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… le salieron al encuentro diez leprosos

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leproso curado agradecido Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 11-19)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.

Ese era un samaritano.

Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo nos encontramos con un hermoso relato de curación cuyo tema dominante es el de la gratitud. Se trata de la curación de 10 enfermos de lepra. Este relato, de curación milagrosa, junto con el de la curación de la mujer enconrvada, el de la curación del enfermo de hidropesía y el de la curación del ciego de Jericó, son los únicos relatos de curación que encontramos en el camino de Jesús a Jerusalén, que abarca 10 capítulos del evangelio según san Lucas; tienen en común que a ellos subyace el tema de la fe.

Recordemos que el domingo pasado, los discípulos suplicaban a Jesús que les ayudara a crecer en la fe; ahora, a partir de este episodio de curación que concluye con la expresión ˜tu fe te ha salvado», el tema se profundiza enlazándola con una de sus expresiones que es la oración, en este caso, de alabanza y gratitud. La fe es relación y la gratitud que brota de ella expresa la relación con Dios a quien se reconoce como Salvador. El texto que contemplaremos nos permite ver cómo la misericordia de Jesús se muestra con toda su grandeza.

Esta enseñanza sobre la oración agradecida es la primera de tres catequesis sobre la oración que nos ocuparán este y los próximos dos domingos; el próximo domingo nos ocuparemos de la oración de súplica en la parábola del juez inicuo y la viuda inoportuna; el siguiente, en la parábola del fariseo y el publicano.

El texto

El texto que leemos tiene dos partes que narra dos encuentros de Jesús que siguen la dinámica pedir – agradecer. En la primera parte se describe la petición de los diez leprosos a Jesús y su curación; en la segunda, la acción de gracias del samaritano y la interpelación de Jesús.

La primera parte nos cuenta cómo un grupo de diez leprosos sale al encuentro de Jesús para pedirles que los cure. En lugar de curarlos en el lugar, Jesús simplemente les manda ir y mostrarse a los sacerdotes. Cuando ellos fueron en obediencia a su palabra, se dieron cuenta de que habían sido curados.

La segunda parte es completamente novedosa, saca a la luz nuevos temas, propios del evangelio de Lucas: la oración y la acogida de un samaritano -amor al enemigo-.

El primer encuentro: La súplica de los leprosos y la respuesta de Jesús.

En la narración del primer encuentro de los enfermos de lepra con Jesús se distinguen cuatro partes: el contexto geográfico, la petición de los leprosos, la respuesta de Jesús y la verificación de la curación. A esta secuencia intercalaremos después del contexto geográfico una palabra sobre la situación que vivían entonces los enfermos de lepra.

El contexto geográfico

El relato comienza diciendo que Jesús se encontraba camino a Jerusalen y da detalles más precisos del lugar: «pasó entre Samaria y Galilea… estaba cerca de un pueblo»; además, presenta a los personajes: «…le salieron al encuentro diez leprosos».

Jesús se encuentra en el valle del Jordán, donde se trazan los límites entre Samaria y Perea -región que mas tarde será reconocida como parte de Galilea-. Con esta referencia geográfica el evangelista refleja la geografía política de su tiempo. No se dice el nombre del pueblo, el dato no es importante, pero indica que Jesús hace una parada en su peregrinar a Jerusalén. Allí le salen al encuentro los diez leprosos: «los cuales se detuvieron a lo lejos».

Una palabra sobre la situación de los enfermos de lepra

Los leprosos se acercan saliendo al encuentro, pero a la vez se mantienen a distancia. Este dato deja conocer su doble desgracia: son personas que padecen una enfermedad física y al mismo tiempo están en situación de marginación social y religiosa.

Estas diez personas que salen al encuentro de Jesús estaban enfermos de lepra. Recordemos que en los tiempos bíblicos se denominaba ‘lepra’ a una amplia variedad de enfermedades de la piel que eran tenidas como altamente contagiosas, algunas eran curables, otras no.

La situación de una persona enferma de lepra era bastante grave: se le apartaba de la vida social y se le reintegraba sólo si lograba curarse; la curación requería del testimonio del sacerdote y del ofrecimiento de un sacrificio en el Templo; esto implicaba inversión de tiempo y de dinero. Las curaciones de los enfermos de lepra eran más bien raras.

La ley prohibía a los enfermos de lepra el contacto con la gente sana (Cf. Lev 13,46) excluyéndolos del campamento, condenándolos a vivir sólos o junto a otros enfermos en condiciones similares con quienes formaban pequeños grupos como vemos en el relato que consideramos.

La distancia que mantenían de las personas sanas era la suficiente como para sostener un diálogo, recibir limosnas, medicinas o para poder ser vistos por aquél de quien esperaban ser curados.

Estas costumbres bíblicas están implícitas en la primera parte de nuestro texto; en la segunda parte llama la atención que la lepra haya borrado las diferencias o prejuicios religiosos que había entre los judíos y los samaritanos, algo impensable en condiciones ordinarias de salud.

La súplica de los enfermos de lepra

Los enfermos de lepra se dirigen a Jesús, «a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”». Notemos que lo llaman ‘maestro’, un título que en el evangelio de Lucas se escucha en voz de los discípulos. Esta indicación no es ociosa, los enfermos de lepra se colocan ante Jesús en actitud de discípulos, poniéndose bajo su autoridad.

Entonces, claman su misericordia, suplicandole: «ten compasión de nosotros»; con esta fórmula, y otras, se escuchan en el evangelio de Lucas los gritos de socorro. Los enfermos de lepra apelan al corazón misericordioso de Jesús. En Lucas, la misericordia es una característica del contenido y del estilo de la misión de Jesús. La súplica que apela a la compasión indica que en la situación desesperada se admite que se necesita definitivamente la ayuda del otro y que todo depende de la bondad y gratuidad de su corazón.

La respuesta de Jesús

Jesús se percata de la presencia de los enfermos, no es indiferente y se dirige a ellos: «al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”». La indicación de Jesús es una prueba para la fe de los enfermos; en efecto, es el punto culminante de una curación; como se ha dicho, según la normativa del antiguo testamento, la persona que se ha curado de la lepra, debe presentarse a los sacerdotes, para que constaten la curación, hecho que constituye la primera parte de la purificación religiosa, después tendrán que ir al Templo a ofrecer un sacrificio.

Los enfermos de lepra lo han llamado ‘Maestro’, les corresponde ahora someterse al poder de su Palabra.

La verificación de la curación

El primer encuentro termina así: «Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra». El relato no describe ninguna orden de Jesús sobre la enfermedad. La curación se realiza por la fe de los leprosos en la palabra de Jesús, que no les ha pedido nada distinto de lo que haría cualquier enfermo de lepra estando ya curado. En el momento en el que estos obedecen el mandato sucede el milagro: «quedaron limpios».

Hasta aquí tenemos una historia de curación que destaca la misericordia de Jesús con estos hombres sufrientes y marginados y el lugar de la obediencia en la experiencia del discipulado.

El segundo encuentro: La gratitud del samaritano curado, la salvación por la fe.

La segunda parte del relato comienza con un giro inesperado: «Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó…»; yendo de camino, se percató de su curación y volvió donde Jesús, con quien tuvo un segundo encuentro.

Este segundo encuentro, como el anterior, describe aspectos de la experiencia de la fe, pero en un nivel más alto que el primero. El relato se estructura en tres partes: el regreso de uno de los enfermos de lepra y la expresión de su gratitud; la interpelación de Jesús; el envío del samaritano.

El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud

El regreso de uno de los enfermos que fueron curados se describe destacando cuatro acciones: el camino de vuelta, la alabanza, la gratitud y la identidad del enfermo curado.

Lo que hace volver a uno de los que estaban enfermos de lepra fue la percepción de su curación, darse cuenta de lo que el Maestro ha obrado en su vida. “Ver que estaba curado” lo puso en movimiento hacia quien hizo posible su curación; hizo caso omiso de la norma del Levítico que le obligaba a acudir al sacerdote y se dirige a un nuevo centro de irradiación de la acción de Dios: Jesús Mesías.

El regreso es gozoso, «alabando a Dios en voz alta», probablemente entona cánticos, salta o baila de contento, para alabar a Dios. Ese hombre se coloca en la lista de los personajes que en el evangelio de Lucas saben reconocer la obra de Dios en Jesús: aquellos que no sólo ven el beneficio que reciben sino la identidad del rostro de quien los ayuda. Así lo hicieron el paralítico curado (5,25); la multitud después de que la resurrección del hijo de la viuda de Naím (7, 17); la mujer enconrvada (13, 13); el ciego de Jericó (18, 43); el centurión romano al pie de la Cruz (23,47); también reaccionó alabando a Dios la multitud en la sinaoga de Nazaret ante la primera enseñanza de Jesús (4,15) y, al final del evangelio, la comunidad de los discípulos (24,53).

Enumerar las veces y recordar las escenas en las que quienes reconocen la obra de Dios prorrumpen en alabanza, nos hace entender lo importante que es este tipo de oración en la vida del discípulo. Cuando Dios se manifiesta, cuando su poder se hace palpable, cuando muestra su inmenso amor y su cercanía al lado del sufriente y del marginado, el corazón no puede menos que alabar con júbilo su bondad.

El enfermo curado que regresó  «se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias»; el relato no recoge las palabras de gratitud, sólo el gesto de postración. En el lenguaje corporal de los orantes este gesto indica sometimiento, respeto, abandono, adoración, entrega. De esta manera se reconoce la grandeza de Dios y se le consagra completamente la vida. Es notorio que la gratitud no quede en palabras, sino que se exprese en un gesto que significa una relación más profunda con Jesús, que significa el ofrecimiento de la vida entera en un impolso de amor total. La gratitud se expresa con la oblación de si mismo, así el amor recibido es correspondido con amor.

Las acciones de este hombre agradecido son implícitamente una confesión de fe, pues coloca en el mismo nivel la alabanza a Dios y la postración a los pies de Jesús. La gratitud de este hombre se aproxima a la donación eucarística de Jesús, quien se da sin reservas, lo que es la plenitud de toda oración. La gratitud evangélica se relaciona con un impulso de amor total hacia Dios y se expresa en una nueva manera de dirigirse a los hermanos.

El narrador reserva para el último momento una sorpresa, la identidad del enfermo curado, «Ese era un samaritano», nada menos que una persona perteneciente a un pueblo considerado enemigo de los judíos. No es la primera vez que Lucas hace esto, ya lo había hecho en la parábola del buen samaritano, haciendo aparecer al viejo enemigo como modelo del hombre convertido que encarna la práctica de la misericordia de Jesús y de la oración.

La interpelación de Jesús

Ahora Jesús toma la palabra para responder al gesto del samaritano y así concluye el episodio; formula tres preguntas retoricas: «¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?»

Se destaca como de los curados sólo volvió uno; todos debían dar gloria a Dios, pero sólo el «extranjero», como se refiere al samaritano, lo hizo. El detalles es significativo. La espiritualidad de la gratitud no es común, tampoco es fácil; para vivirla se necesita poner atención en un presupuesto fundamental: dejarse maravillar por la novedad de Dios, reconociendo que no actúa en nuestra vida porque tenga que hacerlo sino sencillamente porque nos ama.

El samaritano es modelo del discípulo que encarna la espiritualidad de la gratitud. Los judíos se enorgullecen de confesar al verdadero Dios, de quien procede la salvación; para ellos, el no judio no tiene privilegios religiosos de ninguna naturaleza, sin embargo en el relato, el samaritano muestra que tiene una mejor comprensión de la obra de Dios y de la dinámica de la salvación.

La alabanza y gesto orante del samaritano -marginado por su raza y por su enfermedad- muestra con claridad la novedad del Reino. Los ‘pequeños’ comprenden la revelación, no los entendidos. Una vez más el evangelio deja claro el peligro de quien está acostumbrado a Dios y se relaciona con él en base a la lógica de méritos o derechos adquiridos. Quien es consciente de si mismo y reconce su indignidad, saba apreciar la grandeza de los dones que recibe.

El envío del  samaritano

Las últimas palabras del relato Jesús las dirige al samaritano: «Levántate y vete. Tu fe te ha salvado». Le ordena levantarse de la postración, seguir su camino y sintetiza la expriencia de lo vivido.

Jesús no lo despide, lo invita a seguirlo; lo sabemos por otros relatos en los que Jesús dice una frase simlar. Con los imperativos ‘levantate’ y ‘vete’ Jesús se comporta como ‘Maestro’. La primera orden de Jesús llevó a los diez leprosos a aprender la obediencia de la fe; esta segunda orden se dirige sólo al único que volvió para agradecer. La fuerza de la Palabra inserta al hombre sanado, que ha reconocido la obra de Dios en él, en la dinámica viva del discipulado, que no es sino el ejercicio continuo de la fe en todos los aspectos de la vida.

La última frase: «tu fe te ha salvado» es una síntesis de la experiencia vivida. La expresión es similar a la que Jesús dijo a la pecadora que «mostró mucho amor» (7,47), la que dijo a la homorroísa que pensó que con solo tocar su manto quedaría curada (8,44), y la que le dirá al ciego de Jericó que perseveraba en su clamor a la orilla del camino (18,42). La fe ha sido la causa de la curación y de la salvación. Los otros nueve también tenían fe, pero su fe era incompleta, no expresaron la gratitud. Esto es importante. Jesús hace notar la diferencia.

En primer lugar, la relación con Dios que se ejerce en la oración debe integrar la súplica y la gratitud. No sólo recibir, también dar, es el doble camino de la oración. Ante los dones recibidos, hay que glorificar a Dios.

En segundo lugar, la salvación no significa sólo recuperar la salud, sino ante todo acoger el Reino de Dios en la persona de Jesús. La curación no es sólo un favor para superar el sufrimiento, va más allá, toca lo más profundo del ser hasta hacerlo desbordar de amor. La persona que agradece experimenta una salvación que va más allá de la curación física.

En tercer lugar, la salvación consiste en la plenitud de la vida, alcanzando el destino para el cual fuimos creados, que comienza en la vida según el Reino y se acrecienta hasta sumergirla en la misma vida de Dios. Para ello se requiere el camino de la fe, pero de una fe completa, no como la fe incompleta de los leprosos que sólo tuvieron fe para ser curados, pero no para reconocer la obra de Dios, alabándolo y agradeciéndole. La fe completa se manifiesta en el abandono en Dios, en la consagración, en el canto de gratitud y alabanza que hace reposar el corazón en la contemplación de la gloria de Dios en la historia humana.

Conclusión.

El evangelio de este domingo nos ayuda a profundizar la reflexión sobre el tema de la fe que iniciamos el domingo pasado. La fe, que es relación con Dios, se expresa en la obediencia a la Palabra y en el reconocimiento de la obra de Dios mediante la oración de agradecimiento y de alabanza.

El discípulo de Jesús debe educarse en la espiritualidad de la gratitud, que nos coloca a los pies de Jesús y da una nueva dinámica a la experiencia del caminar con él. La espiritualidad de gratitud se fundamento en el reconocimiento de la obra de Dios en la propia vida y en la oración, que es don y no mérito nuestro.

La fe se manifiesta incompleta cuando la oración del creyente sólo es súplica, pues se enfoca en la carencia y se olvida del don recibido; confiesa las maravillas que Dios puede realizar, pero no reconoce las que ya ha realizado o piensa que los beneficios recibidos lo son por mérito propio y no por el amor misericordioso del Señor.

 

 

[1] F. Oñoro, Un distintivo del discípulo de Jesús: la gratitud. Lucas 17, 11-19. CEBIPAL/CELAM.

¿Qué tendrá su palabra?

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expulsa demonio

Tiempo Ordinario

Martes de la XXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 31-37)

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos!

¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.

Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño.

Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿ Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, tras ser expulsado de Nazaret, decide ir a Cafarnaún, una pequeña ciudad muy viva que se convierte en «su ciudad». Y precisamente allí reanuda su predicación. En un momento dado, un hombre poseído por un espíritu inmundo empezó a gritar: «¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno?». Jesús conminó al espíritu inmundo y al instante este abandonó al hombre. Todos, escribe Lucas, quedaron pasmados y se preguntaban quién era ese que hablaba con tal autoridad y que expulsaba malos espíritus.

No sabemos exactamente qué quería decir la narración evangélica cuando hablaba de estos espíritus; sea como sea, eran capaces de entrar en el hombre y perturbar sus funciones físicas y psíquicas. Los espíritus inmundos de los que habla el Evangelio no son espíritus extraños, ignotos; los conocemos bien y tal vez están presentes también entre nosotros. Se trata del espíritu de indiferencia, de maledicencia, de egoísmo; el espíritu de desconfiar de los demás; el espíritu del abuso, el odio y la venganza. ¡Y cuántos otros espíritus «inmundos» nos acompañan y echan a perder nuestra vida y las relaciones con los demás, dejándonos solos y tristes! La presencia del mal en la vida humana requiere la conversión del corazón.

Es del corazón de donde hay que alejar todo mal y de donde hay que expulsar los espíritus malignos. Es necesario el amor sin límites de Dios, al que nadie puede resistir. Jesús da a los discípulos aquel poder extraordinario del amor al que obedecen incluso los malos espíritus. Esa es la autoridad que Jesús ejercía con todos y que también dio a sus discípulos para que la ejercieran a lo largo de los siglos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 355.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto

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Transfiguración 2 

6 de agosto

Transfiguración del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración.

Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías.

Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de este día nos presenta a Jesús que sube al monte con los tres discípulos más cercanos a él: Pedro, Santiago y Juan. También nosotros hemos sido conducidos hoy a un lugar alto, más alto que el lugar al que nos mantienen atados nuestras costumbres egoístas y mezquinas.

La liturgia del domingo no es un precepto ni el cumplimiento de un rito, es ser arrancados de nuestro «yo» y llevados más alto. El Evangelio escribe: los «tomó consigo», es como decir que los arrancó de sí mismos para vincularlos a su vida, a su vocación, a su misión, a su camino.

Aquel día les llevó a lo alto, al monte, para rezar. No se nos ha dado a conocer la profundidad y la fuerza de los sentimientos de Jesús en esos momentos, pero la descripción de la transfiguración nos hace «ver», o al menos intuir, lo que Jesús sentía.

Escribe el evangelista que « Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto, y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes». Fue tal el cambió que tuvo lugar en Jesús que se reflejó incluso en los vestidos.

La oración de aquel día, además de con el Padre, se convirtió en un coloquio con Moisés y Elías sobre «la muerte que le esperaba en Jerusalén». Quizá Jesús, como en un rápido sumario, vio toda su historia, intuyendo también el trágico final.

Los discípulos estaban allí a su lado, oprimidos por el sueño. Hicieron todo lo posible para no dormirse: se mantuvieron despiertos y vieron la gloria de Dios, comprendieron quién era Jesús y qué relación tenía con el Padre. Verdaderamente valía la pena seguir fijando la atención en aquel rostro tan diferente de las caras de los hombres.

De la boca de Pedro salió una expresión de gratitud y estupor: «Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías». Quizá desvariaba, pero estaba maravillado por aquella visión.

Una nube envolvió a los tres discípulos y se asustaron. Al momento se oyó una voz desde el cielo: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». En la nube y en los momentos de miedo se oye una voz con claridad: el Evangelio, que indica en quién podemos poner nuestra esperanza.

Al abrir los ojos, los tres sólo vieron a Jesús. Sí, sólo Jesús, maestro de vida que puede salvamos. Fue sin duda una experiencia increíble para aquellos tres discípulos; pero será también la nuestra si nos dejamos llevar por Jesús, que nos saca de nuestro egoísmo y nos atrae a su vida.

Participaremos en realidades y sentimientos más grandes, y gustaremos una manera distinta de vivir. Nuestra vida y nuestro corazón se transfigurarán, nos pareceremos más a Jesús. Pablo se lo recuerda a los filipenses: el Señor Jesús «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso». La transfiguración es la ruptura del límite, es contemplar la bondad del Señor, sus vastos horizontes, la profundidad de las exigencias del Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 122-123