Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Verán a los ángeles de Dios

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29 de septiembre

Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Textos

 Del evangelio según san Juan (1, 47-51)

En aquel tiempo, cuando Jesús vio que Natanael se acercaba, dijo: “Este es un verdadero israelita en el que no hay doblez”. Natanael le preguntó: “¿De dónde me conoces?” Jesús le respondió: “Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Respondió Natanael: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Jesús le contestó: “Tú crees, porque te he dicho que te vi debajo de la higuera. Mayores cosas has de ver”. Después añadió: “Yo les aseguro que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia hoy recuerda a los santos arcángeles : Gabriel, Rafael y Miguel. Sus nombres indican su misión. 

Miguel significa: «¿Quién es como Dios ?». Es un nombre que indica su poder de recordar a los hombres la grandeza de Dios, contra el orgullo de quien quiere ponerse en el lugar de Dios. En la tradición de la Biblia él lucha contra el diablo, el príncipe de la división que con el orgullo quiere separar siempre al hombre de Dios. 

Gabriel significa: «Anuncio de Dios». Es el ángel que anuncia lo que hará el Señor. Encontramos a este ángel en el libro de Daniel y en el Evangelio de Lucas. Él es quien lleva la alegre noticia a Zacarías en el templo de Jerusalén y a la Virgen María en Nazaret. 

Rafael significa: «Medicina de Dios». Él es el protagonista del libro de Tobías. Guía a Tobías por caminos impracticables y dificiles. Acompaña y cura su vida y la de sus seres queridos.

En la tradición bíblica los ángeles, como resume la Carta a los hebreos, son «espíritus servidores, con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación» (1, 14). A ellos Dios les confia la tarea de transmitir su voluntad. Es cierto que Pablo recuerda que hay «un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (1 T im 2, 5), pero las Iglesias dan fe del papel que estos mensajeros de Dios han tenido en la historia de la salvación. En cualquier caso nos aseguran la constante presencia de Dios a nuestro lado. Ellos, además, celebran ante Dios en el cielo una liturgia celestial ininterrumpid a a la que los¡ creyentes se unen cada vez que se celebra la misa proclamando a Dios tres veces Santo.

Y Jesús, con las palabras que le dice a Natanael, hoy nos revela una gran verdad. Él es realmente el único mediador entre Dios y los hombres, él ha abierto el cielo de una vez para siempre. A través de él los ángeles bajan para llevar los dones celestes a los hombres. También a través de él los ángeles suben al cielo para presentarle a nuestro Padre celestial toda súplica de gracia, de bendición y de salvación. Ellos están misteriosamente presentes y son misteriosamente eficaces en la oración que cada día dirigimos al Señor.

«Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre». Los ángeles son, pues, ministros del Señor Jesús. Ministros de su gracia, de su verdad y de su gloria. Ministros de su amor por los hombres. Ministros de consolación. Ministros que están llamados a acompañar al hombre en su camino hasta el Cielo. Ellos muestran con su «subir y bajar» la constante presencia del Señor en nuestra vida. Está fuera de lugar, pues, aquel miedo que puede nacer en los creyentes ante la casualidad o ante las fuerzas oscuras de la naturaleza. El Señor no nos abandona. Él nos rodea con sus ángeles para que nada pueda apartarnos de Él Y dejamos a merced de las fuerzas del mal.


[1] V. Paglia, La palabra de Dios cada día, 2017, 421-422

Te seguiré a donde quiera que vayas

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXVI semana

Textos

 Del evangelio según san Lucas (9, 57-62)

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, alguien le dijo: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de empezar su viaje desde Galilea hacia Jerusalén y plantea inmediatamente el problema de seguirle. Algunos se acercan, se presentan a Jesús y piden seguirle. Nada más entrar en Samaria, son tres las personas que se presentan o que son llamadas. En las respuestas de Jesús emergen las condiciones para poder convertirse en discípulos suyos. Y es curioso que las tres respuestas aludan de algún modo a las relaciones con la familia. 

Al primero que le pide seguirle, es decir, compartir su mismo destino, Jesús le dice que el Hijo del hombre, a diferencia de las zorras que tienen guaridas y las aves que tienen nidos, no tiene ni siquiera donde reclinar la cabeza. El discípulo debe vivir con la misma pobreza del maestro. No era así con los «rabinos» de entonces, que garantizaban a sus seguidores un lugar donde vivir. Es una advertencia severa para los que quisieran una vida asegurada y, al fin y al cabo, tranquila. 

La segunda persona es llamada directamente por Jesús. Y ante su petición de que le permita ir a enterrar a su padre, Jesús le contesta afirmando que seguirle y escuchar el anuncio del Evangelio tienen el primado incluso por encima de los deberes más delicados de la familia, como es enterrar al padre. 

Al tercero que se acerca Jesús le dice que si quiere seguirle no debe aflorar la vida que ha dejado. La vida que recibe quien sigue a Jesús no admite miradas atrás. Y es más importante que los lazos familiares. En otra ocasión había dicho: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26). El Evangelio requiere cortar con la vida pasada y abandonar el egocentrismo y las tradiciones de cada uno para elegir a Jesús como único Señor de la vida. 

Seguir a Jesús es sin duda una decisión radical y también paradójica. Pero es así porque el amor de Jesús por nosotros es total, radical, paradójico, único. Podríamos decir que Jesús es el primero que vive esta radicalidad en la obediencia al Padre y su designio. El discípulo vive del mismo amor que Jesús tiene por el Padre. Ese es el amor que nosotros y el mundo necesitamos para ser liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 368.

Los samaritanos no quisieron recibirlo

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en camino 

Tiempo Ordinario

Martes de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-56)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió. Después se fueron a otra aldea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con este pasaje Lucas empieza el viaje de Jesús con los discípulos hacia Jerusalén. Jesús sabía que el Evangelio -aun a costa de su vida- debía ser predicado en Jerusalén, esto es, en el corazón político y religioso del pueblo de Israel.

Los discípulos querían detenerlo, pero Jesús «tomó la firme determinación». No se quedó en los lugares que para él eran habituales y seguros, a salvo de la violencia de los enemigos. En definitiva, no quiso ceder a la tentación de la tranquilidad de su entorno habitual, como sí hacemos a menudo muchos de nosotros, que tal vez nos amparamos en la excusa de nuestras limitaciones, de nuestra diócesis, de nuestra parroquia, de nuestros barrios, etcétera.

El papa Francisco repite que el Evangelio debe ir por las calles y recorrer las periferias humanas y de la existencia. Allí está su destino, porque allí es donde debe llevar liberación y alivio.

Desde el inicio de su predicación, es más, desde el inicio de su misma vida -solo hay que recordar la violencia homicida que Herodes, en su afán por acabar con el rey de Israel profetizado, descargó en el episodio de la matanza de los niños inocentes-, Jesús encuentra hostilidad y rechazo, pero nada le detiene. La obediencia al Padre y la urgencia de comunicar el Evangelio del amor tienen el primado absoluto en su vida. Por eso con decisión, es decir, obedeciendo gustosamente y con radicalidad a Dios, sale hacia Jerusalén.

El evangelista indica que envió delante de él a algunos discípulos con el encargo de «conseguirle alojamiento». La primera etapa era un pueblo de Samaria. Al llegar al pueblo los discípulos se encuentran frente a un claro rechazo por parte de los samaritanos del lugar. Era tanta su hostilidad hacia la capital judía que no querían que fueran hacia Jerusalén. Santiago y Juan -enojados con razón- querrían exterminar todo el pueblo. Pero Jesús contesta con el amor ante la frialdad de aquellos que no quieren acogerle y reprocha duramente -según el evangelista Lucas- el «celo» violento de los dos discípulos.

Una vez más se ve con claridad la visión evangélica de la vida que Jesús nos propone: para él no hay enemigos contra los que luchar o a los que destruir, sino únicamente personas a las que amar para que sean fraternas. Y los discípulos están llamados a continuar su misión de preparar los corazones de los hombres para acoger al Señor, sabiendo que Él no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 366-367.