Tiempo Ordinario
Domingo de la IV semana
Textos
† Del evangelio según san Mateo (5, 1-12)
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Este es el cuarto domingo del tiempo ordinario en el ciclo A, dedicado al Evangelio de San Mateo. Hoy vamos a escuchar el inicio del primer gran discurso del Señor Jesús en el Evangelio de San Mateo, que conocemos como el Sermón del Monte.
La primera lectura que nos propone la liturgia de hoy está tomada del profeta Sofonías. Recordemos que ya hemos tenido la oportunidad de escuchar algo de este profeta. Sofonías pertenecía a la élite civil y religiosa de Jerusalén. En su libro, se presenta como tataranieto del Rey Ezequías y desarrolla su misión profética durante el reinado del rey Josías, del 640 al 609 antes de Cristo. Transmite un mensaje común a los profetas: la advertencia de que la idolatría terminará destruyendo a Jerusalén y a todo el reino de Judá, de la misma manera que lo hizo con el reino de Israel del Norte, que ya tenía casi 100 años de haber desaparecido.
Si bien ubica la idolatría en el culto al dios cananeo Baal, en realidad denuncia todo lo que distrae al ser humano de su relación con Dios. La adoración de la riqueza es uno de estos peligros. Sin embargo, termina con un mensaje de esperanza, expresando que habrá un pequeño grupo de fieles, los pobres y humildes, conocidos con el término hebreo «anawen», que mantendrán su fidelidad a Dios y mostrarán el camino de rectitud a otros. Una frase del profeta dice: «Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío, un puñado de gente pobre y humilde».
El salmo de este día, el Salmo 145, canta la solicitud de Dios por las personas más vulnerables, entre las que se encuentran los oprimidos, hambrientos, cautivos, ciegos, agobiados, forasteros, viudas y huérfanos. Dios es siempre fiel a su palabra y establece su justicia en medio del mundo. Las personas justas son sus aliadas y Dios les manifiesta plenamente su amor. El salmista comparte su esperanza en el triunfo de la justicia que viene del amor de Dios, y nos dice: «El Señor reina eternamente, reina tu Dios, oh Sion, reina por siglos».
La segunda lectura nos sigue acompañando con el texto de la primera carta de Pablo a los Corintios. Recordemos que esta carta está dirigida a una comunidad rica y cosmopolita, pero que sufre por divisiones internas debido a la gloria que algunos amigos hacen de su riqueza y de su imagen. Pablo les recuerda que los criterios de Dios son muy diferentes a los del mundo. Ante Dios, no valen riquezas, poder, aristocracia ni erudición. El apóstol declara que Dios ha elegido a los ignorantes, débiles, insignificantes y despreciados para desarmar la imagen ficticia que tienen de sí los soberbios. A través de quienes el mundo considera nada, Dios reduce a la nada a los que creen valer. Jesús es nuestra única sabiduría, nuestra justicia, santificación y redención; por eso, el apóstol invita: «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor».
Así llegamos a la lectura del Evangelio de este día, capítulo cinco de Mateo, el inicio del Sermón del Monte en los versículos uno al doce, que son las Bienaventuranzas. Este primer discurso del Señor en este evangelio comienza con Mateo mencionando diversas regiones que representan la extensión del reino de David. Esto quiere decir que todo Israel está interesado por Jesús y se acerca a escuchar su enseñanza. Está también el símbolo de su vida al monte, y por eso se le llama el Sermón del Monte. El monte es el lugar simbólico de la presencia de Dios. Ahí Jesús se sienta, como nos dice el texto, es decir, toma posesión del lugar que le corresponde como maestro. Desde la antigüedad, se utilizaba este término; la gente se sentaba a los pies del maestro, pero el maestro estaba en el lugar desde el cual enseña. De ahí viene nuestra palabra «cátedra», que significa silla o sillón donde el que enseña se sienta. También el obispo se sienta en su cátedra, y por eso la iglesia donde el obispo enseña es la catedral.
Es claro que hay paralelismos con Moisés. Moisés subió al monte para recibir la primera Alianza. Ahora, Jesús, desde el monte, proclama la nueva y definitiva Alianza. En el Sinaí, nadie podía acercarse siquiera al monte; toda comunicación era a través de Moisés. Pero con Jesús, cambian las cosas. Todos suben con él y todos están invitados a subir con él a ese lugar de encuentro con Dios. Se acaban las mediaciones; los discípulos entran a la esfera divina y están con el Señor.
El Sermón del Monte inicia con las Bienaventuranzas que son la lectura de hoy. La primera dice: «Dichosos los que tienen espíritu de pobres porque esos tienen a Dios por Rey». La octava y última dice: «Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad porque estos tienen a Dios por Rey». Fíjense que estas dos, la primera y la octava, tienen el verbo en presente: «Tienen ya, ahora, a Dios por Rey». ¿Quiénes? Los que tienen espíritu de pobres y aquellos que viven perseguidos, atacados por quienes actúan contra Dios precisamente por su fidelidad al Señor. De alguna manera, estas primeras y octavas bienaventuranzas son el marco de las otras.
Todas las demás bienaventuranzas que vamos a escuchar tienen el verbo en futuro: «Dichosos los que sufren porque recibirán consuelo; dichosos los limpios de corazón porque verán a Dios». Son realidades que están por venir. Las primeras tres, segunda, tercera y cuarta bienaventuranza, hablan de una situación negativa, dolorosa de la humanidad y se hace una promesa de que esa situación dolorosa se va a remediar. Sufrir, estar sometido, padecer injusticia son situaciones negativas y hay tres promesas de que estas situaciones se van a remediar. Las segundas tres, quinta, sexta y séptima bienaventuranzas, hablan de actitudes positivas que también tienen una promesa. En resumen, las bienaventuranzas nos dicen que las actitudes positivas de los seguidores de Jesús están llamadas a contrarrestar las situaciones negativas del pecado.
Por eso nos quedamos con esta promesa que el Señor nos hace: «Alégrense y salten de contento porque su premio será grande en los cielos». Comentábamos que el Evangelio de Mateo tiene una secuencia de discursos, cinco discursos en total.
Sin lugar a dudas, el primer discurso grande e importante del Evangelio de Mateo es este que se conoce como el Sermón del Monte. Ya decíamos que tiene paralelismos y, al mismo tiempo, diferencias con la entrega de la primera ley a Moisés en el monte, como en el Sinaí.
En el caso de esta primera, vemos que la figura de Dios misma, como el mismo texto bíblico lo subraya, asustaba a la gente. Era una nube con fuego, rayos y truenos, y la misma gente le dijo a Moisés: «Tú hablas con Dios; nosotros no queremos acercarnos, da miedo». Esa es la primera gran diferencia: aquí no es un Dios de fuego, no es un Dios de rayos, no es un Dios de truenos. Es un Dios que se nos presenta como un padre amoroso, que viene de manera especial a consolar a aquellos que lloran, como nos dicen las Bienaventuranzas.
Las Bienaventuranzas, en sus tres primeras características, implican un dolor, una situación que hace que el ser humano no viva contento, no viva pleno, que no son parte del proyecto de Dios. Entonces, Dios, en Cristo, justo al inicio de la promulgación de esta nueva ley en el Sermón del Monte, promete que todo esto va a ser transformado. La gente va a ser consolada, recibirá la tierra en herencia, que es la concreción de la bendición de Dios para el pueblo de Israel, y finalmente van a ser saciados de la justicia que el mundo y el egoísmo no les ha dado.
La segunda parte de estas Bienaventuranzas, que serían las cinco, seis y siete, son cosas positivas: los que muestran misericordia, los que tienen el corazón puro, los que trabajan por la paz, y a todos estos se les hace una promesa futura. Esa misericordia no se acaba; conforme damos misericordia, recibimos misericordia. Conforme dejamos que Dios purifique nuestro corazón, se aclara nuestra imagen de Dios. Mientras más tiempo pasamos en silencio, totalmente atentos, abandonados a Cristo que nos habla desde el corazón, nuestra imagen de Dios se va aclarando.
Quisiera terminar esta reflexión subrayando que solo quien está sostenido por este amor de Cristo y tiene este espíritu de pobreza puede hacer una real contribución a consolar a los que lloran, asegurar que los despojados reciban la herencia que Dios les ha dado, y que aquellos que tienen hambre y sed de justicia perciban esta justicia de Dios a través del amor de quienes están vinculados a Dios y se acercan a ellos para servirlos.
Pidámosle al Señor la gracia de focalizar nuestro corazón en el rostro de Dios, sin demasiados conceptos e ideas, y dejar que Dios en Dios capte como su cariño ese cariño al que le prestamos atención de manera especial. Cada vez que hacemos oración, y en particular la oración de silencio, nos va liberando. Ya no necesitamos cosas externas para sentirnos seguros y felices. Esto nos capacita para que lo que tenemos lo podamos utilizar al servicio de nuestros hermanos y hermanas, construyendo esta comunidad de amor. Recordemos lo que el Señor nos dice: «Saltemos de alegría», conforme vayamos sintiendo esto, porque ese gran premio que Dios tiene preparado para nosotros en la vida eterna, ya lo empezamos a gustar y a vivir en este mundo. ¡Que así sea!
[1] Alexander Zatyrka. IV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A. Youtube.
