Dichosos los que ven…

Martes de la I semana

En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Palabra del Señor.

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Jesús se dirige, en esta ocasión, al «Padre», entendido como «Señor del cielo y de la tierra». O sea, Dios es el «Trascendente» y el «Inmanente» a la vez. El Dios que está a nuestro alcance y que, sin embargo, lo tenemos tan cerca, tan presente, tan visible. Es el Dios, a un mismo tiempo, tan «divino» y tan «humano». Pues bien, Jesús afirma que a este Dios no lo conocen los «sabios y entendidos». Los que se saben todos los libros y todas las teorías, esos son que no se enteran de quién es Dios, ni de cómo es Dios. Sin embargo, este Dios se da a conocer a los más pequeños, los últimos de este mundo. Dios no es una «cosa», no es un «objeto del conocimiento», no es un «saber», Por eso los sabios y entendidos no lo conocen. Mientras que los que no pintan nada, ni tienen títulos, ni son notables, esos son los que lo conocen. ¿Qué es esto?

La gente sencilla es la gente que no tiene nada más que su humanidad, su condición humana. Hay millones de seres humanos que no tienen otra cosa que lo indispensable para mantener su humanidad. No tienen otra cosa, esas gentes. Solo tienen su condición humana. Y sabemos, por el misterio de la encarnación, que Dios se «encarnó» precisamente en la condición humana (Jn 1,14). Los sabios son los que saben mucho y se fían de su sabiduría. Los entendidos son los que tienen mucho (títulos, cargos, experiencias…). Por eso los sabios y los entendidos tienen el peligro de confundir a Dios con lo que llevan en sus saberes y sus títulos. Así se engañan a sí mismos. Los otros, los que no tienen nada y por eso son los últimos, no tienen más que su humanidad. Es decir, tienen carencias, ignorancia, necesidades … Y es ahí y en eso donde el Dios de Jesús se les hace presente: en lo que sufren, en lo que necesitan, en lo que buscan, en lo que anhelan … Ahí está Dios. El Dios de Jesús. Tener a Dios no es tener ideas claras y seguras. Tener a Dios es tener humanidad, sencillez humildad, deseos de lo más típicamente humano. No es lo mismo hablar de «el ser humano», que hablar de «ser humano». Hay quien sabe mucho de «el ser humano», pero es poco «humano». Y es siendo humanos como encontramos a Dios y en lo que encontramos a Jesús.

Cuando Jesús dice que son dichosos los que ven y oyen lo que veían y oían los discípulos, en realidad, ¿qué nos dice? Los discípulos veían a un hombre, a un ser humano y oían a un galileo de Nazaret, del que ni su familia se expli­caba cómo ni dónde había aprendido lo que decía (Mt 6,1-6). Lo que resulta sorprendente, en lo que aquí dice Jesús, es que la «revolución religiosa», que él trajo al mundo, consistía en que, en cada ser humano oímos y vemos a Jesús. Y en Jesús es donde vemos a Dios. ¿Vemos la humanidad de los demás? ¿Oímos su humanidad? Con frecuencia ocurre que un Dios tan profundamente humano no nos entra en la cabeza. Y menos aún, en el corazón. ¿Por qué seremos así? ¿No nos ocurrirá que apetecemos más ser como los «sabios y entendidos» mientras que la «gente sencilla» nos importa un bledo? No olvidemos que el mundo, del que tanto nos quejamos, se arregla desde la libertad que siempre tendrán los sencillos y humildes, no desde el poder y el mando que ostentan los que se creen poderosos.


[1] La religión de Jesús: comentarios al Evangelio diario, 2021, Bilbao

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