¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?

Martes de la III semana

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. El le contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue.

¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Ellos le respondieron: “El segundo”. Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios.

Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”. Palabra del Señor.

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El tema clave de ese evangelio es el problema de la fe. Porque, al final de la parábola, lo que Jesús echa en cara a los dirigentes religiosos es que no creyeron, al tiempo que a los publicanos y a las prostitutas los elogia porque creyeron. Lo que en este relato está en juego, por tanto, es la fe. Lo sorprendente es que, a juicio de Jesús, los creyentes no fueron las personas religiosas y observantes, sino los pecadores y las mujeres más despreciadas. Jesús invierte el sentido de la fe: las personas bien vistas, y debidamente integradas en la sociedad y sus instituciones, no estuvieron capacitadas para creer. Mientras que las gentes con las que los notables jamás se identificarían, esas personas fueron los que creyeron en el mensaje de Juan Bautista.

Por otro lado, está muy claro para Jesús que lo importante en la vida no es lo que uno piensa (por más que lo diga claramente), sino lo que cada cual hace. Y esto, en el fondo, lo que viene a enseñarnos es que lo decisivo, para los cristianos, no es la dogmática, sino la ética. Ya estamos hartos de gente que es, a la vez, tan estrictamente ortodoxa en sus creencias, como escandalosamente corrupta en sus comportamientos. Porque, ante Dios, lo importante no son las palabras piadosas, sino las conductas que se ajustan a la justicia, la integridad y la transparencia en la convivencia ciudadana.

El final de la parábola, tal como la presenta Mateo, es subversivo. Porque Jesús viene a decir que el orden de rango de sumos sacerdotes y senadores, por una parte, y recaudadores y prostitutas por otra, se han puesto al revés: los primeros y más privilegiados en el reinado de Dios no son los que están más altos en los rangos de la religión, sino los que se ven como los más despreciados en la sociedad. Los criterios de la ética de Jesús no son nuestros criterios. Para Jesús, lo determinante no es ni la dignidad sagrada, ni la pureza intachable. Lo decisivo, para Jesús, es la condición de quienes se ven en condiciones de no poder pretender jamás a la condición de notables y poderosos. De ahí, la tremenda pregunta que queda pendiente cuando se oye este evangelio: ¿Qué hemos hecho para seguir pensando exactamente al revés de como pensaba Jesús? ¿Creemos de verdad en el Evangelio? 


[1] J.M. Castillo, La religión de Jesús, 449-450.

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