Proclama

22 de diciembre

Feria mayor de Adviento

En aquel tiempo, dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.

Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”. María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

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La Iglesia reza a diario el Magnificat. Y lo hace con fervor. Se trata de uno de los textos más revolucionarios que podemos encontrar en los evangelios. En esa oración de María aprendemos varias cosas fundamentales:

* Que Dios centra su atención en los desamparados y privados de cualquier esperanza humana.

* Que Dios es «poderoso», pero su poder es un poder al servicio de la misericordia. O sea, el poder de Dios no es como nosotros lo imaginamos. El poder de Dios es un poder para aliviar el sufrimiento humano. Sólo eso. Y nunca un poder para causar desgracias y amenazas con castigos.

* Que, en consecuencia, el proyecto de Dios, su programa de salvación se centra, ante todo, en subvertir el «orden establecido» dando voz y protagonismo a los pobres y a los humildes. 

* Que precisamente, una mujer, pobre y humilde es elegida por Dios para manifestar su voluntad de salvación en la historia, no en ultratumba. 

En el Magnificat, el Evangelio afirma con fuerza los peligros que entrañan «el poder y la prosperidad». Si el Evangelio pone en el centro de su mensaje el «reinado de Dios», es evidente que ese Dios, que quiere ser el Dios que reina en esta humanidad rota y destrozada viene a cambiar la historia, transformando los corazones y las estructuras injustas. 


[1] Cf. J.M. Castillo, La religión de Jesús, 458-459.

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