Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Fiestas y Solemnidades

¡Hagan esto en memoria mía!

0

sumo y eterno sacerdote 2 

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Jueves después de Pentecostés

Textos

† Del evangelio según san Lucas (22, 14-20)

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes.

Hagan esto en memoria mía”.

Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Celebramos la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Los textos bíblicos de la liturgia nos remiten al tema eucarístico: contemplamos, de san Lucas, el relato de la institución de la Eucaristía, en el que podemos encontrar luces para comprender este misterio vinculado al tema del sacerdocio.

En la Ultima Cena, se funden el alimento y la enseñanza; el pan y el vino adquiere una realidad y significado novedosos a partir de las palabras de Jesús. Justo en el momento de la prueba, Jesús ofrece alimento que es fortaleza para infundir vigor a los discípulos que vivirán la crisis de la pasión de Jesús,

En la primera parte del relato encontramos una reflexión sobre el ritual de la Pascua y es la reflexión final, profética, que Jesús hace de su propia muerte y resurrección. En la segunda parte, el pan y el vino son interpretados dando significado a la muerte de Jesús y los discípulos reciben el mandato de conservar este rito como memorial del Señor.

Jesús es consciente de lo que le espera: «Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer»; con el término «padecer» se refiere no sólo al momento definitivo de su muerte sino a la pasión entera: cada uno de los momentos de la pasión tiene fuerza redentora.

Sobre la pasión, en la que Jesús se presentará sometido a los poderes del mundo que lo condenan a muerte, Jesús predice su victoria final. Es es el mensaje de las palabras sobre el cordero y el vino: «… ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios… ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

La Pascua mira al pasado, por eso es acción de gracias, pero también mira al futuro, es esperanza de la liberación definitiva. El memorial de Jesús no será un gesto nostálgico con la mirada vuelta hacia el pasado, sino un punto de referencia que permite volver la mirada al futuro con esperanza.

Con los gestos de la cena pascual, Jesús revela el significado interior de su muerte. El primer gesto se relaciona con el pan: lo tomó, dio gracias y lo repartió, agregando una nota explicativa: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes». El pan que Jesús da es el mismo Jesús que se “entrega” a si mismo por sus discípulos. La muerte de Jesús es padecida por el bien de otros, por eso Lucas destaca el «por ustedes». Jesús muerte por los que ama, por sus discípulos, intensificándose así el vínculo personal del discipulado.

El segundo gesto se relaciona con el vino, el cáliz es distribuido a los apóstoles, presentado como la «copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes», subrayando así por segunda vez que la muerte de Jesús es por el bien de aquellos que él ama.

La sangre derramada realiza una “nueva Alianza”. Esto nos remite a la imagen bíblica del Éxodo, en donde la Alianza entre Yahveh y el pueblo se realiza mediante un ritual de sangre. La referencia a la “Nueva Alianza” proviene de Jeremías (31,31-34). La muerte de Jesús por el pueblo es un signo indeleble de la Alianza de Dios con Israel, introduciendo el período final y definitivo de la historia de salvación. La Alianza de Dios con Abraham es el fundamento de la esperanza de Israel, Jesús cumple la promesa de los orígenes de la historia de la salvación.

Entre los gestos rituales relacionados con el pan y el vino, Jesús dice: «Hagan esto en memoria mía”» La atención se dirige ahora a los discípulos; ellos tendrán la misión de hacer  la conexión entre Jesús y las comunidades congregadas por Jesús para cumplir con su misión. Hacer la memoria, el recuerdo, no consiste sólo en la evocación de un hecho pasado, significa sobre todo «hacerlo presente».

A la Iglesia corresponde la reflexión sobre las palabras y las acciones de Jesús, sostenida por el mismo Señor Resucitado, pero también gracias al ministerio de los responsables de cumplir el mandato de actualizar los gestos eucarísticos en memoria suya. No se trata sólo de ritualizar los gestos en acciones litúrgicas; se trata de que estas hagan presente el compromiso actual y activo de los discípulos que cómo Jesús, con Él y en Él, también ofrecen su vida como un don para la vida del mundo.

 

[1] F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina. Lucas 22, 14-20. CEBIPAL//CELAM.

Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él

0

iuxta crucem

Santa María Virgen, Madre de la Iglesia

Lunes después de Pentecostés

Textos

† Lectura del santo Evangelio según San Juan: 19, 25-34

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería,  Jesús dijo a su madre:

«Mujer, ahí está tu hijo».
Luego dijo al discípulo:
«Ahí está tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo se la llevó a vivir con él.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura, dijo:

«Tengo sed».
Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, probó el vinagre y dijo:
«Todo está cumplido».
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Entonces los judíos, como era el día de la Preparación de la Pascua, para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día muy solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y los quitaran de la cruz.

Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno y luego al otro de los que habían sido crucificados con él. Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, le traspasó el costado con una lanza, e inmediaamente salió sangre y agua. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Contemplamos a la Madre de Jesús, que junto con otras mujeres, acompaña a Jesús en los últimos momentos de su agonía.

Nos concentramos en la última acción que Jesús realiza antes de su muerte en la Cruz y la hace de tal manera que enseguida el evangelista anotará: «Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término…» El último gesto de amor de Jesús, quien ha entregado todo, es el don de su propia Madre. Esto se realiza en el bello diálogo en el que une a su madre y al discípulo amado como madre e hijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre.» En el evangelio de Juan, la madre y el discípulo se caracterizan por el hecho de que nunca son designados por su propio nombre, sino siempre según el tipo de relación que cada uno sostiene con Jesús. Por lo tanto, no es su nombre, sino su relación con Jesús lo que es esencial para ellos.

El evangelio habla de la  «madre de Jesús». La vida y la persona de María son determinadas y caracterizadas por el hecho de ser la madre de Jesús, hay una relación que no sólo es biológica sino afectiva, íntima, insustituible entre ellos.  La relación madre-hijo es única.

De la misma manera el evangelio habla del «discípulo amado». Según la tradición (que viene desde el siglo II dC), se ha pensado que se trata del apóstol, que también sería el evangelista, Juan; su relación con Jesús  es diferente de aquella que es dada biológicamente y de por sí en la maternidad; la del discipulado es una relación construida en la amistad.

Pues bien, Jesús antes de morir quiso que estas dos personas, unidas a él de forma muy estrecha -en cuanto madre y en cuanto discípulo- se pertenecieran la una a la otra. No se trataba de una decisión de ellos, sino del mismo Jesús.

Cuando Jesús se despidió en la cena, preparó a sus adoloridos discípulos para su muerte y al mismo tiempo para lo que vivirían después de su muerte.  Les prometió que no los dejaría huérfanos. Entonces, les prometió la asistencia del Espíritu Santo.

Pero Jesús también pensó en María, a ella no la dejó sola y sin protección.  Por eso le da como hijo al discípulo amado. María entonces puede apoyarse en él, como en su hijo. El discípulo la respetará,  la estimará y se ocupará de ella en las necesidades y en las debilidades de la vejez.

María, por su parte, recibe un nuevo llamado: el de ofrecerle al discípulo amado -imagen de todos lo que pertenecen a Jesús por el discipulado–  todo su amor de madre.  Porque el discípulo amado estaba estrechamente unido a Jesús, ella lo amará como a su hijo Jesús.

Así de intenso es el amor que Jesús quiere que reciban sus discípulos y en esta hora crucial de la Pasión, no podemos dejar de pensar que en el amor de la madre también se experimenta todo el amor  del Crucificado.

Una nueva realidad comienza a partir de las palabras de Jesús en la cruz. Se crea una relación estrecha entre su madre y su discípulo. Ahora viven el uno para el otro, lo que los une a Jesús, los une entre sí. Es el mismo amor contenido en el mandato: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”.

En el amor de María como madre que sufre por toda la humanidad y la Iglesia, está el amor de Jesús hasta el extremo y así es como la Madre de Jesús también se convierte en mediadora de vida.

 

[1]  F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina Juan 19, 25-27. CEBIPAL/CELAM

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

0

jesus_glorioso

4 de mayo

Santos Felipe y Santiago, Apóstoles

(En México)

Textos

† Del evangelio según san Juan (14, 6-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto”.

Le dijo Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Jesús le replicó: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: Muéstranos al Padre? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras.

Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago.

Santiago es recordado por la tradición como el hijo de Alfeo, el que al inicio de la misión de los apóstoles no quiso que se impusiera a los convertidos del paganismo la reglas de la observancia de la ley y de la tradición judía.

Felipe es recordado en el Evangelio de Juan como el que pone preguntas al Señor: su propio límite ante las multitudes que hay que saciar, a continuación la pregunta de aquellos griegos que quieren ver a Jesús, y al final la petición, durante la última cena, de poder ver al Padre. Es una pregunta profunda que revela el deseo del hombre de encontrar a Dios. Pero Felipe no se da cuenta de que el Señor está sentado a su lado. «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?». Se puede estar junto al Señor sin reconocerlo.

La pregunta de Felipe se encuentra también con nuestra vida. La pregunta de conocer al Padre se convierte en la de conocer a Jesús, creer en su palabra y en sus obras. Y no se trata de «conocer» de forma intelectual, sino de acoger en el corazón, amar, vivir con Jesús.

Quien ve a Jesús ve al Padre, es decir, sabe reconocer los rasgos de un amor más grande. Dios, a quien nadie puede ver, se hace visible y lo hace con los gestos fraternos del Señor sentado a la mesa con los suyos, que se había inclinado para lavar sus pies. Dice Jesús que quien cree en él hará sus obras «y hará mayores aún». Esto puede asombrar, pero en realidad es el signo de que el amor de Dios no se pone límites, y crece con la fe y la oración de los discípulos.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 173-174.