3 de enero
Textos
+ Del santo Evangelio según san Juan (1, 29-34)
En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacía él, y exclamó: “Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’.
Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Juan Bautista presenta a Jesús como el cordero… que quita el pecado del mundo. El «Cordero», del que habla aquí este relato, se refiere -según la explicación más probable- al «Cordero de Dios» del que habla lsaías 53,7, que no abre la boca ante el daño que le hace el esquilador. Es la imagen del cordero que sufre. Y, sufriendo, quita el pecado del mundo. Este texto no habla de quitar «los pecados», sino «el pecado», que es la incredulidad. Es decir, esa actitud difusa, indefinida e indefinible de «desinterés» por el Evangelio, su escasa o nula influencia por cambiar este mundo, para hacernos vivir el mensaje ético de Jesús. ¿Influye eso de verdad en nuestras vidas? Es es la incredulidad, que se quita soportando y superando el sufrimiento, como hizo Jesús.
Esto supuesto, lo más asombroso está en cómo Jesús trazó el camino de solución que convierte la violencia en felicidad. Lo que Jesús nos enseñó, con su vida y su muerte, es que la violencia se convierte en felicidad cuando, en lugar de «matar» otras vidas, uno hace de su propia vida una víctima que se deja «matar». En otras palabras, «no devolver mal con mal». Así Jesús suprimió, de una vez por todas, los sacrificios. En lugar de sacrificar otras vidas, se sacrifica la propia vida. Es lo que se ha llamado la «autoestigmatización». Jesús murió como un delincuente ejecutado, humillado, despreciado. Y así nos trazó el camino que hace posible «otro mundo». El mundo en el que dejamos de odiarnos y robarnos. Y así construimos un mundo en el que nos queremos y nos ayudamos.
La religión de Jesús no tiene su centro en el «sufrimiento», sino en la «felicidad». La felicidad que nos aportan las personas que, aguantando y mediante su fortaleza, hacen que la convivencia humana resulte más humana, más feliz, más dichosa. Así como Juan hablaba del Señor, ¿qué digo cuando yo hablo de Él? ¿Qué experiencias de Dios revelan mi testimonio?
[1] J.M. Castillo, La religión de Jesús, 13-14.
