Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho

Cuaresma

Martes de la I semana

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”. Palabra del Señor.

Descargar los textos en PDF

Estamos en el martes de la primera semana de cuaresma. Ya comentábamos que los evangelios varían de acuerdo a una temática. La temática de esta semana, parafraseando a San Juan de la Cruz y a otros grandes santos, es que al final de la vida seremos juzgados. Nuestro futuro, es decir, el dictamen de lo que va a ser el resto de nuestra existencia, depende del amor. Al final de la vida seremos juzgados por el amor.

Tomás de Kempis lo decía de alguna manera también. Este bello libro de ese movimiento espiritual de la devoción moderna, libro de cabecera de San Ignacio de Loyola y de Santa Teresa de Jesús, afirmaba que lo que transforma la vida de las personas es esta actitud, esta apertura hacia Dios, y no meramente elaboraciones intelectuales o cognitivas. Kempis dice: «prefiero mil veces sentir la compunción, el deseo de acercarme a Dios, que poder definirlo». Entonces, realmente, es este cultivo del amor en lo que se juega el futuro de nuestra existencia: hacia un futuro de plenitud en la comunión con Dios desde ese amor que hemos aprendido a consolidar en nuestras vidas y que nos une y nos unirá para toda la eternidad al Dios vivo que nos llamó a la existencia. O nos auto excluimos por decisiones que tomamos y por la manera como nos cerramos a esa posibilidad, que empieza como posibilidad de cultivar el amor y construir relaciones de comunión con Dios y con nuestros hermanos y hermanas.

Ayer veíamos que estas características de los que son descritos en el texto de Mateo, como ovejas o cabritos, tienen mucho que ver con esa sensibilidad. No son propósitos, sino básicamente síntomas. Cuando ves a alguien con hambre, te nace compartir lo que tienes para alimentarlo. Lo mismo ocurre con las otras necesidades del prójimo, no solamente materiales, como puede ser el vestir a alguien o darle alojamiento, sino también las necesidades afectivas y psicológicas que los hermanos necesitan. ¿Y cómo compartimos con ellas y con ellos tal vez lo más preciado que tenemos, que es nuestro tiempo?

La lectura de ayer nos dice: fíjate cómo están tus síntomas de sensibilidad. Recordemos aquella frase que nos invita el padre Yich, este gran maestro de oración contemplativa: «Quieres saber cómo está tu relación con Dios, contempla, mira y entiende tu relación con los demás». Si desprecias a los demás, si eres insensible a sus necesidades, si no te perciben como una buena noticia, es decir, si no te perciben como alguien que les ama, tu relación con Dios es igual. Es decir, no has desarrollado, no has cultivado, no has madurado este amor que es el vehículo de comunión con Dios.

La lectura de este martes primero de cuaresma esta tomada del capítulo 6 de san Mateo, que corresponde a una parte del Sermón del Monte. Es el texto donde se presenta el Padre Nuestro como la oración por antonomasia del cristiano. Está inserta en las tres recomendaciones que hace el Señor sobre las tres obras de piedad del pueblo judío: el ayuno, la limosna y la oración. Ahora vamos a ver este fragmento que habla en específico de la oración. 

Lo primero que me gustaría subrayar, que ya hemos hablado en otras ocasiones, es que sería un absurdo la primera frase donde dice «no se pongan a hablar mucho como los paganos». Es decir, la relación con Dios no es una serie de fórmulas, o podemos decir, como de encantamientos, que era lo que hacían los brujos con esta visión infantil y distorsionada de las prácticas religiosas. Por lo tanto, el Padre Nuestro no está describiendo una fórmula, está describiendo un estilo. No se trata meramente de repetir palabras, como se está criticando, sino se trata de cultivar en nuestro interior estas actitudes.

Cada frase, y son siete en total, la totalidad, la perfección desde la perspectiva del pueblo judío, describe una pincelada de esa relación sana con Dios. Primero, Dios es padre, no mío, nuestro. La primera actitud de alguien verdaderamente religioso es sentirse hijo del mismo Dios, del mismo padre, y coheredero de sus hermanos y hermanas. No se siente este mejor ni peor que los demás; reconoce el nombre de Dios: «Santificado sea tu nombre», es decir, que aparezca en medio del mundo.

Luego, «que venga tu reino», que crezca en mí esa relación profunda e íntima que me capacita, me transforma y me salva. De tal manera que, viviendo en tu reino, es decir, en comunión contigo, tu voluntad se convierte en realidad, se concreta en este mundo. Cómo se concreta en la relación que tienes con todos aquellos que conviven contigo.

En la petición de «danos hoy nuestro pan de cada día», hacemos una referencia a todo tipo de pan, no solamente el pan que alimenta la carne, sino también el pan que alimenta el espíritu. Algunos autores ven aquí una referencia eucarística, la manera como Dios se entrega dándonos vida. Por eso le pedimos el pan de cada día en su palabra, en la Eucaristía, etcétera.

Luego, esta petición de perdonar las deudas, perdonar aquello que nos separa de las otras personas, las ofensas, describe el proceso de sanación, capacitación y ejercicio de consolidación y madurez que tiene el ser humano. No quiere decir que tengas que tener tu doctorado en perdón para que entonces experimentes que Dios te perdona, es decir, que Dios vive reconciliado contigo. Es un proceso de crecimiento permanente, una espiral. En la medida en que te abres a experimentar cómo Dios te ama de manera incondicional y te sientes perdonado, tienes la capacidad de un ejercicio de perdón.

Cuando haces eso, es decir, cuando te dejas sanar, capacitar, ejercitas, consolidas y maduras esa capacidad, a su vez es experimentar ese don de Dios que te pone a nivel de una nueva manera más profunda de perdonar e interactuar, de restañar las relaciones con la gente que te rodea. Entonces, no es que de una vez para todas perdonamos ni que somos perdonados por Dios. Describe un camino, un itinerario; una parte es gracia, lo que Dios nos regala, mientras que la segunda parte es nuestro cultivo y nuestra responsabilidad.


[1] Cf. Alexander Zatyrka SJ. La Palabra con nosotras, con nosotros. 2023. Youtube

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *