Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2012

“…verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39)

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Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor

Ver segmento de la Entrada a Jerusalén de la película Jesús de Nazaret de Zefirelli.

Con la celebración del Domingo de Ramos o Domingo de la Pasión del Señor nos adentramos a la Semana Santa en  la que viviremos el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico y oportunidad anual para renovar nuestra vocación bautismal contemplando, celebrando y viviendo el misterio pascual.  Este Domingo tiene dos elementos distintivos llenos de profundo significado. La procesión inicial que es precedida por la bendición de los ramos y la lectura de la Pasión del Señor.

Conmemorar la entrada del Señor en Jerusalén.

La procesión inicial hace memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén permitiendo ser aclamado como Mesías por la multitud que a su paso grita ¡Hosanna!, aclamación que literalmente quiere decir ¡sálvanos! y con la que se invocaba al Mesías esperado para liberar al pueblo. Jesús también es aclamado con la expresión ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, reservada para el rito de entronización del rey.

Con un signo muy sencillo, Jesús deja claro cómo entiende él su mesianismo. Hace su entrada a Jerusalén montado en un burrito. Recordemos que la mentalidad de su tiempo atribuía al Mesías cualidades guerreras y un signo del poderío guerrero se expresaba en el caballo. El burrito en cambio es un signo de trabajo, de humildad, abajamiento y paz. Es una entrada sin ejércitos, sin armas, sin violencias y es un gesto revelador del verdadero mesianismo: «No tengas miedo hija de Sión, mira que tu rey viene a ti montado en un burrito».

Vivimos en medio de situaciones complejas, personales, familiares, comunitarias y sociales que nos hacen sentir la urgencia de un mundo diferente. Muchas personas parecen esperar la llegada de un caudillo o mesías capaz de cambiar la historia. Ya sabemos que los mesianismos se activan cuando comienzan las luchas por conquistar el poder por el ofrecimiento mentiroso de soluciones únicas, inmediatas, mágicas a todos nuestros males.

La contemplación de la entrada de Jesús a Jerusalén nos ayuda a comprender que la esperanza en un Mesías que nos libere debe desbordar nuestro cálculos. Es necesario que lleguemos con Jesús hasta el Calvario, allí se revela Dios, nos da a conocer su amor de Dios que nos libera profunda y realmente. Las mediaciones humanas, lo que nos toca hacer, sólo entra en juego como respuesta y colaboración con Dios-Amor que es el verdaderamente libertador.

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consigue con la violencia. Pero también es necesario entender que las cosas cambiarán sin nosotros. Se requiere nuestro compromiso. El Dios del Amor o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete enteramente al hombre en todas las facetas de su vida. Ilumina y transforma la existencia humana en todas sus manifestaciones.

El relato de la Pasión

Después de la conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén la liturgia nos invita a entrar en el gran silencio contemplativo de la Pasión para descubrir allí el escenario del verdadero reinado del Señor.

El relato de la Pasión según san Marcos (capítulos 14 y 15) narra el camino de Jesús hacia la muerte e integra el ministerio de Jesús con la paradoja de la cruz. Cada uno de los episodios remarca aspectos singulares de la persona de Jesús y está impregnado en una profunda comprensión del misterio de Dios en Él manifestado.

Es difícil comentar en breve espacio este denso relato. Detengámonos brevemente en los pasos esenciales que lo conforman.

La lectura de la Pasión de Jesús según san Marcos comienza con dos cenas: la de Betania y la de la Pascua. En la primera, por el signo de la unción Jesús es reconocido como Mesías y él relaciona el signo con su muerte y su sepultura. En la cena pascual, Jesús acepta libremente su muerte como sacrificio para nuestra salvación.

Estas dos cenas las integra el evangelista con la noticia de la conspiración por parte del Sanedrín, por el soborno de Judas y el anuncio de la negación de Pedro. La animadversión, la traición y la negación ensombrecen el gesto luminoso de la entrega que Jesús hace de sí mismo. Jesús muere por nuestra salvación, no obstante los rechazos, las traiciones y los abandonos.

Jesús queda completamente solo. Todos los abandonaron. Jesús queda prisionero y abandonado de los suyos, que huyen despavoridos. Su entrega no se apoya en ningún populismo sino en la certeza de que vive este drama por ser fiel a su condición de Hijo de Dios.

Así, la pregunta sobre la verdadera identidad de Jesús, que es el hilo conductor de todo el evangelio de Marcos –“¿Quién es éste?”- comienza a tener una respuesta definitiva. En el proceso judicial y en la cruz se revelará quién es Él y será un pagano, el centurión romano, quien lo reconozca: «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.»

Contemplemos las escenas e identifiquémonos con los protagonistas, con sus gestos y con sus palabras. Pidamos la gracia de comprender en nuestro interior este relato de la pasión, para que el signo de la cruz, en donde se expresa la grandeza del amor gratuito de Dios, adquiera relevancia existencial en nuestra vida y así nos dispongamos a renovar nuestra fidelidad a la vocación que Él nos hace a ser y vivir como hijos suyos.

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere…

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V Domingo de Cuaresma – Ciclo B

Enseguida un fragmento de una homilía del Papa Benedicto XVI, en un Domingo como este, V de Cuaresma, pero de 2009, en su visita pastoral a la Parroquia romana del Santo Rostro de Jesús en La Magliana


Queridos hermanos y hermanas:

En el pasaje evangélico de hoy, san Juan refiere un episodio que aconteció en la última fase de la vida pública de Cristo, en la inminencia de la Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección. Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de Galilea. “Señor —le dijeron—, queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también tenía un nombre griego; y ambos “fueron a decírselo a Jesús” (Jn 12, 22).

En la petición de estos griegos anónimos podemos descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa de su misión salvífica. “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre” (Jn 12, 23). Sí, está a punto de llegar la hora de la glorificación del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso por la pasión y la muerte en cruz. De hecho, sólo así se realizará el plan divino de la salvación, que es para todos, judíos y paganos, pues todos están invitados a formar parte del único pueblo de la alianza nueva y definitiva.

A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con la que se concluye el pasaje evangélico: “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32), así como el comentario del Evangelista: “Decía esto para significar de qué muerte iba a morir” (Jn 12, 33). La cruz: la altura del amor es la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.

Muy oportunamente la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se acercan los días de la Pasión del Señor, en la que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños, sino como protagonistas juntamente con él, implicados en su misterio de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a seguirlo, a solidarizarse con él en el momento del combate, para ser asimismo partícipes de su victoria.

El Señor mismo nos explica cómo podemos asociarnos a su misión. Hablando de su muerte gloriosa ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez sugestiva: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo con un “grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho fruto”, como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto para todos los siglos. De hecho, no bastaba que el Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo el plan divino de la salvación universal era necesario que muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor; así se demostraría que el amor es más fuerte que la muerte.

Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero, con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba y la amarga tristeza por el trágico fin que le esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo esto él lo debía llevar consigo y transformar en su amor. “Ahora —confiesa— mi alma está turbada. Y ¿que voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?” (Jn 12, 27). Le asalta la tentación de pedir: “Sálvame, no permitas la cruz, dame la vida”. En esta apremiante invocación percibimos una anticipación de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar el drama de la soledad y el miedo, implorará al Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.

Sin embargo, al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino, porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta hora, y con confianza ora: “Padre, glorifica tu nombre” (Jn 12, 28). Con esto quiere decir: “Acepto la cruz”, en la que se glorifica el nombre de Dios, es decir, la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las palabras del Monte de los Olivos: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Transforma su voluntad humana y la identifica con la de Dios. Este es el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse a uniformarse a la voluntad divina.

benedicto-xvi-mexico-1Queridos hermanos y hermanas, este es el camino exigente de la cruz que Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo: “Si alguno me quiere servir, sígame”. No hay alternativa para el cristiano que quiera realizar su vocación. Es la “ley” de la cruz descrita con la imagen del grano de trigo que muere para germinar a una nueva vida; es la “lógica” de la cruz de la que nos habla también el pasaje evangélico de hoy: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12, 25). “Odiar” la propia vida es una expresión semítica fuerte y encierra una paradoja; subraya muy bien la totalidad radical que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde la vida y así la encuentra. No existe otro camino para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor: el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse.

Porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo (Jn 3,14-21)

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IV Domingo de Cuaresma – ciclo B

Este Domingo leemos, del evangelio de san Juan, la última parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, el maestro de la ley, fariseo y miembro del Sanedrín, que buscó de noche a Jesús, luz verdadera que ha venido para iluminar al mundo (Jn 1,9).

El marco nocturno del encuentro de Nicodemo con Jesús tiene un profundo simbolismo. El hombre maduro, conocedor de la escritura, que goza del reconocimiento de todos, en las tinieblas se acerca a la luz. Esto nos lleva a pensar en quienes en medio de dudas, temores e incertidumbres, buscan a Dios con sincero corazón.

En el dinamismo de la fe y el amor

La luz de Cristo proviene de la Cruz signo visible del amor del Padre por la humanidad. El amor de Dios nos abre sus brazos en Jesús crucificado, iluminando hasta el fondo nuestro corazones y abriendo nuestra existencia a una vida nueva cuando, por la fe, le abrimos nuestro corazón.

Jesús dice a Nicodemo que para entrar en el Reino de Dios se necesita comenzar de nuevo: «el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios… El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (3,3.5). Con ello nos hace entender que la vida es un don, que como tal hay que reconocer y acoger. La peor pretensión del hombre es pensar que él mismo puede darse la vida. La autosuficiencia es pésima consejera.

Así se entiende el significado profundo del bautismo, que no es sólo una celebración ritual sino una experiencia existencial. Por el bautismo renacemos a una vida nueva, no en virtud de nuestro esfuerzo, sino por la obra de Dios en nosotros que sólo pide de nuestra parte creer en su Hijo. La vida nueva y la fe se relacionan estrechamente: «“Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios» (1 Jn 5,1)

El don de la vida en el crucificado

El pasaje comienza recordando un episodio dramático del camino del pueblo judío por el desierto cuando fue sorprendido por una plaga de serpientes venenosas. Las dificultades del camino hacen renegar al pueblo y arrepentirse de haber emprendido el camino de liberación querido por Dios. En el fondo aparece el miedo a la muerte y el afán de asegurar y mantener la vida con el propio esfuerzo.

Cuando aparecen las serpientes venenosas el fin es inevitable. No hay nada que se pueda hacer. Entonces interviene Dios a través de Moisés que «hizo una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y este miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida” (Ex 21,9). Fue Dios quien salvó la vida de su pueblo ante la fatalidad.

Este signo evocado por Jesús en su diálogo con Nicodemo aclara el significado de la Cruz: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna”. El crucificado no es un caído en desgracia, es el signo de Dios que se convierte en fuente de vida cuando se levanta la mirada y se le reconoce como salvador.

Jesús muere en la cruz para darnos vida. Él es nuestra vida y la vida la obtenemos creyendo en Él y reconociendo en Él el amor desmedido de Dios porque «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (3,16).

Para el que no tiene fe la cruz es un signo de sometimiento, castigo, derrota y muerte, de abandono de Dios y de crueldad humana. El que tiene fe, reconoce que Dios ha enviado a Jesús para darnos vida y así la Cruz adquiere otro significado, es símbolo de un amor sin límites que manifiesta la grandeza del amor de Dios que entrega a su Hijo y la grandeza del amor del Hijo que entrega su vida para darnos vida.

Esto nos hace entender lo que es el amor: interés por el otro, participación en su realidad, solicitud y preocupación en sus necesidades, ser y hacer todo por quien se ama; querer su bien, favorecerlo en todas las formas posibles. A quien ama, el camino y destino de la persona amada no le son indiferentes al grado de comprometer toda su existencia para que viva con gozo y plenitud.

Y esto es lo que hace Dios con nosotros. Nos ama. Esto significa que no nos abandona a nuestra suerte, que se preocupa por nosotros, quiere nuestra salvación, por ello nos envía a su Hijo, no para juzgar al mundo ni para condenarlo sino para que el mundo se salve por él (cf. 3,17).

El amor de Dios es tan grande que nos da a su Hijo, no lo reserva para si mismo; le confía la misión  de acercarnos su amor exponiéndolo a la crueldad de quienes prefieren vivir encerrados en su egoísmo o en su autosuficiencia, por lo que deciden deshacerse de Él. ¿Alguien puede tener un amor más grande? Y el amor del Hijo es tan grande como el del Padre, viene a ocuparse personalmente de nosotros, a mostrarnos el camino de la salvación, a unirnos a Él para hacernos participar de la vida divina.

La respuesta humana: vivir como hijos de la luz o de las tinieblas

Dios nos procura la salvación, pero no lo hace sin nosotros ni contra nuestra voluntad. Acoger la salvación de Dios nos pide abrirnos a su amor, tomarlo en serio y creer en su Hijo, el Crucificado.

El único signo de que aceptamos a Dios y acogemos con sinceridad el don de su amor es recibir a su Hijo Jesucristo. Así como Dios hizo depender en el desierto la salvación de un gesto voluntario de quienes eran mordidos por las serpientes: volver su mirada a la serpiente levantada por Moisés, de la misma manera, hace depender la novedad de la vida que nos ofrece de la aceptación de nuestra fe al don de su Hijo.

Sin embargo, no se excluye el rechazo. Hay quienes prefieren las tinieblas a la luz y tienen razones sencillas de entenderse. Quien hace el mal, prefiere las tinieblas y evita instintivamente la luz. En cambio, quien hace el bien, prefiere la luz, no huye de ella, no tiene nada que esconder.

La Palabra este domingo nos presenta el dilema de la coherencia para el que cree. Quien es de la luz hace el bien, quien es de las tinieblas hace el mal. Hacer el bien es hacer las cosas según Dios, escuchándolo y buscando con sinceridad hacer su voluntad. Hacer el mal es actuar siguiendo los criterios del propio egoísmo y deseo, incluso cuando estos se oponen a la voluntad de Dios. En el fondo, la disyuntiva es vivir encerrados en nosotros mismos o definir nuestra vida por el amor. Quien se busca a si mismo se cierra a Dios y a la vida. En cambio, quien se decide por Dios, amando a los demás, está siempre abierto a la luz de su amor.

En pocas palabras…

En el dinamismo de la fe, el primer paso lo da Dios dándonos la mas grande prueba de amor enviándonos a su Hijo, quien por amor aceptó la muerte en Cruz para darnos vida abundante. El segundo paso implica recibir este don de Dios. Aceptar vivir en la luz. Rechazar las tinieblas. Al hacerlo, cada persona vuelve a nacer, se sumerge  (bautiza) en la vida de Dios y este nuevo nacimiento conduce al sentido y a la plenitud del propio ser; a vivir amando, haciendo el bien y dejando sentir a todos el gran amor que Dios nos tiene; a vivir la vida que no se acaba.

Dios ya dio el primer paso. Basta contemplar al crucificado. El segundo paso es decisión nuestra. Que esta cuaresma nos sea propicia para purificar nuestra fe y aceptar de manera decidida el don del amor de Dios en nuestra vida que nos compromete a ser fuente de vida y amor para los demás.