Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas

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vayan

Adviento

Sábado de la I Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 35—10, 1.6-8)

En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia.

Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Les dijo: “Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos.

Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El profeta Isaías, dirigiéndose a la comunidad que ha experimentado momentos de gran tribulación y está reunida para el culto, desea reafirmarla en la eficacia de la oración dirigida al Señor. Si sabe esperar en Dios, confiando totalmente en su Palabra, él sin duda escuchará los ruegos. El hecho de orar al Señor no supone que éste preserve al pueblo de las dificultades, sino que en sus angustias experimentará al Dios del éxodo.

La profecía de Isaías es reafirmada por Jesús que prepara la misión de los Doce con el testimonio de su amor compasivo a los enfermos y a quienes sufren; además de su ejemplo de misericordia, invita a los Doce a la oración. La exhortación para rogar al dueño de la mies que mande obreros a su mies es una invitación a compartir la pasión profunda, total, de Jesús por la salvación de la humanidad. La oración les recordará que no son más que discípulos, no dueños de la mies. Su corazón estará libre de presunción y desaliento, porque sólo el dueño de la mies es quien dispone de los tiempos y de la fecundidad de la misión.

Después de elegir a los que serán enviados Jesús les imparte algunas instrucciones sobre su actividad. Inicialmente el campo de acción de los Doce se limitará a Israel; su comportamiento, deberá ser como el de Jesús, es decir, de generosidad sin límites. En total sintonía con su maestro., se les manda proclamar la cercanía del reino de los cielos, con signos concretos: curar y expulsar demonios.

Somos administradores, no propietarios, de los bienes del Reino; en todo lo que Dios nos ha dado para administrarlo, comenzando por la propia familia, hemos de volvernos al dueño de la vida, al propietario del campo, para pedirle auxilio y ayuda en la tarea que nos confía y para saber qué es lo que el quiere de las personas que ha puesto a nuestro cuidado.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 83-84.

Que se haga en ustedes conforme a su fe

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ciego

Adviento

Viernes de la primera semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (9, 27-31)

Cuando Jesús salía de Cafarnaúm, lo siguieron dos ciegos, que gritaban: “¡Hijo de David, compadécete de nosotros!” Al entrar Jesús en la casa, se le acercaron los ciegos y Jesús les preguntó: “¿Creen que puedo hacerlo?” Ellos le contestaron: “Sí, Señor”.

Entonces les tocó los ojos, diciendo: “Que se haga en ustedes conforme a su fe”. Y se les abrieron los ojos.

Jesús les advirtió severamente: “Que nadie lo sepa”. Pero ellos, al salir, divulgaron su fama por toda la región. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que contemplamos este día esta precedido por la profecía de Isaías que anuncia una gran transformación, obra de Dios, que toca la vida de quienes sufren haciéndoles pasar de las tinieblas a la luz, curándoles de situaciones de sordera y de ceguera profunda y liberándoles de la marginación e incomprensión consiguientes. La transformación que Dios actúa lo toca todo: en la naturaleza, las enfermedades físicas y el ámbito moral y religioso, para que impere la justicia.

La salvación provoca ante todo el gozo de los «humildes». El término, cargado de valor teológico, no sólo sociológico, designa a los que en el momento de la angustia confían en el Señor y perseveran en la espera de la salvación que viene de él. Con el gozo de los necesitados y humildes y con la desaparición de los violentos, cínicos e impostores, la obra del Señor llega a su culmen.

En la comprensión religiosa de los judíos, una de las obras del Mesías consiste en dar visita a los ciegos, como signo de la salvación definitiva, anunciada por los profetas. La narración de Mateo acerca de la curación de dos ciegos pone de relieve el tema de la autoridad de Jesús y la fe del discípulo. La fe de quien busca la curación en Jesús se expresa sobre todo con el seguimiento y se convierte en súplica insistente, confiada.

Jesús llega a su casa, lo siguen los ciegos que entran también a las casa del Maestro. El Señor los hace sentirse en casa, les permite acercarse como para sugerir que sólo se logra la luz de la fe si se entra en la comunidad creyente y si nos acercamos a él para entrar en comunión con su persona escuchando su Palabra. En esta casa aparece una especie de examen sobre la fe, entendida como confianza en el poder salvador de Jesús.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 1, 77-78.

El que cumpla la voluntad de mi Padre entrará en el Reino de los cielos

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casa construida sobre roca

Adviento

Jueves de la I semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (7, 21.24-27)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús está a punto de concluir el «discurso de la montaña». ¿Qué peso dar a esas palabras? Muchas veces, ante la palabra evangélica pasamos de largo, la acogemos pero la consideramos abstracta, o bien bella pero imposible de acoger tal y como es. Pero Jesús advierte claramente a quienes le escuchan que esas palabras son fundamentales en el sentido literal del término, es decir, son las que fundan la vida nueva. Son la verdad, la esencia, la realidad más sólida para vivir.

En un mundo cada vez más liquido, a merced de los sentimientos individualistas, esas palabras son la verdadera roca sobre la que edificar la vida. Y Jesús propone dos imágenes sobre cómo acoger su palabra. No se trata solo de escucharla sino de ponerla en práctica: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca», mientras que quien «no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena».

El ejemplo continúa: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquellas dos casas. Jesús habla de las tempestades de la vida: las tentaciones que nos asaltan, las dificultades que se abaten sobre nosotros, los problemas que nos atormentan, y así sucesivamente. La casa edificada sobre roca, es decir, una vida marcada por la fidelidad al Evangelio y al amor, se mantiene firme; la otra, sin embargo, edificada sobre la arena, se derrumba inexorablemente.

Y ¿qué es la arena sino ese innumerable número de vicios, de defectos, de instintos que vuelven muchas veces nuestra vida vacía y banal? Solo si sabemos acoger con fe la palabra evangélica podremos edificar nuestra vida y la de nuestros hermanos sobre una base estable.

El Señor nos invita cada día a alimentarnos de la palabra del Evangelio para fundar nuestra vida no sobre nosotros mismos o sobre nuestra arrogancia, que, como la arena, son algo inconsistente y voluble, sino sobre la Palabra de Dios, verdadera roca y fundamento de nuestra existencia.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 17-18.