Sus vestiduras se volvieron blancas

Cuaresma

Domingo de la II semana – Ciclo A

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.

Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”. Palabra del Señor. 

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Celebramos el segundo domingo de cuaresma conocido también como domingo de la Transfiguración. El texto, tomado de la versión del Evangelio de presenta la teofanía de la transfiguración, es decir, la comunicación del Padre que transmite este mensaje: «Este es mi hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias, escúchenlo». 

La primera lectura, que nos pone en contexto de lo que escucharemos en las demás, está tomada del libro del Génesis, capítulo 12, versículos del 1 al 4. El texto nos presenta la vocación de Abraham, el llamado que le hace el Señor para dejarlo todo y seguirlo a la tierra que Dios le mostrará. La manera como Dios lo va a llevar a la plenitud de las promesas que vamos a escuchar en esta lectura nos muestra el referente histórico de la narración. Sin duda, este llamado de Dios a Abraham es un ejemplo de cómo Dios irrumpe muchas veces en nuestras vidas, sacándonos de nuestras áreas de confort, donde estamos instalados creyendo que ya hemos alcanzado la meta de la vida. 

La invitación es a un itinerario que no realizamos en soledad, sino a su lado. Dios con nosotros. Cuando nuestra vida está orientada por Dios, realmente nos convertimos, y hasta el final de la lectura, en bendición para toda persona que encontramos. Un mensaje importante también de este texto es la docilidad de Abraham, quien partió como se lo había ordenado el Señor. El salmo que nos acompaña este domingo, el salmo 32, es un himno de reconocimiento a la palabra, a la comunicación de Dios. Dios es esta comunicación permanente que se traduce en la donación que hace de sí mismo a nosotros. Nos dice el salmista que lo que Dios expresa, lo que comunica, es veraz; siempre nos transmite verdad y permanece fiel a lo que comunica.

La segunda lectura está tomada de la segunda carta de Pablo a Timoteo, conocida como una de las cartas pastorales. Esta y otras cartas contienen recomendaciones que Pablo transmite a compañeros suyos a quienes dejó a cargo. El término es episcopos, de donde viene la palabra “episcopal”, y desde luego, “obispo”, que literalmente en griego significa «el que desde arriba cuida». Timoteo tenía a su cargo la iglesia de Éfeso, una comunidad fundada por Pablo y muy querida por él. Pablo le escribe dos cartas con consejos prácticos para asegurar la armonía de la vida de la comunidad y su fidelidad a la buena noticia del Señor Jesús. Se enseña que los pastores deben entenderse como servidores de Cristo y de la comunidad que se les ha encargado. El texto que leemos hoy subraya que la salvación que Dios nos ofrece en Cristo es totalmente gratuita y nunca fruto de méritos. Dios nos ha regalado la vida de su hijo, en quien hemos recibido una nueva vida de inmortalidad. 

En el evangelio de este día, se presenta el pasaje de la vida del Señor con sus discípulos que conocemos como transfiguración. En este caso, en la versión de Mateo, los símbolos que aparecen son comunes a todos los evangelios sinópticos. El primero es que son tres discípulos quienes experimentan esta vivencia: Pedro, Santiago y Juan, los más antiguos y cercanos al Señor. Este relato nos habla de un ascenso a la montaña, símbolo de acercamiento al lugar donde Dios reside.

El Señor los lleva a una montaña alta, y se nos dice que su figura se transforma; su rostro y su vestimenta empiezan a despedir luminosidad, es decir, transmite la luz que solo puede provenir de Dios. Llama la atención que grandes místicos y teólogos consideran que el cambio no se da en el Señor, sino que lo que cambia es la mirada de los discípulos, quienes ahora perciben la presencia de Dios en Él. Nos dice el texto que conversan con Jesús, Moisés, representante de la Ley, y Elías, representante de los Profetas. 

El mensaje es que en Jesús está la suma de la Ley y los Profetas. Pedro, quien antes trató de disuadir a Jesús del camino que lo lleva a Jerusalén, ahora quiere quedarse en ese momento de contemplación de la gloria del Señor con su famosa frase: «Hagamos tres tiendas aquí, estamos muy bien». Sin embargo, aún está hablando Pedro cuando una nube luminosa los cubre y de ella sale una comunicación de Dios, una teofanía. Lo que dice Dios es, nuevamente, que este es su Hijo muy amado, escúchenlo. Al experimentar esta teofanía, los discípulos caen rostro en tierra llenos de temor. 

Pero el Señor Jesús se acerca a ellos, los toca y les dice: «Levántense, no teman». Cuando alzan los ojos, sólo ven a Jesús, lo que subraya que su vida y su presencia son la comunicación definitiva del Dios vivo. Para evitar malos entendidos sobre su identidad mesiánica, Jesús les ordena guardar secreto de lo que vieron hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos. Esta teofanía está dirigida a nosotros: «Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo».

En resumen, el relato de la transfiguración que encontramos en los evangelios apunta a una experiencia fundamental en la vida de los discípulos. Este momento les brinda la posibilidad de ver lo que hay más allá de lo evidente en su vida cotidiana, de descubrir una realidad más profunda. A lo largo de la historia de la humanidad, esta búsqueda de lo último y verdadero ha sido un impulso constante. La experiencia de la transfiguración ocurre en el contexto de este mundo, y no fuera de él. Pedro, Santiago y Juan son llevados a experimentar esta transformación en su mirada. 

Durante este proceso, se hace evidente que la verdad no es un concepto abstracto, sino una sensibilidad que todo ser humano tiene para contemplar su entorno y a Dios mismo de manera verdadera. Sin embargo, lo que impide captar esta realidad son las distorsiones del pecado y las heridas de desamor que enfrentamos a lo largo de la vida. Necesitamos ser sanados por el amor de Dios, quien, al tocar nuestras heridas, transforma nuestra visión del mundo, permitiéndonos ver la belleza que nos rodea. Este proceso no es sencillo, ya que tendemos a aferrarnos a nuestras seguridades, a lo conocido. 

Dios nos invita a dejar atrás lo que nos limita y a caminar hacia la tierra nueva que nos tiene prometida. El salmo subraya que Dios es fiel y su palabra siempre transmite verdad. No estamos solos en este viaje; Dios nos acompaña cada día en la toma de decisiones concretas y en el desarrollo de acciones que reflejan su amor. Al dedicar tiempo a Dios, logramos escuchar su voz y seguir sus caminos. 

Nuestra oración y anhelo en este segundo domingo de cuaresma es abrirnos a esta transfiguración, dejar que Cristo nos ilumine y nos haga ver el mundo desde su amor. Se nos invita a subir al monte de la mano del Señor, a ese lugar en nuestro corazón donde podemos encontrarnos con Él y entregarle nuestras inseguridades. A medida que nos abramos a su luz, el amor de Dios comenzará a transformar nuestra vida y el mundo que nos rodea. 

[1] Alexander Zatirka, Exégesis y homilía del II Domingo de Cuaresma, Ciclo A. 2023. Youtube

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