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Saberse amado

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El Bautismo del Señor – Ciclo C

Textos 

+ Del evangelio según san Lucas (3, 15-16. 21-22)

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles: “Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Concluye el ciclo de Navidad e inicia la primera etapa del tiempo ordinario. Contemplamos la escena del Bautismo del Señor en la narración de San Lucas.

Jesús se revela en las orillas del Jordán

Aparece como adulto, en público, junto a Juan el Bautista a quien acudían muchas personas para que les administrara el bautismo. El evangelista señala que «el pueblo estaba en expectación». De esa manera describe el movimiento que se generó en torno a Juan, quien con su predicación y su estilo de vida despertó la esperanza en un pueblo cansado, agobiado y, de alguna manera, desilusionado.

La gente deja sus casas y compromisos habituales para llegar hasta Juan y al recibir el bautismo de conversión que él administraba hacen patente su deseo de un mundo nuevo, un mundo diferente y su disposición de cambiar de vida, para favorecer así el advenimiento del Reino, el cumplimiento de la promesa de Dios. No se puede esperar un mundo nuevo cuando se vive en el egoísmo o en el pecado. Es legítimo anhelar un mundo diferente, querer que las cosas sean distintas, este anhelo, si es auténtico, debe ir acompañado de un compromiso en primera persona.

La gente pensaba que Juan era el Mesías

Sin embargo el Bautista no se aprovechó de la circunstancia, no generó en torno a él un movimiento político, ni se endiosó a sí mismo. Con humildad se presentó como precursor diciéndoles «es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

Jesús también va a al Jordán, y se pone en fila, junto con la muchedumbre, para ser bautizado. Contemplamos aquí una vez más la ‘lógica’ de la encarnación. El Hijo de Dios se hizo hombre, nació en el seno de una familia, formó parte de un pueblo y compartió con éste sus esperanzas. «El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla con los pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus hombros el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en el lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.» (Benedicto XVI)

A esta humillación, expresión de la total obediencia de Jesús a su Padre Dios, corresponde la exaltación del Hijo por parte de Dios. Jesús estaba recogido en oración y «mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco

Jesús oraba

El movimiento en torno a Juan es un movimiento religioso no político. Jesús se sumó a esta expectativa y con su oración hace explícita su total esperanza y confianza en la fidelidad de Dios. Al descender el Espíritu Santo y escucharse la voz del cielo «el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva» (Benedicto XVI).

El evangelio hace patente, mientras Jesús oraba, la identidad de Jesús: Él es el Hijo amado. El itinerario discipular pasa por esta experiencia; saberse amado por Dios es fundamental para la identidad cristiana. Tomar conciencia de ello hasta llegar a la certeza del amor fiel de Dios marca el itinerario espiritual del discípulo.

Con un signo, Jesús purifica la experiencia religiosa; enseña a sus discípulos a vivir “sumergidos” en Dios a partir de la experiencia fundamental de saberse amados por Él, llenos de su Espíritu; es decir, vivir en su presencia y de no de manera ocasional, ni por medio de ritos sin significado; tampoco con temor ni con pretensión de merecimiento. Dios viene a nuestro encuentro en Jesucristo para hacernos saber que nos ama, que somos hijos del amor, que nuestra vocación es amar y nuestra misión en la vida llevar ese amor a quien Dios pone junto a nosotros.

Jesús nos enseña que la relación con Dios es personal, que no es delegable, ni transferible; que pide tiempo para estar a solas con Él en la oración, silencio para escuchar su Palabra y llevar la experiencia de vivir en su presencia, a la vida de cada día, inspirando en el amor, en la verdad y en la justicia, la relaciones inter-personales y orientando toda actividad y empresa por el firme propósito de hacer el bien.

Nuestro bautismo

Por el don de la gracia bautismal, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros y habita en nuestros corazones para que vivamos inmersos en el amor de Dios. El punto de partida de esta experiencia es ver y recibir la vida como un don; reconocer el amor de Dios en las personas que nos han hecho el bien y en la belleza de la creación.

Tener viva la conciencia de ser bautizados nos descubre como hijos de la luz, «el Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe.» (Benedicto XVI). El itinerario de la fe nos pide recorrer el camino de la vida con la luz de Cristo que nos ilumina de manera permanente en su Palabra, en la Eucaristía y en los pobres y necesitados.

El discípulo del Señor está llamado a ser luz para los demás. En el rito del bautismo se recomienda a los padres y padrinos del bautizado que le acompañen para que la luz bautismal no se apague. Hay en ello una indicación muy valiosa, cuya puesta en práctica es urgente rescatar en un mundo individualista: el buen ejemplo.

Aprendemos más de los ejemplos que de las palabras. Es válido para todos, no sólo para los niños. La vida virtuosa se aprende por imitación, por ello es importante tener en cuenta cada día que la gratuidad de los pequeños detalles de amabilidad, respeto, paciencia, servicialidad, cumplimiento responsable de las obligaciones, etc., es luz que ilumina la vida de quienes viven junto a nosotros que les permite descubrirse a si mismos amados por Dios.

 

Servir sin aferrarse

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12 de enero o sábado después de Epifanía

† Del evangelio según san Juan (3, 22-30)

En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía. Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación.

Los discípulos fueron a decirle a Juan: “Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él”. Contestó Juan: “Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‘Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él’.

En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de oír su voz. Así también yo me lleno ahora de alegría. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento, lleno de referencias históricas y geográficas, muestra cómo el evangelista está al tanto de una tradición histórica y la utiliza para conectar el ministerio profético del Bautista con el de Jesús.

Mientras la actividad misionera, tanto la de Jesús como la del Bautista, era floreciente, un incidente viene a turbar el ánimo de los discípulos de Juan. La ocasión viene dada por una discusión de estos últimos con un hombre que quizás había recibido el bautismo de los discípulos de Jesús. Objeto de la disputa es el valor de purificación del bautismo dado por los dos “rabí” y la relación existente entre los dos ritos. La respuesta del Bautista precisa, ante todo, un principio general válido para todo hombre que desempeña una misión: en la historia de la salvación nadie puede apropiarse una determinada función si no le es conferida por Dios; Juan afirma, además, la superioridad de Jesús. Y para precisar mejor la relación que él tiene con Jesús, explica la superioridad del papel propio de Jesús con un ejemplo sacado del ambiente judaico que se refiere a la relación entre el amigo del esposo y el esposo mismo durante una fiesta nupcial.

En esta imagen el Bautista no tiene dificultad en reconocer a Jesús en el papel de Mesías-esposo, venido para celebrar las bodas mesiánicas con la humanidad, y, por tanto, se presenta a sí mismo como el discípulo amigo del esposo. Él ha podido conocer al Mesías que comienza su misión, que recoge los primeros frutos de su trabajo y por ello se alegra constatando el cumplimiento definitivo del proyecto salvífico de Dios. Para el Bautista ha llegado el momento de sentirse plenamente feliz viendo a Jesús «crecer» mientras él mismo «disminuye». La rectitud del Bautista es un paradigma; en manera alguna es un oportunista que se aproveche del movimiento religioso que se suscitó con su predicación, tiene clara su identidad y su misión, la asume y la realiza con serenidad; llegado el momento sabe disminuir para permitir que Jesús crezca; honda lección de vida que enseña a servir sin aferrarse.

 

 

[1] Cf. G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 198-199.

Más allá del estigma

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jesus-cura-al-leproso

11 de enero de viernes después de Epifanía

Textos

† Del evangelio según san Lucas (5, 12-16)

En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio”. Y al momento desapareció la lepra.

Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio”. Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús encuentra un leproso y lo cura, enseguida lo envía al sacerdote para que haga la ofrenda por la purificación y para que sirva de testimonio de la manifestación del amor de de Dios. El estigma social y religioso y físico, que entre los.judíos pesaba sobre las personas que vivían con lepra, hacía que su curación fuera considerada uno de los signos de la venida del Mesías. El estigma social excluía al enfermo de la comunidad de Israel, con la curación entra de nuevo a formar parte de ella; el estigma religioso lo hacia ver y sentir como maldito de Dios impisibilitado para rendir culto a Dios, la curación le hace experimentar el perdon y la misericordia de Dios y lo lleva de regreso al templo a presentar su ofrenda; el estigma físico tocaba directamente su autoestima al percibir con todos su sentidos la pudrición de su propia carne, la curación de Jesús lo cura, lo limpia, le devuelve la seguridad.

La curación realizada por Jesús es descrita con algunos elementos típicos: la súplica del enfermo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme»; la respuesta positiva de Jesús, que tocando al leproso realiza la curación: «Quiero, queda limpio»; el envío al sacerdote: «ve, preséntate al sacerdote…». Es de notar el valor que tiene a los ojos de Jesús la súplica del enfermo, oración humilde que se hace desde la vulnerabilidad; es notable también el gesto de Jesús, que toca al leprso a pesar de la prescripción legal que lo prohibía; Jesus actúa con libertad  por encima del estigma y pagará las consecuencias; en efecto, Marcos insinúa que después de la curación “no podía entrar en la ciudad”; notable también que la acción de Jesús no separa ni aisla, por el contrario incluye e integra.

Además de curar a los enfermos, Jesús se retira a lugares solitarios para orar. En esto reside la fuerza de Jesús y su irresistible atractivo: en su coloquio filial con el Padre. La oración no sólo lo sostiene frente a las muchas incomprensiones que experimenta en su ministerio público, sino que le permite sobre todo verificar su misión en la lógica de la voluntad de Aquel que lo envió al mundo a dar testimonio de su amor.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 163-164.