Ecos de la Palabra

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Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia

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Yo soy la puerta 

Domingo IV de Pascua

Ciclo A

Textos 

† Del evangelio según san Juan (10, 1-10)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas.

A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera.

Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: “Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.

Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos.

El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir.

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

 

En el Evangelio de este domingo, (cf. Juan 10, 1-10), llamado “el domingo del buen pastor”, Jesús se presenta con dos imágenes que se complementan la una con la otra. La imagen del pastor y la imagen de la puerta del redil.

El rebaño, que somos todos nosotros, tiene como casa un redil que sirve como refugio, donde las ovejas viven y descansan después de las fatigas del camino. Y el redil tiene un recinto con una puerta, donde hay un guardián.

Al rebaño se acercan distintas personas: está quien entra en el recinto pasando por la puerta y quien «sube por otro lado» (v. 1).

El primero es el pastor, el segundo un extraño, que no ama a las ovejas, quiere entrar por otros intereses. Jesús se identifica con el primero y manifiesta una relación de familiaridad con las ovejas, expresada a través de la voz, con la que las llama y que ellas reconocen y siguen (cf. v. 3). Él las llama para conducirlas fuera, a los pastos verdes donde encuentran buen alimento.

La segunda imagen con la que Jesús se presenta es la de la «puerta de las ovejas» (v. 7). De hecho dice: «Yo soy la puerta: si uno entra por mí, estará a salvo» (v. 9), es decir tendrá vida y la tendrá en abundancia (cf. v. 10).

Cristo, Buen Pastor, se ha convertido en la puerta de la salvación de la humanidad, porque ha ofrecido la vida por sus ovejas. Jesús, pastor bueno y puerta de las ovejas, es un jefe cuya autoridad se expresa en el servicio, un jefe que para mandar dona la vida y no pide a los otros que la sacrifiquen.

De un jefe así podemos fiarnos, como las ovejas que escuchan la voz de su pastor porque saben que con él se va a pastos buenos y abundantes. Basta una señal, un reclamo y ellas siguen, obedecen, se ponen en camino guiadas por la voz de aquel que escuchan como presencia amiga, fuerte y dulce a la vez, que guía, protege, consuela y sana.

Así es Cristo para nosotros. Hay una dimensión de la experiencia cristiana que quizá dejamos un poco en la sombra: la dimensión espiritual y afectiva.

El sentirnos unidos por un vínculo especial al Señor como las ovejas a su pastor. A veces racionalizamos demasiado la fe y corremos el riesgo de perder la percepción del timbre de esa voz, de la voz de Jesús buen pastor, que estimula y fascina.

Como sucedió a los dos discípulos de Emaús, que ardía su corazón mientras el Resucitado hablaba a lo largo del camino. Es la maravillosa experiencia de sentirse amados por Jesús. Haceos una pregunta: “¿Yo me siento amado por Jesús? ¿Yo me siento amada por Jesús?”. Para Él no somos nunca extraños, sino amigos y hermanos. Sin embargo, no es siempre fácil distinguir la voz del pastor bueno. Estad atentos.

Está siempre el riesgo de estar distraídos por el estruendo de muchas otras voces.

Hoy somos invitados a no dejarnos desviar por las falsas sabidurías de este mundo, sino a seguir a Jesús, el Resucitado, como única guía segura que da sentido a nuestra vida.

En la Jornada Mundial de oración por las vocaciones —en particular por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor nos mande buenos pastores— invocamos a la Virgen María, que por su intercesión el Señor nos de sacerdotes según su corazón.

 

 

[1] Francisco, Regina Coeli. 7 de mayo de 2017.

A la Escucha del Maestro . Mayo 2020

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Guía para la lectura orante de la palabra de Dios

Contiene además: Guia para rezar el Santo Rosario.

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No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan?

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resucitadoJueves de la Octava de Pascua

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de esto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Señor resucitado no se aparece solo una vez, sigue manifestándose. Encuentra a sus discípulos incrédulos, estupefactos, llenos de dudas, que se dejan absorber con facilidad por la vida siempre. Le toman por un fantasma. Jesús conoce la debilidad de nuestra vida y con qué facilidad somos desconcertados ante el mal, la incertidumbre, el sentido de fin, las dificultades.

El mal endurece el corazón, aconseja no dejarse dominar por ninguna pasión hacia los demás conservar solo lo que es y se posee. Se juzga sin amar, porque ya no hay amor: ha terminado, se ha perdido, se ha eliminado.

El día de Pascua puede no acabar. Las oscuridades de la noche no prevalecen, la tristeza puede encontrar alegría y esperanza verdadera. Estaban hablado de estas cosas cuando Jesús «en persona» se presenta en medio de ellos y les saluda otra vez diciéndoles: «La paz esté con ustedes». Jesús no parece escandalizado por su incredulidad. Da la paz a quien está confuso, vacilante, dudoso, incrédulo, apegado a sus propias convicciones con obstinación, a quien es tardo de corazón. ¡Cuánto necesitamos esta paz! Paz y comunión, alegría de vivir.

La paz es un corazón nuevo que regenera el viejo, la paz es la energía que vuelve a dar vida y esperanza a la vida de siempre, la paz es alguien que me entiende en lo profundo, también en lo que yo no sé explicar, lo que no me humilla en mi debilidad y en mi pecado sino que continúa queriéndome consigo y hablándome. La paz es alguien con quien puedo contar. La paz no es el pequeño éxito individual la satisfacción del orgullo.

La paz esté con ustedes, vacilantes, contradictorios, dubitativos, obstinados, dice Jesús. Jesús es la paz que vence toda división, la paz del corazón, que libera de muchos pesos que nos cierran y nos vuelven tristes. Es la paz entre el cielo y la tierra. Los discípulos están estupefactos y atemorizados. Hablaban precisamente de él y sin embargo no saben reconocerle. Se aferran a sus dudas.

Hay una tentación sutil en la duda, que se convierte en el camino para no elegir nunca, para mantener siempre una reserva interior. La duda llega sola, pero cultivarla y recrearse en ella termina por hacemos creer astutos e inteligentes entristeciéndonos; y Jesús se convierte en un fantasma Y los fantasmas dan miedo, son una presencia irreal, intangible. Jesús ya se les había aparecido, pero les cuesta creer y reconocerle vivo y presente en medio de ellos. Parece que permanece como un fantasma, irreal, virtual, todas las sensaciones y ningún cuerpo.

Sin embargo, Jesús sigue amándoles, «abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras». En efecto, solo escuchando el Evangelio el corazón se abre a la comprensión. Al acoger y encontrar a Jesús, no a un fantasma, se abre la mente a la inteligencia. Jesús no quiere solo liberar a los suyos del temor y el miedo, no quiere solo mostrar concretamente la fuerza de su resurrección, pide que seamos testigos, que nos convirtamos en hombres que esperan y creen que todas las heridas pueden ser curadas.

Él quiere que seamos testigos apasionados y no funcionarios inseguros y prudentes; testigos alegres y no discípulos miedosos protegidos por las puertas cerradas; testigos que viven lo que comunican y que al comunicarlo aprenden a vivirlo. Quiere que seamos testigos para que nos opongamos a la ley de lo imposible que todo lo sabe, pero mata la esperanza. Se nos invita a ser testigos que creen en la fuerza de amor que renueva lo que es viejo y nos vuelve a llamar de la muerte a la vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 176-177.