Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¿Cuál es el mandamiento más grande de la ley?

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jesus en el templo Tiempo Ordinario

Viernes de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 34-40)

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él.

Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se encuentra todavía en el templo. La confrontación con los fariseos se vuelve cada vez más áspera. El contexto del evangelio de hoy está marcado por la voluntad de los fariseos de tender una trampa más a Jesús para obligarle a tomar posición frente a un tema religioso, como ya intentaron hacer con la cuestión del tributo al César y, posteriormente, los saduceos con el problema de la resurrección de los muertos.

Señala Mateo que los fariseos se habían reunido para decidir el argumento; el que interviene es, por consiguiente, su portavoz. El objeto de la pregunta está tomado de un debate que era de actualidad en las escuelas rabínicas: ¿cuál es, entre todos, el primero de los mandamientos? Quieren conocer la opinión del nuevo maestro sobre cuál es el principio que inspira la ley. Nada más simple y correcto, a primera vista.

La respuesta de Jesús está montada sobre dos citas: una tomada del Deuteronomio (6,5) y otra del Levítico (19, 18). Esos dos textos constituían el corazón de la espiritualidad del pueblo de Israel. El primero, el mandamiento del amor total a Dios, estaba escrito en las jambas de las puertas, bordado en las mangas, y era recitado por la mañana y por la noche, para que estuviera siempre presente en el ánimo del creyente, como celebración continua de la alianza. El auditorio no podía dejar de estar de acuerdo.

La novedad que aporta Jesús se encuentra en el vínculo entre el amor a Dios ·y el amor al prójimo, a los que declara inseparables y de igual importancia. Por otra parte, está la relación del mandamiento del amor con toda la revelación bíblica de la voluntad de Dios con su pueblo; los dos mandamientos constituyen el punto de apoyo, el centro de donde brota todo lo demás, el que ilumina, purifica y transforma todo.

Una ley tiene valor si está penetrada por el amor. Las buenas obras tienen valor en la medida en que son obras de amor a Dios y al prójimo. Eso es lo que proclamaban los profetas cuando llamaban a la conversión del corazón. Jesús lo puede afirmar porque «conoce al Padre» . Él no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento; por consiguiente, es su intérprete autorizado y el realizador de la ley de vida expresada en la voluntad del Padre. Lo mostrará en su entrega en la cruz. El conflicto se convierte, una vez más, en lugar de revelación y en acontecimiento formativo para los suyos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 145-146.

Muchos son los llamados y pocos los escogidos

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banquete de boda Tiempo Ordinario

Jueves de la XX semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (22, 1-14)

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la ‘desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Señor continúa enseñando mediante parábolas. Y habla de un rey que celebra el banquete de bodas de su hijo. Es la invitación a la salvación que el Señor continúa haciendo a todos los pueblos y a cada persona. Por desgracia muchos hoy rechazan esta invitación. Pero el rey no se resigna; tanto desea nuestra salvación que continúa llamando a la puerta de nuestro corazón. De hecho, envía a nuevos siervos, es decir, continúa haciendo resonar la predicación evangélica.

La invitación de los siervos del rey recibe el rechazo por respuesta. Entonces el rey, indignado, envía al ejército para exterminar a aquellos asesinos y destruir sus bienes. En realidad la atención excesiva por nuestros bienes nos sitúa en una competición en ocasiones tan despiadada que nos lleva a la destrucción recíproca.

Pero el rey no se rinde y envía de nuevo a sus siervos a llamar a cuantos encuentren para invitarlos al banquete de bodas. Ese es el sentido de la universalidad de la invitación evangélica: todos los hombres, todos los pueblos están llamados a recibir la salvación. Pero esta vez la invitación es acogida y la sala se llena de comensales.

El Evangelio dice que se invitó a buenos y malos. Parece como si a Dios no le interese cómo somos; lo que quiere es que estemos ahí. En aquella sala están todos. Si nos guiamos por otras páginas del Evangelio, más bien se diría que los pobres y los pecadores, las prostitutas y los publicanos, preceden a los justos a la hora de entrar.

En cualquier caso, quien llega es acogido. A primera vista en aquella sala no se puede distinguir a los santos de los pecadores, a los puros de los impuros. Y el rey, que lee lo que tenemos en el corazón, percibe si llevamos o no «el traje de boda», o sea, el vestido de la misericordia. Es un vestido que todos debemos ponernos, para recordar que la misericordia cubre un gran número de pecados. La falta de amor y de misericordia hacen que la vida sea ya ahora un infierno. Por el contrario, el amor y la misericordia abren las puertas del cielo ya en esta tierra.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 322-323.

¿Vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?

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Jornaleros Tiempo Ordinario

Miércoles de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (20, 1-16)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña.

Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’.

Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’.

El les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’.

Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno.

Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’. Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia.

¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti.

¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’. De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”. Palabra del Señor

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El marco de referencia de la parábola es la misión de Jesús siguiendo el mandato recibido del Padre. Él, como peregrino, está realizando su «camino» hacia Jerusalén, donde tendrá lugar «su hora». El Maestro, con fino arte pedagógico, partiendo de una experiencia que está a la vista de todos, quiere revelar una vez más el verdadero rostro de Dios, rico en misericordia y bondad.

La experiencia es la del dueño que se acerca al lugar de reunión de los pobres que esperan que alguien en busca de obreros los contrate para su viña. En función de la necesidad, llama en diferentes horas, desde muy de mañana hasta media tarde. Ya había convenido con los primeros el salario de la jornada, pero a los últimos les paga lo mismo. Y este comportamiento del dueño suscita una reacción de queja: ese comportamiento no es aceptable, es injusto.

El diálogo pone de manifiesto el verdadero problema: en el fondo, no es la cuestión del salario lo que irrita a los obreros que se quejan, sino el verse equiparados a los últimos. Se quejan, por envidia, de la «bondad» del dueño. Ése es el verdadero objeto del conflicto.

La parábola cuenta la experiencia de Jesús, que acoge y llama a los pecadores, a los publicanos, a las prostitutas, a los que andan por las calles y las plazas: todos ellos están invitados a entrar en el Reino de Dios, como los fariseos y los maestros de la Ley. Pero éstos, los primeros que fueron contratados para trabajar en la viña, no se quedan; se sienten superiores, se quejan, se niegan por envidia y por celos. Es el misterio del corazón endurecido.

Son como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo o de la misericordia, que no comprende a su padre y no acepta que perdone al hermano que se había ido y había dilapidado los bienes de su padre. Jesús prosigue mostrando con esta parábola la acción amorosa y salvífica de Dios. Presenta el nuevo mensaje formativo para los suyos.

No olvidemos que Jesús está en camino hacia Jerusalén. Quiere preparar a sus discípulos para entrar en la visión del Padre y para que hagan suya la lógica del amor universal. Inmediatamente después de esta parábola, Mateo coloca el tercer anuncio de la pasión. Jerusalén, en efecto, va a ser el lugar de la plena manifestación del amor de Dios, el lugar donde el agapé divino, destruyendo todo muro de división, se convierte en el principio vital de una nueva solidaridad entre todos, a la manera de la Trinidad. Ya no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos y obreros corresponsables en la viña del Señor, la humanidad.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 127-129.