Tiempo Ordinario
Martes de la I Semana
Textos
+ Del evangelio según san Marcos (1, 21-28)
En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
En este relato, el evangelio de Marcos dice algo mucho más elocuente de lo que, a primera vista, nos puede parecer. Porque aquí se plantea un proyecto completamente nuevo e incluso revolucionario del comportamiento religioso. Jesús introdujo un cambio y una novedad.
Este relato capital establece una contraposición. Se contraponen los letrados y Jesús. Los letrados eran los «Maestros de la Ley», los teólogos de la religión de Israel. Ellos eran quienes interpretaban oficialmente las verdades y mandatos impuestos por la religión. Y tenían potestad para imponerla y someter a la gente con sus normas e interpretaciones. Años más tarde, a partir del año 70, se denominaron «Rabí». Por tanto, los letrados eran meros repetidores de las obligaciones religiosas legales que sometían al pueblo. La enseñanza de aquellos teólogos consistía en repetir las obligaciones religiosas a las que había que someterse.
Lo que Jesús enseñaba fue un contraste que asombró a la gente. Porque Jesús no imponía deberes, sino que liberaba a la gente de los deberes que eran como un «yugo» (Mt 11,28-30) pesado que causaba sufrimiento. Los males que estaban representados en el demonio que atormentaba al hombre que gritaba en la sinagoga. Lo que impresionó a aquella gente es que Jesús no sometía a los seres humanos, sino a los demonios. Las autoridades religiosas y algunos grupos selectos se imponían a la gente. Jesús se imponía a los demonios, sinónimo de dolor y sufrimiento. Donde está Jesús, tiene que haber libertad y felicidad.
Nuestra sociedad necesita hombres y mujeres que enseñen el arte de abrir los ojos, maravlllarse ante la vida e interrogarse con sencillez por el sentido último de la existencia. Maestros que, con su testimonio personal, siembren inquietud, contagien vida y ayuden a plantearse honradamente los interrogantes más hondos del ser humano.
[1] Cf. J.M. Castillo, La religión de Jesús, 27-28.
