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Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo”

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Domingo de Pentecostés

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 19-23)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo llegamos a la conclusión de la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre toda la Iglesia.

El Espíritu Santo es el don más grande que hemos recibido del Señor Jesús. Es el Espíritu quien hace nacer la Iglesia a partir de la aceptación y confesión de una misma fe en Jesús nuestro Señor y hace posible en ella la unidad en la diversidad de dones, carismas y ministerios.

El contexto

La escena evangélica que hoy contemplamos ocurre al atardecer del día de Pascua. El anuncio de Magdalena parece no haber encontrado eco en el corazón de los discípulos que, por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas.

El primer encuentro de Jesús resucitado con su comunidad tiene dos momentos: en el primero, Jesús se manifiesta a su comunidad como Señor resucitado; en el segundo, Jesús les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados.

Jesús se manifiesta como Señor resucitado

Jesús realiza tres acciones: se coloca “en medio de ellos”, les da su paz: «La paz esté con ustedes»; les hace ver las marcas de su crucifixión: «les mostró las manos y el costado». Por su parte los discípulos, reaccionan con alegría: «Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.»

La presencia de Jesús resucitado es para los discípulos una experiencia pascual en primera persona; experimentan el “paso” de la tristeza a la alegría y del miedo, el desánimo y la frustración a la paz. Paz y alegría son los grandes dones del resucitado.

La paz y la alegría

Dos veces insiste en ello el texto que contemplamos. En el discurso de despedida, que recién hemos contemplado las últimas semanas del tiempo pascual,  había prometido a sus discípulos la paz: para superar la turbación y la cobardía les ofrece una paz distinta a la que da el mundo.

La paz que Jesús ofrece no significa para los discípulos que no tendrán dificultades, ya les había dicho: «en el mundo tendrán tribulaciones», significa más bien, seguridad y confianza en medio de ellas, al estilo del mismo Jesús que ya los había exhortado diciéndoles: «Ánimo, yo he vencido al mundo».

Pero la victoria, pasa por la cruz. Jesús muestra a sus discípulos las llagas de la pasión; el crucificado es el resucitado; el condenado a muerte la ha vencido. Las llagas de las manos y del costado, evocan al Buen Pastor, dispuesto a enfrentar al lobo para defender a su rebaño, son el signo del inmenso amor de Jesús por los suyos, por quienes dio la vida. Son las llagas de un Resucitado, por tanto, a los discípulos, no les faltará el amor; del cuerpo glorioso de Jesús manará en forma perenne el don del Espíritu Santo a todo el que se acerque a Él.

La reacción de los discípulos es lógica; es el gozo de quien se sabe amado y esa es la experiencia fundamental de la Pascua, constatar el amor fiel y misericordioso de Dios. La situación ha cambiado, mientras el mundo les infunde miedo, les hace encerrarse, ellos tienen de su parte al que ha vencido al mundo; por tanto, no deben cerrarse ante el mundo y sus desafíos, sino entrar en él llenos de confianza, de paz y alegría, compartiendo con todos los dones pascuales que los han transformado.

Jesús les comparte su misión

El resultado es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo desaparece. Jesús renueva su don de la paz y lo extiende a toda la humanidad a través de la misión de los apóstoles. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él.

Jesús repite el saludo de paz. La paz del resucitado está asociada a la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Ahora a los discipulos corresponde dar a conocer Jesucristo y al Padre que lo envió; conducir a todos a creer en el Hijo, de manera que a través de Él entren en comunión con el Padre. Con el nuevo saludo de paz, les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar pecados.

Para cumplir la misión les infunde su Espíritu

Para cumplir esta misión los llena de su Espíritu Santo . Llama la atención en este relato de efusión del Espíritu la referencia a este “soplo” de Jesús sobre sus discípulos: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…».

Encontramos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en los orígenes, cuando Dios creó el mundo y al hombre (cf. Gén 2,7): el Espíritu que Jesús Resucitado comunica es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo.

Juan el Bautista ya lo había anunciado al inicio del evangelio: Jesús bautizaría en el Espíritu Santo. Hemos contemplado como Jesús lo infunde sobre todos desde la Cruz, lo desborda en el agua que mana de su costado y ahora, glorificado, lo sopla, como en la primera creación.

El Espíritu Santo principio de vida nueva

Con el Espíritu Santo, Jesús comunica una vida nueva que no pasa, que es pereene porque pone, a quienes lo reciben, en comunión plena con el Padre y el Hijo y les capacita para comprender su obra en el mundo y para ser testigos de ella. Él es el principio de la vida nueva que debe ser anunciada y comunicada a todo hombre.

Esta vida nueva no es posible sin la reconciliación con Dios, sin el perdón de los pecados. Y esta es la misión del nuevo pueblo de Dios: perdonar, tarea imposible si no se ha experimentado en carne propia el perdón, la respuesta amorosa de Dios que a pesar de nuestras infidelidad quiere para nosotros no la destrucción sino la plenitud de vida

Por medio del Espíritu Santo, los apóstoles entran a fondo en la misiòn de Jesús; Él fue presentado por el Bautista como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y así lo realizó en la Cruz, ahora, resucitado, envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar o remitir los pecados.

El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo “de lo alto”. También tendran el poder de “retener” los pecados, no en el sentido de una condena inapelable, sino en el de un renovado llamado a la conversión. Así es como la obra de Jesús, salvador del mundo, llega a todo hombre, comunicando la paz de Dios a quien lo acepta en su vida.

Por el don del Espíritu se renueva la vida, cuando con su impulso los hombres y las mujeres se convierten a Dios reconociéndose como creaturas; cuando con sus dones vencen la tentación de reemplazar a Dios erigiéndose en ídolos de si mismos y de los demás; cuando con su luz aceptan la verdad de la naturaleza humana con todos sus límites y posibilidades; cuando con su consejo se descubren capaces de renunciar a la violencia y de sofocar en si el deseo de la venganza.

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo y amor quiere decir, vida, alegría, felicidad. Es Dios mismo que se entrega a los hombres y a las mujeres y les mueve interiormente para acoger su presencia y abrirse a los hermanos. Es la fuente de la santidad de la Iglesia su obra es salvar, sanar, exhortar, fortalecer, consolar.

El Espíritu Santo, actuando desde nuestro interior

  • Nos ayuda a identificarnos con Jesús, con sus palabras, gestos y acciones.
  • Abre nuestros oídos y corazones para que la Palabra cale hondo en nuestro interior.
  • Nos impulsa a ser mensajeros de la Buena Nueva.
  • Restaura en nosotros la imagen de Dios deteriorada por el pecado.
  • Hace posible que amemos y perdonemos a nuestros hermanos;
  • Nos incorpora al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia,
  • Da a nuestra existencia alegría, paz, verdad, libertad, comunión.
  • Hace fructificar nuestros esfuerzos porque nos precede en todo lo que hacemos.

 

[1] F. Oñoro, Lectio Divina La alegría de la fe en medio de la comunidad pascual, CEBIPAL/CELAM.

Señor, tú sabes que te quiero

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Viernes de la VII semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (21, 15-19)

En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contesto: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”.

Jesús le dijo: “Pastorea mis ovejas”.

Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”.

Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría’de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La perícopa está totalmente centrada en la figura de Simón Pedro. El evangelista, con dos pequeños fragmentos discursivos, especifica cuál es el papel del apóstol en la comunidad eclesial: ha sido llamado para desempeñar el ministerio de pastor y para dar testimonio con el martirio. De ahí que el Señor, antes de confiar a Pedro el encargo pastoral de la Iglesia, le exija una confesión de amor. Ésa es la condición indispensable para poder ejercer una función de guía espiritual. Y el Señor requiere el amor de Pedro tres veces con un ritmo creciente.

La insistencia de Jesús en el amor ha de ser leída como condición para establecer la relación de intimidad filial que Pedro debe mantener con el Señor. Antes que en cualquier dote humana, el ministerio pastoral de Pedro se basa en una confiada comunión interior y no en un puesto de prestigio o de poder: una intimidad que no puede ser apreciada con medidas humanas, sino que es reconocida por el Señor mismo, que escruta el corazón. Y- el Hijo de Dios, que conoce bien el ánimo del apóstol, le responde confiándole la misión de apacentar a su rebaño: «Apacienta mis ovejas».

Al ministerio pastoral le sigue después el testimonio del martirio. También Pedro debe refrendar su amor a Jesús con la entrega de su vida. El fragmento concluye con algunas palabras redactadas por el autor sobre el tema del seguimiento. La misión de la Iglesia y de todos sus discípulos es siempre la del seguimiento de Jesús, único modelo de vida. (Zevini (4), p. 440-441)

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 440-441.

Que sean uno, como tú y yo somos uno

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jesús orante.jpgJueves de la VII semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (17, 20-26)

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.

Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En la tercera parte de su «oración sacerdotal » dilata Jesús el horizonte. Antes había invocado al Padre por sí mismo y por la comunidad de los discípulos. Ahora su oración se extiende en favor de todos los futuros creyentes. Tras una invocación general, siguen dos partes bien distintas: la oración por la unidad y la oración por la salvación.

Jesús, después de haber presentado a las personas por las que pretende orar, le pide al Padre el don de la unidad en la fe y en el amor para todos los creyentes. Esta unidad tiene su origen y está calificada por «lo mismo que», es decir, por la copresencia del Padre y del Hijo, por la vida de unión profunda entre ellos, fundamento y modelo de la comunidad de los creyentes.

En este ambiente vital, todos se hacen «uno » en la medida en que acogen a Jesús y creen en su Palabra. Este alto ideal, inspirado en la vida de unión entre las personas divinas, encierra para la comunidad cristiana una vigorosa llamada a la fe y es signo luminoso de la misma misión de Jesús. La unidad entre Jesús y la comunidad cristiana se representa así como una inhabitación: «Yo en ellos y tú en mí». En Cristo se realiza, por tanto, el perfeccionamiento hacia la unidad.

A continuación, Jesús manifiesta los últimos deseos en los que asocia a los discípulos los creyentes de todas las épocas de la historia, y para los cuales pide el cumplimiento de la promesa ya hecha a los discípulos.

En la petición final, Jesús vuelve al tema de la gloria, recupera el de la misión, es decir, el tema de hacer conocer al Padre, y concluye pidiendo que todos sean admitidos en la intimidad del misterio, donde existe desde siempre la comunión de vida en el amor entre el Padre y el Hijo. La unidad con el Padre, fuente del amor, tiene lugar, no obstante, en el creyente por medio de la presencia interior del Espíritu de Jesús.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 433-434.