Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Fiestas y Solemnidades

Yo soy el Buen Pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí

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San Rafael Guízar24 de octubre

San Rafael Guízar y Valencia, Obispo

Fiesta en México

Textos 

Del evangelio según san Juan (10, 11-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa, porque a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen pastor, porque conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Yo doy la vida por mis ovejas. Tengo además otras ovejas que no son de este redil y es necesario que las traiga también a ellas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

El Padre me ama porque doy mi vida para volverla a tomar.

Nadie me la quita; yo la doy porque quiero. Tengo poder para darla y lo tengo también para volverla a tomar. Este es el mandato que he recibido de mi Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la fiesta de San Rafael Guízar (1877-1938), la liturgia nos presenta el evangelio del Buen Pastor, imagen de Jesús que inspiro a san Rafael, que encarnó en su ministerio como obispo de Veracruz, aprendida de insignes pastores, como de quien fuera su obispo en la Diócesis de Zamora, el siervo de Dios José María Cázares y Martínez (1832-1909).

Jesús se presenta como el «buen pastor», es decir, como aquel que reúne y guía a las ovejas hasta ofrecer la vida por su salvación; y añade que el que no da su vida por las ovejas no es pastor sino asalariado. Para indicar el peligro, emplea la imagen del lobo que «el lobo se arroja sobre ellas y las dispersa».

Si lo consideramos con detenimiento, la obra del lobo congenia con la actitud de asalariado, pues a ambos les interesa solo su provecho, su satisfacción, su propia ganancia y no la de las ovejas. De aquí sale una especie de conjura diabólica de los indiferentes y de los egoístas.

Si pensamos en el enorme número de personas que han perdido el sentido de la vida y vagan sin ningún objetivo, si vemos a los millones de refugiados que abandonan sus tierras y su deseo de una vida mejor sin que nadie se preocupe, si observamos la dispersión de los jóvenes en busca de la felicidad sin que haya alguien que les indique el camino, por desgracia debemos constatar la triste y cruel alianza entre los lobos y los asalariados, entre los indiferentes y quienes buscan solo obtener ventajas personales de tales dispersiones.

El profeta Ezequiel escribe: «Mi rebaño anda disperso por toda la superficie de la tierra, sin que nadie se ocupe de él ni salga en su busca» (Ez 34, 6). El Señor Jesús afirma: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas». Es lo que hizo en los días de la Pasión cuando amó a los suyos hasta el final, hasta la efusión de la sangre. Todo el Evangelio no habla de otra cosa más que de este vínculo entre las muchedumbres abandonadas, extenuadas y sin pastor, y Jesús que se conmueve por ellas.

«¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra?», dice el Señor. Se atribuye a san Carlos Borromeo la frase: «Para salvar un alma, aunque fuera solo una, iría hasta el infierno». Este es el ánimo del pastor, ir hasta el infierno es decir, hasta el límite más bajo para salvar a una persona. Se puede comprender también bajo esta perspectiva la «bajada a los infiernos» de Jesús en el Sábado santo. Como buen pastor, fue a buscar a quien estaba perdido, a quien estaba y está olvidado, a quien estaba y está en los infiernos de este mundo que el mal y los hombres han creado.

El papa Francisco insiste en que los pastores tengan en sí mismos «olor» a oveja; y debemos intensificar la oración para que el Señor conceda a su Iglesia jóvenes que escuchen la invitación a ser «pastores» según su corazón. Sin embargo, es de una comunidad de creyentes que se preocupan por los demás de donde pueden nacer «pastores». De hecho, el buen pastor no es un héroe, sino una persona que ama.

Amar a los demás significa tener sentimientos amplios como los de Jesús, «También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor». El amor de Dios hace que nos conmovamos por quienes vagan en nuestras ciudades buscando llegar a su destino, por aquel hombre o aquella mujer cercana o lejana que espera consuelo y no lo encuentra.

Toda la comunidad cristiana, unida al Señor Jesús, está llamada a conmoverse por las muchedumbres, y con Jesús reza para que no falten los obreros para la viña del Señor. Asimismo, cada creyente, ante Dios y ante «los campos, que blanquean ya para la siega» (Jn 4, 35), debe decir con el profeta: «Aquí estoy: envíame» (Is 6, 8).

San Rafael Guízar es patrono de la Conferencia del Episcopado Mexicano, oremos por los Obispos de México.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 185-186.

29 de septiembre

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Textos

 Del evangelio según san Juan (1, 47-51)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia hoy recuerda a los santos arcángeles : Gabriel, Rafael y Miguel. Sus nombres indican su misión. 

Miguel significa: «¿Quién es como Dios ?». Es un nombre que indica su poder de recordar a los hombres la grandeza de Dios, contra el orgullo de quien quiere ponerse en el lugar de Dios. En la tradición de la Biblia él lucha contra el diablo, el príncipe de la división que con el orgullo quiere separar siempre al hombre de Dios. 

Gabriel significa: «Anuncio de Dios». Es el ángel que anuncia lo que hará el Señor. Encontramos a este ángel en el libro de Daniel y en el Evangelio de Lucas. Él es quien lleva la alegre noticia a Zacarías en el templo de Jerusalén y a la Virgen María en Nazaret. 

Rafael significa: «Medicina de Dios». Él es el protagonista del libro de Tobías. Guía a Tobías por caminos impracticables y dificiles. Acompaña y cura su vida y la de sus seres queridos.

En la tradición bíblica los ángeles, como resume la Carta a los hebreos, son «espíritus servidores, con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (1, 14). A ellos Dios les confia la tarea de transmitir su voluntad. Es cierto que Pablo recuerda que hay «un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 T im 2, 5), pero las Iglesias dan fe del papel que estos mensajeros de Dios han tenido en la historia de la salvación. En cualquier caso nos aseguran la constante presencia de Dios a nuestro lado. Ellos, además, celebran ante Dios en el cielo una liturgia celestial ininterrumpid a a la que los¡ creyentes se unen cada vez que se celebra la misa proclamando a Dios tres veces Santo.

Y Jesús, con las palabras que le dice a Natanael, hoy nos revela una gran verdad. Él es realmente el único mediador entre Dios y los hombres, él ha abierto el cielo de una vez para siempre. A través de él los ángeles bajan para llevar los dones celestes a los hombres. También a través de él los ángeles suben al cielo para presentarle a nuestro Padre celestial toda súplica de gracia, de bendición y de salvación. Ellos están misteriosamente presentes y son misteriosamente eficaces en la oración que cada día dirigimos al Señor.

«Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». Los ángeles son, pues, ministros del Señor Jesús. Ministros de su gracia, de su verdad y de su gloria. Ministros de su amor por los hombres. Ministros de consolación. Ministros que están llamados a acompañar al hombre en su camino hasta el Cielo. Ellos muestran con su «subir y bajar» la constante presencia del Señor en nuestra vida. Está fuera de lugar, pues, aquel miedo que puede nacer en los creyentes ante la casualidad o ante las fuerzas oscuras de la naturaleza. El Señor no nos abandona. Él nos rodea con sus ángeles para que nada pueda apartarnos de Él Y dejamos a merced de las fuerzas del mal.


[1] V. Paglia, La palabra de Dios cada día, 2017, 421-422

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores

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21 de septiembre

San Mateo Apóstol y Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Porqué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos”.

Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia recuerda a Mateo, apóstol y evangelista. En hebreo era conocido como Leví y tenía un oficio, el de recaudador de impuestos, considerado infame por sus conciudadanos, porque consistía en cobrar los impuestos para los dominadores extranjeros. Los recaudadores solían ser mezquinos y engañosos para recaudar los impuestos. 

A aquel recaudador le pasó algo totalmente inesperado, algo que dejó atónita a la gente. Jesús, mientras está caminando por las calles de Cafarnaúm, ciudad fronteriza y de pago de impuestos, lo ve y en lugar de pasar de largo mirándolo con desprecio como hacían todos, se detiene cerca de él, que estaba concentrado en recoger los tributos en su banco, y lo llama: «¡Sígueme!». 

Bastó aquella única palabra y Mateo «se levantó y le siguió», explica él mismo con cierta pudicia. Para Jesús ningún hombre, sea cual sea su situación, aunque goce de mala fama como Mateo, es extraño al llamamiento evangélico. Lo que importa para Jesús no es la situación en la que uno se encuentra, sino acoger la llamada evangélica en el corazón. Eso es lo que hizo precisamente el alcabalero Mateo. Y su vida cambió a partir de aquel momento. 

Hasta entonces había pensado en acumular para él. Desde que escuchó a aquel Maestro no hizo más que seguirle. No fue ningún sacrificio para él; al contrario, fue una fiesta. Comprendió que Jesús no llamaba para robar la vida o para entristecerla, sino todo lo contrario, para que todos pudieran participar en su gran sueño por el mundo. Y efectivamente, Mateo estaba tan contento de que le hubieran elegido para seguir a aquel maestro que organizó de inmediato una comida con Jesús y con sus amigos publicanos y pecadores. Un extraño banquete que, sin embargo, prefiguraba aquella alianza entre cristianos y pobres que Jesús vivió y predicó. 

Desde aquel momento Mateo ya no se sentó más a recaudar impuestos, sino que se convirtió en discípulo y llamó a los pecadores para hacer fiesta con ellos al lado de Jesús. El mundo no comprende lo que está sucediendo, pero precisamente esa es la novedad del Evangelio que desconcierta a la mayoría: todos, sin excluir a nadie, pueden sentirse tocados en su corazón y cambiar de vida, empezando por los pecadores. Jesús lo explica para los que no querían, y no quieren, entenderlo: «No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos». De hecho está escrito: «Misericordia quiero, que no sacrificio». 

Mateo continúa con el Evangelio que lleva su nombre recordándonos la centralidad de la Palabra de Dios: basta una de esas palabras, como fue en su caso, para cambiar la vida. Escuchémosla, como hizo Mateo y como han hecho los demás discípulos de todos los tiempos, y pongámonos también nosotros a seguir a Jesús. (Paglia, (2019) p. 315-316)


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 315-316.