Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha

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Tiempo Ordinario

Viernes de la IX semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (12, 35-37)

Un día, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: “¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, inspirado por el Espíritu Santo, ha declarado: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha y yo haré de tus enemigos el estrado donde pongas los pies.

Si el mismo David lo llama ‘Señor’, ¿cómo puede ser hijo suyo?” La multitud que lo rodeaba, que era mucha, lo escuchaba con agrado. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

En el debate de hoy es Jesús el primero en pasar al ataque. Ya no son los otros quienes le interrogan, sino é1 quien plantea la pregunta. Se trata de una pregunta decisiva, una pregunta que no se pierde en aspectos secundarios, sino que va al centro de la fe cristiana: ¿quién es Jesús? Esta pregunta ya había sido planteada en 8,27ss, pero allí sólo a los discípulos; ahora la hace a todos, especialmente a los maestros de la Ley y a los fariseos. Y la plantea Jesús en el templo, en el corazón del judaísmo.

Seguimos estando en el terreno de las Escrituras. El Mesías no puede ser simplemente hijo de David, dado que el mismo David le llama «mi Señor» en el Sal 110. La argumentación es apretada. Pero ¿qué es lo que hay detrás de este debate? ¿Por qué es tan importante? Porque la expresión «hijo de David» era un título mesiánico que no sólo evocaba el origen (el origen del Mesías, de la estirpe de David), sino también un proyecto mesiánico (una restauración religiosa y política que habría llevado de nuevo a Israel al esplendor de los tiempos de David). Lo que está en juego, por tanto, no es sólo si Jesús es Mesías e Hijo, sino qué Mesías y qué Hijo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 10, X, 45-46.

¡Hagan esto en memoria mía!

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Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Jueves después de Pentecostés

Textos

† Del evangelio según san Lucas (22, 14-20)

En aquel tiempo, llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes.

Hagan esto en memoria mía”.

Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Celebramos la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Los textos bíblicos de la liturgia nos remiten al tema eucarístico: contemplamos, de san Lucas, el relato de la institución de la Eucaristía, en el que podemos encontrar luces para comprender este misterio vinculado al tema del sacerdocio.

En la Ultima Cena, se funden el alimento y la enseñanza; el pan y el vino adquiere una realidad y significado novedosos a partir de las palabras de Jesús. Justo en el momento de la prueba, Jesús ofrece alimento que es fortaleza para infundir vigor a los discípulos que vivirán la crisis de la pasión de Jesús,

En la primera parte del relato encontramos una reflexión sobre el ritual de la Pascua y es la reflexión final, profética, que Jesús hace de su propia muerte y resurrección. En la segunda parte, el pan y el vino son interpretados dando significado a la muerte de Jesús y los discípulos reciben el mandato de conservar este rito como memorial del Señor.

Jesús es consciente de lo que le espera: «Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer»; con el término «padecer» se refiere no sólo al momento definitivo de su muerte sino a la pasión entera: cada uno de los momentos de la pasión tiene fuerza redentora.

Sobre la pasión, en la que Jesús se presentará sometido a los poderes del mundo que lo condenan a muerte, Jesús predice su victoria final. Es es el mensaje de las palabras sobre el cordero y el vino: «… ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios… ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios».

La Pascua mira al pasado, por eso es acción de gracias, pero también mira al futuro, es esperanza de la liberación definitiva. El memorial de Jesús no será un gesto nostálgico con la mirada vuelta hacia el pasado, sino un punto de referencia que permite volver la mirada al futuro con esperanza.

Con los gestos de la cena pascual, Jesús revela el significado interior de su muerte. El primer gesto se relaciona con el pan: lo tomó, dio gracias y lo repartió, agregando una nota explicativa: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes». El pan que Jesús da es el mismo Jesús que se “entrega” a si mismo por sus discípulos. La muerte de Jesús es padecida por el bien de otros, por eso Lucas destaca el «por ustedes». Jesús muerte por los que ama, por sus discípulos, intensificándose así el vínculo personal del discipulado.

El segundo gesto se relaciona con el vino, el cáliz es distribuido a los apóstoles, presentado como la «copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes», subrayando así por segunda vez que la muerte de Jesús es por el bien de aquellos que él ama.

La sangre derramada realiza una “nueva Alianza”. Esto nos remite a la imagen bíblica del Éxodo, en donde la Alianza entre Yahveh y el pueblo se realiza mediante un ritual de sangre. La referencia a la “Nueva Alianza” proviene de Jeremías (31,31-34). La muerte de Jesús por el pueblo es un signo indeleble de la Alianza de Dios con Israel, introduciendo el período final y definitivo de la historia de salvación. La Alianza de Dios con Abraham es el fundamento de la esperanza de Israel, Jesús cumple la promesa de los orígenes de la historia de la salvación.

Entre los gestos rituales relacionados con el pan y el vino, Jesús dice: «Hagan esto en memoria mía”» La atención se dirige ahora a los discípulos; ellos tendrán la misión de hacer  la conexión entre Jesús y las comunidades congregadas por Jesús para cumplir con su misión. Hacer la memoria, el recuerdo, no consiste sólo en la evocación de un hecho pasado, significa sobre todo «hacerlo presente».

A la Iglesia corresponde la reflexión sobre las palabras y las acciones de Jesús, sostenida por el mismo Señor Resucitado, pero también gracias al ministerio de los responsables de cumplir el mandato de actualizar los gestos eucarísticos en memoria suya. No se trata sólo de ritualizar los gestos en acciones litúrgicas; se trata de que estas hagan presente el compromiso actual y activo de los discípulos que cómo Jesús, con Él y en Él, también ofrecen su vida como un don para la vida del mundo.

 

[1] F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina. Lucas 22, 14-20. CEBIPAL//CELAM.

Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios

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fariseos 5 Tiempo Ordinario

Miércoles de la IX semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (12,18-27)

En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió para dar le descendencia a su hermano.

Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete”.

Jesús les contestó: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios.

Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo.

Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Es el último debate de Jesús en el templo. Jesús discute con los saduceos sobre el tema de la resurrección. Es bien sabido que este grupo de israelitas no creía en la resurrección después de la muerte. Y ahondan en un ejercicio teórico sobre el matrimonio -tal como establecen las disposiciones mosaicas sobre el levirato-que lleva inevitablemente al absurdo.

Su disquisición les lleva a concluir que la resurrección de los muertos es imposible. Hay que decir que la fe en la resurrección es más bien una creencia tardía en el judaísmo y algunos, como los saduceos, no compartían dicha convicción.

Con el cristianismo, y sobre todo con la resurrección de Jesús de entre los muertos, se admitirá el misterio de la resurrección de los muertos. En cualquier caso Jesús no responde en el plano de la racionalidad teórica al que le quieren llevar, sino en el plano de las Escrituras y del poder de Dios. Y afirma claramente la resurrección de los muertos.

Jesús recuerda ante todo las palabras que el mismo Dios dirigió a Moisés desde la zarza ardiente cuando le dijo que era el Señor de los vivos y de los muertos. Dios no dijo que era Señor solo de los vivos, sino también de los muertos. Con dicha afirmación quería manifestar su dominio sobre sus hijos tanto en la vida como en la muerte: «No es un Dios de muertos, sino de vivos».

A partir de estas palabras, Jesús amplía la visión y abre un resquicio en la vida tras la muerte: los creyentes, libres de los vínculos de la carne, vivirán «como ángeles», es decir, impulsados por el Espíritu. Pero ya en esta tierra podemos vivir una vida plena y libre si acogemos su Palabra en nuestro corazón. Jesús lo dirá varias veces después del conocido discurso de Cafarnaún: «Este es el pan bajado del cielo; no como aquel que comieron vuestros antepasados, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 58).

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 237-238.