Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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El Señor ha suscitado un poderoso salvador en la casa de David, su siervo

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Zacarias e Isabel

Adviento
Ferias Mayores

24 de diciembre

 Textos

+ Del evangelio según san Lucas (1, 67-79)

En aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, y ha hecho surgir en favor nuestro un poderoso salvador en la casa de David, su siervo. Así lo había anunciado desde antiguo, por boca de sus santos profetas: que nos salvaría de nuestros enemigos y de las manos de todos los que nos aborrecen, para mostrar su misericordia a nuestros padres y acordarse de su santa alianza.

El Señor juró a nuestro padre Abraham concedernos que, libres ya de nuestros enemigos, lo sirvamos sin temor, en santidad y justicia delante de él, todos los días de nuestra vida. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos y a anunciar a su pueblo la salvación, mediante el perdón de los pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Palabra del Señor.

 

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La profecía de Natán a David es esclarecedora y abre un nuevo horizonte en la historia de salvación. El reino de Judá goza de un período de tranquilidad y el mismo rey mora en un magnífico palacio. Pero sus planes son construir también una «casa» al Señor donde poder coger el arca de Dios. El profeta le impide realizarlos porque Dios tiene otro proyecto mayor para David y su descendencia. El Señor tomará la iniciativa para dar una casa no de piedra, sino estable y duradera: la estirpe real de David: «El Señor te anuncia que te dará una dinastía. Tu casa y tu reino subsistirán para siempre ante mí».

El Señor, de hecho, recuerda a David su historia, lo que ha hecho por él, y promete a su dinastía una duración perenne: lo eligió como pastor del pueblo sacándolo de los campos; le concedió la victoria sobre todos sus enemigos y en el futuro continuará estando con él; su gloria y la de su descendencia será grande porque gozará de una filiación divina; el rey y su pueblo serán benditos del Señor y poseerán una «casa» estable y tranquila, es decir, una dinastía que durará por los siglos.

El mensaje de la Palabra de Dios está claro: la salvación no viene de un templo de piedra obra de manos humanas, sino de la alianza con Dios, al que pertenece todo, el hombre y la historia.

El cántico de Zacarías exalta el cumplimiento de las promesas de salvación hechas por Dios en las antiguas profecías. Zacarías, sacerdote de la antigua ley, pero lleno del Espíritu Santo, en el presente cántico de bendición por la visita del Señor a su pueblo, inaugura la nueva alianza, cuyo precursor será su hijo Juan, en el que la larga espera de siglos llega a su cumplimiento.

El texto bíblico se divide en dos partes: la primera resume la historia de salvación, resaltando la misericordia de Dios con los padres y su inquebrantable fidelidad a la alianza, que se realizará en la figura del Mesías; destinado a preparar los caminos del Señor con la predicación en la persona de Jesús, por el perdón de los pecados, fruto de su inmensa bondad.

En la segunda parte el cántico ensalza a Cristo, el sol de la resurrección, engendrado antes de la aurora, que con sus rayos ilumina a los que viven en tinieblas y en espera, vivifica a los que carecen de vida y la imploran. Él es la paz, plenitud de los dones mesiánicos, destinada a los que alaban y dan gloria a Dios.

Zacarías canta a Dios que cumple su promesa; es un cántico al amor siempre fiel de Dios. Este cántico es una invitación a la confianza en Dios, que visita y redime a su pueblo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 284-286.

¿Qué va a ser de este niño?

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Nacimiento de Juan Adviento

Ferias Mayores

23 de diciembre

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (1, 57-66)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño.

El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos, y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Juan Bautista, el último de los profetas, reúne en sí toda la tradición profética del Antiguo Testamento que está orientada por completo al misterio de Jesús. La Carta a los Hebreos lo recuerda: «Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo». Podríamos decir que el Bautista es el último «favor de Dios», el último de los profetas antes de que el Señor hablase directamente con su Palabra a los hombres.

El evangelista Lucas subraya que su nacimiento es obra de la intervención de Dios que ha hecho fecundos a Zacarías e Isabel. El evangelista muestra la alegría de Zacarías, que reconoce lo extraordinario del nacimiento de ese niño ocurrido por obra del Señor. Después del momento de incredulidad, Zacarías manifiesta su fe en la Palabra de Dios que es fuerte y eficaz. Se ha convertido en creyente. Ha dejado de ser mudo, su lengua se desata y puede hablar; su corazón está lleno de alegría por ese hijo, fruto de la escucha de la Palabra de Dios.

El nacimiento de Juan provoca la maravilla no sólo en la casa de Zacarías, sino también entre los vecinos, como siempre sucede cada vez que el Evangelio es escuchado y puesto en práctica: los efectos de amor provocados por el Evangelio crean siempre un clima nuevo entre la gente, un clima de fiesta, de estupor por los acontecimientos que suscita.

La escucha del Evangelio es el camino para la transformación del mundo. No es un camino banal y superficial: es profundo, interior, lleva el mundo hacia el cielo. Estamos a las puertas de la Navidad, de la Palabra que se hace carne para salvar el mundo del pecado y de la muerte.

El primer paso de esta historia de salvación se produce a partir del corazón que acoge la Palabra. Es lo que se nos pide en Navidad: renacer con Jesús. La Navidad es, por tanto, acoger en el corazón el Verbo (Jesús) y dejarle que se convierta en nuestra misma carne, es decir, historia nueva y santa. Conociendo bien esta dinámica de la fe, Silesius, un místico del siglo XVII, decía: «Aunque Cristo naciera mil veces en Belén, si no lo hace en tu corazón, estarías perdido para siempre».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra De Dios cada día, 2018, 34-35.

José hizo lo que le mandó el ángel del Señor y recibió a su esposa

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San JoséAdviento 

Domingo de la IV semana 

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (1, 18-24)

Cristo vino al mundo de la siguiente manera: Estando María, su madre, desposada con José, y antes de que vivieran juntos, sucedió que ella, por obra del Espíritu Santo, estaba esperando un hijo.

José, su esposo, que era hombre justo, no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, un ángel del Señor le dijo en sueños: “José, hijo de David, no dudes en recibir en tu casa a María, tu esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo.

Dará a luz un hijo y tú le pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros.

Cuando José despertó de aquel sueño, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y recibió a su esposa. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo IV de Adviento, el último del camino espiritual de preparación para la Navidad, nos permite contemplar el relato del Nacimiento de Jesús según san Mateo que si bien tiene elementos comunes al relato de Lucas, contrasta con éste que tiene como protagonista a María, al presentar a José como protagonista de la escena.

Aprovechemos esta excelente oportunidad para contemplar el lugar que tiene José, el esposo de la Virgen María, en el conjunto del evangelio cuya finalidad es comunicar la Buena Nueva de Jesús, Mesías, Hijo de David y formar la mente y el corazón  de sus discípulos.

Recordemos que los relatos de la infancia  de Jesús no se escribieron con una intención biográfica sino con una intención religiosa. No es su interés la precisión  histórica y geográfica de los acontecimientos, sino dejar en claro la identidad de Jesús como Hijo de Dios y su pertenencia al linaje de David.  Los destinatarios inmediatos del evangelio eran de origen judío y para ellos era importante entender que en Jesús se realizaba el cumplimento de la promesa mesiánica contenida en las Escrituras.

El relato que contemplamos este domingo hay que leerlo detenidamente, dejándonos impactar por su fuerza dramática, iluminar por su contenido teológico y maravillar por el ingenio con el que dispone el corazón de sus oyentes. Hay que leer el texto evangélico en continuidad con la genealogía, recordando cómo ésta al referirse a José interrumpe abruptamente el ritmo generativo de la dinastía de David para decir sin más que «Jacob engendró a José, esposo de María de la que nació Jesús, llamado el Mesías»

El relato aclara cómo es que Jesús, que nació de María pero no fue engendrado por José, pertenece al linaje de David.

María y José, están desposados, su compromiso matrimonial se había formalizado delante de testigos, oficialmente José es el esposo de María, pero todavía ella vive con sus padres.  En la cultura de esa época, el matrimonio, aceptado por los padres, se concertaba de ordinario después de la pubertad; pero la joven seguía viviendo en su casa durante un tiempo después de los desposorios hasta que el marido podía mantenerla en su propia casa o en casa de sus padres. Mientras tanto los esposos no tenían intimidad conyugal. En esta circunstancia resulta que María está embarazada ¿qué va a hacer José?

José desconoce la paternidad del niño, él no es el padre y solo puede pensar que es de otro, por ello piensa en repudiar a María. Para él, de acuerdo con la Ley de Dios, el matrimonio es santo y cualquier conducta que atente contra esa santidad es reprobable; es el caso de la pérdida de la virginidad, que podía considerarse adulterio.

Sin embargo José no tenía certeza sobre la culpabilidad o inocencia de María. Una mujer puede quedar embarazada contra su voluntad, si este fuera el caso, la inocencia de María habría que demostrarla mediante un juicio. José renunció a defender su honor a costa de María, exponiéndola a la vergüenza publica. Por ello decidió repudiarla en secreto, es decir, renunciando a una investigación oficial sobre su conducta. No obstante, el repudio de la novia la deshonraba para toda la vida.

Que José no repudie a María era fundamental en el plan de Dios, no por la reputación de María, sino por la identidad de Jesús. Para el cumplimento de la promesa, el niño tiene que ser hijo de José y en él, pertenecer al linaje de David. ¿Cómo puede ser esto si José no lo engendró?

Para el judaísmo, como indica la genealogía, el linaje real del Mesías se transmitía por la línea paterna. Hasta hace poco, para efectos jurídicos, la paternidad era de imposible demostración. La ley judía asumió este hecho y dada la dificultad para que un varón reconozca como suyo a un hijo que no lo es, consideraba suficiente la declaración de paternidad del varón para darle credibilidad y esta tuviera efectos jurídicos. Esta declaración estaba implícita en la imposición del nombre. José «hizo lo que le había mandado el ángel del Señor», puso al niño el nombre de Jesús y al hacerlo se convirtió en su padre legal, incorporándolo así a la dinastía davídica.

Asentada la identidad de Jesús como descendiente de David, el evangelista quiere, dejar también asentado que Jesús es Hijo de Dios  y Mesías. Para ello, por un lado alude a la obra del Espíritu Santo y al cumplimiento de la profecía de Isaías y por otro, al significado del nombre que José impondrá al niño.

El ángel dijo a José que no dudara en recibir a María porque «… ella ha concebido por obra del Espíritu Santo», por tanto el origen de Jesús está en Dios; además insiste que así se cumple la profecía de Isaías que decía « la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir  Dios-con-nosotros.» y de esto dará testimonio más tarde san Mateo al presentar –al final del Evangelio- a Jesús ascendiendo al cielo con la promesa: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (28,20)

El nombre. Jesús significa «salvación del Señor» y el ángel dice a José: «lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» indicando con ello que la misión de Jesús es religiosa y que trasciende cualquier proyecto político.

Luz para nuestra vida

El evangelista Mateo destaca la figura de José en este relato de infancia de Jesús y a los judíos que escuchan el evangelio les presenta el testimonio de un varón justo, preocupado por la recta observancia de la Ley pero al mismo tiempo con un corazón misericordioso que lo hace optar por impedir la vergüenza pública de María. José elige la interpretación benigna de la ley que permitía renunciar al ofendido a un castigo severo para el culpable.

Es posible cumplir la ley y aceptar a Jesús. El mensaje es claro para los judíos que dudaban en aceptar la buena nueva pensando que ésta les exigía renunciar al cumplimento de la ley. También es clara la crítica a los legalistas de todos los tiempos, que conocen la ley, la observan, pero no entienden qué es lo que Dios quiere con ella, aplicando su letra pero olvidando su espíritu.

Hoy podemos impedir que la Buena Nueva de Jesucristo llegue a todos entrampándonos en procedimientos institucionales y olvidando que el criterio último de la ley de la Iglesia es la «salus animarum». También podemos perdernos en actitudes legalistas, escondiendo en el cumplimento obsesivo de costumbres, prácticas y normas, los propios miedos o resentimientos que impiden dar «una segunda oportunidad» a quienes se han equivocado o no viven de acuerdo a nuestras expectativas. El testimonio de José nos ilumina.

Aprendemos de José que siempre hay que escuchar el punto de vista de Dios. En todo discernimiento serio que se haga para tomar decisiones importantes en la vida, siempre hay que escuchar el punto de vista de Dios y hay que tener el valor de cambiar decisiones, cuando Dios nos manifiesta que su querer es diferente al nuestro. Recordémoslo cuando digamos: «hágase tu voluntad» La obediencia de José nos enseña que la Palabra de Dios es realizable y que podemos obrar en sintonía con el corazón de Dios.

Jesús es enviado por Dios para ir al fondo de la realidad humana y formar desde ella un pueblo que vive y realiza su proyecto histórico según el querer de Dios. Jesús viene a salvarnos del pecado. La comunidad que Jesús forma, simiente de su Iglesia, es una comunidad de pecadores que tienen la conciencia de ser redimidos por la misericordia de Dios. No lo olvidemos. Ahora somos nosotros. Si nos olvidamos que somos pecadores redimidos el nombre de Jesús, que es anuncio continuo de la fidelidad de Dios, perderá su significado.

Finalmente, con José aprendemos que ser “papá” es mucho más que engendrar un hijo. La paternidad humana es tan necesaria, que ni el mismo hijo de Dios fue eximido de ella. Esta lección es una Buena Noticia muy grande para nuestro mundo. Hoy se dice que vivimos en una sociedad sin Padre y que muchos de los problemas humanos que vive nuestra sociedad se deben a la crisis de paternidad en la que ha vivido la humanidad buena parte del último siglo. La paternidad es un regalo de Dios y hoy todos los papás pueden encontrar en José el mejor modelo.