Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Fiestas y Solemnidades

Pónganse en camino

0

apóstoles.jpg 18 de octubre

San Lucas, Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Lucas(10, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.

No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá.

Quédense en esa casa.

Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa.

En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy es la fiesta de San Lucas, y el evangelio nos habla del envío de los setenta y dos discípulos que deben anunciar la Buena Noticia de Dios en los poblados, en las aldeas y en las ciudades de Galilea.

El número setenta y dos simboliza a todos los pueblos de la tierra; hoy somos los discípulos que vivimos después de los Doce. Mediante la misión de los discípulos, Jesús trata de rescatar los valores de la tradición de la gente que estaban siendo encubiertos por el doble cautiverio del dominio romano y de la religión oficial.

Jesús quiere que la comunidad que nace del evangelio sea expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios. Por esto, insiste en la hospitalidad, en el compartir, en la acogida a los excluidos. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que daba a los discípulos cuando los enviaba en misión.

En tiempo de Jesús había diversos otros movimientos religiosos que, al igual que Jesús, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir, por ejemplo Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos y tenían a sus misioneros; los de Jesús tendrán características propias.

Jesús envía a los discípulos a los lugares donde el mismo tiene que ir. El discípulo es el portavoz de Jesús. No es el dueño de la Buena Noticia. El los envía de dos en dos. Esto favorece la ayuda mutua, pues la misión no es individual, sino comunitaria. Dos personas representan mejor la comunidad.

La misión no es propia, es obra de Dios, por ello, el misionero debe rezar para que Dios envíe trabajadores a su viña. Todo discípulo debe sentirse responsable de la misión. Por esto tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos. La misión es tarea difícil y peligrosa; el sistema en que los discípulos vivían no era favorable a la organización de la gente en comunidades vivas.

Al diferencia de otros misioneros, los de Jesús no deben llevar nada, ni bolsa, ni sandalias; lo único que deben llevar es el saludo de paz. No deben confiar en sus propias fuerzas o capacidad, sólo en Dios. No saludar a nadie por el camino se les pide para que no pierdan tiempo en cosas que no pertenecen a la misión.

Los discípulos no deben andar de casa en casa, pero sí permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de forma estable, participar en la vida y en el trabajo de la gente y vivir de lo que reciben en cambio, pues el obrero merece su salario.

Los fariseos, cuando iban en misión, iban prevenidos. Pensaban que no podían confiar en la comida que no siempre era ritualmente “pura”. Por esto llevaban alforja y dinero para poder cuidar de su propia comida. Así, en vez de ayudar a superar las divisiones, las observancias de la ley de pureza, hacían difícil la convivencia y compartir los valores comunitarios.

Los discípulos deben curar enfermedades, curar a los leprosos y expulsar los demonios. Esto significa que deben acoger dentro de la comunidad a los que fueron excluidos. Si cumplen con todas estas exigencias, los discípulos pueden y deben gritar a los cuatro vientos: ¡El Reino ha llegado! Anunciar el Reino implica una nueva manera de vivir y de convivir desde la Buena Noticia del amor de Dios que Jesús nos comunica con su vida y su Palabra.

[1] Cf. O Carm. Lectio Divina, 18 de octubre 2014

Sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre

0
niños 22 de octubre

Santos Ángeles Custodios

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (18, 1-5. 10)

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?” Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús se dispone a subir hacia Jerusalén, donde le espera la muerte y la resurrección. El evangelista indica que «en aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos» y le preguntaron: «¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?». Es una pregunta que denota su lejanía del maestro. El pasaje paralelo de Marcos (9, 33ss) presenta la misma escena: es una situación que continúa repitiéndose también hoy entre los discípulos: ¡cuántas veces olvidamos el Evangelio porque estamos preocupados solo por nosotros mismos o por nuestros primados!

Jesús tomó a un niño y lo puso «en medio», en el centro de la escena, y dirigiéndose a los discípulos, dijo: «si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos». Con estas palabras empieza el cuarto largo discurso de Jesús a los discípulos, que es una espléndida reflexión sobre la vida de la comunidad cristiana.

El inicio ya es paradójico: el discípulo no es como un adulto, un hombre maduro, como habríamos pensado nosotros, sino un niño, un pequeño que necesita ayuda y apoyo, un hijo. El discípulo es un hijo, y debe serlo siempre, es decir, alguien que necesita ayuda, protección y compañía. Solo quien es hijo puede ser al mismo tiempo padre en la comunidad de creyentes.

En el Reino de Dios somos siempre hijos. Jesús nos advierte de que no despreciemos a los discípulos, a los pequeños, pues sus ángeles están siempre ante Dios. Es decir, Dios los protege. Y precisamente en ese mismo sentido va la extraordinaria parábola de la oveja perdida que narra Jesús para enseñar de qué calibre es el amor de Dios por sus hijos. Hace lo imposible para que ninguno de sus pequeños se pierda.

Es esa una dimensión que debería recuperar preponderancia en las comunidades cristianas: el primer puesto debe ocuparlo la preocupación por la salvación de los hermanos y las hermanas. La primera tarea de toda la comunidad cristiana es la salvación de las personas; esa es la preocupación misma de Dios.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 312-313.

Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez

0
bartolome24 de agosto

San Bartolomé, Apóstol

Textos

† Del evangelio según san Juan (1, 45-51)

En aquel tiempo, Felipe se encontró con Natanael y le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la ley y también los profetas. Es Jesús de Nazaret, el hijo de José”.

Natanael replicó: “¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?” Felipe le contestó: “Ven y lo verás”.  Cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”.

Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra al apóstol san Bartolomé. Era originario de Caná de Galilea y el cuarto evangelio lo identifica con el nombre de Natanael que significa Dios ha dado.

Su amigo Felipe lo llama y lo lleva donde Jesús, que al verlo dice de él: « Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez». Pero el encuentro con el joven profeta de Nazaret -como ya había pasado con Andrés y Felipe- es decisivo para Natanael. Decide cambiar de vida. Deja su casa y a sus familiares y se pone a seguir a Jesús que lo llamará a formar parte de los Doce.

Después del día de Pentecostés, Bartolomé fue a predicar el Evangelio a India y Armenia, según la tradición, donde le arrancaron la piel y murió mártir. Su cuerpo reposa en la Basílica romana de San Bartolomé de la Isla, santuario de los Nuevos Mártires del siglo XX.

El Evangelio de hoy narra su encuentro con Jesús. Felipe, que ya conocía al joven profeta de Nazaret, le explica a Natanael la extraordinaria fuerza de este joven profeta. Natanael plantea objeciones desde el prejuicio y el realismo de quien ya no espera nada bueno de la vida: «¿Acaso puede salir de Nazaret algo bueno?». Felipe no intenta aclarar o resolver la duda de Natanael, sino que lo invita a conocer a Jesús. La fe no es fruto de razonamientos sino de conocer personalmente a Jesús. Y mientras Natanael se acerca, oye que Jesús dice palabras buenas sobre él. Y el joven profeta de Nazaret le hace comprender que lo amaba incluso desde antes de conocerle: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera».

Jesús ilumina el corazón de aquel hombre justo, que siente que el Señor le conoce profundamente y dice: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel». Y Jesús, ante esta confesión de fe, le promete que verá cosas mucho mayores.

Los ángeles que «suben y bajan sobre el Hijo del hombre», el antiguo sueño de Jacob, son el sueño de Jesús para sus discípulos, y recuerdan a Natanael-Bartolomé y a los discípulos de todos los tiempos que el sueño de Dios para la humanidad no ha terminado. Cada vez que dejamos que la palabra del Evangelio toque nuestro corazón vuelven a abrirse los cielos sobre este mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 323-324.