Tiempo Ordinario
Miércoles de la XV semana
Textos
† Del evangelio según san Mateo (11, 25-27)
En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Este pasaje evangélico reproduce una oración que Jesús le hace al Padre: « Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla ». Jesús bendice al Padre y le da gracias porque ha dado a conocer el Evangelio del Reino a la «gente sencilla», que también se podría traducir por «pequeños».
Tiene ante sí a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen. Entre ellos no hay muchos poderosos ni inteligentes; son mayoritariamente pescadores, empleados de bajo nivel y, en cualquier caso, personas de clase no alta. Si algún personaje de relieve se acerca a Jesús -como por ejemplo el sabio Nicodemo-, oye de boca de Jesús que debe «volver a nacer», volver a ser «pequeño», porque si no lo hace no podrá entrar en el Reino del Cielo.
El reino, efectivamente, es solo para los «pequeños». Es «pequeño» quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y le confía su vida. El texto evangélico, sin embargo, no pretende despreciar a los «sabios e inteligentes» sino más bien advertir a aquellos que piensan como los escribas y los fariseos, es decir, los engreídos, los que están tan llenos de sí mismos que no necesitan a nadie, ni siquiera a Dios.
El sentimiento de autosuficiencia no solo aleja de Dios sino que fácilmente se traduce en desprecio por los demás. El discípulo, por el contrario, sabe que todo lo debe a Dios y a Jesús que nos lo ha revelado. Nosotros difícilmente sentimos que somos los sabios y los inteligentes de los que habla Jesús. Lo somos en la práctica: sabios de nuestras costumbres, de los juicios que ya ni nos inmutan; inteligentes hasta el punto de no escuchar a nadie y de creer que podemos prescindir de los demás.
La fe es ante todo el abandono confiado de los pobres, que no lo entienden todo pero se sienten fuertes porque se sienten amados y obedecen la Palabra de Jesús. Los pequeños no son en absoluto los que no comprenden o los que «se lo creen todo». Únicamente la confianza permite ver aquello que de otro modo resulta invisible. Todos podemos llegar a ser pequeños si seguimos el camino de la humildad, un camino que nos hace realmente grandes.
El Señor nos ha elegido para que, a pesar de nuestra pobreza, podamos participar en el gran sueño de Dios por el mundo, que no es otro que reunir a. todos los pueblos alrededor de Él para que vivan en la alabanza al Señor y en paz entre ellos.
[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283-284.