¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra!

Tiempo ordinario

Domingo de la XIV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-30)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.

Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré.

Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. Palabra del Señor. 

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Mensaje [1]

El Evangelio comienza con una indicación importante: “en aquel tiempo”. En griego aparece la palabra kairós, que no señala solo un momento cronológico, sino una ocasión cargada de sentido: un acontecimiento.

Esta introducción conecta la oración de Jesús con lo que acaba de suceder: la pregunta de Juan el Bautista sobre si Jesús es el Mesías y el poco fruto de su predicación en Cafarnaúm, Corazaín y Betsaida.

Jesús acababa de reprender a esas ciudades porque, aun habiendo visto sus obras, no se convirtieron. Por eso se entiende mejor la frase: “Jesús, respondiendo, dijo”. Su oración es una respuesta a los acontecimientos.

Jesús no responde con quejas, amargura o amenazas. Responde con una oración de acción de gracias, bendición y proclamación.

Cuando las cosas no salen como esperamos, Jesús nos enseña a integrar el fracaso en la oración. Él pone todo ante el Padre y confirma su decisión de seguir adelante con la misión recibida.

El sí de Jesús al Padre no depende del éxito, de los seguidores ni de la aceptación de la gente. Nace de una adhesión profunda y libre, que permanece firme incluso en circunstancias adversas.

La primera lección es clara: la oración es una respuesta creyente a la palabra de Dios y a los acontecimientos de la vida.

Por eso, incluso el fracaso pastoral, la falta de resultados, la crítica o el desinterés pueden convertirse, en la oración, en ocasión para confirmar el seguimiento de Jesús.

En Jesús el cronos se hace kairós; el hecho se vuelve acontecimiento; la crisis se convierte en oportunidad.

Jesús dice: “Yo te proclamo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre; nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Mateo presenta a Jesús como revelador del Padre y maestro que introduce a sus discípulos en el misterio de Dios. Con su humildad revela quién es Dios y cómo actúa.

Esta oración tiene una estructura sapiencial: acción de gracias, revelación de la relación entre Jesús y el Padre, e invitación a entrar en la escuela de la sabiduría.

No es casualidad que, en este mismo capítulo del Evangelio de Mateo, se haya hablado de las obras de la sabiduría que se verifican en las obras del Mesías. Jesús, el Mesías, es la sabiduría de Dios.

La acción de gracias de Jesús es también una confesión de fe. Desde la fe, el aparente fracaso se transforma en motivo de alabanza y en confirmación de la misión.

Solo una mirada creyente permite descubrir que la crisis puede convertirse en oportunidad: el cronos se vuelve kairós.

La fe se expresa en la oración. Jesús ora porque cree; y en su oración revela desde dónde mira la realidad.

Jesús no se centra en quienes se cerraron a su mensaje, sino en aquellos a quienes el Padre se lo ha revelado: los pequeños. El acento no está en el castigo, sino en la gratitud por la acción de Dios.

Los “sabios y entendidos” no son simplemente los estudiosos, sino quienes se creen autosuficientes. Los “pequeños” son quienes permanecen abiertos, como niños, dispuestos a aprender y dejarse educar.

Para Jesús, lo decisivo no es tener muchas seguridades, sino mantener el corazón disponible. Allí se revela la voluntad de Dios.

Desde esta mirada, Jesús descubre la obra del Padre en la gente sencilla que se deja guiar por su palabra y entra en el camino del discipulado.

La erudición puede volverse obstáculo cuando cierra el corazón; en cambio, la sencillez de los pequeños abre a la verdad de Dios.

El sí de Jesús reconoce que Dios actúa en lo pequeño, lo humilde y lo que muchas veces pasa desapercibido. Allí acontece Dios.

Por eso Jesús revela a un Dios de brazos abiertos, no de dedo acusador. Lo que parecía derrota se convierte en alegría y alabanza.

Los pequeños son los pobres, los enfermos, las viudas, los niños, la gente sola, los recaudadores de impuestos y todos los que, aunque despreciados por muchos, conservan un corazón abierto.

En ellos Jesús descubre la acción de Dios: sus esperanzas, heridas y necesidades se convierten en lugar donde el amor inventa palabras, gestos y milagros.

Jesús reacciona con sorpresa, como si no se lo esperara. La novedad lo invade, lo maravilla y lo hace feliz. Descubre la acción de Dios en lo más profundo de cada persona: en sus ansiedades, esperanzas y necesidades. Para ellos, Jesús sabe inventar respuestas, palabras y gestos de vida; aquello que el amor nos hace llamar milagros.

El pequeño comprende lo esencial: saber si es amado. Ese es el secreto simple y profundo de la vida.

Los pequeños y los últimos han entendido que Jesús trae la revolución de la misericordia y de la ternura: la revelación de un Dios que acoge y levanta.

Jesús les recuerda: “Ustedes valen mucho; valen más que muchos gorriones”. Y también: “Ustedes tienen un nido en el cuenco de las manos de Dios”.

[1] Cf. Fidel Oñoro. “Te alabo, Padre”. Lectio de Mateo 11,25-30. YouTube

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