Viendo Jesús la fe de aquellos hombres

Tiempo Ordinario

Viernes de la I Semana

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisiéron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -le dijo al paralítico-: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!” Palabra del Señor.

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La cuestión capital, que se plantea en este relato, no es la curación de la enfermedad, sino el perdón de los pecados. La religión judía le metía a la gente en la cabeza que, si uno estaba enfermo, es porque había pecado. Así, los enfermos se tenían que someter, no solo al médico, sino también al sacerdote. Este episodio está redactado de forma que todo se orienta al desenlace final, que es la admiración general por la «potestad» que Dios ha concedido «a los hombres», la potestad de perdonar pecados (Mt 9,8). Las sacerdotes del Templo se indig­naron porque Jesús, un «laico» había perdonado los pecados. A los sacerdotes del Templo no les importaba la salud de los enfermos.

Los letrados vieron en aquello una blasfemia, una ofensa a Dios tan grave, que estaba castigada con la lapidación. Y es cierto que, en la literatura de los rabinos (Midrash Salm. 17 3), se afirmaba que «Nadie puede perdonar las transgresiones, excepto Dios». Pero esto no excluye lo que dice Levítico 16 sobre el «día de la expiación» (yon kippur) cuando el sacerdote realiza «la gran reparación» en favor de todo Israel. Es decir, Dios perdonaba el pecado, pero a través de la mediación del sacerdote.

Pues bien, esto lo modificó Jesús. Cuando los seres humanos se perdonan, Dios ratifica ya por válido ese perdón (Mt 18,15-20; Jn 20,23). Jesús humaniza la religión. Dios está presente en cada ser humano. Y eso, con todas sus consecuencias. Hasta identificarse Dios y el ser humano en el perdón. Cuando nos perdonamos, Dios perdona. La paz entre nosotros es paz con Dios. Poco sentido tendría el sacramento de la confesión, si al hacerlo y haber ofendido a mi prójimo, no le pido antes perdón, entonces la mediación del sacerdote, ministro del sacramento, tendría muy poco sentido. A veces ofendemos, o robamos, o nos hacemos indiferentes… y enseguida voy y me confieso con el sacerdote, me da la absolución y ya quedo contento, ¿tiene eso sentido si antes no me he reconciliado con el que agredí? (Castillo, 2024, p. 30-31)


[1] J.M. Castillo, La religión de Jesús, 30-31.

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