Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

¿Dónde vives, Rabí? El les dijo: “Vengan a ver”

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Tiempo Ordinario

II Domingo Ordinario

Ciclo B

Textos

Del evangelio según san Juan (1, 35-42)

En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”.

Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús.

El se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa ‘maestro’).

El les dijo: “Vengan a ver”.

Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quién encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir ‘el ungido’). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan.

Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir, ‘roca’)Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La página del evangelio que consideramos describe la conversión de dos discípulos del Bautista. Evidentemente las palabras con las que el Bautista había señalado al Mesías tocaron el corazón de sus dos seguidores; ambos dejando a su maestro, comenzaron a seguir a Jesús de Nazaret.

Su experiencia es ejemplar para todos los creyentes, también para nosotros cuando abrimos nuestro corazón a la predicación del Evangelio. En el origen de la experiencia cristiana hay siempre una palabra que toca el corazón y nos hace salir de nuestras costumbres y seguridades. Es el comienzo de un camino interior que lleva a conocer el misterio de amor que Dios nos ha revelado.

Los dos discípulos del Bautista comienzan a seguir a Jesús. Hacen un poco de camino detrás de él hasta que Jesús se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscan?». Son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el cuarto Evangelio, pero es también la primera pregunta que se le plantea a quien que se acerca al Evangelio: «¿Qué buscas? ¿Qué es lo que esperas?». Los dos discípulos se quedan sorprendidos por esta pregunta Y responden con otra: «Rabbí, ¿dónde vives?». A la que Jesús respondió: «Vengan y lo verán». Es un diálogo que parece casi brusco, lapidario, animado por dos verbos: una invitación y una promesa.

Jesús no tarda en explicarse; de hecho su programa no requiere largas y complejas explicaciones doctrinales. Él propone una experiencia y pide una decisión: «vengan y lo verán». Los dos «fueron, vieron dónde vivía Y se quedaron con él aquel día. Eran como las cuatro de la tarde». Quedarse en casa de Jesús significaba echar raíces en su compañía entrar en comunión con él, apropiarse el sueño que tenía del mundo y de la humanidad. La experiencia de aquel encuentro cambió para siempre la vida de Andrés y Juan. Lo mismo sucederá a Simón, hermano de Andrés, quien al encontrarse con Jesús también sintió que su nombre, es decir, su vida, cambiaba: recibió la nueva vocación de ser «roca» para los hermanos.

¿Qué buscas? Es la primera pregunta que el evangelio plantea a quien se acerca inquieto por conocer a Jesús y su evangelio. La pregunta es sencilla pero profunda, obliga a plantear los ideales y a revisar la forma como se quiere conseguirlos. Quien busca a Jesús, está llamado a convivir con él, a quedarse con él y permitir que la intimidad del encuentro y la cercanía transformen la vida.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 48-49

Muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús

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mesa de los impuestosTiempo Ordinario

Sábado de la I Semana

 Textos

+ Del evangelio según san Marcos (2, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían.

Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?” Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sigue caminando a orillas del lago de Galilea y encuentra a Leví, un publicano, sentado en el despacho de recaudación de impuestos. Era conocida la desconfianza que suscitaban los publicanos, recaudadores de impuestos, y el desprecio con el que eran considerados. Pero Jesús se detiene precisamente delante de aquel pecador. Le mira y le invita a seguirle. Y Leví, sin vacilaciones, deja todo y se pone a seguirlo.

La pequeña comunidad de Jesús crece también en número, sin que Jesús parezca preocupado por la proveniencia o la condición de quien llama a seguirle. En efecto, para formar parte de la comunidad de los discípulos no existen barreras de ningún tipo; no importa cómo seamos, nuestra historia o nuestro carácter. A Leví se le consideraba un pecador público a causa de su oficio de recaudador de impuestos que iban a engrosar las arcas de los opresores romanos. Pero esto no detiene a Jesús.

Para formar parte de la comunidad de discípulos lo que cuenta es escuchar la Palabra del Señor y ponerla en práctica. Para Leví, que será conocido con el nombre de Mateo, al igual que para los primeros cuatro discípulos, ha sido suficiente con escuchar una sola palabra: «Sígueme». Él se levanta, deja su despacho y se pone a seguir a Jesús. El evangelista narra entonces una comida que Leví organiza en honor de Jesús y los discípulos, a la que ha invitado también a sus amigos, publicanos y pecadores. Los fariseos lo acusan públicamente por este comportamiento suyo que consideraban pecaminoso, manifestando así la dureza de su corazón. No consiguen ni ver ni comprender el sentido de la misericordia. Bien diferente es la sensibilidad de Jesús: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores», replica a sus acusaciones; no es que Jesús considerara justos a los fariseos; eran ellos mismos los que, de forma errónea, se tenían por tales. Pero ciertamente Leví y los otros comensales -como cada uno de nosotros- eran débiles, pobres y pecadores. Y Jesús ha venido precisamente para los débiles y los pecadores. Ha venido incluso para los fariseos. Y alguno de ellos se adherirá a Él. Pero la condición para salvarse reside en sentirse necesitados de la ayuda del Señor.

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 60-61.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te quedan perdonados

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Tiempo Ordinario

Viernes de la I Semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (2, 1-12)

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisiéron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -le dijo al paralítico-: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje [1]

Después de algunos días en los que había ido a diversas aldeas de la región para predicar el Evangelio, Jesús regresa de nuevo a Cafarnaúm y acude a la casa de Pedro. Como de costumbre, muchos acuden para llamar a aquella puerta y se repite ese clima de euforia y de fiesta que se creaba en todos lados alrededor de Jesús. 

El ánimo de la gente que acudía se llenaba cada vez más de esperanza, y en los rostros se veía crecer el deseo de estar bien, de tener una vida más serena, un futuro menos angustiado. Eran ya muchos los que creían que finalmente había llegado el tiempo en que habían llegado la paz y la concordia.

También para un paralítico había esperanza de curación. Algunos amigos le llevaron donde Jesús, estos, llegados a la puerta, no consiguieron entrar debido a la multitud. Sin resignarse en absoluto, subieron al tejado de la casa con el paralítico y lo descolgaron en la habitación donde estaba Jesús. Es sorprendente el amor de estos amigos hacia aquel enfermo. No sólo no se resignan ante las dificultades que encuentran sino que inventan lo imposible con tal de ayudarlo.

La insistencia del amor que aquellos cuatro amigos sienten por el paralítico y la confianza que tienen en la fuerza sanadora de aquel joven profeta, son los dos pilares que nos introducen en el milagro que está a punto de suceder. En cuanto Jesús ve a ese enfermo lo cura de una forma todavía mayor a la que todos se esperaban. No sólo le hace levantarse de su camilla sino que también le perdona los pecados.

Aquel paralítico se levanta tanto en el cuerpo como en el corazón. Ha sanado de forma plena. Como todos, también aquel enfermo necesitaba ser curado en el corazón y no sólo en el cuerpo. Es el sentido de la misión evangelizadora de Jesús: todos necesitan convertir su corazón al Evangelio. El Evangelio del amor debe anunciarse también a los pobres y a los débiles, para que a su vez puedan comunicarlo a los demás. Con este milagro Jesús muestra que la salvación no sólo pertenece a los pobres, sino que es desde la cercanía a ellos desde donde comienza el nuevo reino que ha venido a inaugurar.

[1] Cf. V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 59-60.