Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Mi casa es casa de oración

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vendedores templo Tiempo Ordinario

Viernes de la  XXXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (19, 45-48)

Aquel día, Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban allí, diciéndoles: “Está escrito: Mi casa es casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones”.

Jesús enseñaba todos los días en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los jefes del pueblo intentaban matarlo, pero no encontraban cómo hacerlo, porque todo el pueblo estaba pendiente de sus palabras. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, a sabiendas de lo que le esperaba en Jerusalén, no huyó, entró en la ciudad santa y se dirigió al templo. Dentro de aquellos muros estaba el corazón de Jerusalén, el lugar de la presencia de Dios.

Por desgracia, el afán de ganancias había invadido también aquel espacio dedicado a Dios y a la oración. Aquella casa se había convertido en un mercado, en un centro de negocios. Era evidente que ya no era la casa donde se mostraba el amor gratuito de Dios por su pueblo. Más bien se mostraba que el espíritu mercantil había contaminado incluso la relación con Dios.

El templo se había convertido en el reflejo de la situación del mundo: un lugar esclavo del materialismo, de la vida entendida como mercado, como compraventa. Para muchos, incluso hoy, lo que importa en la vida es comprar y vender, adquirir y consumir. La ley del mercado ha pasado a ser la nueva religión, con sus templos, sus ritos y sus altares en los que se sacrifica todo.

Jesús, enojado ante aquel espectáculo, echa a los vendedores gritando: «Mi casa es casa de oración». La única relación verdadera, la única que tiene nacionalidad plena en la vida, es el amor gratuito a Dios y a los hermanos, un amor que se convierte en un espacio para la presencia real de Dios en toda ciudad. El espacio para Dios hay que hacerlo en el corazón de cada uno; allí es donde hay que agrandar la gratuidad y reducir el interés de cada uno. Jesús echa a los vendedores del templo y echa también a aquel espíritu materialista que hay en nuestro corazón. Y nos anuncia nuevamente el Evangelio.

Escribe el evangelista que desde aquel momento Jesús se quedó en el templo y empezó a anunciar cada día el Evangelio. Aquel lugar-y esperamos que pase lo mismo con nuestro corazón-vuelve a ser el santuario de la misericordia y del amor. Y si por una parte no falta la oposición a Jesús de los jefes de los sacerdotes y de los escribas, sabios de este mundo, por otra parte el pueblo de los humildes y de los pobres acude a él y está «pendiente de sus palabras», como observa el evangelista. Se comprende así la bienaventuranza que pronuncia Jesús al inicio de su predicación: «Bienaventurados los pobres, porque porque de ellos es el Reino de Dios».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 426.

Cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella

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llanto

Tiempo Ordinario

Jueves de la XXXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (19, 41-44)

En aquel tiempo, cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalén y contempló la ciudad, lloró por ella y exclamó: “¡Si en este día comprendieras tú lo que puede conducirte a la paz! Pero eso está oculto a tus ojos. Ya vendrán días en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te atacarán por todas partes y te arrasarán. Matarán a todos tus habitantes y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no aprovechaste la oportunidad que Dios te daba”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús tiene Jerusalén ante sus ojos. Al ver la ciudad que tanto había ansiado estalla a llorar; el término griego éclausen expresa la fuerza del llanto de Jesús. Ante sus ojos se levanta la ciudad santa, la meta deseada por todo israelita, el símbolo de la unidad del pueblo. Pero Jerusalén está traicionando la vocación que contiene su propio nombre: «Ciudad de la paz».

La injusticia y la violencia recorren sus calles, los pobres son abandonados y los débiles, oprimidos, y sobre todo está a punto de rechazar al «príncipe de la paz» que va a visitarla. Los habitantes de Jerusalén no lo querrán ni siquiera muerto dentro de sus murallas: «vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron», escribe el prólogo del Evangelio de Juan.

Jesús llora por su ciudad -del mismo modo que llora por las innumerables ciudades de hoy-, porque rechaza la paz y la justicia, porque la dureza del corazón de los habitantes de nuestras ciudades amarga la vida de todos, porque la violencia y el conflicto prevalecen por encima de la solidaridad y la concordia. Y es un llanto que continúa aún hoy, mientras vemos crecer por todas partes, en las ciudades, el nivel de violencia y de injusticia que castiga sobre todo a los más pobres.

Al inicio de este nuevo siglo, por primera vez en la historia, la población urbana del mundo supera la rural, pero por desgracia ha crecido también la inhumanidad entre los hombres precisamente en las ciudades que, en su organización, parecen querer dividir a los ricos de los pobres, a los sanos de los débiles.

Esta página evangélica debe ayudar a los creyentes a sentirse más responsables de la convivencia en las ciudades, a procurar mantenerla, a llevar más en el corazón la vida de los más débiles y a trabajar para que las ciudades sean lugares más humanos, más hermosos y más acogedores, para todos.

Los creyentes deberíamos estar al lado de Jesús mientras llora por las ciudades de hoy, porque sabe cómo terminarán si no acogen el Evangelio del amor: no quedará de ellas piedra sobre piedra. El amor de Jesús por las ciudades de los hombres es grande y, aun sabiendo que le espera la muerte, decide igualmente entrar en ellas, casi forzando las murallas para ofrecer su propia vida para la salvación de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 425.

La gente pensaba que el Reino de Dios iba a manifestarse de un momento a otro

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Miércoles de la XXXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (19, 11-28)

En aquel tiempo, como ya se acercaba Jesús a Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a manifestarse de un momento a otro, él les dijo esta parábola: “Había un hombre de la nobleza que se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver como tal. Antes de irse, mandó llamar a diez empleados suyos, les entregó una moneda de mucho valor a cada uno y les dijo: ‘Inviertan este dinero mientras regreso’.

Pero sus compatriotas lo aborrecían y enviaron detrás de él a unos delegados que dijeran: ‘No queremos que éste sea nuestro rey’. Pero fue nombrado rey, y cuando regresó a su país, mandó llamar a los empleados a quienes había entregado el dinero, para saber cuánto había ganado cada uno.

Se presentó el primero y le dijo: ‘Señor, tu moneda ha producido otras diez monedas’.

El le contestó: ‘Muy bien. Eres un buen empleado. Puesto que has sido fiel en una cosa pequeña, serás gobernador de diez ciudades’.

Se presentó el segundo y le dijo: ‘Señor, tu moneda ha producido otras cinco monedas’. Y el señor le respondió: ‘Tú serás gobernador de cinco ciudades’.

Se presentó el tercero y le dijo: ‘Señor, aquí está tu moneda.

La he tenido guardada en un pañuelo, pues te tuve miedo, porque eres un hombre exigente, que reclama lo que no ha invertido y cosecha lo que no ha sembrado’. El señor le contestó: ‘Eres un mal empleado. Por tu propia boca te condeno. Tú sabías que yo soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he invertido y que cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco para que yo, al volver, lo hubiera recobrado con intereses?’ Después les dijo a los presentes: ‘Quítenle a éste la moneda y dénsela al que tiene diez’. Le respondieron: ‘Señor, ya tiene diez monedas’. El les dijo: ‘Les aseguro que a todo el que tenga se le dará con abundancia, y al que no tenga, aun lo que tiene se le quitará.

En cuanto a mis enemigos, que no querían tenerme como rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia’ ”.

Dicho esto, Jesús prosiguió su camino hacia Jerusalén al frente de sus discípulos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La parábola del dinero confiado, comparada con la de los talentos, se presenta en Lucas más compleja y une dos temas diferentes: el comportamiento de los discípulos obedeciendo las disposiciones recibidas y el tema del rey rechazado por sus súbditos.

El fragmento está encerrado entre dos versículos que se refieren a Jerusalén o a la inminente conclusión de la vida terrena de Jesús. La alusión a la manifestación del Reino, que los discípulos creían ya próxima, precisa la clave de lectura escatológica de toda la parábola.

El señor que confía el dinero a sus siervos está destinado aquí a recibir la investidura real, en contraste con la oposición que le viene de sus mismos conciudadanos. El contraste queda superado, no obstante, y el juicio del rey sobre sus enemigos será terrible. Puede tratarse de una referencia histórica inmediata a Arquelao, hijo de Herodes el Grande, que obtuvo el reino de los romanos, a pesar de la oposición de una parte de los judíos, pero el evangelista tiene, seguro, en su mente la segunda venida de Jesús, que establecerá el Reino definitivamente y hará justicia a los cristianos perseguidos y a sus perseguidores.

En la parábola de Lucas, a diferencia de la de Mateo, cada servidor recibe una cantidad de dinero: existe, por tanto, una igualdad inicial que hace resaltar aún más su diferente comportamiento. El premio y la alabanza del señor van dirigidos a los que han trabajado con empeño, mientras que el siervo perezoso es condenado no tanto por la pereza como por el miedo, que le hace perder la confianza en el señor.

El siervo es juzgado por sus mismas palabras: el señor, como ha sido considerado como un hombre «severo», muestra toda su severidad. La conclusión de la parábola es sorprendente: el dinero que se quita al siervo holgazán pasa a enriquecer al más rico de los otros, lo que parece injusto desde el punto de vista humano. Pero así funciona la «banca» de la gracia: sobreabunda y se multiplica en quien la recibe y la acoge, y se seca hasta desaparecer en quien se aleja de ella.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año.12., 362-363.