Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-20)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Y les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías. Palabra del Señor. 

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Mensaje[1]

Estamos en el domingo vigésimo primero del tiempo ordinario, haciendo nuestra peregrinación a través del Evangelio de Mateo. Llegamos al capítulo 16, en donde está lo que se conoce como la confesión de fe de Pedro, que está cifrada en esta frase: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

La primera lectura, que nos ayuda a ubicarnos en esta temática de lo que implica reconocer a Dios y vivir desde Dios, está tomada del profeta Isaías, en este caso del primer Isaías, la primera parte del libro del profeta. Los primeros casi 40 capítulos fueron escritos más o menos 750 años antes del nacimiento del Señor; sin lugar a dudas, uno de los textos más antiguos de la Biblia hebrea.

La lectura de hoy está tomada de una sección que se llama “oráculos sobre los pueblos extranjeros”, es decir, lo que Dios manifiesta al ver la conducta y la manera como estos pueblos se desarrollan y se desempeñan, lo cual, tarde o temprano, tendrá un resultado destructivo y deshumanizante para ellos.

En particular, el texto de hoy es un oráculo contra Sobná, mayordomo del palacio del rey de Judá, a quien se critica por el ejercicio arbitrario del poder que detenta en nombre del rey. Por eso, Dios se encargará de quitarle ese poder mal utilizado y se lo dará a Eliaquín.

La patrística y la liturgia han visto en Eliaquín una figura del Mesías. La capacidad de abrir o cerrar queda claro que es un don de Dios, que nadie puede reclamar como dignidad propia. Mateo pone estas palabras como dirigidas a Pedro, y también el Apocalipsis, capítulo 3, versículo 7, las refiere directamente al Mesías: “Esto dice el Santo, el que dice la verdad, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir”.

Tomado de la lectura: “Lo que él abra nadie lo cerrará; lo que él cierre nadie lo abrirá”. El salmo responde desde el corazón agradecido por todos sus beneficios y por su presencia amorosa y providente. Nuevamente vemos la progresión: inicia el creyente hablando, después sigue el rey y termina comunicando su acción de gracias a todos los reyes.

El autor se presenta en medio de un pueblo extranjero y mira hacia Jerusalén, aquel lugar de encuentro, con añoranza. Agradece el amor y la fidelidad de Dios, así como el hecho de que escuche su invocación. Termina expresando su seguridad de que el Señor lo acompañará en todos sus trabajos. Tomado del salmo: “El amor de Dios perdura eternamente”.

Comentábamos que el Evangelio de hoy, capítulo 16 de Mateo, nos presenta lo que se llama la confesión de fe de Pedro. El Señor sigue en el exilio, está fuera de Galilea con sus discípulos, en una ciudad que se llamaba Cesarea de Filipo, fundada por Filipo, tetrarca y hermano de Herodes.

En este contexto, el Señor les pregunta a sus discípulos para saber qué dice la gente de él. Los discípulos le contestan que la gente se refiere a él como Juan el Bautista; otros creen que es Elías, otros que Jeremías o algún otro profeta. Y aquí viene el gran cambio: el Señor les pregunta entonces: “¿Quién dicen ustedes que soy yo?”. Pedro contesta, a nombre de todos los discípulos: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Queda claro que podemos acercarnos a la persona de Jesús con criterios mundanos o iluminados por el Espíritu; de oídas, como decimos, o por experiencia. Cuando nos abrimos al Espíritu podemos reconocer en el Señor al Mesías, es decir, al consagrado.

Mateo agrega, a diferencia de Marcos y Lucas, que son bastante más breves en este pasaje, que el Señor declara a Pedro dichoso porque ha acogido esta revelación que el Padre le transmitió. La tradición católica ha visto en este texto de Mateo la declaración de que Pedro y sus sucesores tienen una mediación fundamental en la construcción de este nuevo pueblo, la Iglesia. Sobre esa piedra, sobre el ministerio y la manera como Pedro entrega su vida, está construida la Iglesia.

La tradición protestante lo vincula más a la actitud de fe que a la persona concreta de Pedro. Yo digo que no podemos separar una de la otra. Contra este nuevo pueblo no prevalecerán los poderes del Hades, del infierno, de la muerte, es decir, todo aquello que se opone a Dios. Quienes se vinculen a Dios en esta nueva comunidad triunfarán de la mano de Dios.

El Evangelio termina con esta frase: “Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. La lectura del Evangelio de hoy, que se conoce como la confesión de fe de Pedro, expresa lo que su corazón espera, lo que su corazón cree y sabe sobre el Señor Jesús.

La encontramos en todos los evangelios sinópticos y también en el de Juan, aunque cambia un poco. En los sinópticos siempre es Pedro quien dice: “Tú eres el Mesías”. En Juan oímos a varias personas decir eso: la mujer samaritana, Marta cuando la resurrección de Lázaro, entre otras.

De esto podemos rescatar dos cosas. Primero, que lo que nos hace cristianos es ese paso de poder decir: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Un mensaje importante, en particular en esta versión de Mateo, es que alcanzar esa certeza de corazón parte de descubrir finalmente quién es Jesús de manera real para cada uno de nosotros.

En un segundo momento, está la alegría de descubrir que el Señor Jesús es eso para muchas personas, para muchos hermanos. De esa forma nuestra fe se va consolidando, se va fortaleciendo y va madurando.

Nos dice literalmente el texto de Mateo: “Dichoso tú, Simón, porque esto que estás diciendo, esto que estás viviendo, no es porque te lo contaron; te lo reveló mi Padre”. Quiere decir que Simón Pedro ya había recorrido un camino mistagógico, un camino de sensibilidad en ese espacio compartido con el Señor Jesús, en la vida gastada y compartida en su presencia. Eso le empezó a permitir captar, no meramente de forma mental sino existencial, que Jesús era el Mesías.

Hemos dicho en otras ocasiones que Mesías literalmente significa ungido. Pero, ¿por qué se ungía con aceite, símbolo de poder y de fuerza? Se ungía a los reyes, a los profetas y a los sacerdotes. Si tuviésemos que encontrar una palabra que tradujera el sentido de Mesías para el pueblo judío, sería consagrado. Se consagraba al rey, al profeta y al sacerdote. Consagrar significa poner en las manos de Dios y focalizar nuestras vidas en la misión que Dios nos dio.

En particular, el Mesías esperado por Israel tenía una consagración orientada a la liberación de su pueblo. Entonces, cuando Pedro dice “Tú eres el Mesías”, lo que está diciendo es: “Tú eres mi libertador; en ti he encontrado la vida; tú me has transformado internamente y me has regalado una nueva manera de ser. Percibo que en ti vive el poder de Dios”. Por eso dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”.

El camino cristiano implica ir conociendo internamente, como dice san Ignacio, al Señor Jesús, abriéndonos a la presencia comunicativa de Dios que él nos revela, y dejando que nos transmita el misterio de Dios en su relación con nosotros. De ahí surge también este sentido profundo del proyecto de salvación de Dios: en un ser humano verdadero, Dios verdadero y hombre verdadero, como es el Señor Jesús, Dios nos habla humanamente y nos salva humanamente.

No es un Mesías del que nos sintamos alejados, y mucho menos un Mesías que le siga el juego a nuestro ego. El pueblo de aquel entonces, como lo muestra lo que sigue después de la lectura de hoy, todavía estaba confundido. El mismo Pedro se confunde cuando el Señor Jesús le dice qué tipo de Mesías es: un Mesías que viene a servir, que está dispuesto a entregar la vida para que tengamos vida, y que finalmente nos muestra que lo que Dios tiene para entregarnos es Dios mismo, a través de un acto de amor.

El segundo elemento importante de este texto, en particular en la versión de Mateo, es que el encuentro con el Señor Jesús, cuando empiezas a percibir cómo su presencia amorosa te rescata, te salva y te libera, va de la mano de saber quién eres. A Pedro le revela un nuevo nombre que significa, de alguna manera, la vocación que Dios le ha confiado.

Les comentaba al inicio que hay distintas interpretaciones de qué significa: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Algunos consideran que la piedra es la fe de Pedro, pero no es exactamente lo que dice el texto del Evangelio. El texto dice: “Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Esa piedra tiene que ver con un encuentro con el Señor Jesús del cual surge la vocación de cada uno.

A Pedro le está diciendo cuál es su misión para fortalecer esa Iglesia: es la piedra, el cimiento sobre el cual se va a construir este edificio, pero no es el único constructor de ese edificio. A lo largo de los evangelios vemos a muchos discípulos que, en ese encuentro con el Señor, en particular con el Señor resucitado, escuchan su nombre.

Recordemos a María Magdalena, que no ha reconocido a Jesús hasta que el Señor le dice: “María”. Entonces la vida de María cambia. Oír nuestro nombre de labios del Señor significa que, en la medida en que lo dejamos irnos sanando, también se va aclarando cuál es nuestra vocación.

La promesa de Jesús es que el poder del mal no va a triunfar contra esa comunidad. No le dice que el poder del mal no va a triunfar sobre Pedro, porque ya sabemos que Pedro, igual que nosotros, también tenía su fragilidad y negó al Señor. Es la comunidad la que recibe esta promesa, y en la comunidad confluimos todos los que hemos oído nuestro nombre en boca del Señor: cuál es mi misión, cuál es mi manera de amar.

Cuando todo esto se junta, cuando todo forma parte de una sola realidad, cuando construimos juntos con Cristo en medio de nosotros, ningún poder anti-Dios puede contra nosotros. Experimentamos lo que dijo santa Teresa con un lenguaje poético propio de su capacidad expresiva: “La verdad padece, pero nunca perece”.

En Cristo, que es la verdad, el amor que sostiene todo lo que existe, nos encontramos con nuestra verdad. Nuestra verdad, nuestra vocación, representada por el nombre, es lo que aportamos a nuestra comunidad: nuestros dones y talentos.

Recordaba con gusto lo que decía el canto de entrada: una bienvenida al espacio de celebración, un abrazo cariñoso, una sonrisa compartida. Cada uno de nosotros tiene su manera de dar ese abrazo cariñoso, de compartir la sonrisa y de darle vida a las personas a través de ese amor que es irrepetible.

Pidámosle al Señor la gracia, por intercesión de san Pedro y de todos los sucesores de Pedro que aceptaron esta difícil encomienda de llevar sobre los hombros a la Iglesia de Jesús, de que cada uno de nosotros se deje revelar por Dios Padre que Jesús es el Señor, el que nos rescata. Y que, al abrir nuestra conciencia y nuestro corazón a él, escuchemos nuestro nombre: nuestra identidad, nuestra vocación y nuestra misión.

Que así sea. Que en esta semana puedas entrar a tu corazón, reconocer al Señor Jesús como el Mesías, quien se ha consagrado para darte vida, y que puedas escuchar de él tu nombre. Que puedas escuchar del Señor Jesús cuál es la manera como estás invitado a contribuir a la construcción de esta Iglesia, de este cuerpo vivo de Cristo, contra el cual los poderes del mal no pueden nada.


[1] Alexander Zatyrka. XXI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A. Youtube.

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