Octava de Navidad – 27 de diciembre
San Juan apóstol y evangelista
Textos
+ Del evangelio según san Juan (20, 2-9 )
El primer día después del sábado, María Magdalena vino corriendo a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.
En eso, llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
En plena celebración de la Navidad, después de recordar al primer mártir cristiano, Esteban, la liturgia nos propone al último y seguramente al más profundo de los evangelistas, el autor del 4º evangelio, Juan. Por eso, se puede pensar razonablemente que, para la Iglesia, recibir a Jesús, implica el martirio, es decir el testimonio, con la vida y con la Plabra, como Esteban y como Juan. Dar la vida por Jesús y ser testigo de su mensaje, ambas cosas, es lo que se nos pide a quienes recordamos con gozo su nacimiento.
En Juan 21,24, el autor del evangelio se llama a sí mismo «el discípulo amado». Al denominarse así quiso dejar muy claro que, para dar a conocer a Jesús, la condición indispensable es mantener una relación profunda de amor con el propio Jesús. Solo desde una relación de amor profundo se puede explicar quién es aquel a quien se anuncia identificándolo como Verbo de Dios hecho carne.
El IV evangelio explica quién es Jesús presentándolo como el Revelador de Dios. El que «ve a Jesús, ve a Dios» (Jn 14,9); el que «toca a Jesús, toca a Dios» (Jn 20,25-27); el que «recibe a Jesús, recibe a Dios» (Jn 13,20); el que «ve a Jesús, ve a Dios» (Jn 1,18). La desconcertante bondad de Jesús, que da vino a los que solo tienen agua (Jn 2), que da vida (Jn 11), vista (Jn 9), libertad (Jn 5), pan (Jn 6), a quienes carecen de cosas tan necesarias, en esa bondad, tan humana, se nos revela lo que trasciende todo lo humano, Dios mismo. Damos a conocer s Diosmediante nuestra «bondad».
[1] Cf. J.M. Castillo, La religión de Jesús, 465-466
