Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 35-38)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá.

Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El buen discípulo, tiene la mirada puesta en la meta: con el corazón puesto en Dios y en el ejercicio de la caridad, camina hacia la plenitud con “la túnica puesta” y con “lámparas encendidas”.

Con relación a la segunda venida del Señor, en la primitiva Iglesia hubo una gran incertidumbre y se suscitaron muchas fantasías sobre este regreso que veían como algo casi inmediato y, hubo mucho descuido en las exigencias de vida, ante la evidencia de que no sucedía.

¿Qué enseñó Jesús al respecto?

La parábola “de los servidores vigilantes”, que leemos presenta al discípulo precisamente como un “servidor” que sabe esperar la llegada de su patrón. Esta parábola presenta dos momentos: el primero describe el comportamiento de los siervos mientras esperan al amo; el segundo describe el comportamiento del patrón con relación a los siervos que ha encontrado vigilantes: él mismo se hará el servidor de cada uno de ellos.

Según la primera parte la espera del Señor se hace con la «túnica puesta y las lámparas encendidas». Con dos imágenes, Jesús enseña que el discípulo que sabe vivir la “espera” es aquel que sabe “vigilar”. La vigilancia es lo contrario del irse a dormir o entrar en situación de reposo.  Pero el Evangelio no da sosiego, no permite descuido, no deja espacio para la pereza, no tiene reposo, no tiene jubilación. “Vigilar” es estar siempre listo para la acción, es estar siempre en forma para poder vivir los requerimientos propios del Evangelio y para irradiarlos a los demás hermanos

El premio a aquellos que “encuentre despiertos” y “haciendo lo que deben” se describe con el máximo calificativo que da el evangelio: “¡Dichosos!”. Esto quiere decir, que en su actitud de espera, de apertura al futuro de Dios, todo hombre vive su verdadera felicidad. Y este calificativo que ennoblece el presente está seguido por un don todavía mayor en el futuro: Jesús será para él como un siervo, es decir, nos ofrece todos los dones de su servicio a lo largo de su ministerio, particularmente los de su cruz redentora y de su vida nueva en la resurrección.

La referencia a los diversos momentos de la noche nos recuerda la importancia de la perseverancia. Es fácil y común llegar a cansarse en este caminar, por eso: dichoso al que el Señor “lo encuentre haciendo lo que debe”.

La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

El evangelio forma al discípulo en un nuevo estilo de vida, en el pasaje de hoy, Jesús advierte sobre el peligro que supone la avaricia.

Una persona en la calle aborda a Jesús para pedirle que haga de mediador en un conflicto familiar. Se trata del hermano menor que está reclamando el legítimo derecho de la herencia a su hermano mayor quien parece haberla acaparado. Jesús se niega a intervenir en el litigio. Con sus palabras da a entender que no se le ha dado un  poder judicial para poder dirimir el asunto, pero sobre todo tiene otro argumento que ya había aparecido en el debate con los fariseos: «Eviten toda clase de avaricia». La codicia, el egoísmo es un indicador de “hombre viejo” 

La codicia se expresa como un deseo a veces compulsivo, de llenarse de cosas, vivir en la “abundancia”. Aquí entra el tema de la “vida”. ¿Qué es lo que “asegura” la vida?, es decir, ¿Qué es lo que le da contenido, alegría, plenitud? ¿Qué la sostiene aquí y qué la garantiza al final de la muerte biológica? 

El rico insensato de la parábola es un hombre que desea ardientemente “vivir”, pero que en realidad camina en la dirección contraria a sus mismos propósitos: va hacia la ruina. Él cree estar haciendo un ejercicio inteligente cuando reflexiona sobre lo que hará para conservar su cosecha y tener la vida asegurada para el futuro: Primero, demolerá; segundo, construirá; tercero, reunirá allí todo lo suyo; cuarto, se dará una buena vida, con la seguridad de que cuenta con buenas reservas. Se trata de todo un ejercicio de planificación de una empresa sostenible. Pero el que se creía inteligente en el manejo de sus recursos, terminó haciendo una estupidez.

De aquí se desprenden tres lecciones: 

Primera: El disfrute egoísta de las propiedades y de las riquezas no es conforme a la voluntad de Dios. Los bienes no son para hacer el bien a uno mismo y a los demás; el remedio contra la codicia es compartir. 

Segunda: No tiene sentido fundar el sentido de la vida en los bienes materiales, estos no “aseguran” la vida, solo Dios es el único que la puede dar y conservar. Por muy bueno que sea algo que tengamos nunca nos dará la verdadera vida.

Tercera:  La vida terrena tiene un límite y, es más, el fin de ella nadie lo puede prever con exactitud, no sabemos cuándo el Señor nos la pedirá de nuevo (Cf.  Sabiduría 15,8). De aquí que la planificación más inteligente que podemos hacer es la de nuestro futuro en la eternidad de Dios. 

El buen discípulo es el que «se hace rico de lo que vale ante Dios», y reconoce sus bienes como necesarios para vivir con dignidad pero al mismo tiempo relativos con relación al destino final de la vida; su riqueza no está en atesorar sino en dar, porque hace su corazón semejante al de Dios, con quien está llamado a vivir en comunión eterna.

Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIX semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 15-21)

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo.

Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie.

Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?” Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”.

Ellos le presentaron una moneda.

Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César”. Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

La pregunta que los herodianos le dirigen a Jesús tiene relación con el pago de los impuestos, un tema muy discutido en aquel tiempo. Un tratado judío decía: “no trates de evitar el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes”; pero entre los rabinos discutían si estaba permitiendo esquivar el tributo al César, por eso, piden a Jesús —aunque con maldad— un consejo autorizado: “¿está permitido?,” “¿es lícito?”.

El imperio romano implementó un complejo y excesivo sistema de impuestos. A propósito del texto de Mateo conviene que existía un tipo de impuesto que obligaba a cada persona (tributum capitis): a todos los hombres entre 14 y 65 años y a las mujeres entre 12 y 65 años; posiblemente correspondía a un denario, es decir, a un salario mínimo.

Aunque es difícil describir a los herodianos podemos decir que eran judíos partidarios de Herodes; quizá funcionarios de los principes herodianos o miembros de sus familias que, como los fariseos, estaban a favor de la dominación romana; por lo tanto, les preocupaba que alguien se opusiera a los intereses de los romanos pues eso traía serías consecuencias para ellos. El texto los presenta como hipócritas, es decir, como personas que fingen estar preocupadas por una cuestión de actualidad pero, en realidad, solamente le están poniendo una trampa a Jesús. si Jesús dice que no hay que pagar el tributo podrán acusarlo ante el gobernador, pues desde la revuelta de Judas el Galileo el año 6 d. C. la resistencia fiscal era una señal de sedición. Si su respuesta es afirmativa, se hará impopular ante la gente.

Ahora bien, ante la pregunta tramposa de los herodianos Jesús les pide que le muestren la moneda del tributo; les estaba pidiendo una moneda romana, la única válida para pagar los tributos en este caso, un denario romano que tenía la imagen del emperador. Es probable que esta imagen se relacionara con la divinización de los emperadores ya que el denario de Tiberio, conocido entences en Palestina, tenía delante la cabeza del emperador y detrás a su madre Livia como dios de la paz; la leyenda en el lado del emperador tenía elementos que lo equiparaban a un dios. 

Las monedas imperiales no sólo eran objetos de valor sino que implicaban sumisión y respeto al poder político y religioso del emperador. Además. Los judíos tenían horror a la imagen del emperador divinizado: hasta habían logrado que se prohibiera a los soldados romanos entrar en Jerusalén con banderas desplegadas y que sus propias monedas no llevaran la efigie imperial. En el fondo lo que les quiere decir Jesús es que, al utilizar la moneda con símbolos políticos y religiosos del poder romano, han reconocido su soberanía absoluta, es decir, le han dado el lugar de Dios a alguien que no lo es.

A cualquier persona, incluso aunque no esté familiarizada con los evangelios, le suena la frase: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, e inmediatamente se capta uno de sus sentidos más equivocados: los cristianos deben preocuparse por lo espiritual, y otros (generalmente los gobiernos) por lo demás.

Nuestra propuesta es que tomando en cuenta los elementos anteriores consideremos que Jesús al decir: “devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” no estaba separando campos sino delimitando actitudes. Es decir, estaba dejando claro en qué consitía el señorío del César y en qué el de Dios.

Con seguridad, pues, Jesús quería dejar claro que al César le correspondía la moneda, él y sus allegados serviles eran sus dueños. Jesús no se estaba oponiendo a que se pagara el tributo. Sin embargo, estaba dejando suficientemente claro que Dios era el único dueño de la persona que portaba la moneda.

Dios es el único dueño, de las personas; Él las creó a su imagen y semejanza. El César poseía sólo lo que él había acuñado, las monedas para el impuesto. 

Desde esta perspectiva el evangelio contiene una fuerte invitación a evitar el endiosamiento sobre las personas. Nadie es dueño de los demás; ninguna autoridad o poder puede adueñarse de los seres humanos. Los poderes y las autoridades pueden constituirse en dueños de las cosas pero nunca en señores absolutos de las personas. Cuando esto sucede quienes ejercen la autoridad o el poder se introducen en una carrera interminable de endiosamiento adueñándose de la persona, su conciencia, decisiones y esperanzas. 

Los primeros cristianos aunque reconocían que habría que orar por las autoridades (1Tim 2,1-4), muchos de ellos tenían bien claro que éstas no merecían obediencia como si fueran dioses pues no es correcto obedecer a algunas personas o grupos antes que a Dios.


[1] T. Tapia Bahena, Del encuentro con Jesucristo a la misión. Itinerarios de encuentro con la Palabra a través de la Lectio Divina. Ciclo A., 244-247.