Ecos de la Palabra

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El Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir

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Sábado de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 8-12)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios.

A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero a aquel que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven a las sinagogas y ante los jueces y autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy el Evangelio ahonda en el tema de la fidelidad del discípulo en el momento de la prueba. Jesús empieza diciendo: «Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios».

A nosotros se nos juzga ya por si estamos unidos o no a Jesús, hasta el punto de decir que nuestra fidelidad hace que Jesús se una a nosotros de manera aún más firme. Quien sigue el Evangelio y persevera en su camino, incluso en los momentos de la prueba, se salva porque el Señor está con él. Pero quien se deja sorprender por el miedo y reniega del Evangelio y de sus hermanos, se destruye solo.

En realidad, Jesús ya lo ha dicho otras veces: «Quien quiera salvar su vida, la perderá». Él conoce nuestra debilidad y sabe que podemos ceder a los halagos de las tentaciones y caer en el pecado. El apóstol Pedro es un ejemplo: en el momento de la pasión de Jesús, primero huyó y luego lo traicionó en la casa del Sumo Sacerdote porque tuvo miedo ante una sierva. El Señor, de todos modos, lo perdonó. Él siempre está dispuesto a perdonar.

En la página evangélica que leemos llega a decir: «A todo aquel que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará». Pero luego continúa: «Pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará».

También el evangelista Marcos cita estas severas palabras y añade: «Es que decían que estaba poseído por un espíritu inmundo». El pecado contra el Espíritu es no reconocer en Jesús la presencia de Dios y también no reconocer en la Iglesia, en la comunidad cristiana, la acción del Espíritu Santo. Si no reconocemos la presencia de Dios en Jesús y en la Iglesia, maldecimos a Dios y nos excluimos del camino de la salvación porque negamos en la práctica la presencia y la acción del Espíritu Santo que el Padre y el Hijo han derramado en la Iglesia.

Las palabras de Jesús son severas para quien traiciona pero son palabras de consuelo para quien persevera. El Señor, que comprende nuestra debilidad, viene siempre a nosotros, sobre todo en los momentos difíciles: «no se preocupen», nos dice, «el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que convenga decir». La compañía del Señor es nuestra fuerza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 387-388.

… a esta generación se le pedirán cuentas

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Jueves de la XXVIII semana

Textos

Del evangelio según san Lucas (11, 47-54)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y doctores de la ley: “¡Ay de ustedes, que les construyen sepulcros a los profetas que los padres de ustedes asesinaron! Con eso dan a entender que están de acuerdo con lo que sus padres hicieron, pues ellos los mataron y ustedes les construyen el sepulcro. Por eso dijo la sabiduría de Dios: Yo les mandaré profetas y apóstoles, y los matarán y los perseguirán, para que así se le pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas que ha sido derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que fue asesinado entre el atrio y el altar. Sí, se lo repito: a esta generación se le pedirán cuentas.

¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso”.

Luego que Jesús salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a acosarlo terriblemente con muchas preguntas y a ponerle trampas para ver si podían acusarlo con alguna de sus propias palabras. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En esta página evangélica prosiguen las amenazas-lamentos de Jesús contra los maestros de la Ley. La clave de lectura sigue siendo siempre la misma: con ella podemos comprender las motivaciones profundas que mueven a Jesús a expresarse en estos términos.

El objeto de estos «¡ay de ustedes!» conduce a Jesús a consideraciones extremadamente graves: por un lado, pone de manifiesto lo fácil que es honrar a los profetas de Dios sólo de palabra y no prestar después atención a su mensaje. En negarse a escuchar a los profetas de ayer y a los apóstoles de hoy e incluso al nuevo profeta, Jesús de Nazaret: en eso consiste el pecado que Jesús quiere censurar y del cual quiere liberarnos al mismo tiempo.

A buen seguro, no es fácil escuchar la Palabra de Dios, esto es, escuchar y acoger a Dios, que  nos habla de múltiples maneras, nos invita, nos sacude y nos orienta hacia nuevas metas. No es fácil, pero es obligatorio; más aún, necesario.

El drama de los maestros de la Ley, según Jesús, se hace aún más grande porque, poseyendo «la llave de la puerta del saber», no sólo no entran ellos, sino que impiden el acceso incluso a los que quisieran entrar. De este modo pone Jesús de manifiesto el hecho de que quien no se abre a la escucha de la Palabra de Dios acaba arrastrando a la misma actitud de sordera y de cierre también a los otros.

Aparece así el drama de la solidaridad en el mal, diametralmente opuesta a la solidaridad en el bien. Para Jesús, la verdadera ciencia consiste en la comprensión de los signos de los tiempos, tiempos escatológicos, es decir, tiempos visitados por Dios en la persona y en la misión de Jesús y, por consiguiente, tiempos últimos y decisivos en orden a la salvación.

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año.12., 125-126.

Ay de ustedes, porque se olvidan de la justicia y del amor de Dios

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Miércoles de la XXVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (11, 42-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!” Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: “Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros”.

Entonces Jesús le respondió: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Un escriba, al oír las duras palabras de Jesús contra el ritualismo farisaico, le rebate diciendo que de aquel modo le ofende también a él y a todos sus colegas: «¡Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros!». Es la reacción de quien quiere defenderse a sí mismo y sus convicciones sin sentir la necesidad de cambiar, de comprender más en profundidad lo que pide el Señor, y por tanto, de emprender una vida mejor que la que lleva.

La Palabra de Dios, como dice Pablo, es como una espada de doble filo que penetra hasta la médula y no deja indiferente, no bendice nuestros comportamientos sin modificarlos, no entra en el corazón sin cortar lo que lo entumece o, peor aún, lo que provoca su ruina. Es una fuerza saludable y buena que cambia el corazón. Jesús desenmascara el pecado de los fariseos y de los escribas: mientras que la gente les profesa respeto porque buscan en ellos una guía, una orientación, en realidad su comportamiento es falso y engañoso.

De ahí la severidad del juicio que hace Jesús. La gente confía, busca una orientación, pide ayuda a los que se presentan como guías, y estos, en cambio, descuidan lo esencial, es decir «la justicia y el amor de Dios». Si, pagan sus cuotas al templo, se dejan embelesar por los honores en las sinagogas, pero en realidad son como «sepulcros», es decir, hombres vacíos e interiormente muertos. Colocan, con su fría severidad, grandes pesos sobre la espalda de los demás pero ellos ni quieren ni saben soportarlos. Jesús estigmatiza esta falsedad, esta doble moral mentirosa. Su ira, su juicio severo son una advertencia para todos nosotros cuando nos erigimos en jueces sin misericordia, en personajes sin escrúpulos y sin dudas, que se aprovechan de la buena fe de aquellos que buscan hermanos mayores en los que confiar para crecer en su vida espiritual.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 384-385.