Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Uncategorized

Por sus frutos los conocerán

0
frutos 2
Tiempo Ordinario

Miércoles de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas, Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos.

Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje

El evangelio de hoy nos presenta otro criterio de discernimiento para permanecer en el camino recto, el camino del Reino; se trata de estar atentos a la obra de los falsos profetas. Pablo se había expresado de ellos diciendo:  “Esos tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y, por medio de suaves palabras y lisonjas, seducen los corazones de los sencillos”.

Desde los orígenes hasta hoy no ha sido fácil a los discípulos de Jesús orientarse en medio de todas las enseñanzas, opiniones, explicaciones de la Escritura, interpretaciones del presente y del futuro, que se escuchan. Muchas palabras pueden ser inteligentes y bien dichas, pero no necesariamente verdaderas.

Los falsos profetas obran con la palabra pero nunca con la coherencia con lo que predican; de aquí proviene un criterio de discernimiento.

Jesús con su ejemplo nos enseña a no sostener discusiones inútiles; no nos pide discutir o fiscalizar las palabras de los demás; para saber si se trata de un verdadero o falso profeta nos remite a las obras, a su testimonio. Dice dos veces: “Por sus frutos los conocerán”.

Esto no es novedad. Ya Juan Bautista había predicado: “Den fruto digno de conversión” e incluso había advertido: “todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Jesús repite hoy esta última frase pero en tiempo presente: “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego”.

El buen fruto es el actuar según la justicia del Reino, que corresponde a la voluntad de Dios. Éste no puede ser sustituido por ninguna palabra y es el punto de referencia. Cuando esto se descuida, viene la ruina.

La comparación del falso profeta con un lobo disfrazado de oveja, muestra hasta que punto una persona puede predicar una Palabra sin estar convertido a ella. La apariencia es buena pero por dentro sigue el hombre viejo: el codicioso y rapaz que somete todo lo que aparece en el camino a sus intereses personales; el fondo, sigue siendo la misma persona “salvaje” que no ha conocido la educación del Reino.

Por eso las obras seguirán siendo el punto de referencia en el discernimiento del falso profeta: no importa todo lo que diga, lo que cuenta es lo que al final haga. Y ya sabemos cuál es el actuar que se espera.

En fin, todo el Sermón de la Montaña enseña cuál es el actuar justo. Con base en este criterio se debe hacer una valoración de los frutos de cada árbol, y sólo la conformidad con la enseñanza de Jesús -los valores del Reino- indica si son correctos o no. La valoración de las obras debe disipar la niebla de las palabras.

No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo

0
jesús y el escriba

Cuaresma

Viernes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (10, 31-42)

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: “He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?” Le contestaron los judíos: “No te queremos apedrear por ninguna obra buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios”. Jesús les replicó: “¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho: ‘Soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean.

Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender que el Padre está en mí y yo en el Padre”. Trataron entonces de apoderarse de él, pero se les escapó de las manos.

Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: “Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste, era verdad”.

Y muchos creyeron en él allí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Ante la afirmación de Jesús: «Yo y el Padre somos uno», explota la rabia de sus interlocutores, que intentan lapidarlo. Es la segunda vez que ocurre según el evangelista Juan. Los que le escuchaban habían entendido perfectamente el alcance de las palabras pronunciadas por Jesús: para ellos eran una blasfemia. Jesús debía ser castigado con la lapidación.

Esta vez, en lugar de desaparecer de su vista, responde con la calma de quien sabe que está haciendo la voluntad del Padre. «He realizado ante ustedes muchas obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?». Ellos responden que su reacción no nace de ninguna acción incorrecta de Jesús, sino de su pretensión de presentarse como Dios. Muy distinta era la reacción de los pobres y los débiles que Jesús encontraba y ayudaba. Ellos comprendían que un amor tan grande y tan fuerte sólo puede venir de Dios.

Es cierto que si nos ponemos ante los signos extraordinarios realizados por Jesús y ante sus palabras con una actitud de orgullo y frialdad no veremos la realidad tal como es. Podríamos decir que los, fariseos permanecían cegados por el fuerte brillo de ese amor. Este es el sentido de la acusación a Jesús: «Tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser Dios».

La fe nos muestra que Jesús es ciertamente verdadero hombre, pero también verdadero Dios. Es el misterio que el Evangelio nos revela: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Este misterio custodiado y transmitido por los discípulos de todo tiempo, de generación en generación, se aplica a la propia Iglesia, que es a la vez obra del hombre y obra de Dios. Ella misma es un misterio de amor. El apóstol Pablo la define como «cuerpo de Cristo»: a través de la Iglesia, sus sacramentos, la predicación del Evangelio, todos nosotros entramos en relación con Dios. En ese sentido, la Iglesia es la obra de Cristo, más aún, su «cuerpo» que continúa en el tiempo.

La comunidad cristiana es el sacramento, es decir, el signo de la presencia de Jesús es la historia. Estas afirmaciones no sólo no detienen a sus adversarios, sino que les incitan a apresar a Jesús. Pero él escapa. El evangelista Juan subraya que no son los enemigos los que capturan a Jesús, sino que es Jesús mismo quien, cuando llega la hora, se entrega a ellos. Y lo hacer por amor. De momento se aleja, retirándose al lugar en que Juan bautizaba, donde muchos continuaron acudiendo a él para escuchar su palabra de salvación, y se dejaban tocar el corazón. (Paglia, p. 144-145)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 144-145.

Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada

0

Tiempo Ordinario

Domingo de la V semana

Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (5, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido.

Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”: Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Los textos de Lucas que leímos los dos domingos anteriores nos presentaron el inicio del ministerio de Jesús en Nazaret; en la Sinagoga, Jesús leyó la Palabra de Dios escrita en el profeta Isaías y anunció el cumplimiento, en su persona, de las promesas de Dios. Quienes escucharon a Jesús no aceptaron el anuncio de un Dios distinto al que ellos concebían y lo rechazaron, al grado de querer despeñarlo desde una barranca. A pesar del rechazo radical, Jesús permanece fiel a su misión de anunciar la Buena Nueva del Reino en Cafarnaúm y en las sinagogas de Judea.

En el texto de este domingo, Lucas narra el inicio de la misión de Jesús en Galilea. El primer paso es el llamado de Simón Pedro y sus compañeros para ser sus  colaboradores en la misión. Fijémonos en algunos detalles.

El primer detalle del relato que hay que considerar es que todo parte de la iniciativa de Jesús: es él quien ve dos barcas, escoge la de Simón y sube a ella; pide a Simón que se aleje de tierra para poder hacerse escuchar; enseña a la multitud; ordena a Simón remar mar adentro; provoca una pesca milagrosa; hace una promesa Simón que tiene como respuesta el seguimiento de Simón y de algunos de sus compañeros.

Un segundo detalle es el contraste en la actitud de la gente que escucha a Jesús con la actitud de quienes lo habán escuchado en la sinagoga. La gente “se agolpaba sobre él”, tenía, como solemos decir, hambre de la Palabra de Dios. Entonces, Jesús ve las dos barcas, sube a la de Simón y le pide que tome un poco de distancia para hacerse oír por la multitud. Se entiende que Simón escucha la predicación de Jesús.

Jesús pide a Simón remar mar adentro y echar las redes al mar. A la palabra de Jesús corresponde la palabra de Simón, que seguro de sí mismo, pues es conocedor del oficio y además ha intentado pescar toda la noche, sabe la dificultad de pescar a aquella hora y de hacerlo con éxito: «hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada». Simón estaba cansado, no lo había comprendido todo, pero las enseñanzas de Jesús lo habían impresionado fuertemente. Y obedeció. Obedecer no comporta siempre comprender completamente; obedecer requiere confianza.

Ante la pesca abundante, Simón pasa de la afirmación de si mismo a la afirmación de Dios; había llamado a Jesús tratándolo como «Maestro»; al darse cuenta de que se encuentra ante un prodigio, ahora se dirige a Jesús llamándolo «Señor», título que se reserva a Dios y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

A este respecto, recordemos la enseñanza de Benedicto XVI: «el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir “dejándolo todo” por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1S 16, 7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.»[2]

Simón ha creído en la Palabra de Jesús y confiado en esa Palabra se arriesga a una empresa que desde el punto de vista humano, es descabellada. Simón lo hace con una declaración de confianza en el poder de la Palabra de Jesús: «confiado en tu palabra, echaré las redes.» El poder de la Palabra de Jesús se constata inmediatamente: «cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían

Simón y sus compañeros admiten que la eficacia de la pesca no proviene solamente de sus fuerzas; sin el “Señor”, su trabajo habría sido infructuoso; escuchando su Palabra y haciendo su voluntad, ellos se convierten en servidores eficaces del Reino de Dios. 

Ante Jesús, reconocido como Señor, Simón se reconoce como un pobre pecador, reconociendo así su indignidad. El encuentro con Jesús lleva a Simón a descubrir su propia verdad. Un excelente ejemplo que ayuda a entender lo que es el camino camino penitencial como itinerario de confrontación de la propia verdad con la luz de la Palabra del Señor. 

Jesús no hará caso de la solicitud de Simón de de “apartarse”, más bien hará lo contrario, invitándoles a asociarse a su misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» 

El símbolo con el que Jesús describe la misión es muy importante; podemos hacer una triple consideración: la primeranos remite a Jeremías que en el capìtulo 16 de su libro dice al pueblo disperso después del exilio «yo mandaré muchos pescadores, que los pescarán», con lo que se delinea la misión apostólica en término de congregar al pueblo, formar comunidad. La segunda, nos lleva a la acción de “sacar del agua”, que al mismo tiempo tiene connotación bautismal y de rescate del poder el maligno. La tercera nos lleva al sentido de la pesca, pues aunque en la práctica pescar significa matar al pez para ser comido y con ello dar vida, Lucas cambia el término y el que utiliza indica “sacar con vida”, lo que nos hace pensar en recibir la vida, para entregarla, como Jesús, y con ello dar vida a los demás.

El relato concluye presentando a Simón y a sus compañeros, llevando a tierra las barcas, dejándolo todo y siguiendo a Jesús. En el seguimiento de Jesús el desprendimiento y la confianza en el Señor serán fundamentales. Ser discípulo significa ir detrás del Señor, desde Galilea a Jerusalén y finalmente hasta Dios. El discipulado toma forma de camino, de viaje, de itinerario, que hay que recorrer, en compañía, siguiendo a aquél cuya Palabra ha cautivado, movido al desprendimiento y suscitado una gran confianza.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 74-75.

[2] Benedicto XVI, Angelus del 7 de febrero de 2010.