Perdonen y serán perdonados

Cuaresma

Lunes de la II semana

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica.

Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”. Palabra del Señor.

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Hoy iniciamos la segunda semana de cuaresma que es un itinerario de ir aclarando la mirada, ensanchando el corazón, para poder acoger la buena noticia del Dios que entrega su vida por nosotros. 

El centro de nuestra fe es la fiesta de la Pascua, que esperamos celebrar con este corazón renovado. Recordemos que las lecturas de estas semanas cuaresmales, más que seguir una secuencia cronológica o la propuesta catequética de un evangelio en particular, van tomando un mismo tema de varios evangelios. Por eso, esta semana el lunes empezamos con el evangelio según san Lucas, que nos introduce un poco el tema que nos va a acompañar a lo largo de esta semana. 

Esta lectura, bastante breve, es el final de un discurso sobre la invitación que el Señor nos hace a tener un amor universal, como el que Dios tiene. Es la manera como nos lo presenta San Lucas dentro de lo que se ha llamado en su evangelio el Sermón del Llano. Hay una presentación diferente entre Mateo y Lucas. En el evangelio de Mateo, el Sermón del Monte es un texto muy extenso y se considera que es como una proclamación de la nueva ley, la ley centrada en un corazón transformado y presentada de alguna manera en las bienaventuranzas.

El evangelio de Lucas cambia toda esa estructura, y en vez de hablar de subir al monte, habla de un diálogo de Jesús con sus discípulos y seguidores en el llano. Ahí empezamos a ver sensibilidades y propuestas distintas. En el caso de Lucas, de las ocho, podríamos decir inclusive nueve bienaventuranzas de Mateo, Lucas se queda con cuatro, no empieza igual que el texto de Mateo con sus bienaventuranzas, que son más reducidas, y agrega algo que no tiene Mateo: son los famosos «Ay de ustedes», que ahora se ríen o festejan o la pasan muy bien, porque corren el riesgo de terminar pasándola mal. A cada bienaventuranza corresponde una de estas advertencias. 

Lo que trata de subrayar Lucas es que lo que hace finalmente feliz al ser humano es el amor que encuentra en su corazón, un amor que se traduce en un estilo de vida, en una interacción con su entorno. Este amor también le aprende a Dios. Finalmente, a diferencia de toda la serie de comparaciones que encontramos en Mateo, que dice: «Se les ha dicho: yo les digo; se les ha dicho que no maten: yo les digo que ni siquiera hablen mal de sus hermanos», Lucas se queda con una sola invitación y no por comparación, una invitación a amar a los enemigos. «Trata a los demás como te gusta que te traten» es el final de esa recomendación de esta parte importante del Sermón del Monte.

Después de describir en términos similares a lo que maneja Mateo, lo cual nos hace pensar que ambos tienen la misma fuente, Lucas, de manera similar a Mateo, va diciendo que la invitación es a nuestros enemigos, a orar por quienes nos persiguen, quienes nos calumnian, etcétera, a ser generosos. Finalmente, si alguien te pide, dale, comparte lo que tienes.

En el fondo, desde luego, está el valor fundamental del Evangelio, que es este amor, descrito como el vínculo que une a dos personas, un vínculo que va más allá de una mera emoción y que se traduce realmente en una correlación con esa persona, sentirse parte de la vida de esa persona. Dos elementos importantes del amor cristiano, del amor como el Señor nos lo muestra. La compasión es un estado de sensibilidad interior que te permite sentir realmente; no se trata de que tú percibas, sino de que sientes internamente lo que siente el hermano. Así fuimos creados por Dios, para ser compasivos. 

Tenemos esa capacidad innata de percibir, de sentir con el hermano, con la hermana que nos rodea. La segunda parte de la que habla aquí en particular es la misericordia: «Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso». Es por eso que podemos nosotros interactuar con personas que no se acercan a nosotros de una forma positiva o constructiva, o ayudándose a ser fuertes, ayudar a la otra persona a crecer. Porque dejar que alguien vaya en un camino de destrucción sin decir nada, de alguna manera nos hace cómplices de esa persona, cómplices de su propia autodestrucción.

Cuando aprendemos de Dios, cuando le permitimos enseñarnos a amar, cuando le permitimos que ese vínculo que sentimos de Dios a nosotros se haga cargo de nuestra vida y nos acerque a nuestros hermanos y hermanas, pasa lo que describe este texto: no seremos incapaces de desearle el mal a ninguna persona, ni siquiera a quienes nos pueden estar tratando con mal, con agresividad o violencia. Seremos, finalmente, que es el deseo de Dios, es el final y la madurez del ser humano: seremos inocentes. 

Es decir, la raíz etimológica de inocente no es ingenuo, es incapaz de hacer daño. De donde viene nuestra palabra «nocivo» es hacer daño. Entonces, el inocente es el que es incapaz de hacer daño. Eso no quiere decir que sea siempre una presencia cómoda. Y con eso quisiera yo terminar: no podemos juzgar a las personas y sus intenciones, que en realidad no conocemos su historia, por qué llegaron ahí, por qué tienen esa actitud, o por qué nos tratan de esa manera o tratan a las otras personas de una manera inhumana, destructiva. No podemos juzgar eso, pero las acciones sí debemos de juzgarlas de acuerdo al criterio fundamental del Evangelio: el amor, la persona, su dignidad, la construcción de la comunidad.

Esa acción construye comunidad, esa acción respeta la dignidad de la persona, y esa acción finalmente ayuda a que nos vayamos constituyendo en esa familia en el amor de Dios que nos comparte, para podernos unir en una sola realidad. O, por el contrario, está dividiendo, maltratando, deshumanizando. Eso sí, no solamente podemos, debemos dejar claro que ese tipo de acciones no construyen, que ese tipo de acciones no ayudan a un mundo mejor, que no nos permiten mantenernos en el camino de plenitud al que Dios nos invita. 

Si nos acostumbramos a juzgar a las demás personas con rigor, como también ha dicho más de algún teólogo, nos vamos a encontrar con un ídolo que nos va a juzgar al final de la vida, igual que como nosotros juzgamos. Si nos encontramos o nos dejamos encontrar con el Dios del amor, eso mismo es lo que vamos a encontrar al final de nuestra vida. 


[1] Alexander Zatyrka SJ. La Palabra con nosotras, con nosotros. 6 marzo 2023. You Tube

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