Sábado de la I Semana
Textos
† Del evangelio según san Mateo (9, 35—10, 1.6-8)
En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Lo primero que queda patente en este relato es que Jesús actuaba de tal manera que unía el anuncio del Reino de Dios con la curación de enfermedades y dolencias. Para Jesús, la predicación era inseparable de la bondad con los que sufren. Y todo eso, asociado a una manera de ver la vida y la sociedad en la que las gentes de Galilea – gentes de pobre condición, ignorantes, mal vistas, poco religiosas- son enjuiciadas como personas «extenuadas y abandonadas». ¿Por qué? ¿Porque eran malas personas? ¿Porque allí mandaba Herodes, que era un degenerado y un egoísta? Nada de eso es lo que dice el Evangelio. La situación de aquellas gentes se atribuye a que vivían «como ovejas que no tienen pastor».
En la tradición de Israel, las «ovejas» eran el pueblo; y los «pastores» eran los dirigentes. La denuncia del Evangelio apunta directamente a los dirigentes religiosos, es decir, a los sacerdotes. Es el tema que desarrolla con fuerza el cap. 34 del profeta Ezequiel. La idea central del profeta tendría que hacer temblar al clero y, en general, a los «hombres de la religión»: Dios está a favor del pueblo ignorante y extraviado; de la misma manera que está en contra de los pastores que viven a costa del pueblo. Las afirmaciones del profeta son durísimas: «Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo … Por eso, pastores, escuchen la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! … Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a sí mismos, los pastores» (Ezequiel 34,6-7.10).
Dios dictó sentencia. Dios se dio cuenta de que los funcionarios del culto y del templo, los sacerdotes, son la ruina del pueblo: con pretexto de culto a Dios, se dan culto a sí mismos. Y lo que les importa es su poder, sus privilegios, su rango, mientras dejan abandonado al pueblo, aunque hay contadas excepciones. Y encima le echan en cara sus pecados, el abandono de la religión, etc. Por eso, este evangelio, después de repetir la queja del profeta de Dios, nos explica cómo Jesús no eligió nuevos «sacerdotes». ¿Para qué? «Para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia». Jesús sustituyó el «sacerdocio» por el «discipulado». Para que el «culto a Dios» se realice en «la misericordia que alivia el dolor humano». Así las cosas, Jesús les da autoridad a sus discípulos. ¿Para qué? No para dominar o someter a nadie en nada, sino que la «autoridad» en la mentalidad de Jesús, es tener «bondad» y «sensibilidad» ante el sufrimiento de los que lo pasan mal.
[1] José María Castillo. La religión de Jesús: comentarios al Evangelio diario, 2024, 438-439.
