¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra?
Para gozar de la paz verdadera que brota del Evangelio es necesario pasar por una purificación, como el oro que se acrisola en el fuego. Esta purificación implica separar el bien del mal y discernir con honestidad entre la luz que Jesús viene a traer al mundo y las tinieblas que todavía habitan en nuestro corazón. La paz de Cristo no es la ausencia de conflictos ni una tranquilidad superficial: es, al mismo tiempo, un don que se recibe y una conquista que se trabaja; supone acoger el Evangelio con todas sus exigencias y romper con el egocentrismo que nos encierra en nosotros mismos.
Jesús afirma que ha venido a traer fuego a la tierra y que desea ardientemente verlo encendido. Ese fuego es el amor de Dios, la fuerza del Espíritu Santo que ilumina, calienta y transforma. Pero el fuego también quema: consume lo que es paja, lo superficial, lo que no tiene consistencia. Por eso, quien se deja tocar por el Evangelio experimenta una sacudida interior que lo obliga a revisar sus prioridades, sus apegos y sus seguridades.
22 octubre 2026. Textos bíblicos y mensaje del jueves de la XXIX semana del tiempo ordinario
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