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El Señor preparará un festín con platillos suculentos

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Adviento

Miércoles de la I semana

Textos

Primera Lectura 

Del libro del profeta Isaías (25, 6-10)

En aquel día, el Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos, y manjares sustanciosos. El arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos, el paño que oscurece a todas las naciones. Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo.

Así lo ha dicho el Señor.

En aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae, porque la mano del Señor reposará en este monte”. Palabra de Dios.

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Mensaje[1]

El Monte Sion, lugar de visiones y de amplios horizontes, donde se capta lo que Dios hace y quiera hacer con su pueblo, es presentado hoy como escenario de un gran banquete festivo en el que Dios es presentado como un rey que reparte sus mejores dones y la comunidad redimida entona un cántico de victoria al Señor.

La obra salvífica de Dios y la liturgia de la comunidad se aúnan en una nueva y maravillosa escena bíblica. El tema son los signos de los nuevos tiempos que trae el Mesías.

La invitación a la fiesta.

Dios se presenta con la grandeza de un rey, que en fiesta de su entronización hace gala de su generosidad: invita a todos los pueblos, y ofrece un banquete abundantísimo, con alimentos de la más alta calidad, manjares frescos y suculentos, vinos añejos y seleccionados.

El escenario es el monto del Señor, allí donde el pueblo se hizo comunidad y donde el conocimiento del Señor comenzó a tejer la paz. Ahora, Dios invita a todos los hombres a hacer de la vida una fiesta y para ello ofrece sus dones de calidad y abundancia. Dios responde a las necesidades humanas y hace que todos queden satisfechos.

Los regalos de la fiesta

Conforme a la costumbre antigua, una vez que comienza la fiesta, , el anfitrión pasa frente a los invitados repartiendo regalos. Así también es Dios.

Las imágenes de la comida abundante, que alcanza para todos, contrastan con el escenario habitual de una humanidad hambrienta y de un mundo en el que los bienes se reparten de manera desigual. Dios viene al encuentro de las esperanzas humanas y va más allá de lo que se espera. No sólo ofrece bienes, sus dones están relacionados consigo mismo y estos, eliminan las necesidades más profundas de la humanidad.

El profeta presenta el efecto de los dones de Dios con el verbo “arrancar” y “destruir”. En efecto: «El arrancará en este monte el velo que cubre el rostro de todos los pueblos» y «arrancará el paño que oscurece a todas las naciones». Con la imagen del velo que se arranca se quiere decir que se descubre el rostro de Dios de manera que pueda ser conocido. Es una invitación a la amistad basada en el conocimiento y el gozo de la contemplación. La destrucción de la muerte significa la vida plena que Dios concede por medio de la comunión con Él, ya no habrá motivos para llorar, no se trata de un consuelo pasajero.

Los canticos de la fiesta

Una vez realizada la comida y repartidos los dones, la comunidad en fiesta irrumpe en cánticos alegres. Unos a otros se invitan a cantar. Se celebra la victoria de Dios sobre los enemigos representados por el pueblo der Moab. En este enemigo, real en la historia de Israel, se simboliza todo lo que causa tristeza, dolor, desconsuelo entre la gente. Es sobre estas realidades que se proclama la victoria de Dios y de su pueblo.

La letra de la primera canción tiene como tema “la salvación” y dice en pocas palabras, que quien era la esperanza ha sido por fin la salvación de su pueblo. La comunidad tiene clara conciencia de lo que es la salvación.

Al final de la canción, aparece una nueva imagen: “la mano de Yahvé”. Es la mano poderosa del Dios de los ejércitos, que combate contra mil manos en la batalla. Los factores generadores del hambre, del dolor, de la muerte y de la tristeza de la gente son muchos, pero no son más poderosos que Dios. La mano que castiga al enemigo es al mismo tiempo una mano tierna y protectora, que cuida con amor a su pueblo.

La profecía se realiza en Jesús

En el relato de la multiplicación de los panes y los peces se celebra la fiesta de la vida que cambia el destino de una humanidad que sufre -lisiados, ciegos, mudos etc.-, que pasa hambre. La cantidad y la calidad de los dones de Jesús son evidentes.

Jesús da pasos concretos ante la realidad de una humanidad sufriente: cura y alivia el dolor; alimenta a una multitud; hace recoger las sobras de la comida, para que haya siempre comida para todos, también para los que no estaban presentes.

Queda de relieve así lo que Dios hace por nosotros. Jesús transforma la vida humana a fondo, sana las penas de cada uno, forma comunidad; es como un pastor que cuida y congrega a su rebaño. Cuando ponemos la vida bajo el cuidado de Jesús hacemos posible el don más grande de toda la Biblia, profetizado por Isaías: «Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo».


[1] Oñoro, F., Los signos del Mesías. Isaías 25, 6-10. CEBIPAL/CELAM.

En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé

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Adviento

Martes de la I semana

Textos

Primera Lectura 

Del libro del profeta Isaías (11, 1-10)

En aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios.

No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre; herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío.

Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura.

Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey.

El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la creatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor.

Aquel día la raíz de Jesé se alzará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones y será gloriosa su morada. Palabra de Dios.

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Mensaje[1]

La visión profética que leemos hoy plantea la posibilidad de un mundo distinto en el que a los viejos e irreconciliables enemigos se les ve hacer amistad, y a cultivar una sana y fructífera convivencia. Es el gran ideal de la reconciliación, de la paz definitiva, de la humanidad querida por Dios.

Este sueño es una de las realizaciones del Mesías, lo dice Isaías: «brotará un renuevo del tronco de Jesé». En él retoña como un árbol después de mucho tiempo de sequía una nueva humanidad. En el Mesías, Dios retoma desde la raíz su proyecto sobre el mundo. La venida del Mesías devuelve la esperanza de un mundo sin guerras y de un nuevo proyecto de humanidad.

¿Cómo se realizará esto? Isaías nos lo dice: «No harán daño ni estrago por todo mi monte santo», desde el monte consagrado por la presencia de Dios, en comunión con Él, se ve cómo hace surgir el mundo nuevo que no alcanzamos a vislumbrar por la estrechez de nuestros horizontes.

Desde la altura, es posible contemplar las maravillas que Dios realiza con el surgimiento de un retoño, sobre el que se posa el Espíritu del Señor, haciéndolo surgir como un líder íntegro y justo, que mediante la justicia conseguirá la paz, acabando con la violencia, convirtiéndose así en “bandera” de todos los pueblos. Veámoslo detalladamente

Del tronco de Jesé brota un retoño.

Sobre la tierra semiárida de Palestina, hay una transformación del paisaje de la creación y de la humanidad: «brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz». La promesa de Dios da vida al tronco de la historia de la salvación. Los orígenes del Mesías, descendiente de David son humildes, pero en él actúa Dios. El viejo árbol no ha muerto; la vida de Dios está en él, no ha muerto aunque no se note y Dios la vuelve a manifestar.

El Espíritu se posa sobre el retoño de David.

Desde los cuatro puntos cardinales soplan los vientos dando vitalidad al retoño: «Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y temor de Dios». Es el espíritu que hizo posible la creación y que hizo surgir líderes para Israel. El Espíritu del Señor es Espíritu de sabiduría e inteligencia, que da al mesías la capacidad de percibir la realidad como Dios la ve, con mirada de justicia u de verdad; es Espíritu de consejo y fortaleza, que se relaciona con el criterio para el buen gobierno y con el valor para emprender las acciones propias de su responsabilidad, ya que no es suficiente ver lo que hay que hacer sino que es necesario, ante todo, ponerse en acción sacando adelante los proyectos; es Espíritu de conocimiento y de temor del Señor, que propicia una actitud de profunda humidad ante Dios porque es el Señor quien verdaderamente lo sabe y lo puede todo.

Surge un líder íntegro y justo

Con la vitalidad del Espíritu el retoño surge vigoroso, cómo un líder íntegro para hacer justicia a los pobres de la tierra: «No juzgará por apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre; herirá al violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al impío. Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura». Cuando entra en acción, el Mesías se pone del lado del desprotegido, de aquél a quien le son negados sus derechos. Sus criterios de juicio no son las habladurías. Él, con la fuerza de su palabra pondrá en evidencia al culpable y hará justicia poniendo en su lugar a quienes hacen imposible la paz, a quienes generan división y discriminación porque actúan siempre privilegiando sus propios intereses. Cuando lo logra se reviste con las insignias reales de la justicia y de la verdad.

Se instaura un nuevo estilo de vida: la no-violencia

La justicia genera paz y reconciliación entre quienes en la tierra son irreconciliables: «Será la justicia su ceñidor, la fidelidad apretará su cintura. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se echará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un muchachito los apacentará. La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas. El león comerá paja con el buey». Este nievo estilo de ida ya no depende del impulso natural o de la venganza o dominio sobre el otro, sino de una fuerza interna que lleva a respetar y a amar promoviendo la vida, se simboliza con la reconciliación de los animales salvajes con los animales domésticos. Se anuncia la reconciliación del mundo, entre los animales, entre los hombres y con Dios: «así está lleno el país de la ciencia delSeñor».

El Mesías es la “bandera” de los pueblos

Además del monte Sion, el vástago se vuelve estandarte que responde a las búsquedas de todos los hombres de la tierra: «Aquel día la raíz de Jesé se alzará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones y será gloriosa su morada». La profecía no pierde de vista la persona del Mesías. El tronco de Jesé retoñado aparece visible, como una bandera. Junto al Mesías, los pueblos no combaten entre si, sino que se unen a la única batalla que vale la pena librar juntos: la promoción de la vida y de la fraternidad. Los paganos que buscaban a Dios en lo alto del monte Sion, ahora lo buscan en el sucesor de David. La mirada gloriosa del Mesías es el punto de encuentro de todas las naciones que buscan a Dios y a su justicia. Sólo en Dios se encuentra reposo, se realizan y alcanzan plenitud todos los proyectos humanos.

La profecía se realiza en Jesús

Jesús es el Mesías que realiza lo anunciado por el profeta. Lo reconocemos porque sobre él se posa el Espíritu Santo con el don del gozo y del conocimiento de Dios. Los pequeños en su sencillez se abren ante la Palabra que trasmite el  “conocimiento” de “quién es el Padre” y “quién es el Hijo”; la Palabra les llega por boca de los predicadores. 

En la Buena Nueva de Jesús se realiza lo que el profeta Isaías anunció pero no vio y lo que los gobernantes de la tierra quisieron lograr pero no consiguieron.


[1] Oñoro, F., Segunda realidad mesiánica: el Mesías que viene, CELAM/CEBIPAL.

Subamos al monte del Señor… para que él nos instruya en sus caminos

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Adviento

Lunes de la I Semana

Textos

Primera Lectura

Lectura del libro del profeta Isaías (2, 1-5)

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén: En días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas, y hacia él confluirán todas las naciones.

Acudirán pueblos numerosos, que dirán: “Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”.

El será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra.

¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor. Palabra de Dios.

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Mensaje[1]

La invitación del Adviento es dedicar un poco mas de tiempo a la escucha de la palabra de Dios para que “él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas”.

Durante el Adviento, en la liturgia, la voz del profeta Isaías (s. VIII a. C) se deja oír para remover las conciencias; quiere darnos una nueva visión del proyecto de Dios en el mundo. Sus profecías nos llevarán de la mano en este itinerario espiritual para recorrer el camino que va de la oscuridad a la luz, es decir, de los miedos, sufrimientos y angustias que causa el mal en la humanidad al anuncio gozoso de la obra que Dios realiza en la historia con la llegada de su Mesías.

En el momento que vivimos uno de los más grande anhelos de la humanidad es la salud y la paz. Nuestro mundo está enfermo y es conflictivo. Sobre la oscuridad de una pandemia, de la guerra, la división, la violencia, la destrucción de la vida humana y del medio ambiente, la voz del profeta ofrece un horizonte de esperanza: «¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor»

Veamos algunos aspectos relevantes de la profecía de Isaías que leemos hoy:

PRIMERO. La humanidad es convocada para pensar su historia desde otro punto de vista. La profecía de Isaías inicia con una hermosa imagen: un monte firme, que domina todo el paisaje, al que concurren procesionalmente ríos de gente que lo escalan por todos sus costados.

Los peregrinos no son sólo israelitas, sino la humanidad entera: «hacia él confluirán todas las naciones».

El punto de convergencia de la humanidad peregrina es el monte Sion, coronado por el Templo del Señor. Desde el monte, altura geográfica y espiritual, se ve el mundo con los ojos de Dios y no con desde los intereses egoístas humanos.

SEGUNDO. Los peregrinos cantan su deseo de aprender la Palabra de Dios. Descrito el paisaje, el profeta poeta nos ofrece un canto con el que los peregrinos se animan unos a otros a caminar, a subir el monte santo: «Vengan, subamos al monte del Señor».

La frase expresa el propósito de la peregrinación, la atracción irresistible que ejerce sobre ellos el monte del Señor. La subida es impulsada por el deseo de ser educados por Dios, iniciar una nueva vida según sus criterios, escuchando y viviendo su palabra: «para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas».

TERCERO. Las diferencias se diluyen en un proyecto común de fraternidad. El efecto de aprender la Palabra de Dios es que los distintos pueblos dejan sus diferencias y se transforman en un solo pueblo reconciliado.

Hay un doble movimiento: La atracción hacia Dios, expresada en la subida al monte santo, se transforma en irradiación hacia el mundo. La gente que baja ha vivido un cambio que se proyecta en la vida y se reconoce como perteneciente a un solo pueblo:

  • Por la experiencia de Dios, vivida en la obediencia a su palabra y no por la soberbia humana que excluye a Dios del proyecto de la vida,
  • Por la comprensión entre si y no por la fragmentación de lo que defienden sus propios proyectos e intereses.
  • Por el crecimiento de todos por igual y no por la competencia que genera dominaciones.

En el monte, todos se vuelven comunidad. La historia es camino hacia la plenitud de la vida que supera las contradicciones históricas del exterminio de los adversarios; es el camino de una humanidad que trabaja solidariamente para generar las condiciones necesarias para su bienestar.

Este pueblo unido por la experiencia de la Palabra camina, realizando una gran peregrinación, que le hace ascender, no geográfica sino espiritualmente. Delante de Dios se hacen alianzas, pues se encuentran motivos de entendimiento y para generar proyectos comunitarios que promueven la vida y el crecimiento de todos. La justicia de Dios genera paz.

El profeta lo describe con dos imágenes poderosas:

«De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas» Los instrumentos de exterminio y de muerte se transforman en instrumento de trabajo comunitario agrícola, es decir, para generar el alimento que sostiene la vida y genera la comunión familiar.

«Ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra». Se llega a la decisión de nos destruirse más entre ellos mismos, ni dar espacio a los campos de entrenamiento militar.

Este es el nuevo pueblo de Dios, proyectado ya desde el Antiguo Testamento. Un pueblo que no camina a la luz de intereses egoístas que generan toda clase de confrontaciones, sino a la luz del proyecto de Dios que es el de la comunidad que se construye en la fraternidad.

La profecía se realiza en Jesús.

En torno a Jesús y a su Palabra es posible la comunidad que se construye a la luz del proyecto de Dios.

El evangelio de hoy nos presenta al centurión romano que busca a Jesús. Es el paso firme de un extranjero que empieza a subir el monte de la justicia y de la paz. Es un soldado, viene de lejos, ha hecho el juego de la guerra pues esta al servicio del sometimiento imperial de los pueblos, mediante la opresión.

El centurión es un peregrino que viene en busca de la Palabra de Jesús que sana. Frente a Jesús, se supera la diferencia entre patrón y criado. Con el paso de la fe su peregrinación lo lleva a ubicarse en el corazón del Reino de los Cielos que irrumpe en la persona y en el ministerio de Jesús.


[1] Oñoro F., Un pueblo congregado que inaugura un nuevo tiempo, CEBIPAL/CELAM.