Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Si no me voy, no vendrá a ustedes el Espíritu Santo

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Martes de la VI semana de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (16, 5-11)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Me voy ya al que me envió y ninguno de ustedes me pregunta: ‘¿A dónde vas?’ Es que su corazón se ha llenado de tristeza porque les he dicho estas cosas. Sin embargo, es cierto lo que les digo: les conviene que me vaya; porque si no me voy, no vendrá a ustedes el Consolador; en cambio, si me voy, yo se lo enviaré.

Y cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio; de pecado, porque ellos no han creído en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me verán ustedes; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está condenado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El tema fundamental que nos propone el evangelista es el Espíritu Santo, testigo de Jesús y acusador del mundo. Los versículos introductorios recogen el tema de la tristeza de los discípulos. Jesús ha hablado de las persecuciones que deberán padecer los suyos, y éstos se sienten turbados frente a esos acontecimientos. Los discípulos, atemorizados por el inminente futuro de sufrimiento que les espera, son incapaces de confiarse al que es el único que puede hacerles superar toda tristeza y angustia.

Por eso les reprocha Jesús el hecho de que ninguno le pregunte qué significa su partida al Padre y su próxima pasión y muerte, de las que ya les ha hablado otras veces. Si hubieran comprendido el sentido de su misión de sufrimiento redentor, se habrían tranquilizado con el pensamiento de que su «ascenso» al Padre tendría como consecuencia la venida del Espíritu, quien reforzará su convicción en torno a la victoria de su fe y les dará la comprensión plena de la verdad del Evangelio.

¿Cuál será, entonces, la tarea del Espíritu? Dar testimonio contra el mundo, que está en pecado por haber rechazado a Cristo. Él, como abogado en un proceso, revelará a los creyentes, a lo largo del desarrollo de la historia, el error del mundo. Lo pondrá en situación de acusado por su pecado de incredulidad. Probará al mundo la justicia de Cristo. Demostrará que el juicio de condena contra Jesús es inconsistente; más aún: que se ha resuelto con la condena para siempre del «que tiraniza a este mundo», sobre el que ha triunfado Cristo con su muerte-exaltación.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., IV, 354-355.

Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo

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Cuaresma

Martes de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (5, 1-16)

Era un día de fiesta para los judíos, cuando Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betesdá, en hebreo, con cinco pórticos, bajo los cuales yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos. Entre ellos estaba un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.

Al verlo ahí tendido y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo en tal estado, Jesús le dijo; “¿Quieres curarte?” Le respondió el enfermo: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua.

Cuando logro llegar, ya otro ha bajado antes que yo”. Jesús le dijo: “Levántate, toma tu camilla y anda”. Al momento el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar.

Aquel día era sábado. Por eso los judíos le dijeron al que había sido curado: “No te es lícito cargar tu camilla”. Pero él contestó: “El que me curó me dijo: ‘Toma tu camilla y anda’ ”.

Ellos le preguntaron: “¿Quién es el que te dijo: ‘Toma tu camilla y anda’?” Pero el que había sido curado no lo sabía, porque Jesús había desaparecido entre la muchedumbre. Más tarde lo encontró Jesús en el templo y le dijo: “Mira, ya quedaste sano.

No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”. Aquel hombre fue y les contó a los judíos que el que lo había curado era Jesús. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Juan nos lleva a Jerusalén junto a una piscina, llamada Betesda, que significa «Casa de la misericordia». Era un lugar considerado sagrado y milagroso: en sus orillas se reunía «una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos». 

Siguiendo una tradición popular, probablemente ligada al culto de una divinidad pagana sanadora, se reunían en las inmediaciones de la piscina esperando que un ángel agitara sus aguas, convencidos de que el primero que entrase en ella serla curado. Más allá de esta tradición popular, esa piscina puede ser la imagen de la Iglesia, que es una verdadera «casa de misericordia». La tradición cristiana ha imaginado la comunidad de los creyentes como una fuente de agua siempre viva. Son hermosos algunos iconos de la tradición oriental que representan a María en el centro de una fuente que calma la sed de los pobres y los débiles. Y a san Juan XXIII le encantaba comparar a la Iglesia con la fuente del pueblo donde todos acudían para calmar su sed. 

Esta piscina de cinco pórticos es un ejemplo en el que deben inspirarse las comunidades cristianas. No es un lugar de magia o esoterismo, aunque ciertamente podríamos decir que requiere siempre de un ángel que intervenga. Pero para aquel paralitico que llevaba tantos años en los márgenes de esa piscina el ángel es el mismo Jesús. Pasando a su lado se detiene y se informa de su condición. Llevaba enfermo desde hacia 38 años. Hoy lo definiríamos como un enfermo «crónico», mostrando así la resignación por quien pensamos que ya no tiene espera de curación. La pregunta de Jesús «¿Quieres recobrar la salud?», enciende el corazón de aquel hombre; era quizás el primero que se detenía para darle un poco de esperanza. De esta cercanía del todo inesperada y gratuita renace la esperanza en aquel paralitico. El amor abre siempre el corazón de quien lo recibe. 

Cuando uno está solo es difícil curarse, si no imposible. ¡Y a cuántos, aún hoy, se les deja solos precisamente cuando su debilidad es mayor! Con Jesús ha llegado el verdadero ángel que cura la enfermedad de aquel hombre. Le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y así sucede. Después hay un segundo encuentro. Ese hombre necesitaba también la curación de su corazón. Jesús, al encontrarlo la segunda vez, le dice: «Mira, has recobrado la salud no peques más». Es necesario seguir encontrando a Jesús para poder ser curados hasta lo más profundo del corazón. Cada uno de nosotros debería imaginarse estar junto a esa piscina y  oír de Jesús esas mismas palabras, para levantarse de la parálisis del egocentrismo y convertirse en «ángel» para quienes necesitan ayuda y consuelo.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 132-133.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto

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Ferias mayores del Adviento

24 de diciembre

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (1, 67-79)

En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha hecho surgir en favor nuestro un poderoso salvador en la casa de David, su siervo. Así lo había anunciado desde antiguo, por boca de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos aborrecen, para mostrar su misericordia a nuestros padres y acordarse de su santa alianza.

El Señor juró a nuestro padre Abraham concedernos que, libres ya de nuestros enemigos, lo sirvamos sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos y a anunciar a su pueblo la salvación, mediante el perdón de los pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la última feria mayor del adviento, la Navidad esta a unas horas y como preludio escuchamos ese texto conocido como el “Benedictus” y que es un hermoso himno de alabanza por la vida y la misión de Juan el Bautista y de Jesús. Es el Espíritu Santo quien abre los labios de Zacarías y lo hace orar y profetizar: «Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo…». La idea central de este himno profético es, como en el cántico de María, la proclamación de la misericordia, la credibilidad y el poder de Dios que ayuda a su pueblo y que lo condice hasta la plenitud de la vida.

Lo que Dios ha obrado a través del Mesías.

El anciano Zacarías comienza bendiciendo al «Dios de Israel», recordando que Yahvé es el Dios de la historia y que se ha revelado como tal en el caminar de un pueblo. Él es Dios que su unió de manera concreta a su pueblo a través de la promesa que hizo a Abraham; es el Dios que demostró misericordia a los patriarcas; es el Dios que habló por medio de los profetas. En toda esta larga historia, Dios ha dejado claro que es poderoso, fiel y misericordioso.

Sobre este trasfondo se entiende la venida del Mesías. En Él, el Dios de la historia, en esta nueva etapa de la historia de la salvación, «ha hecho surgir en favor nuestro un poderoso salvador en la casa de David, su siervo».

¿Qué será de este niño?

Ante la grandeza del misterio de Jesús Mesías, Zacarías proclama el significado de la misión de Juan Bautista: «Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos y a anunciar a su pueblo la salvación, mediante el perdón de los pecados». Con estas palabras Zacarías, profetizando, proclama quién es ese “Señor” que él precede. Por eso, la segunda parte del himno se subdivide en otras dos: la misión de Juan y la misión del Mesías.

La misión de Juan

Juan es un servidor del plan de Dios. Su título más significativo es el de “profeta”; su tarea: la de ir como precursor para preparar los caminos del Mesías; el contenido de su anuncio: la experiencia de Dios como Salvador; salvación que en última instancia se vive en el perdón de los pecados.

La misión del Mesías. 

Se describe con tres imágenes. 

Jesús es el Mesías, es el liberador de su pueblo: Es la imagen de uno que combate por nosotros y nos rescata llevándonos a una situación de vida: «nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos aborrecen»; una vida conforme a la voluntad de Dios y puestos a su servicio: «lo sirvamos sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida». Él nos libera también del “temor” de manera que una vida al servicio de Dios está fundamentada en la confianza en Él y no en el miedo del castigo.

Jesús es el Mesías, es la luz de un nuevo “amanecer”. El paso de la noche al día es símbolo del triunfo de la vida y por tanto de esperanza. Así, la venida del Mesías es un nuevo amanecer sobre un pueblo que ha pasado por la noche del sufrimiento. La luz es también símbolo de la orientación: en la oscuridad estamos perdido, pero con la luz del Mesías podemos orientarnos para vivir. «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte».

Jesús es el Mesías, es el que endereza nuestro caminar por el camino de la paz. Con su luz, el Mesías nos enseña el camino de la vida que, aun pasando por la muerte, conduce a la paz de Dios y en Dios. «…para guiar nuestros pasos por el camino de la paz»

Conclusión

Zacarías nos enseña lo que debería ser la clave de lectura de toda la obra de Jesús: la misericordia de Dios. De esta forma, su oración se remonta hasta la fuente de todo, hasta el corazón de Dios y trata de traducir todo lo que encuentra allí: «…la entrañable misericordia de nuestro Dios».

Todo lo que Jesús va a realizar estará en consonancia con ese corazón, Jesús es el corazón amoroso de Dios que la humanidad nunca había experimentado en tan tremenda cercanía.


[1] Oñoro, F., La grandeza de la misión del niño que ya nació y la del que va a nacer. Lucas 1, 67-79. CEBIPAL/CELAM.