Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

El que pierda su vida por mí, la encontrará

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seguimiento 3

Tiempo Ordinario

Viernes de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 24-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañia de sus ángeles, y entones dará a cada uno lo que merecen sus obras.

Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Con el texto del evangelio que leemos hoy, inicia una instrucción de Jesús «a sus discípulos» sobre la naturaleza del discipulado. La enseñanza tiene tres partes.

Primero.  «El que quiera venir conmigo» Después de la reacción de Pedro, que ante el anuncio de la pasión quiso disuadirlo, Jesús enseña que ser discípulo significa seguirlo en el camino hacia Jerusalén, donde le espera la Cruz. Tomar este camino es algo completamente libre. Quien se decide por seguir a Jesús imitándolo hace tres cosas:

1. Se niega a si mismo, es decir, no antepone nada al seguimiento. El valor de Jesús es tan grande que se es capaz de dejar de lado aquello que vaya en contradicción con lo que Él enseña. 2. Toma su propia cruz, significa estar prontos a dar la vida, yendo al martirio, pero sobre todo, sobrellevar con fortaleza y perseverancia los sinsabores de la existencia cotidiana y la capacidad de amar y transformar la adversidad en fuente de vida y 3. Sigue a Jesús, camina en fidelidad al Maestro, pone cada no de sus pasos en las huellas del Señor.

La motivación fundamental para seguir a Jesús es encontrar la vida: «… el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará

Segundo. Jesús plantea dos preguntas que llevan a conclusiones irrefutables; están formuladas de tal manera que sólo pueden tener una respuesta negativa: «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?»

Para captar lo específico de este dicho de Jesús hay que tener en cuenta que no se habla aquí de la vida como valor biológico, larga y con buena salud. Se trata del sentido de la vida. La verdadera vida, la cual según la Biblia se alcanza en la comunión con Dios, se logra –en última instancia- mediante el seguimiento de Jesús. El seguimiento de Jesús es, entonces, un camino completamente orientado a la vida, a la existencia plena y realizada.

Ésta se pone en riesgo cuando se vive de manera equivocada, cuando se construye sobre falsas seguridades. Jesús denuncia la falsa confianza puesta en propiedades y riquezas. Un serio peligro amenaza a quien quiere desaforadamente “ganar” el mundo entero apoyándose en imágenes de felicidad que parecieran convertirse en fines en sí mismos, entre ellos la carrera, el prestigio o el orgullo por los propios logros.

Tercero. Finalmente, y extendiendo más aún la mirada hacia el futuro, Jesús hace referencia al tiempo final de la venida del Hijo del Hombre: donde se valora la vida como un todo. La valoración está en manos del Hijo del hombre; los ángeles aparecen formando su corte.

La expresión “rodeado de su gloria” indica a Jesús como Hijo de Dios. El “Hijo del hombre”, quien –habiendo pasado por la humillación y el rechazo- culmina su camino triunfante, es, en última instancia, el “Hijo de Dios”; el mismo a quien Pedro –sin captar todas las implicaciones- había confesado como tal un poco antes. Y frente al “Hijo” por excelencia se desvela la verdad de todo hombre.

En este momento de revelación final, cada hombre debe responder por su vida. Particularmente para el “discípulo” de Jesús es la hora de la verdad de su discipulado. La síntesis del criterio de juicio sobre el obrar humano no es lo que haya dicho o prometido hacer sino su “hacer” real; esta praxis no está referida solamente a acciones particulares -como pensaban los rabinos- sino al estilo de vida, la vida entendida como unidad.

El discipulado es moldear la vida entera en la dinámica del seguimiento del que fue camino a la Cruz para recibir allí, del Padre, la vida resucitada. La Cruz no sólo es para ser contemplada sino para hacerla realidad en todas las circunstancias de la vida. De esta manera el discípulo reconoce y asume el destino de su Maestro en el propio.

El discipulado es un camino de vida, una verdadera vida que vale la pena descubrir. Y es para todos, no sólo para los apóstoles.

 

 

 

A la escucha del Maestro – Agosto 2020

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Se transfiguró en su presencia

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Transfiguracion 3

6 de agosto

Transfiguración del Señor

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (17, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado.

Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve.

De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.

Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.

Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1] 

En el texto de Mateo, la narración de la transfiguración comienza con una indicación cronológica -“Seis días después”- que lo vincula con lo precedente, es decir, con la profesión de fe de Pedro, con el primer anuncio claro por parte de Jesús de su pasión y con la declaración de que para ser discípulos es necesario seguirle por el camino de la cruz. “Seis días después” el Maestro lleva a tres de sus discípulos a una montaña alta para concederles la experiencia anticipada de la gloria prometida después de padecer.

En aquella elevada soledad Jesús les muestra su aspecto divino “cambiando de aspecto”. Mateo insiste particularmente en la luz y el fulgor que emanan de él, evocando la figura del Hijo del hombre de Dn 10 y la narración de la manifestación de YHWH en la cumbre del Sinaí (Ex 34,29-33).

Las continuas alusiones a las teofanías del Antiguo Testamento (Ex 19,16; 24,3; 1 Re 19, 11) indican que está pasando algo extremadamente importante: en Jesús la antigua alianza va a transformarse en “nueva y eterna alianza”. La aparición de Moisés y Elías testimonia que Jesús es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, el que guiará al pueblo a la verdadera tierra prometida y lo restablecerá en la integridad de la fe en Dios

La intervención de Pedro indica el contexto litúrgico de la fiesta de los Tabernáculos, la más alegre y respladeciente de luces, que conmemoraba el tiempo del Éxodo, cuando Dios bajaba en medio de su pueblo morando también él en una tienda, la tienda del encuentro. La Nube de la Presencia (shekhînah), que ahora desciende y envuelve a los presentes, actualiza y lleva a la plenitud la liturgia: como declara la voz que se oye desde el cielo, Jesús es el profeta “más grande” preanunciado por el mismo Moisés (Dt 18,15), y lo es por ser el Hijo predilecto de Dios.

Ante esta manifestación extraordinaria de gloria, un gran temor se apodera de los discípulos. Jesús los reanima con su gesto y su palabra como el Hijo del hombre de la visión de Daniel. Se vuelve más desconcertante e incomprensible a los discípulos lo que Jesús, ya sólo, les dice: el Hijo del hombre -la figura gloriosa esperada como conclusión de la historia- deberá afrontar la muerte y resucitar.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – J.L. Monge García, Lectio divina para cada día del año. 3., III, 111-112.