Tiempo Ordinario
Lunes de la II Semana
Textos
+ Del evangelio según san Marcos (2, 18-22)
En una ocasión en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?” Jesús les contestó: “¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán. Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos”. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Ante la pregunta por qué los discípulos de Jesús no ayunan como lo hacen los fariseos y los discípulos de Juan, la respuesta de Jesús es que no es necesario ayunar si el esposo está con ellos. Para Jesús, lo más importante no es el cumplimiento de tradiciones vacías de contenido. Lo fundamental es su presencia en medio de la comunidad. ¿Qué ritos y tradiciones comunitarias me ayudan a encontrarme con Jesús? ¿Cuáles requieren ser renovadas?
Por otra parte, está el contraste entre la conducta de Juan Bautista y la de Jesús. El comportamiento de Juan se centraba en la privación, que «ni comía ni bebía» (Mt 11,18). El comportamiento de Jesús se manifestaba en que «come y bebe», hasta ser tenido por un «comilón y un bebedor» (Mt 11,19). En ambas conductas había, sin duda, un proyecto de ejemplaridad. En el caso de Juan, la ejemplaridad se comprende: enseñar la mortificación, el sacrificio, el valor de la privación y la austeridad. Sin embargo, ¿qué ejemplaridad podía haber en el comer y beber de Jesús?
Una de las preocupaciones de Jesús fue el que las gentes se sintieran bien. Por eso, no dudó un segundo en juntarse con unos y con otros, incluso, comer con los más detestables de la sociedad de aquel tiempo. Jesús quería transmitir felicidad y la felicidad no se impone, no se enseña … , se contagia. El que se siente feliz, contagia su dicha a quienes conviven con él. Me podía preguntar hoy: ¿Se sienten felices quienes conviven conmigo?
En la vida es importante el «sacrificio». Pero solo cuando está al servicio de la «felicidad» de los demás, de todos, sin distinciones ni desigualdades. Y eso -justamente eso- es lo que hizo Jesús, en sus comidas con pobres, pecadores, mujeres de toda clase y condición. No es tan difícil privarse de un postre. Lo más duro es compartir ese postre con quien nos causa rechazo o repugnancia.
[1] Cf. J.M. Castillo, La religión de Jesús, 34.
