Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Dios les hará justicia sin tardar

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juez injusto y viuda Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIX semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (18, 1-8)

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: “En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En nuestra lectura del evangelista san Lucas, damos un salto y salimos del capítulo 17 omitiendo la lectura de dieciocho versículos que tratan de la manifestación del Reino de Dios y del regreso del Hijo del Hombre.

Nuestra contemplación se enfoca en los primeros ochos versículos del capítulo 18 y nos presenta la segunda catequesis del ciclo de la oración que iniciamos el domingo pasado. Tomando en cuenta el contexto de los versículos precedentes -que no se leyeron-, contemplamos el tema de la oración desde el enfoque de la segunda venida de Jesús ¿Cómo vive el discípulo el tiempo de espera de la segunda venida? La pregunta tiene sentido, pues el discípulo tendrá que enfrentar muchos problemas que ponen a prueba su fe.

El tema pues que abordamos es el de “la oración perseverante en la hora de la prueba”, abordando directamente el asunto de la impaciencia ante la injusticia. Jesús narra la parábola del “juez corrupto y la viuda insistente” y nos anuncia la justicia cierta y pronta de Dios, que tiene su propio ritmo.

Esta nueva enseñanza sobre la oración se dirige a los discípulos para alentarlos en momentos de desesperación ante la paciencia de Dios.

El contexto espiritual del texto

El domingo pasado aprendimos que la oración de súplica y la de acción de gracias deben integrarse en el corazón orante. Veíamos que la oración de gratitud es difícil y hoy caemos en la cuenta de que la de súplica o intercesión también tiene sus dificultades. La clave nos la da el mismo evangelio que plantea la posibilidad de desfallecer o desalentarse en la vida de oración.

Lo que sucede es que en algún momento se puede llegar a sentir cansancio; en esos momentos el orante se expone a caer en la tentación de dejarla de lado. Este cansancio del orante significa algo más que aburrimiento o fatiga mental, se refiere más bien a perderle sentido a la oración cuando se experimenta el silencio de Dios, cuando no se reciben los favores esperados, cuando se experimenta en la propia vida cierta ausencia de Dios.

Hay además ocasiones en las que la realidad es contraria a lo que la fe espera que suceda, y esto hace dudar de la justicia de Dios; hay cuestionamientos que surgen de experiencias personales de fracaso que ponen en la tentación de sentir el desinterés de Dios y llevan al planteamiento de si vale la pena seguir creyendo en Él y si tiene caso seguir insistiendo en la oración.

Cuando la fe flaquea se siente desconsuelo y la oración se derrumba, porque la oración es el ejercicio e la fe. El término “desfallecer” que encontramos en el evangelio describe el desánimo que paraliza, la desesperación que lleva a abdicar de la fe y el hastío o cansancio que hace sentir repulsión. Todos estos matices del término “desfallecer” apuntan a una misma realidad: la muerte de la vida de oración como consecuencia de una crisis mal llevada.

Jesús viene al encuentro de la crisis del discípulo

Jesús «para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola…» La oración, que es tensión permanente del corazón hacia Dios, debe caracterizar la vida entera del discípulo, en todo instante y no puede derrumbarse. La oración perseverante en tiempos de prueba sostiene la fe de los discípulos que, orantes, aguardan la intervención definitiva de Dios en la historia. En los momentos de dificultad, para mantener la esperanza, es necesrio reforzar la confianza en Dios; para ello, es necesario descubrir su manera de obrar caracteristica que es «hacer justicia» es decir, restaurar el daño que impide a sus hijos vivir conforme a su proyecto de salvación.

El caso del juez corrupto y la viuda insistente

La parábola narra con brevedad la historia de una viuda que fracasa en su intento de conseguir que el juez del pueblo resuelva su caso. Parece ser que el juez tiene preferencias, acepta sobornos y atiende con solicitud a los pudientes, olvidándose de los pobres. Aunque la viuda es una mujer débil, al final, gracias su insistencia, logra su propósito: que el juez le haga justicia.

La primera parte de la parábola presenta al juez, a la viuda y la querella. No es la primera vez que Lucas habla de un juez; en esta ocasión es el protagonista de la parábola. En tiempo de Jesús, no obstante que el sistema jurídico había evolucionado, los asuntos en este ámbito se desahogaban con simplicidad: el juez escuchaba la acusación, intentaba conciliar las partes, exigiendo la reparación del daño a quien resultara responsable.

El juez de nuestra parábola es descrito con crudeza: «no temía a Dios ni respetaba a los hombres», encerrado en su ego, había llegado a prescindir de Dios y del prójimo en su vida; lo que lo mueve es el interés y carece de sentido ético; esto propiciaba que las personas inflyentes gozaran de privilegios que el común de la gente no tenía y fueran capaces de inclinar en su favor la balanza de la justicia.

El otro personaje de la parábola es una viuda, una de las cinco viudas que se mencionan en el evangelio de Lucas. En el mundo bíblico las viudas, junto con los huérfanos, son el símbolo de las personas necesitadas de ayuda; al no contar con la protección del marido, quedaban expuestas a que se aprovecharan de ellas; eran débiles y vulnerables. Por eso, las leyes bíblicas velan por sus derechos.

En nuestra parábola, la viuda representa a un pobre del pueblo, que en su necesidad no tiene otro recurso que el de su palabra abierta, atrevida e insistente; entra en la escena en medio de una audiencia pública, colocándose en la fila que quienes van al juez para exponerle sus problemas.

La viuda recurre al juez para procurar que se le haga justicia: «hazme justicia contra mi adversario»; éste, parece ser una persona que se esta aprovechando de ella, por causas de traspaso de herencia, de reparación de daños que le hicieron, o acreedores del marido difunto que tienen la pretensión de despojarla.  Todo confluye en un abuso frente al cual la viuda declara su indefensión.

La viuda, en su pobreza no tiene los medios para ser obsequiosa con el juez y así conseguir que se interese en su caso; sin embargo, no para de insistir, el único camino que le queda es la persistencia. Por mucho tiempo la petición de la viuda cayó en saco roto y se le daban largas a su asunto. El juez desacató las leyes que  le exigen darle precedencia y «por mucho tiempo, […] no le hizo caso». A esta negativa podría subyacer el temor de enfentarse con el poderoso oponente de la viuda.

Finalmente el juez cede, y hablando consigo mismo hace un raciocinio: si no actúa por una razón válida, atenderá su querella para no ser importunado.

La aplicación de la parábola

Jesús concluye su relato y pasa a una nueva sección del pasaje: «dicho esto, Jesús comentó…» Por lo que ve a la parábola, finalmente el juez decidió hacer justicia; lo que importa ahora ver como se aplica la parábola a la justicia de Dios.

Para hacer la aplicación, el Señor recurre a la antítesis, recurso que pone de relieve la diferencia: el proceder de Dios con los pobres que le claman es completamente opuesto al proceder del juez corrupto y aunque ambos «harán justicia pronto», sus motivaciones son diferentes.

Para afirmar el proceder de Dios, Jesús invita a sus discípulos a poner atención con una actitud analítica: «creen ustedes acaso que…»; plantea una pregunta lógica que confronta el comportamiento del juez con el de Dios: «si así pensaba el juez injusto…. Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar»; Él mismo ofrece una respuesta enfática que afirma la fidelidad del Dios de la Alianza con aquellos que le pertenecen: «les digo que les hará justicia sin tardar» y finalmente plantea una pregunta abierta, con la que invita a sus oyentes a reflexionar sobre su propia fidelidad a Dios: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?»

Afirmada la fidelidad de Dios, el problema recae sobre los discípulos: ¿son capaces de sostenerse fieles en el camino del Señor y comprometidos con la justicia? ¿así lo manifiesta su perseverancia en la oración?

La parábola nos descubre la imagen de un Dios Juez. No significa que se dedica a llevar cuenta de nuestros errores para dictar sentencia en contra nuestra; más bien nos descubre que amor y justicia van de la mano, que no pueden darse uno sin el otro. La imagen de Dios como Juez nos indica que Él “hace justicia”. Precisamente porque nos ama interviene en los factores negativos que hacen de la vida humana una desgracia; además, “hacer justicia” implica el actuar positivo de Dios que restaura la vida del ofendido.Esta dimensión positiva del «hacer justicia» de Dios, está referida a su proyecto creador que tiene como finalidad la vida, el crecimiento y la felicidad del hobre. La justicia de Dios es el nuevo orden de cosas querido por Dios en el cual todos son tomados en consideración y se realiza el plan de salvación con todas sus implicaciones. La “justicia divina” hay que desearla, suplicarla; debe temer a ella quien sea responsable de la ˝injusticia” de someter a los demás a sus propios intereses, lo que es contrario del proyecto de Dios.

En el evangelio la respuesta de Dios es el anuncio y realización del “Reino de Dios” que comenzó a acontecer en el ministerio de Jesús; alcanzó su culmen en su misterio pascual y sigue abarcando los momentos de la historia y a todos los hombres que se abren a él por la fe, que son bautizados en su Santo Espítitu y viven su proyecto en comunidad. El Reino de Dios alcanzará su plenitud hasta la segunda venida de Jesús.

Conclusión

Dios es fiel con los discípulos de su Hijo y les hará justicia; ésta, no es algo inmediato. En esta relación de alianza con Dios hay que atreverse a expresar las necesidades con la confianza de que serán atendidas.

La paciencia de Dios es un signo de su amor. La aparente dilación de Dios para responder a sus discípulos tiene que ver con la expectativa de conversión de los injustos y con la madurez en la fe de sus discípulos. Dios piensa en los justos, pero también en los injustos. El presente es tiempo de evangelización y de compromiso profético.

La paciencia no quita la prontitud: «les hará justicia sin tardar». Dios hará justicia, pero no a la manera del juez que tuvo que ser presionado por ocuparse de la viuda; Él respondera pronto. Ciertamente hay un intervalo de tiempo antes de la intervención final de Dios, en este tiempo se prueba la fidelidad del discípulo.

La parábola del juez corrupto y la viuda insistente, lleva nuestra atención del comportamiento de Dios al comportamiento de los hombres. Dios es fiel al hombre, pero ¿el hombre es fiel a Dios? La mirada se dirige ahora a Jesús, Él es la respuesta de Dios a la justicia que esperan sus discípulos; la fe en Jesús significa aceptarlo a él y a su mensaje.

Lo que se requiere por parte de los discípulos para acoger plenamnte la justicia de Dios es la perseverancia y la fidelidad. Por un lado, su desánimo e inconstancia pone en juego el tiempo final en el que serán reunidos todos los elegidos; por otro, el compromiso al cual los impulsa la fe, -el mensaje de Jesús en el evangelio- los llevará a trabajar para que no haya más viudas tratadas injustamente, ni abandonadas a su suerte.

El evangelio de este domingo nos educa en la oración intensa, en la súplica confiada e insistente. Esta oración es signo de una esperanza viva que nos sostiene en el tiempo que separa nuestro hoy, con el día de nuestro encuentro definitivo con el único que puede colmar plenamente nuestras necesidades. Las pruebas de la vida no son para claudicar en la fe, sino para crecer en ella.

 

 

 

[1] F. Oñoro, La oración perseverante a la hora de la prueba. Lectio Lucas 18,1-8, CEBIPAL/CELAM.

El Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir

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espíritu santo 3.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 8-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios.

A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven a las sinagogas y ante los jueces y autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy el Evangelio ahonda en el tema de la fidelidad del discípulo en el momento de la prueba. Jesús empieza diciendo: «Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios».

A nosotros se nos juzga ya por si estamos unidos o no a Jesús, hasta el punto de decir que nuestra fidelidad hace que Jesús se una a nosotros de manera aún más firme. Quien sigue el Evangelio y persevera en su camino, incluso en los momentos de la prueba, se salva porque el Señor está con él. Pero quien se deja sorprender por el miedo y reniega del Evangelio y de sus hermanos, se destruye solo.

En realidad, Jesús ya lo ha dicho otras veces: «Quien quiera salvar su vida, la perderá». Él conoce nuestra debilidad y sabe que podemos ceder a los halagos de las tentaciones y caer en el pecado. El apóstol Pedro es un ejemplo: en el momento de la pasión de Jesús, primero huyó y luego lo traicionó en la casa del Sumo Sacerdote porque tuvo miedo ante una sierva. El Señor, de todos modos, lo perdonó. Él siempre está dispuesto a perdonar.

En la página evangélica que leemos llega a decir: «A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará». Pero luego continúa: «Pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará».

También el evangelista Marcos cita estas severas palabras y añade: «Es que decían que estaba poseído por un espíritu inmundo». El pecado contra el Espíritu es no reconocer en Jesús la presencia de Dios y también no reconocer en la Iglesia, en la comunidad cristiana, la acción del Espíritu Santo. Si no reconocemos la presencia de Dios en Jesús y en la Iglesia, maldecimos a Dios y nos excluimos del camino de la salvación porque negamos en la práctica la presencia y la acción del Espíritu Santo que el Padre y el Hijo han derramado en la Iglesia.

Las palabras de Jesús son severas para quien traiciona pero son palabras de consuelo para quien persevera. El Señor, que comprende nuestra debilidad, viene siempre a nosotros, sobre todo en los momentos difíciles: «no se preocupen», nos dice, «el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir». La compañía del Señor es nuestra fuerza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 387-388.

Pónganse en camino

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apóstoles.jpg 18 de octubre

San Lucas, Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Lucas(10, 1-9)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.

No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; si no, no se cumplirá.

Quédense en esa casa.

Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa.

En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy es la fiesta de San Lucas, y el evangelio nos habla del envío de los setenta y dos discípulos que deben anunciar la Buena Noticia de Dios en los poblados, en las aldeas y en las ciudades de Galilea.

El número setenta y dos simboliza a todos los pueblos de la tierra; hoy somos los discípulos que vivimos después de los Doce. Mediante la misión de los discípulos, Jesús trata de rescatar los valores de la tradición de la gente que estaban siendo encubiertos por el doble cautiverio del dominio romano y de la religión oficial.

Jesús quiere que la comunidad que nace del evangelio sea expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios. Por esto, insiste en la hospitalidad, en el compartir, en la acogida a los excluidos. Esta insistencia de Jesús se percibe en los consejos que daba a los discípulos cuando los enviaba en misión.

En tiempo de Jesús había diversos otros movimientos religiosos que, al igual que Jesús, trataban de presentar una nueva manera de vivir y convivir, por ejemplo Juan Bautista, los fariseos y otros. Ellos también formaban comunidades de discípulos y tenían a sus misioneros; los de Jesús tendrán características propias.

Jesús envía a los discípulos a los lugares donde el mismo tiene que ir. El discípulo es el portavoz de Jesús. No es el dueño de la Buena Noticia. El los envía de dos en dos. Esto favorece la ayuda mutua, pues la misión no es individual, sino comunitaria. Dos personas representan mejor la comunidad.

La misión no es propia, es obra de Dios, por ello, el misionero debe rezar para que Dios envíe trabajadores a su viña. Todo discípulo debe sentirse responsable de la misión. Por esto tiene que rezar al Padre para que haya continuidad en la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos. La misión es tarea difícil y peligrosa; el sistema en que los discípulos vivían no era favorable a la organización de la gente en comunidades vivas.

Al diferencia de otros misioneros, los de Jesús no deben llevar nada, ni bolsa, ni sandalias; lo único que deben llevar es el saludo de paz. No deben confiar en sus propias fuerzas o capacidad, sólo en Dios. No saludar a nadie por el camino se les pide para que no pierdan tiempo en cosas que no pertenecen a la misión.

Los discípulos no deben andar de casa en casa, pero sí permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de forma estable, participar en la vida y en el trabajo de la gente y vivir de lo que reciben en cambio, pues el obrero merece su salario.

Los fariseos, cuando iban en misión, iban prevenidos. Pensaban que no podían confiar en la comida que no siempre era ritualmente “pura”. Por esto llevaban alforja y dinero para poder cuidar de su propia comida. Así, en vez de ayudar a superar las divisiones, las observancias de la ley de pureza, hacían difícil la convivencia y compartir los valores comunitarios.

Los discípulos deben curar enfermedades, curar a los leprosos y expulsar los demonios. Esto significa que deben acoger dentro de la comunidad a los que fueron excluidos. Si cumplen con todas estas exigencias, los discípulos pueden y deben gritar a los cuatro vientos: ¡El Reino ha llegado! Anunciar el Reino implica una nueva manera de vivir y de convivir desde la Buena Noticia del amor de Dios que Jesús nos comunica con su vida y su Palabra.

[1] Cf. O Carm. Lectio Divina, 18 de octubre 2014