Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

De la ceguera a la mirada de la fe

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curación de un ciego Tiempo Ordinario

Miércoles de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 22-26)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a Betsaida y enseguida le llevaron a Jesús un ciego y le pedían que lo tocara. Tomándolo de la mano, Jesús lo sacó del pueblo, le puso saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: “¿Ves algo?” El ciego, empezando a ver, le dijo: “Veo a la gente, como si fueran árboles que caminan”.

Jesús le volvió a imponer las manos en los ojos y el hombre comenzó a ver perfectamente bien: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a su casa, diciéndole: “Vete a tu casa, y si pasas por el pueblo, no se lo digas a nadie”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La lectura de este pasaje evangélico debe mantenerse todo lo que sea posible dentro del contexto narrativo. Jesús acaba de reprender a los discípulos por su dureza de corazón, porque aún no comprendían la señal del pan: «Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen» (Mc 8,17).

Ahora cura Jesús a un ciego, o sea, cura a los discípulos, nos cura a nosotros, para que veamos. Esta curación marca un giro decisivo en el relato evangélico, entre la incomprensión de los discípulos y la confesión mesiánica de Pedro.

Lo que más impresiona en este relato de curación es su carácter gradual. Por lo general, las curaciones de Jesús son instantáneas, se cumplen de inmediato. Aquí no sucede así. Jesús no se inclina en ninguna otra ocasión como un médico sobre el enfermo, aplicándole remedios graduales hasta la perfecta curación.

Diríase que, para salir al encuentro de nuestra enfermedad, Dios renuncia a su omnipotencia. En todo caso, lo que le apremia es nuestra curación, no la demostración de su poder; la iluminación de la fe es también un proceso gradual que va de la confusión a la certeza; es el camino por el que Jesús acompaña a los discípulos, para que viendo crean.

Una vez más encontramos el secreto mesiánico, típico de Marcos, expresado en la orden que Jesús da al recién curado: «no se lo digas a nadie»; un indicativo más de que la revelación de Dios en Jesucristo no es un despliegue de gloria y poder sino un proceso gradual en el corazón del hombre.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 273-274.

Levadura farisaica

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les dio panTiempo Ordinario

Martes de la VI semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 14-21)

En aquel tiempo, cuando los discípulos iban con Jesús en la barca, se dieron cuenta de que se les había olvidado llevar pan; sólo tenían uno. Jesús les hizo esta advertencia: “Fíjense bien y cuídense de la levadura de los fariseos y de la de Herodes”.

Entonces ellos comentaban entre sí: “Es que no tenemos panes”.

Dándose cuenta de ello, Jesús les dijo: “¿Por qué están comentando que no trajeron panes? ¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil hombres?” Ellos le contestaron: “Doce”. Y añadió: “¿Y cuántos canastos de sobras recogieron cuando repartí siete panes entre cuatro mil?” Le respondieron: “Siete”. Entonces él dijo: “¿Y todavía no acaban de comprender?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista narra una de las muchas travesías del lago que Jesús hacía con los discípulos. En el texto que consideramos Marcos señala que los discípulos habían olvidado llevar pan suficiente para todos. En realidad, cuando nos vemos presos de nosotros mismos y de nuestras disputas y quejas, nos olvidamos de Jesús de lo esencial.

Marcos menciona la discusión que había surgido entre ellos sobre quién era el culpable del olvido. Jesús interviene y aprovecha la ocasión para una nueva enseñanza. Y les reprocha: «¿Por qué están comentando que no trajeron pan? ¿Todavía no entienden ni acaban de compren? ¿Tan embotada está su mente? ¿Para qué tienen ustedes ojos, si no ven, y oídos, si no oyen?». Jesús une directamente ojos, oídos y corazón; lo que se ve y se escucha debe ser interpretado desde el corazón.

Si el corazón está endurecido se pierde la capacidad de ver y de oír. Es necesario tener un corazón abierto, no lleno de uno mismo, ni envenenado por el orgullo y la autosuficiencia. Sólo con un corazón libre podemos comprender lo que acontece en torno al Evangelio. Y después hay que «recordar» las obras y los milagros de Dios para captar la presencia de Jesús en nuestra vida. Los discípulos tenían con ellos al «verdadero» pan, pero no lo habían entendido todavía; confiaban más en sus previsiones que en Jesús; no habían desentrañado el significado de la multiplicación de los panes; Jesús se los recuerda; Él mismo es el «pan» pero, contaminados de fariseismo, las señales no les eran suficientes para descubrir a Dios actuando en medio de ellos; su corazón estaba embotado, sus ojos no veían ni sus oídos escuchaban.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 97-98.

Piden una señal

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no quiere oir Tiempo Ordinario

Lunes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 11-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: “¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal” . Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos lleva de la mano en el seguimiento de Jesús, que ha regresado a territorio judío. Allí, paradójicamente, esta vez son los fariseos los que van a su encuentro. Pero a diferencia de los pobres y los débiles que acuden para implorar su compasión, los fariseos «se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo». No tienen buena intención, quieren obstaculizar la acción de Jesús, y desacreditarlo todo lo posible ante la gente. Su preocupación revela en realidad el miedo que tienen de perder su poder. La seguridad de estar en posesión de la verdad volvía ciegos sus ojos y endurecía sus corazones: ven los milagros que realiza Jesús, escuchan sus palabras de misericordia, son testigos del entusiasmo que suscita entre la gente, pero sus ojos no llegan a leer en profundidad lo que Jesús está haciendo. Aun teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen.

Los signos que realizaba Jesús conducían al «signo» por excelencia, que era Jesús mismo. Pero eso era precisamente lo que los fariseos no veían, o no querían ver. Jesús, señala el evangelista, al escuchar su petición dio «un profundo gemido desde lo íntimo de su ser», como amargado por tanta dureza de corazón. Es precisamente la dureza del corazón la que impide leer en profundidad, espiritualmente, lo que está ocurriendo ante sus ojos. Ellos no aceptaban que un hombre tan bueno pudiera ser el Mesías salvador. Esa predicación y esos milagros que acercaban a los débiles y los pobres a Jesús, alejaban en cambio a los fariseos, que no querían ver la novedad del Evangelio. Sus ojos estaban apagados por sus prácticas y sus observancias, y no eran capaces de captar el sentido de los prodigios que Jesús estaba realizando entre la gente.

Cuando uno se encierra en sus propios horizontes, cuando no se escucha la Palabra de Dios como una novedad para la propia vida; cuando uno no se conmueve ante los pobres y los débiles, es fácil ser como aquellos fariseos que permanecían ciegos ante la luz. Esta página evangélica cuestiona una religiosidad mezquina y avara. Marcos escribe que Jesús, sorprendido por la actitud de aquellos fariseos, «se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta». Es lo que nos pide a nosotros: no perder el tiempo en discusiones estériles y pasar a la otra orilla, la de los pobres y las periferias. Están impacientes por recibir el Evangelio del amor.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 96-97.