Permanezcan en mi amor

San Matías, Apóstol

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Como el Padre me ama, así los amo yo.

Permanezcan en mi amor.

Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos.

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.

Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre.

Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”. Palabra del Señor.

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«Amémonos unos a otros». Es el imperativo que el apóstol Juan no se cansa de dirigir a su comunidad. Él sabe bien hasta qué punto el amor es central en la vida de cada comunidad cristiana. Lo ha aprendido directamente de Jesús y ha tenido experiencia personal de ello.

Las Sagradas Escrituras no son sino la narración de la historia del amor de Dios por los hombres. Página tras página descubrimos a un Dios que parece no resignarse hasta encontrar reposo en el corazón del hombre. Podríamos parafrasear para el Señor la afirmación que san Agustín aplicaba al hombre: Inquietum est cor meum … David María Turoldo ha hablado del «corazón inquieto de Dios», que bajó a la tierra para buscar y salvar lo que estaba perdido, para dar la vida a lo que ya no la tenía. Es un Dios que se hace mendigo, mendigo de amor. En verdad, mientras Él extiende la mano para pedir amor, lo ofrece a los hombres.

Este es el amor cristiano: Dios que desciende, gratuitamente, a lo bajo de la vida de los hombres para alcanzar lo amado. Sí Dios está inquieto hasta que encuentra al hombre, hasta que le toca el corazón; y está tan inquieto «como para dar a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

Si la Escritura entera es la historia del amor de Dios sobre la tierra, los Evangelios muestran el culmen de ella. Por tanto, si queremos balbucear algo del amor de Dios, si queremos darle un rostro y un nombre, podemos decir que el amor es Jesús. El amor es todo lo que Jesús ha dicho, vivido, hecho, amado, padecido…

El amor es buscar a los enfermos, es tener como amigos a pecadores y pecadoras conocidos, a samaritanos y samaritanas, a gente lejana, enemiga y refugiada. El amor es dar la propia vida por todos, es quedarse solos para no traicionar al Evangelio, es tener como primer compañero en el paraíso a un condenado a muerte al ladrón arrepentido. Jesús nos ha dado el ejemplo de ello sobre todo con su propia vida, entonces puede decir a los discípulos «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).

La relación existente entre el Padre y el Hijo es puesta como modelo y fuente del amor cristiano. Cierto, no puede nacer de nosotros un amor así, pero podemos recibirlo de Dios. Si es acogido, genera una fraternidad amplia, universal, que no conoce enemigos, en resumen, genera una nueva comunidad de hombres y mujeres, donde el amor de Dios se entrecruza, casi hasta identificarse, con el amor mutuo; de hecho, uno es causa del otro.

A un conocido teólogo ruso le encantaba decir: «No permitas que tu alma olvide este lema de los antiguos maestros del espíritu: ¡después de Dios, considera a cada hombre como Dios!». Este tipo de amor es el signo distintivo del que es generado por Dios, pero no es propiedad adquirida una vez por todas, no pertenece por derecho a este o aquel grupo. El amor de Dios no conoce límites ni confines de ningún tipo; supera el tiempo y el espacio; rompe toda barrera de etnia, cultura, nación, incluso de fe, como se lee en los Hechos de los Apóstoles cuando el Espíritu llenó hasta la casa del pagano Cornelio. El ágape es eterno; todo pasa, incluso la fe Y la esperanza, pero el amor permanece para siempre, ni siquiera la muerte lo destruye, al contrario, es más fuerte que ella. Jesús puede concluir con razón: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15, 11).

[1] Paglia V. La Palabra De Dios de cada día, 2018. pp. 201-203.

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