Tiempo Ordinario
Miércoles de la XXVIII semana
Textos
† Del evangelio según san Lucas (11, 42-46)
En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello.
¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!” Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: “Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros”.
Entonces Jesús le respondió: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!” Palabra del Señor.
Mensaje
El evangelio de hoy continúa el debate de Jesús con los y fariseos y legistas; ayer vimos la introducción, en la que Jesús señalaba cuál es el criterio desde el cual deben ser valorados todos los comportamientos religiosos, veamos ahora la profundización.
Este discurso de Jesús está dirigido a lo líderes, a los animadores de la experiencia religiosa de Israel.
Jesús usa una forma de hablar de carácter profético que se conoce como “ayes”, porque siempre empieza con una lamentación: ¡Ay!; estos son un oráculos de desventura que indican que el comportamiento señalado es más bien un camino de perdición.
El discurso de Jesús se realiza al ritmo de seis “ayes”, tres de ellos se dirigen a los “fariseos”, no a ninguno en particular, sino a todos como escuela de espiritualidad y los otros tres a los “legistas”, es decir, a los los maestros de la Ley.
Sin perder de vista el camino que Jesús ya ha trazado para lograr la verdadera y más profunda pureza, que es el vivir amorosa y servicialmente en función de los demás, detengámonos ahora en cada uno de los comportamientos y actitudes que Jesús quiere corregir para que se ponga en la dirección que ya señaló:
Primer “¡ay!”: «¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios». No es que Jesús esté en contra de la práctica de la Ley, más bien parece aceptarla, lo que Él no aprueba es la manera de exigirla. Los fariseos le puesto un excesivo celo a las exigencias y han caído en un “detallismo” que los lleva a perder el verdadero sentido de lo que hacen. Lo que importa es el amor de Dios y la justicia con los hermanos.
Segundo “¡ay!”: «¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas!» Puesto que el ser líder religioso da prestigio, un gran peligro es buscar la honra por la honra: el puesto y el título en los lugares públicos. En este caso se está pensando en sí mismo, en la propia imagen, en el esfuerzo por que los demás los consideren puros y justos, como gente buena.
Tercer “¡ay!”: «¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!». Esta comparación es el eco de la exigencia de pureza en los cementerios, según la cual tocar un sepulcro era causa de impureza, razón por la cual había que hacerlas más visibles con la pintura blanca. Lucas interpreta de una manera novedosa: los sepulcros son los líderes religiosos que se destacan “blanqueados” es una referencia a la visibilidad de que habla el segundo “¡ay!” y la gente que los rodea continuamente para escuchar sus enseñanzas son los que quedan impuros, porque en el contacto con ellos se contaminan de sus vicios sin darse cuenta.
Cuarto “¡ay!”: «Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!» Los legistas, a quienes se dirige este último “¡ay!” que consideramos hoy, eran reconocidos por su interpretación rigurosa de la Ley, a ella le agregaban algunas obligaciones que no tenían justificación. Pero ellos, por su parte se las arreglaban astutamente para no hacer lo que le mandaban hacer a los otros.