Tiempo Ordinario
Miércoles de la II semana
Textos
+ Del evangelio según san Marcos (3, 1-6)
En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.
Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.
Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a Jesús. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
El evangelio de Marcos pone, después del relato de las espigas arrancadas en sábado (Me 2,23-28), el «enfrentamiento mortal» de Jesús con los observantes religiosos. Un enfrentamiento que, en definitiva, fue un conflicto en el que bastó una pregunta de Jesús, que dejó mudos a los que hacían de su vida una apasionada sumisión a las normas de la religión. Una sumisión tan absoluta, que se anteponía a la salud de las personas, al hambre de los pobres, al sufrimiento humano en cualquiera de sus formas.
Por eso aquí, en este evangelio, nos encontramos con el famoso relato del manco. Un manco crónico, ya que era un hombre que tenía una «mano seca». Es decir, no se trataba de una enfermedad apremiante, de vida o muerte. Era un enfermo crónico, que podía haber esperado al día siguiente. El relato de Marcos fuerza la situación, para dejar más patente lo que Jesús quiso e hizo. Que no quedase la menor duda de que, entre la observancia religiosa y la salud humana, no cabe duda. A Dios se le encuentra cuidando la vida antes que preceptos religiosos intepretados en forma rigorista.
Sin embargo, las personas y los grupos religiosos fundamentalistas no ceden. Y, además, suelen estar al acecho, no para ayudar, sino para denunciar al que no hace lo que ellos quieren. «La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar». Que los demás piensen como yo pienso y que se porten como yo me porto. Eso es un fanático. Pero el fanatismo no lleva a Dios. ¿Cuántas veces he actuado como fanático?
La libertad de Jesús fue tan ejemplar, que aquella libertad fue la que le llevó a la muerte. Libertad al servicio de la misericordia. Lo que le importaba a Jesús era dejar claro que la salud, la integridad de la vida y la felicidad humana son valores y derechos que están por encima de las observancias que imponen los hombres de la religión. Y por defender ese criterio, Jesús se jugó la vida. El relato termina diciendo que, por aquello, los observantes religiosos y lo hombres de la política (los serviles que estaban con Herodes) decidieron matarlo.
[1] Cf. J.M. Castillo, La religión de Jesús, 36-37
