios medios no conduce a ninguna parte.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 5., 289-290

Amor a los enemigos ¿es posible?

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amar-a-los-enemigosTiempo Ordinario

Domingo de la VII semana

Ciclo A

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (5, 38-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo, diente por diente; pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo. Si alguno te obliga a caminar mil pasos en su servicio, camina con él dos mil. Al que te pide, dale; y al que quiere que le prestes, no le vuelvas la espalda.

Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; yo, en cambio, les digo: Amén a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto». Palabra del Señor. 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Somos afortunados de escuchar este Domingo la proclamación de este segmento del Sermón de la Montaña. Si consideramos que se lee en Domingo cada tres años y que hay años en que no se lee por el temprano inicio de la cuaresma, caemos en la cuenta de la oportunidad que tenemos hoy de escuchar este texto tan hermoso como sorprendente e inquietante.

Se trata de uno de los textos más radicales, novedosos y consoladores del evangelio; concluye con un imperativo de Jesús a sus discípulos: «sean perfectos como su padre celestial es perfecto», que hace eco al que encontramos en el Código de santidad del libro del levítico, que dice: «sean santos por que yo Yahvé soy santo».

La santidad y la perfección de Dios son imitables en la medida que interiorizamos su amor y asumimos como nuestra la identidad propia de sus hijos. Jesús, el Hijo, nos enseña a imitar la santidad y la perfección de Dios siendo como Él, compasivos y misericordiosos, no sólo con los familiares, amigos y conocidos, sino con todas las personas.

Por ello Jesús, con la interpretación que hace de la ley, toca una serie de conductas que en su tiempo eran socialmente aceptadas y que en su momento constituyeron un gran paso civilizatorio al encauzar la agresividad prescribiendo la proporcionalidad de la venganza. Tal es el caso de la conocida ley del Talión que rezaba «ojo por ojo, diente por diente» evitando, ante una agresión, una venganza desproporcionada.

La agresividad forma parte de la naturaleza humana y es importante para vivir. Se activa instintivamente cuando algo amenaza lo que es necesario para vivir –la satisfacción de las necesidades básicas: comer, beber, dormir, reproducirse-,  o lo que se considera que pertenece como propio, llámense bienes o derechos.

La agresividad al ser un componente de la psiqué humana es anterior al nivel moral, es una fuerza que hay que encauzar y hará el bien en la medida en que se le encauce en la dirección correcta o hará daño si se encauza de manera equivocada. Cuando la agresividad se integra correctamente la persona se activa, permanece atenta y vigilante, comprometida con la causa de su vida y de sus ideales. Cuando no se integra de manera correcta y no se tiene dominio sobre ella, la persona se hace conflictiva, irritable, iracunda. El ideal de vivir en comunión con el prójimo supone por tanto canalizar la energía de la propia agresividad en el esfuerzo constante por alcanzar, junto a los demás nunca contra ellos, las propias metas y los grandes ideales.

Lo primero que hay que cerrar es el espiral de la violencia que se abre con el deseo de venganza. La experiencia del amor pone al discípulo por encima del odio y por ello, con la fuerza que viene de Dios, puede perdonar, renunciando a hacer daño a su agresor, dándole así una oportunidad para recapacitar y corregir su conducta. No olvidemos que el perdón no está reñido con la justicia. Quien perdona renuncia a la venganza no renuncia a que se le haga justicia.

La antítesis de la agresividad es la mansedumbre y el modelo de ésta es Jesús que incluso en otro pasaje del evangelio de Mateo nos invita a aprender de Él su mansedumbre y su humildad (cf. Mt 11,29). Esto no es fácil. Implica permitir que el Señorío de Dios en nuestras vidas se manifieste en la capacidad de encauzar nuestras emociones, que en sí mismas no son ni buenas ni malas, pero que mal encauzadas pueden hacer mucho daño.

No es fácil perdonar, tampoco poner la otra mejilla. No es fácil sofocar el resentimiento, ni apagar el odio. No es fácil cauterizar las heridas que deja en el corazón la agresión injusta de las víctimas inocentes. Sin embargo, el Señor con su testimonio en la Cruz nos interpela a hacer lo mismo que Él hizo, perdonando a quienes lo crucificaron y mostrando mansedumbre con quienes lo agredían.

La mansedumbre y el perdón no significan pasividad. Todo lo contrario. Implican una vigilancia constante y una ejercitación permanente para mantener el señorío sobre nuestras emociones y encauzarlas siempre en la dinámica del amor que busca en todo hacer el bien a todos, yendo incluso más allá de las estrechas y cómodas fronteras del intercambio de afectos que supone el corresponder con bondad a quienes nos hacen el bien. Si nos limitamos a ello, en nada somos diferentes a quienes no reconocen a Dios como Padre. Quienes todos los días nos dirigimos a Dios diciéndole ‘Padre nuestro’ somos llamados a imitar su perfección y santidad amando con un amor compasivo y misericordioso como el suyo.