Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes

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Tiempo Ordinario

Martes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 14-21)

En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: “Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”.

Entonces ellos comentaban entre sí: “Es que no tenemos panes”.

Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: “¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?” Ellos le contestaron: “Doce”. Y añadió: “¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?” Le respondieron: “Siete”. Entonces él dijo: “¿Y todavía no acaban de comprender?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista narra una de las muchas travesías del lago que Jesús hacía con los discípulos. En el texto que consideramos Marcos señala que los discípulos habían olvidado llevar pan suficiente para todos. En realidad, cuando nos vemos presos de nosotros mismos y de nuestras disputas y quejas, nos olvidamos de Jesús de lo esencial. 

Marcos menciona la discusión que había surgido entre ellos sobre quién era el culpable del olvido. Jesús interviene y aprovecha la ocasión para una nueva enseñanza. Y les reprocha: «¿Por qué están comentando que no trajeron pan? ¿Todavía no entienden ni acaban de compren? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen?». Jesús une directamente ojos, oídos y corazón; lo que se ve y se escucha debe ser interpretado desde el corazón.

Si el corazón está endurecido se pierde la capacidad de ver y de oír. Es necesario tener un corazón abierto, no lleno de uno mismo, ni envenenado por el orgullo y la autosuficiencia. Sólo con un corazón libre podemos comprender lo que acontece en torno al Evangelio. Y después hay que «recordar» las obras y los milagros de Dios para captar la presencia de Jesús en nuestra vida. 

Los discípulos tenían con ellos al «verdadero» pan, pero no lo habían entendido todavía; confíaban más en sus previsiones que en Jesús; no habían desentrañado el significado de la multiplicación de los panes; Jesús se los recuerda; Él mismo es el «pan» pero contaminados de fariseismo, las señales no les eran suficientes para descubrir a Dios actuando en medio de ellos; su corazón estaba embotado, sus ojos no veían ni sus oídos escuchaban.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 97-98.

¿Por qué esta gente busca una señal?

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Tiempo Ordinario

Lunes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 11-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: “¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal” . Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos lleva de la mano en el seguimiento de Jesús, que ha regresado a territorio judío. Allí, paradójicamente, esta vez son los fariseos los que van a su encuentro. Pero a diferencia de los pobres y los débiles que acuden para implorar su compasión, los fariseos «se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo». No tenían buena intención, tratan de obstaculizar la acción de Jesús, y desacreditarlo todo lo posible ante la gente. 

La preocupación de los fariseos revela en realidad el miedo que tienen de perder su poder. La seguridad de estar en posesión de la verdad volvía ciegos sus ojos y endurecía sus corazones: ven los milagros que realiza Jesús, escuchan sus palabras de misericordia, son testigos del entusiasmo que suscita entre la gente, pero sus ojos no llegan a leer en profundidad lo que Jesús está haciendo. Teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen. 

Los signos que realizaba Jesús conducían al «signo» por excelencia, que era Jesús mismo. Pero eso era precisamente lo que los fariseos no veían, o no querían ver. Jesús, señala el evangelista, al escuchar su petición dio «un profundo gemido desde lo íntimo de su ser», como amargado por tanta dureza de corazón. Es precisamente la dureza del corazón la que impide leer en profundidad, espiritualmente, lo que está ocurriendo ante sus ojos. 

Los fariseos no aceptaban que un hombre tan bueno pudiera ser el Mesías salvador. Esa predicación y esos milagros que acercaban a los débiles y los pobres a Jesús, alejaban en cambio a los fariseos, que no querían ver la novedad del Evangelio. Sus ojos estaban apagados por sus prácticas y sus observancias, y no eran capaces de captar el sentido de los prodigios que Jesús estaba realizando entre la gente. 

Cuando uno se encierra en sus propios horizontes, cuando no se escucha la Palabra de Dios como una novedad para la propia vida; cuando uno no se conmueve ante los pobres y los débiles, es fácil ser como aquellos fariseos que permanecían ciegos ante la luz. 

Esta página evangélica cuestiona una religiosidad mezquina y avara. Marcos escribe que Jesús, sorprendido por la actitud de aquellos fariseos, «se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta». Es lo que nos pide a nosotros: no perder el tiempo en discusiones estériles y pasar a la otra orilla, la de los pobres y las periferias. Están impacientes por recibir el Evangelio del amor. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 96-97.

¡Sí quiero: sana! Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio

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Tiempo Ordinario

Domingo de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (1, 40-45)

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”.

Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes. Palabra de Dios. 

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Mensaje[1]

El pasaje del Evangelio se abre con una observación directa: «se le acercó a Jesús un leproso». Era realmente extraño que un leproso se atreviera a acercarse a alguien, ya que tenían la obligación de mantenerse alejados de la gente. La exclusión de la convivencia con los demás hacía que esta enfermedad fuera aún más terrible de lo que ya era de por sí. 

Hemos vivido durante meses y meses, durante la pandemia del coronavirus, las dificultades causadas por la obligación del aislamiento para evitar el contagio. Ha habido muchas reflexiones sobre esto, pero todas convergían en el hecho de que llega el momento en el que es necesario restaurar las relaciones directas: estamos hechos para estar juntos y en relación; y hemos advertido el peligro de que la obligación de aislarnos adecuadamente se convirtiera en una soledad perjudicial.

Pensar en el aislamiento del leproso, nos debe hacer pensar en otro aislamiento , aquel con el que empujamos a los márgenes de la vida a una multitud innumerable de hombres y mujeres, de pequeños y grandes, pobres, ancianos, emigrantes, prisioneros y personas que están solas; y no nos faltan tampoco las justificaciones legales para mantenerles alejados. 

uiAquel leproso del Evangelio logró superar la barrera que le separaba de Jesús. Había intuido que no le rechazaría. Ya se conocían su misericordia y su afecto, o más bien su preferencia por los pobres y los enfermos. En todas partes se creaba un clima nuevo, una atmósfera llena de compasión y misericordia que atraía a los enfermos, los pecadores, los pobres e incluso los leprosos. Acudían a él desde todos los lugares. Aquel leproso se postró a los pies de Jesús, no usó muchas palabras, no se puso a explicar su enfermedad, dijo simplemente pero con fe : «si tú quieres, puedes curarme». 

No dudaba de que Jesús podía curarle; pero, ¿lo quería hacer? La desconfianza de los demás hacia él también se había convertido en desconfianza de él hacia los demás; pero Jesús suscita la esperanza. La desesperación de ese leproso ante Jesús se transformó en fe y oración; y Jesús, el compasivo, no podía dejar de escucharlo: extendió su mano, le tocó y le transmitió la energía de la vida. Aquel leproso revivió como una planta marchita que florece rápidamente. 

Esta escena evangélica nos empuja a encontrar y escuchar, a tocar y sentir la gran necesidad de salvación que tienen los millones de «leprosos» de hoy. Con su respuesta, Jesús nos muestra cuál es la voluntad de Dios con respecto al mal, sea cual sea: «quiero; queda limpio». Sí, la voluntad de Dios es muy clara: luchar contra todo tipo de mal, contra todo tipo de marginación, de distancia, de exclusión. Tal vez precisamente porque había sido tocado por este amor absolutamente único e inimaginable, le fue imposible a aquel hombre permanecer en silencio. 

Por eso debemos desearnos que también para nosotros sea imposible callar. Aquel leproso no obedeció y divulgó tanto aquel episodio que Jesús ya no podía entrar en las ciudades debido al gran número de personas que le buscaban. Jesús, que no deseaba el placer de los hombres sino el de su Padre, se retiraba a distintos lugares. Sin embargo, la gente no le perdió de vista y continuaba yendo tras él. 

Hoy, más que ayer, necesitamos a un «hombre» que camine en medio de nosotros como Jesús sabía hacer. Esta es la vocación misma de la Iglesia y de cada discípulo aún hoy.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día. 2021