Con qué derecho

Adviento

Lunes de la III semana

En aquellos días, mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: “¿Con qué derecho haces todas estas cosas? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?” Jesús les respondió: “Yo también les voy a hacer una pregunta, y si me la responden, les diré con qué autoridad hago lo que hago: ¿De dónde venía el bautismo de Juan, del cielo o de la tierra?” Ellos pensaron para sus adentros: “Si decimos que del cielo, él nos va a decir: ‘Entonces, ¿por qué no le creyeron?’ Si decimos que de los hombres, se nos va a echar encima el pueblo, porque todos tienen a Juan por un profeta”. Entonces respondieron: “No lo sabemos”. Jesús les replicó: “Pues tampoco yo les digo con qué autoridad hago lo que hago”.
Palabra del Señor.

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Este diálogo, entre Jesús y los sumos sacerdotes, sucedió a la mañana siguiente (Mt 21,18) de la violenta expulsión de los comerciantes del templo (Mt 21,12- 13). Los sumos funcionarios del santuario, que ganaban mucho dinero con el gran negocio de la venta de animales para los sacrificios del culto sagrado, estaban nerviosos. Jesús los había desenmascarado al afirmar que habían convertido la «casa de oración» en una «cueva de bandidos» (Mt 21, 13; Jer 7, 11). Es lo que ahora pasa en algunos lugares religiosos donde se le da más importancia al comercio en torno a ellos que a los mismos servicios religiosos.

Es notable que los funcionarios del templo no preguntaron si ellos eran o no eran los responsables de aquel «bandidaje». Es decir, no les interesa saber si ellos eran culpables o si estaban equivocados. Lo único que les preocupa es saber si Jesús tenía o no tenía «autoridad» para hacer lo que hizo y decir lo que dijo. O sea, a los «hombres de la religión» no les preocupa saber si ellos proceden bien o mal. Lo que quieren saber es si Jesús podía hacer aquello. En otras palabras, la autoridad religiosa se preocupa por el poder, no por la propia respon­sabilidad. Aquellos sacerdotes, como algunos de los de ahora, creen poseer la verdad. Y lo que les quita el sueño es saber qué poder tienen los que no están de acuerdo con ellos.

Jesús no era precisamente un ingenuo. Por eso, hizo dos cosas: 1) No respondió a una pregunta que llevaba veneno. 2) Les hizo él otra pregunta que puso al descubierto las contradicciones en que vivían. Los profesionales de lo sagrado no suelen reconocer sus equivocaciones, sus fallos, la contradicción en que muchas veces viven. Cuando se ven confrontados a sus oscuros com­portamientos, se quedan sin palabra. Prefieren callar, en vez de decir hones­tamente: «Estamos equivocados». También nosotros, todos, a veces, jugamos a la ambigüedad. Confesamos con los labios una cosa y nuestras acciones gritan otra. Buscamos quedar como cristianos, pero enseguida la incoherencia nos delata. Jesús sigue invitándonos a que nuestro sí sea sí, a ir de frente sin temor a las consecuencias. (Castillo, 2024, p. 448-449)

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