Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Evangelio del Día

El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

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mi madre y mis hermanos 2Tiempo Ordinario

Martes de la III semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (3, 31-35)

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

El les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos narra una escena evangélica que nos recuerda la urgencia de vivir en la escuela de Jesús. Es una página que parece tratar duramente a la Madre de Jesús, pero realmente este es el camino que María ha seguido desde siempre.

Se cuenta que Jesús está en una casa y hay mucha gente apiñada a su alrededor para escucharlo. Cuando llegan sus parientes, con la madre, lo mandan llamar. Los parientes están «fuera», escribe el evangelista, dando obviamente una indicación que no es solo espacial. Solo los que «están dentro» y escuchan su palabra, dice Jesús, son su verdadera familia.

La comunidad cristiana nace siempre de escuchar la Palabra de Dios, y vive porque la escucha. Y todos tenemos que estar muy atentos para no caer en la tentación de ser «parientes» de Jesús, es decir pensar que ya no nos hace falta estar alrededor de él para escucharlo, casi como si estar cerca de él fuera algo «natural» que se da por descontado.

No es suficiente formar parte del grupo de los cristianos para encontrar la salvación. Todos los días necesitamos entrar «dentro» de la comunidad para escuchar el Evangelio como la Iglesia lo comunica. ¡Y no somos discípulos de una vez para siempre! Necesitamos escuchar y acoger el evangelio en nuestro corazón todos los días.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 370-371.

Si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir

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fariseos y jesús Tiempo Ordinario

Lunes de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 22-30)

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir.

Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, desde el comienzo de su vida pública, «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio» (Hch 10,38). Esto, sin embargo, suscita la envidia de los maestros de la Ley y de los fariseos, que buscan a toda costa algún pretexto para acusarle.

La acusación referida en el pasaje de hoy es gravísima: el Hijo de Dios, reconocido y atestiguado por Juan el Bautista como Cordero inocente que carga sobre si el pecado del mundo, es acusado de estar poseído por un espíritu inmundo. La incomprensión es absoluta.

Jesús toma entonces la palabra y, siguiendo el método de los rabinos, plantea una pregunta, como si dijera: «Están seguros de haber hablado con rectitud de conciencia y no movidos por otros fines que os incapacitan para ver el bien y adheriros a él?». Está en tela de juicio la libertad humana y se le ha dejado un amplio espacio para considerar quién es, verdaderamente, este Hijo del hombre que no quiere la muerte del pecador, sino su conversión para que viva.

La conversión -éste es el segundo mensaje- siempre es posible, con tal de que no nos cerremos a la acción del Espíritu Santo, o sea, de que no «blasfememos» contra él. Tal vez una imagen nos ayude a comprender mejor. Pongamos en uno de los dos platillos de una balanza todos los pecados cometidos por los hombres a lo largo de toda la historia -y es preciso que nos detengamos un momento a considerar bien lo que estamos diciendo- y en el otro el sacrificio de Cristo, sumo sacerdote: pues bien, el peso de este último platillo es decididamente superior, porque es el peso de un amor infinito. Con todo, puede suceder una cosa: que voluntariamente se bloquee el astil de la balanza; entonces, el peso del pecado se vuelve aplastante. La salvación es un don, pero sólo puede darse a quien tiene deseos de ser salvado.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 111-112.

Síganme y los haré pescadores de hombres

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pescadores 3

Tiempo Ordinario

Domingo de la III semana

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Mateo (4, 12-23)

Al enterarse Jesús de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea, y dejando el pueblo de Nazaret, se fue a vivir a Cafarnaúm, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí, para que así se cumpliera lo que había anunciado el profeta Isaías: Tierra de Zabulón y Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz.

Sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció.

Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”.

Una vez que Jesús caminaba por la ribera del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado después Pedro, y Andrés, los cuales estaban echando las redes al mar, porque eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y los haré pescadores de hombres”.

Ellos inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Pasando más adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en la barca, remendando las redes, y los llamó también.

Ellos, dejando enseguida la barca y a su padre, lo siguieron.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

En el tercer Domingo del tiempo ordinario, iniciamos la lectura continua del evangelio según san Mateo. La haremos en dos etapas, la primera desde hoy hasta el domingo anterior al miércoles de ceniza, y la segunda, a partir del domingo posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad hasta la fiesta de Cristo Rey.

Este domingo contemplamos el relato del inicio del ministerio de Jesús y el llamado de los primeros discípulos. Recordemos que en el evangelio de Mateo las escenas precedentes a la que hoy contemplamos son las del Bautismo en el Jordán y las tentaciones en el desierto. Jesús inicia su ministerio después de una doble experiencia fundamental: la confirmación de su identidad como Hijo amado de Dios y la victoria, con la fuerza de la Palabra, sobre las tentaciones del enemigo que pretendían confundirlo en la manera de entender y vivir su identidad de Hijo.

Fortalecido por esta experiencia, después de que apresaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea, a vivir en un poblado llamado Cafarnaúm, junto al lago. La indicación de lugar no es indiferente. Se trata de una periferia, de un lugar de frontera en el que convivían personas de distintas culturas y tradiciones religiosas y que por lo mismo era visto con sospecha por los judíos quienes no veían con buenos ojos el contacto los gentiles, es decir con quienes no pertenecían al pueblo de Israel.

Jesús inicia su ministerio llamando a la conversión porque el Reino de Dios está cerca. La cercanía amorosa de Dios exige en quienes tienen deseo de acogerlo en su vida hacer a un lado todo lo que impide orientar toda la vida hacia Dios. Dicho de otra manera acoger el Reino de Dios exige decidirse por él y decir no a las acechanzas del enemigo que confunde y disuade para que Dios no tenga un lugar en la vida.

Jesús inicia su ministerio, pero no lo realizará en soledad, asocia a otros hombres, a los que llama, en la vida ordinaria, para que lo sigan. Se trata de pescadores, que realizando sus tareas cotidianas escuchan a Jesús que les invita a seguirle para ser «pescadores de hombres».

La metáfora de la pesca es muy interesante. Fijémonos en tres movimientos que están implicados en esta tarea. Pescar implica sacar peces de las aguas, con una red, para que los pescados se conviertan en alimento. Estos tres movimientos bien podrían indicar tres etapas de la vida de todo discípulo de Jesús.

Sacar del agua, es una evocación bautismal. En la mentalidad judía el agua de los lagos y los mares se ve como símbolo del lugar en el que habitan las fuerzas contrarias a Dios. El bautismo implica renunciar a la obra del maligno y decir si a Dios. Lo recordamos cada vez que hacemos la renovación de las promesas bautismales.

La pesca se hace con una red; ésta,  según algunos estudiosos, puede entenderse como un símbolo de la comunidad. Quien ha recibido el anuncio del Reino y se decide por él, como discípulo de Jesús, no lo hace sólo, sino en comunión, con el mismo Jesús y con quienes reconocen a Dios como Padre. El discipulado en comunión los fortalecerá su identidad de hijos de Dios y de hermanos de quienes comparten la misma fe

Se pesca para obtener alimento. El pescado se transforma en fuente de vida. De la misma manera quien ha vencido la seducción del demonio, -sacado de las aguas- y se ha integrado a la comunidad de discípulos –red-, y en ella se forma para alcanzar la estatura de Cristo, lo hace para entregar su vida, para dar vida, tal y como lo hizo Jesús.

En la escena que contemplamos, la pareja de hermanos que recibieron la invitación de Jesús a seguirlo, respondieron de manera inmediata, desprendiéndose de un estilo de vida y de los apegos familiares para hacer el camino de Jesús, no en soledad, sino en comunidad, aprendiendo de Él a vencer la acechanzas del enemigo, a vivir en comunión con Dios, a cumplir su voluntad hasta el extremo de entregar la vida hacerse  alimento «para la vida del mundo».

Volvamos al lugar de la escena: es Galilea. Recordemos que en este lugar donde comienza la historia, también terminará. La última escena del evangelio según san Mateo se localiza en Galilea, es la escena del envío misionero con el mandato de bautizar –sumergir, sacar del agua- para hacer más discípulos anunciándoles con el propio testimonio la cercanía del Reino de Dios y el imperativo de la conversión.

Acostumbrados a leer este relato en clave vocacional, muchas veces pensamos que es la historia de quienes se consagran a Dios para el ministerio sacerdotal o para vivir los consejos evangélicos en la vida consagrada. No. El relato no describe el llamado de Jesús en función de una vocación específica. Es el llamado a ser discípulo, a seguir al Señor. Es el llamado que el Señor sigue haciendo en la vida ordinaria, a gente ocupada, que trabaja; el Señor no llama a gente sin quehacer y mucho menos a gente holgazana; no llama a que lo siga a gente que no le queda de otra porque ha fracasado en la vida.

Jesús nos dirige su palabra para invitarnos a seguirlo, su palabra es eterna, por ello su invitación es constante y espera de nosotros una respuesta permanente; una disponibilidad constante para desprendernos de lo que nos impide seguir con total libertad y entrega. La contemplación de este texto nos permite hacer eco en nuestro corazón de nuestra vocación bautismal –sacados de las aguas-, eclesial –con una red- y pastoral –para entregar la vida por los demás-

Todo el dinamismo vocacional de este relato se condensa en la Eucaristía. Al iniciar la celebración nos reconocemos vulnerables a las tentaciones del enemigo reconociendo nuestros pecados. Escuchamos la Palabra del Señor y hacemos el memorial de su entrega para darnos vida; recordamos su mandato «hagan esto en memoria mía»; alimentándonos de su cuerpo y de su sangre nos incorporamos a Él y formamos un solo cuerpo –comunión- y somos enviados a ser testigos del amor de Dios que es más grande que el poder del pecado y de la muerte.

Leamos  y releamos este pasaje evangélico que nutre, renueva e impulsa nuestra vocación a ser discípulos del Señor.