Yo no lo conocía

Tiempo ordinario

Domingo de la II semana – Ciclo A

Textos

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacía él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.

Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.

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Los textos bíblicos de este domingo se centra en el bautismo de Jesús, añadiendo detalles importantes. La primera lectura lo prepara mencionando la misión del siervo del Señor, y la segunda lectura habla de aquellos que invocan su nombre. Juan señala a Jesús como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Aunque Jesús parece un hombre ordinario, Juan, inspirado por el Espíritu Santo, lo reconoce gracias a una revelación divina que le indicó que, al ver al Espíritu descender sobre alguien, sabría quién era el que bautiazaría con el Espíritu Santo.

Al ser bautizado, el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma, permitiendo a Juan identificar a Jesús, quien ofrece el verdadero bautismo en el Espíritu, otorgando purificación y adopción como hijos de Dios. Juan testifica que Jesús es el Cordero que quita el pecado del mundo, contrastando con los sacrificios de la antigua Alianza, que no podían perdonar. Jesús, al ser sacrificado, elimina el pecado a través de una ofrenda personal.

Además, Juan no menciona «los pecados del mundo», sino «el pecado del mundo», refiriéndose al mal que afecta a toda la humanidad. La misión de Jesús va más allá de Israel y busca la salvación de todos, ya que todos están manchados por el pecado. La primera lectura subraya que la misión de Jesús no se limitará a Israel, sino que se extenderá a todas las naciones.

Es importante destacar que en el Antiguo Testamento se refleja la universalidad de la salvación. Israel era consciente de sus privilegios, pero los profetas proclamaron que estos debían ser compartidos con todo el mundo. Dios le dice a su siervo que lo hará «luz de las naciones» para que su salvación alcance hasta el confín de la tierra, comenzando con el pueblo elegido y extendiéndose a todos.

Esta misión se cumplió con la predicación apostólica, donde Jesús envió a sus apóstoles a enseñar a todas las naciones. Aunque eran pocos y no estaban preparados, su misión continuaba la del siervo del Señor. Pablo, como apóstol, habló a los corintios sobre aquellos que invocan el nombre de Cristo, incluyendo a paganos, quienes fueron llamados a la Iglesia.

Pablo vislumbró la expansión de la Iglesia, lo que nos llena de alegría. Jesús, al eliminar el pecado del mundo, atrajo a todas las naciones. Debemos ser conscientes de esta misión universal y tener un corazón amplio, preocupándonos no solo por nuestros intereses, sino por la salvación de todos. Ser verdaderamente cristianos implica unirnos al corazón de Jesús, que se preocupa por el mundo entero.


[1] Cf. A. Vanhoye, Las lecturas bíblicas de los domingos y fiestas, 173-176.

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