
Tiempo Ordinario
Sábado de la XXXII semana
Textos
† Del evangelio según san Lucas (18, 1-8)
En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: “En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.
Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.
Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” Palabra del Señor.
Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez
Mensaje[1]
Jesús explica a los discípulos una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin desfallecer. La oración no es un adorno de la vida, sino una necesidad, para nosotros y para el mundo en el que vivimos, y lo entendemos a partir del ejemplo de esta viuda insistente.
Una situación típica, no solo en tiempos de Jesús: también hoy los pobres y los débiles son víctimas de injusticias disfrazadas de legalidad. Y en la parábola hay un juez que debería, con imparcialidad y rapidez, defender a aquella pobre mujer. Pero el magistrado hace exactamente lo contrario, ya que no teme ni a Dios ni a los hombres. De algún modo, representa la arrogancia del poder, que vemos con frecuencia en la historia de los hombres.
Aquí empieza la historia que explica la parábola: ¿qué hará la pobre viuda en esta situación de evidente injusticia? Por otra parte, en el mundo judío, mujeres como aquella eran el símbolo de la debilidad y estaban expuestas a todo tipo de abusos. Dios mismo se hace su defensor; efectivamente, es invocado con el título de «tutor de viudas», carentes de la tutela del marido (Sal 68, 6).
Aquella mujer no se resigna. Se dirige al juez con insistencia para reclamar su justa recompensa. No lo hizo una sola vez, sino muchas; con tenacidad no se cansaba de reclamar lo que era justo, hasta que el juez decidió considerar su caso. «Si así pensaba el juez injusto. ¿creen acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar Yo les digo que les hará justicia sin tardar».
Sí, Dios no nos hará esperar mucho, hará justicia «sin tardar» (alguien lo traduce como «de repente», «cuando menos lo esperas»), si le dirigimos nuestra oración con insistencia. En efecto, los creyentes tienen una fuerza increíble en la oración, una energía que es capaz de cambiar el mundo. Todos somos, tal vez, como aquella pobre viuda, débil, sin poderes especiales; pero aquella debilidad, en la oración insistente, se convierte en una fuerza poderosa; precisamente, como le sucedió a aquella viuda, que logró superar la dureza del juez.
[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2020, 342-343.