Sábado de la II Semana
Textos
+ Del evangelio según san Mateo (17, 10-13)
En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?” El les respondió: “Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”. Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Siguen los evangelios de Adviento recordando a los cristianos lo que hoy nos puede enseñar la figura de Juan Bautista. El monte del que bajan los discípulos es el monte de la Transfiguración. Allí han tenido una visión: Jesús junto al profeta Elías (además de Moisés). Los judíos de aquel tiempo creían que, antes de la venida del Mesías, tenía que volver Elías a este mundo. Lo que seguramente, para algunos, era una dificultad contra Jesús. Porque, si Elías no había venido a la tierra, Jesús no podía ser el verdadero Mesías y sería, por tanto, una gran mentira lo que se decía sobre el mesianismo del mismo Jesús.
Jesús responde a los discípulos diciendo que el profeta Elías ya había venido, representado en la figura del gran profeta que fue Juan Bautista. El Evangelio destacaba ayer la diferencia entre Juan y Jesús. Hoy los iguala a los dos; y los iguala en que ambos terminaron su vida asesinados. Juan porque denunció los escándalos de Herodes. Jesús porque denunció los escándalos del Templo, de los sacerdotes y de los letrados. La libertad ante los grandes de este mundo se paga muy cara. De ahí el miedo que le tenemos a la libertad. Nos lo dice el Evangelio.
Juan y Jesús nos enseñan que el poder no soporta a los hombres libres que educan a los pueblos y a las gentes en la libertad al servicio de la misericordia. Pero hay una diferencia fundamental entre Juan y Jesús: a Juan lo mató el poder político, en tanto que a Jesús lo mató el poder religioso. Es verdad que, «en el mundo romano del s. 1, a nadie se lo ocurría pensar que la religión y la política estuvieran separadas». Pero también es cierto que, para muchos ciudadanos, una condena «religiosa» daña el recuerdo del difunto más hondamente que una condena solo «política». (Castillo, 2024, p. 446-447)
[1] J.M. Castillo, La religión de Jesús, 446-447.
