Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-23)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

A partir de entonces, comenzó Jesús a anunciar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que tenía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y trató de disuadirlo, diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.

Pero Jesús se volvió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús lleva a los discípulos hacia Cesarea de Filipo, a la frontera septentrional de la Palestina de entonces, donde la población era pagana. Jesús tal vez tenía la intención de estar un poco a solas con los discípulos.

Toda comunidad necesita momentos como este para conocer más y amar más al Señor. Y ahora Jesús interroga a los discípulos sobre lo que dice la gente acerca de él. Se decían de Jesús las cosas más variadas: en la corte de Herodes algunos pensaban que era Juan Bautista resucitado, otros creían que era Elías, mientras que otros decían que era Jeremías, quien según una creencia de la época debía recuperar del monte Nebo el arca y los objetos sagrados escondidos durante el exilio.

Jesús, tras haber oído aquellas respuestas, pregunta a los discípulos: «Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?». Jesús necesita que los discípulos estén en sintonía con él, que compartan su sentir, que conozcan su verdadera identidad. Pedro toma la palabra y, contestando por todos, confiesa su fe en Él como Mesías.

Pedro, y con él todo el modesto grupo de discípulos, forma parte de aquellos «pequeños» a los que el Padre revela las cosas ocultas desde la creación del mundo. Y Simón, hombre como todos, hecho de «carne y sangre», con Jesús recibe una nueva vocación, una nueva tarea, un nuevo cometido: ser piedra, es decir, sostén para muchos, con el poder de atar nuevas amistades y de desatar las abundantes ataduras de esclavitud que impiden seguir el Evangelio.

La respuesta que Pedro da en nombre de todos reconforta a Jesús, que puede abrirles su corazón y decirles cual será el final que le espera en Jerusalén: el Mesías no es un poderoso, sino un débil que hasta será asesinado. Pedro no entiende lo que está diciendo Jesús; piensa que está desvariando. Movido por su instinto, y ya no por la fe que antes le ha hecho hablar, quiere alejar a Jesús de su misión y del camino hacia Jerusalén. En realidad, es él quien tiene que recorrer todavía un largo trecho en el camino de la comprensión del Señor, al igual que cada uno de nosotros. Y Jesús le dice: «¡Quítate de mi vista, Satanás!», como si quisiera decirle que se pusiera a seguir de nuevo el Evangelio.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 307.

La mujer cananea se acercó a Jesús y le dijo: “¡Señor, ayúdame!”

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí.

Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

El les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” El le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, escribe Mateo, desde la región de Galilea «se retiró» hacia la región de Tiro y de Sidón (el actual Líbano), antiguas ciudades fenicias, marineras y mercantiles, ricas y prósperas, pero también marcadas por egoísmos e injusticias sobre todo hacia los pobres.

Entonces aparece una mujer «cananea». Es una pagana. Seguro que ha oído hablar bien de Jesús y no quiere perder la oportunidad de pedirle ayuda para su hija «endemoniada». A pesar de la actitud distante de Jesús, ella no desiste en su intento de gritar para pedir ayuda. Su insistencia provoca la intervención de los discípulos. Ellos querrían que Jesús la echara: «Despídela», le sugieren. Pero Jesús contesta diciendo que su misión se limita a Israel.

Aquella mujer, que en absoluto se resigna, sigue pidiendo con palabras esenciales pero duras, tan duras como el drama de su hija: «¡Señor, socórreme!». Y Jesús contesta con una inaudita dureza: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Con el apelativo de «perros», en la tradición bíblica, tomada de los textos judíos, se hace referencia a los adversarios, a los pecadores y a los pueblos paganos idólatras.

La mujer aprovecha literalmente la expresión de Jesús y le dice: «Sí, Señor -repuso ella-. Pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos». También los perros, los excluidos se contentarían con las migas, si se las tirasen. Aquella mujer pagana osa resistir a Jesús; en un cierto modo entabla una lucha con él. Se podría decir que su confianza en aquel profeta es más grande que la resistencia del mismo profeta. Y por eso Jesús responde finalmente con una expresión inusitada en los evangelios: esto es una «gran fe», y no «poca fe». Ante una fe como esta ni siquiera Dios puede resistirse.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 306.

Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua

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Tiempo Ordinario

Martes de la XVIII semana

Textos

Del evangelio según san Mateo (14, 22-36)

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”.

Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia

Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús indicó a sus discípulos que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Al final, después de que todos (muchedumbre y discípulos) se hubieran alejado, Jesús, solo, sube al monte a orar. 

Mientras la barca estaba atravesando el mar se desencadena una tormenta. El Evangelista parece sugerir que sin Jesús es fácil que se levanten vientos y se desencadenen tormentas. En cualquier caso, la noche, todas las noches, están siempre llenas de miedo. Pero finalmente llega el alba. Y mientras sale el sol Jesús se acerca a los discípulos caminando sobre las aguas. 

El miedo confunde las ideas y la mirada de los discípulos; piensan que es un fantasma. Pero Jesús se dirige directamente a ellos y les dice: «!Ánimo¡, soy yo; no teman». Pedro, dudando, le pide a Jesús que le ordene ir hasta él. Y Jesús atiende su petición: «¡Ven!», le dice. Pedro reconoce la invitación que oyó por primera vez en la orilla del mismo mar y, una vez más, deja inmediatamente la barca y las redes y va hacia Jesús. Y también él camina sobre las aguas. 

La respuesta confiada e inmediata al llamamiento del Señor hace cumplir siempre milagros. Pero los vientos arrecian y Pedro tiene miedo, del mismo modo que tenemos miedo todos nosotros cuando las adversidades son fuertes y violentas. Entonces Pedro empieza a hundirse Y, fruto de la desesperación, sale de su boca una oración: «¡Señor, sálvame!». 

Jesús lo toma inmediatamente de la mano. Y Pedro se salva. El Señor le recuerda su poca fe: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Pedro había empezado a caminar sobre las aguas, pero el miedo hace que se hunda. «¿Por qué dudaste?», le dice con ternura Jesús. No hace falta ser valiente, sino confiar en aquel que no nos deja solos y que en el peligro nos salva. 

El Señor continúa tomándonos de la mano y subiendo con nosotros a la barca para continuar nuestro camino en el mar de la vida. A nosotros se nos pide que no nos separemos nunca del Señor y que sigamos siempre su voz. 


[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 11., XI, 9-10.