Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

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Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 44-51)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día.

Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios.

Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.

Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida.

Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las anteriores revelaciones de Jesús sobre su origen divino -«Yo soy el pan de vida» y «Yo he bajado del cielo» – habían provocado el disentimiento y la protesta entre la muchedumbre, que murmura y se vuelve hostil. Resulta demasiado duro superar el obstáculo del origen humano de Cristo y reconocerlo como Dios. Jesús evita entonces una inútil discusión con los judíos y les ayuda a reflexionar sobre la dureza de su corazón, enunciando las condiciones necesarias para creer en él.

La primera es ser atraídos por el Padre, don y manifestación del amor de Dios por la humanidad. Nadie puede ir a Jesús si no es atraído por el Padre. La segunda condición es la docilidad a Dios. Los hombres deben darse cuenta de la acción salvífica de Dios respecto al mundo. La tercera condición es escuchar al Padre. De la enseñanza interior del Padre y de la vida de Jesús es de donde brota la fe obediente del creyente en la Palabra del Padre y del Hijo.

Escuchar a Jesús significa ser enseñados por el Padre mismo. Con la venida de Jesús queda abierta la salvación a todo el mundo; ahora bien, la condición esencial que se requiere es dejarse atraer por él, escuchando con docilidad la Palabra de vida. Aquí es donde el evangelista precisa la relación entre la fe y la vida eterna, principio que resume toda regla para acceder a Jesús.

Sólo el hombre que vive en comunión con Jesús se realiza y se abre a una vida duradera y feliz. Sólo «quien come » de Jesús -que es el pan de la vida- no muere; pues da la inmortalidad a quien se alimenta de él, a quien, en la fe, interioriza su Palabra y asimila su vida.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 175-176.

El que viene a mí no tendrá hambre…

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Miércoles de la III semana de pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 35-40)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen.

Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día.

La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed ». Finalmente, se cumplía la promesa de Dios, pero Jesús respondía también al hambre de salvación escondida en el corazón de los hombres: hambre de sentido, hambre de una vida que no termine con la muerte y que conduzca a la felicidad plena. Jesús era la respuesta bajada del cielo, y todos podían acogerla y hacerla suya.

Pero Jesús señala con amargura que muchos, a pesar de ver los signos que hacía, no abrían su corazón para acoger su palabra. Sin embargo, él «no echaba a nadie»: «Al que venga a mí no lo echaré fuera». Todo el que se acercaba a Jesús era acogido, era suficiente llamar para recibir respuesta. ¿No había dicho otras veces a las multitudes que le seguían: «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso»?

Además, había bajado del cielo precisamente para cumplir la voluntad del Padre que le había enviado; y la voluntad del Padre era claramente no perder a ninguno de los que le había confiado. Salvar a todos y no perder a ninguno es el trabajo continuo del Señor Jesús y, en la parábola de la oveja perdida, se describe no solo su pasión incluso por una sola oveja sino también su disponibilidad para afrontar peligros y recorrer caminos accidentados para salvarla.

Esta es la preocupación constante de Jesús, quien desea que se repita durante los siglos a través de la Iglesia; sí, la Iglesia, toda comunidad cristiana, debe sentir ante todo la pasión por salvar a todos los hombres y el papa Francisco nos llama a esta pasión. No hay duda de que las inquietudes misioneras deben ser mucho más evidentes en nuestros días e involucrar a todos los cristianos.

Por desgracia, estamos tan replegados sobre nosotros mismos que no sentimos la urgencia misionera; pero esto nos aleja de Jesús y de su esfuerzo por liberar al mundo de la esclavitud del mal. Es urgente que nos dejemos involucrar cada vez más por la misma pasión que impulsaba a Jesús a ir por las calles y las plazas de su época. Las palabras de Jesús que hemos escuchado en esta página del Evangelio nos muestran con claridad cuál es la voluntad de Dios y cómo realizarla en la tierra: «que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día». Es una promesa que se realiza en nosotros mismos precisamente mientras gastamos nuestra vida por el Señor y por los demás, tal como hizo Jesús.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 180-181.

Es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo

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Martes III de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Juan (6, 30-35)

En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús: “¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo”.

Jesús les respondió: “Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo.

Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”. Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.

Jesús les contestó: “Yo soy el pan de la vida.

El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?». Jesús  había reprendido a sus discípulos por buscar solo su propia satisfacción. A su pregunta Jesús no responde con una multiplicidad de cosas que hacer, como afirman los fariseos, sino indicando una sola cosa necesaria: creer en el enviado de Dios.

Sin embargo, la multitud insiste, quiere conseguir un signo aún más extraordinario que acredite a Jesús como enviado de Dios. Quizá querían que Jesús resolviera el problema del alimento no solo para las cinco mil personas que se habían beneficiado del milagro, sino para todo el pueblo de Israel como había sucedido con el maná.

El recuerdo del maná permanecía muy vivo en la tradición de Israel. Con la venida del Mesías todos esperaban la repetición de este milagro. En cualquier caso, aparece también el egocentrismo de la multitud y la poca confianza en Jesús, no quieren arriesgar nada. Ante su insistencia, Jesús responde que no fue Moisés quien dio el pan venido del cielo, sino «es mi Padre el que les da el verdadero pan venido del cielo; porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo».

Jesús, al usar las palabras «pan verdadero», interpreta el maná como imagen del nuevo pan que el Mesías traería en el futuro. Era él mismo el nuevo pan, «el pan de Dios» que baja del cielo, pero la dureza del corazón y de la mente de quienes le, escuchan no permite acoger en profundidad las palabras de Jesús. Siguen interpretándolas a partir de ellos mismos, de sus necesidades, de su instinto. No entienden lo que Jesús quiere decir realmente.

Nos sucede también lo mismo a nosotros cuando no profundizamos en las palabras evangélicas porque las escuchamos queriendo reducirlas a nuestro horizonte, sin comprender que nos impulsan a ir más allá. Es necesaria una lectura «espiritual» de la Biblia, una lectura realizada en la oración y en la disponibilidad del corazón.

La Sagrada Escritura debe escucharse con la ayuda del Espíritu y en la comunión con los demás hermanos. Sin la oración, nos arriesgamos a tener delante nuestro, no al Señor que nos habla, sino a nosotros mismos. Sin la comunidad de los hermanos, nuestro «yo» nos impide el diálogo amplio para el que se escribió la Biblia.

En este punto, la petición de la multitud es correcta: «Señor, danos siempre de ese pan». Pero Jesús no se echa atrás y, con una claridad incluso más obvia, afirma solemnemente: «Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed». Es una afirmación solemne y típica en el Evangelio de Juan. Con esta expresión Jesús muestra su origen divino.

Al hojear las páginas del cuarto Evangelio, vemos que Jesús utiliza muchas imágenes concretas para hacemos comprender la grandeza de su amor por nosotros: Él es el pan verdadero, la vida verdadera, la verdad, la luz, la puerta, el buen pastor, la vid verdadera, el agua viva … es la resurrección.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 179-180.