Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Humildad

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magnificat 

22 de diciembre

 Textos

Del primer libro de Samuel (1, 24-28)

En aquellos días, Ana llevó a Samuel, que todavía era muy pequeño, a la casa del Señor, en Siló, y llevó también un novillo de tres años, un costal de harina y un odre de vino. Una vez sacrificado el novillo, Ana presentó el niño a Elí y le dijo: “Escúchame, señor: te juro por mi vida que yo soy aquella mujer que estuvo junto a ti, en este lugar, orando al Señor.

Este es el niño que yo le pedía al Señor y que él me ha concedido. Por eso, ahora yo se lo ofrezco al Señor, para que le quede consagrado de por vida”. Y adoraron al Señor. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Lucas (1, 5-25)

En aquel tiempo, dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede.

Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada.

Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre”. María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los dones más preciosos no se conquistan, sino que se esperan. Tal es el caso de la madre del joven Samuel, Ana, que acude al santuario del arca en Siló para agradecer al Señor el don de la maternidad después de su insistente súplica.

La narración bíblica es el anuncio extraordinario de lo que Dios realizará en plenitud con María. Lo mismo que en el caso de Isaac, Sansón y Juan Bautista, el nacimiento de un hijo por obra de Dios, de una mujer estéril, fue el signo de una vocación particular;  también lo fue para Samuel, destinado a ser el primer gran profeta de Israel y el guía espiritual del pueblo. Es preciso seguir la trayectoria marcada por Dios en la historia de la salvación de cada uno. Es necesario respetar los tiempos de crecimiento de cada uno sin pretender manipular a Dios en la realización de nuestros proyectos personales y humanos

El Magníficat, canto de los pobres, es una de las más bellas oraciones del Nuevo Testamento, con claros ecos del Antiguo Testamento. Es significativo que el texto se ponga en labios de María, la criatura más digna de alabar a Dios, culmen de la esperanza del pueblo elegido. El cántico celebra en síntesis toda la historia de la salvación que, desde los orígenes de Abrahán hasta el cumplimiento en María, imagen de la Iglesia de todos los tiempos, siempre es guiada por Dios con su amor misericordioso, manifestado especialmente con los pobres y pequeños.

El cántico se divide en tres partes: 1. María glorifica a Dios por las maravillas que ha hecho en su vida humilde, convirtiéndose en colaboradora de la salvación cumplida en Cristo su Hijo; 2. exalta, además, la misericordia de Dios por sus criterios extraordinarios e impensables con que desbarata situaciones humanas, manifestada con seis verbos «Desplegó, dispersó, derribó, ensalzó, colmó, auxilió…», que reflejan el actuar poderoso y paternal de Dios con los últimos y menesterosos; 3. finalmente recuerda el cumplimiento amoroso y fiel de las promesas de Dios hechas a los Padres y mantenidas en la historia de Israel. Dios siempre hace grandes cosas en la historia de los hombres, pero sólo se sirve de los que se hacen pequeños y procuran servirle con fidelidad en el ocultamiento y en el silencio de adoración en su corazón.

En el corazón de las personas soberbias no hay lugar para Dios y tampoco para su obra; la soberbia lleva a quien la padece a excluir a Dios de la propia vida para ocupar su puesto. La obra de Dios se vale de las personas humildes, que se reconocen como creaturas, que saben cuáles son sus límites y sus posibilidades.

[1]  G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 271-273.

La Corona de Adviento IV

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Dios cumplirá su promesa en María

Al encender la cuarta vela de la corona de adviento, contemplamos a María.

La fe de María se caracteriza por su adhesión a la promesa de Dios. Ella forma parte de los pobres de Yahvé, el pueblo sencillo que creía y esperaba en la fidelidad de Dios; su fe le hacía comprender el misterio de Dios oculto en el niño que se formaba en su seno. Y así, nos da la gran lección: sólo el que cree puede experimentar cómo el don de Dios puede formarse y encarnarse en su propia existencia.

La fe de María se manifiesta en el gesto generoso de acudir en ayuda de Isabel, esto le permitió además contemplar la obra de Dios en otras personas. También de esto aprendemos una gran lección: apreciar lo que Dios hace en la historia de los demás.

Encendamos la cuarta vela de nuestra corona con júbilo, la luz se hace más intensa, el Señor viene a nosotros en la humildad de un Niño que podemos acoger con gozo y generosidad.

Rito para encender la segunda vela de la corona de Adviento. Celebración familiar

 

Encuentro

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visitacion 3

21 de diciembre

Textos

Del libro del Cantar de los Cantares (2, 8-14)

Aquí viene mi amado saltando por los montes, retozando por las colinas. Mi amado es como una gacela, es como un venadito, que se detiene detrás de nuestra tapia, espía por las ventanas y mira a través del enrejado. Mi amado me habla así: “Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Mira que el invierno ya pasó; han terminado las lluvias y se han ido.

Las flores brotan ya sobre la tierra; ha llegado la estación de los cantos; el arrullo de las tórtolas se escucha en el campo; ya apuntan los frutos en la higuera y las viñas en flor exhalan su fragancia. Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Paloma mía, que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, déjame ver tu rostro y hazme oír tu voz, porque tu voz es dulce y tu rostro encantador”. Palabra de Dios.

+ Del evangelio según san Lucas (1, 39-45)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del Cantar de los Cantares, poema lírico, de autor desconocido, escrito en los siglos VI-V a.C. utilizando material antiguo que pudiera remontarse hasta Salomón (siglo X), exalta con delicadeza el amor humano entre esposo y esposa. Tal amor, descrito de moto espontáneo e inspirado, describe la vuelta del esposo a casa tras el largo invierno en busca de pastos para su rebaño. La alegría de la esposa por la venida de su amado, unidad al tierno afecto, es tan intensa, que las palabras utilizadas de densa inspiración poética y las imágenes primaverales, aun las más elevadas, parecen insuficientes para manifestar la emoción interior de la persona amada.

En la tradición de la Iglesia la imagen “esposo”-“esposa” siempre se ha entendido como símbolo de la relación nupcial entre Dios y el pueblo y entre Cristo y la Iglesia. La liturgia utiliza este simbolismo entre Cristo y María y entre Cristo y el creyente: ls Virgen es figura de la Iglesia que sale al encuentro con gozo de Cristo-esposo que viene, y así también cada miembro de la comunidad cristiana, que viene esperando acoger el Señor para que le hable directamente al corazón.

La visita de María a su pariente Isabel en el pueblecito de Ain Karin en las colinas de Judá es una página rica de reminiscencias bíblicas, de humanidad y espiritualidad. María recorre el mismo camino que hizo el arca, cuando David la transportó a Jerusalén, y es el camino que hará Jesús cuando decididamente se dirija a Jerusalén a cumplir su misión. Se trata siempre de Dios, que, en diversos momentos de la historia de la salvación, se dirige al hombre para invitarlo a la salvación.

La narración de la visitación está estrechamente vinculada con la de la anunciación, no sólo por su clima tan humano, manifestando en actos de servicio, sino también porque la visitación es la verificación del “signo” que el ángel dio a María . Los saltos del Bautista en el seno de su madre representa la alegría desbordante de todo Israel por la venida el Salvador. las palabras de bendición, inspiradas por el Espíritu, que Isabel dirige a María, son la confirmación de la especial complacencia de Dios con la Virgen. La salvación que lleva en el secreto de su propia maternidad es el fruto de su fe en la Palabra del Señor: «Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Encuentro, es la Palabra que identifica a los textos de esta quinta feria privilegiada del adviento. Es el encuentro de los que se aman, el encuentro de los dos testamentos el antiguo y el nuevo, representados en Isabel y María, en Juan el Bautista y Jesús; es el encuentro de dos mujeres que se maravillan por la obra de Dios realiza en ellas; es, en una palabra, el encuentro de Dios con la humanidad, representado de distintas maneras. El tiempo de Navidad está lleno de momentos de encuentro, que vivimos con distintas intensidades y emociones, encuentros institucionales, encuentros amistosos, encuentros festivos, encuentros familiares. Contemplando a María que en su encuentro con Isabel lleva en su seno a Jesús, bien podemos preguntarnos qué llevamos con nosotros, en nuestro interior, para compartir con las personas que encontramos en estos días.

 

[1]  G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 264-267