Ecos de la Palabra

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Y yo te digo a ti que tú eres Pedro…

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29 de Junio 

Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas fundamentales de la Iglesia, cuyo martirio nos lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia.

Una antiquísima tradición asocia a Pedro y a Pablo; por distintos caminos, ambos partieron de Jerusalén y llegaron a Roma, capital del Imperio que en ese momento era la potencia mundial. Se trasladaron a Roma para animar a las comunidades que en ese lugar daban testimonio de Cristo. Allí evangelizaron y sellaron su ministerio apostólico.

Pedro y Pablo son dos tipos distintos.

Pedro caminó con Jesús de Nazaret recorriendo Galilea, lo siguió con generosidad, asumió el liderazgo entre sus compañeros, vivió un proceso de discipulado con momentos álgidos por su carácter obstinado. Acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo, a diferencia de Pedro, no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió́ con él la Cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia de Jesús Resucitado, que lo llamó en el camino de Damasco transformándolo en infatigable apóstol que abrió muchos y diversos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, que es núcleo del evangelio. Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión” (Gál 2,9) pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio.» (Gál 2,11-14).

La celebración de los santos apóstoles Pedro y pablo no es secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

Pedro dice quién es Jesús

El texto del evangelio que se proclama este día se centra en la persona de Pedro; después de escuchar lo que la gente dice acerca de él, Jesús pregunta a los discípulos ellos que es lo que dicen, es entonces cuando Simón le responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

En esta confesión de fe, el apóstol articula la doble relación que identifica a Jesús. Primero, su relación con el pueblo; Jesús es el Cristo, el Mesías, el único, el último el definitivo rey y pastor del pueblo, que vino al mundo, enviado por Dios para dar a su pueblo y a la humanidad entera la plenitud de la vida. Segundo, su relación con Dios; Jesús es Hijo: vive una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor.

En la confesión de fe, Simón revela a Dios como «viviente», con lo que nos dice que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en si mismo, que ha creado todo y que tiene el poder de vencer a la muerte.

Jesús dice quién es Pedro

Después de que el apóstol ha hecho la confesión de fe, Jesús, le dirige unas hermosas palabras, que describen su identidad. Primero, Jesús se dirige a él con nombre y apellido: «Simón hijo de Jonás», con ello indica la realidad humana de Simón, su origen y su historia. Segundo. Jesús revela que la confesión de fe, no es obra de la inteligencia de Simón, sino que el Padre quien le ha dado ese conocimiento. Tercero, Jesús le pone un nuevo nombre: “Tú eres Pedro», indicando que para Simón comienza una nueva vida. Cuarto, Jesús da a Pedro una nueva tarea, una nueva responsabilidad, que se sintetiza en tres símbolos:

El primer símbolo es la Roca. Pedro es la Roca sobre la Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión del Pedro; éste, por su parte, tendrá la tarea de darle consistencia y firmeza a la comunidad de fe; al ministerio de Pedro, Jesús corresponde dotando a la comunidad de duración perenne y solidez.

El segundo símbolo es el de las llaves. Este símbolo no indica que Pedro sea el portero del cielo, sino el administrador, que representa al dueño de la casa ente los demás y que actúa por delegación suya.

El tercer símbolo es una tarea: atar y desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza. Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Jesús es el Señor de la Iglesia, es su Pastor, y nunca la abandona, por ello le da una guía con autoridad. Quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular; a Pedro corresponde hacer visible este fundamento y esta piedra, siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe.

[1] F. Oñoro, Un testimonio firmado con la propia sangre. Lectio Divina de Mateo 16, 13-19. CEBIPAL/CELAM:

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo

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Juan Bautista

Natividad de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 57-66. 80)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre” Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿ Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra hoy el nacimiento de Juan el Bautista. Es una fiesta muy antigua. Junto a María, Juan el Bautista es el único santo de quien se recuerda el día de su nacimiento. Ello se debe a que la vida de ambos es inexplicable sin tener a Jesús como referente: nacieron para Jesús; María para ser su madre y Juan para prepararle el camino.

En el iconostasio bizantino están representados junto a la puerta central, que es Cristo. Una por un lado y el otro por el otro lado, con un gesto de la mano invitan a los fieles a dirigir su mirada hacia el Salvador. Juan nació para indicar a los hombres el camino hacia Jesús. Es venerado también en el islam: sus reliquias están en la mezquita de los Omeyas de Damasco.

El evangelista Lucas narra su nacimiento de manera paralela al de Jesús. También sobre él se posó la mirada del Señor. El ángel se aparece a Zacarías mientras lleva a cabo su servicio en el Templo y le anuncia el nacimiento de su hijo. A Zacarías le pareció un anuncio totalmente inverosímil, porque su esposa, Isabel, era de edad avanzada y ya era estéril. El ángel insiste y le sugiere a Zacarías incluso el nombre que deberá poner al niño: le «pondrás por nombre Juan» (que significa: «el Señor es favorable»). Y así fue. En el momento del nacimiento Zacarías recuperó el habla y le dio al niño el nombre de Juan.

El nacimiento de este niño inaugura una nueva vida para los dos ancianos padres, cuando toda esperanza parecía ya haberse desvanecido a causa de la esterilidad de Isabel. Pero ante, aquel hijo es fruto de la palabra del ángel y su nombre es totalmente nuevo: viene al mundo para llevar a los hombres de su tiempo hacia Jesús. Su ejemplo, su testimonio, nos ayuda también a nosotros y a los cristianos de todos los tiempos: todos -como el Bautista – somos fruto del amor de Dios, nadie de nosotros ha nacido por casualidad. Hemos nacido para ser discípulos de Jesús y preparar el corazón de los hombres para que lo acojan como Salvador del mundo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 227-228.

… Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría…

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Viernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés 

El Sagrado Corazón de Jesús

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.

Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y la liturgia nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios a través del corazón de su Hijo que se revela a nosotros como el corazón de un buen pastor.

La imagen del pastor es muy querida por los profetas y ya Ezequiel había hablado de ella: «Aquí estoy yo, para cuidar personalmente de mi rebaño y velar por él… las reuniré de los países y las conduciré de nuevo a su suelo» (34, 11.13) El Evangelio de Lucas, como si quisiera continuar las palabras del profeta, reproduce las palabras de Jesús que se identifica con el buen pastor que siente un amor tan grande por sus ovejas que está dispuesto a dar su propia vida por ellas.

El Evangelio de Juan, dice que el Buen Pastor ama a las ovejas conoce una a una (10, 3), no como una masa indistinta; de hecho de cada una conoce la voz, el nombre, la historia, lo que necesita, y vierte todo su afecto y su esperanza en cada una. En una sociedad como la nuestra que se ha hecho virtual, anónima e individualista, es fácil que te olviden y desaparezcas.

El corazón de Jesús no olvida a nadie; el Señor nos ama y nos conoce a cada uno. Pero muchas veces somos nosotros, quienes nos alejamos y terminamos cansados y oprimidos, como aquellas muchedumbres que conmovieron el corazón de Jesús, porque le parecían como «ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36).

El pastor bueno, recuerda Jesús, deja a las noventa y nueve ovejas en el redil para ir a buscar a la oveja perdida. «Buscaré la oveja perdida, tomaré a la descarriada», decía el profeta Ezequiel (34, 16). Jesús no abandona a ninguna de sus ovejas; siempre las recoge, las guarda y, quizás no una vez sino muchas, ha tenido que dejar a las otras noventa y nueve ovejas para ir a buscarnos a cada uno de nosotros y cargamos a hombros.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 230-231