María le dijo a Jesús: “Ya no tienen vino”

Tiempo Ordinario

Domingo II semana. Ciclo C

En aquel tiempo, hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la madre de Jesús. Este y sus discípulos también fueron invitados. Como llegara a faltar el vino, María le dijo a Jesús: “Ya no tienen vino”. Jesús le contestó: “Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora”. Pero ella dijo a los que servían: “Hagan lo que él les diga”.

Había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servían: “Llenen de agua esas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: “Saquen ahora un poco y llévenselo al mayordomo”.

Así lo hicieron, y en cuanto el mayordomo probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes la sabían, llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora”. Esto que Jesús hizo en Caná de Galilea fue la primera de sus señales milagrosas. Así mostró su gloria y sus discípulos creyeron en él. Palabra del Señor.

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Este domingo es como una transición entre el ciclo de Navidad y el tiempo ordinario. Contemplamos en el evangelio la escena de las Bodas de Caná, narrada por san Juan y así completamos la secuencia contemplativa de la epifanía del Señor: la adoración de los magos, el bautismo y el primer signo en Caná de Galilea.

El evangelio de Juan llama signos a los hechos extraordinarios de Jesús y no milagros como lo hacen los otros evangelistas. Esta indicación tiene sentido, nos dispone a la contemplación del evangelio fijando nuestra atención en el signo para penetrar su significado.

A primera vista, en el texto encontramos una conversación profundamente humana entre María y su Hijo. «María no se dirige a Jesús simplemente como a un hombre, contando con su habilidad y disponibilidad a ayudar. Ella confía una necesidad humana a su poder, a un poder que supera la habilidad y la capacidad humanas.» (Benedicto XVI)

María no pide nada a Jesús. Sólo le presenta la situación diciéndole «Ya no tienen vino» y en ello apreciamos su sensibilidad que le hace percibir los problemas de los demás. Presentada la necesidad lo deja todo a la decisión de su Hijo, sólo dice a los sirvientes «hagan lo que él les diga» confiada en que la respuesta de Jesús, la que fuera, sería la mejor para esa situación.

De esta primera mirada al texto evangélico aprendemos dos cosas: Por una parte la bondad y la disposición de María para ayudar a quien lo necesita y su humildad y generosidad para aceptar la voluntad de Dios. Por la otra, encontramos también una importante indicacion para nuestra forma de orar. 

Siguiendo el ejemplo de la Virgen María, el discípulo en su oración presenta a Dios su necesidad, sin pretendeer afirmar ante Él la propia voluntad y deseos, por muy importantes o razonables que parezcan. Que se cumpla su voluntad es lo mejor para nosotros.

Una mirada más profunda nos lleva a descubrir el significado del signo. Dice el evangelio que «esto que Jesús hizo en Caná de Galilea fue la primera de sus señales milagrosas. Así mostró su gloria y sus discípulos creyeron en él.» El milagro de Caná no es sólo un milagro realizado por Jesús para sacar de apuros a una pareja de esposos el día de su boda, sino que manifiesta la intención de Dios y la misión de Jesús.

El símbolo de la boda tiene profunda resonancia en el Antiguo Testamento para describir la Alianza de Dios con su pueblo. Para muestra tenemos lo que dice el profeta Isaías en la primera lectura de este domingo: «Como un joven se desposa con una doncella, se desposará contigo tu hacedor; como el esposo se alegra con la esposa, así se alegrará tu Dios contigo

La Alianza, que tenía como mediación la Ley se había desgastado, pues la observancia y cumplimiento de los preceptos de alguna manera ocupaban el primer lugar en la práctica religiosa. La gente creyente del pueblo de Israel vivía más preocupada por cumplir con los mandamientos de la ley de Moisés que vivir la alegría de la salvación y la confianza en la fidelidad de Dios.

En la escena de las bodas de Caná no es accidental la mención de que «había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos.». Había lo necesario para cumplir con los ritos prescritos pero no había suficiente vino, considerado necesario para alimentar la alegría de la celebración nupcial. Lo mismo sucedía con la práctica de  la religión judía, se cumplía con los ritos prescritos, pero se olvidaba de la misericordia.

El evangelio menciona la hora de Jesús. «Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora» y en ello encontramos el significado profundo del signo. El Papa Benedicto lo describe así: 

«[Jesús] realiza un signo, con el que anuncia su hora, la hora de las bodas, la hora de la unión entre Dios y el hombre. Él no se limita a «producir» vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las bodas divinas, a las que el Padre invita mediante el Hijo y en las que da la plenitud del bien, representada por la abundancia del vino. Las bodas se convierten en imagen del momento en que Jesús lleva su amor hasta el extremo…»

Con la entrega de Jesús se sella la Nueva Alianza, el vínculo de Dios con la humanidad que tiene como mediación no el cumplimiento de la ley sino la obediente entrega del Hijo, que pondrá de manifiesto el cumplimiento de la promesa de Dios y que derivará en la efusión de su Espíritu para que todos los que lo reciban puedan vivir en la alegría del amor divino.

De esta mirada profunda al texto evangélico de este Domingo aprendemos algo muy importante. En la Eucaristía celebramos la entrega de Jesús, la efusión de su sangre, la sangre de la Alianza nueva y eterna. En la Última Cena Jesús anticipa también su hora definitiva y hace lo mismo en cada Eucaristía. Participar de la entrega de Jesús nos hace participar de la Nueva Alianza y esto nos lleva a encontrar sentido a la vida y a experimentar una profunda alegría en la entrega de nosotros mismos a Dios y a nuestros hermanos.

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