Ecos de la Palabra

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Bienaventuranzas

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sermon llanura Tiempo Ordinario

Domingo de la VI semana  – ciclo C

Textos

 + Del evangelio según san Lucas (6, 17. 20-26)

En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón.

Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este domingo la liturgia nos presenta las Bienaventuranzas en la versión del evangelio según san Lucas. La otra versión la encontramos en el evangelio según san Mateo.

La bienaventuranza es una expresión común en la Escritura y se refiere a la felicidad que está reservada al creyente que vive situaciones concretas y asume comportamientos específicos; por ejemplo, en los Salmos se llama dichoso a «quien encuentra alegría en la enseñanza del Señor y la medita día y noche» (1,2), a «quien socorre al indefenso» (41,2) y a «quien actúa con justicia y practica siempre el derecho» (106,3).

Jesús proclamó en su predicación distintas bienaventuranzas: «Dichoso el que no encuentra en mí motivo de escándalo» (Mt 11,6; Lc 7,23), «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28), «Dichosos aquellos siervos a quienes el Señor encuentre vigilando a su llegada» (Lc 12,37); sin embargo hay dos textos clásicos de Las Bienaventuranzas uno en el evangelio según san Mateo y otro en el de san Lucas,.

Estos dos textos, aunque tienen similitudes tienen también marcadas diferencias. Las bienaventuranzas de Mateo dan inicio al llamado Sermón de la Montaña, las de Lucas, al Sermón de la llanura; Mateo se dirige a una comunidad judía de gente pobre y le interesa presentar a Jesús como el nuevo Moisés y cuando se refiere a la pobreza, pone el acento en la pobreza de espíritu, advirtiendo con ello que hay pobres con corazón de rico y proponiendo la pobreza como estilo de vida por el que se puede optar; por su parte Lucas se dirige a una comunidad mixta, algunos de sus interlocutores provienen del judaísmo y otros provienen de pueblos considerados paganos; además es una comunidad en la que hay contrastes entre ricos y pobres, por ello, al referirse a la pobreza y a la riqueza lo hace en sentido literal, sin matices.

Desde el inicio del evangelio, Lucas se ocupa del contraste y oposición que existe entre la riqueza y la pobreza. En el cántico del Magníficat, en labios de María ya nos había dicho que Dios «derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los sacia y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 52-53). Más delante, justo en la escena de la sinagoga de Nazaret que consideramos hace dos domingos, el evangelista presenta a Jesús como el Ungido por el Espíritu y enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, los cautivos, los ciegos y los oprimidos y a todos, el año de gracia del Señor (cf. Mt 4,18)

El año de gracia del Señor, entendido en el contexto de la tradición jubilar del pueblo judío, es una oportunidad para restablecer la armonía con Dios, con el prójimo y con toda la creación; este horizonte de la misión de Jesús nos da una pista importante para interpretar sus bienaventuranzas y las malaventuranzas o ‘ayes’ que caracterizan el texto lucano.

En este mismo sentido, otra pista para la interpretación correcta de este texto evangélico nos la ofrece la lectura del Antiguo Testamento que le sirve como telón de fondo en el contexto litúrgico. EL texto de Jeremías distingue al hombre que pone su confianza en Dios caracterizándolo como un árbol plantado junto al río, del hombre que confía en si mismo, al que caracteriza como un cardo en la estepa que vivirá en la aridez del desierto (cf. Jer 17, 5-8)

En este horizonte religioso “las bienaventuranzas de Lucas desestabilizan la escala de valores que predomina en la sociedad. Jesús aporta una nueva comprensión de la existencia, muy distinta de la que ofrece nuestro mundo. Coloca a los discípulos y nos coloca a todos, ante una alternativa de felicidad/desgracia, invirtiendo los valores de la sociedad.”[1]

¿Quiénes son felices?

Las tres primeras bienaventuranzas de Lucas, son variaciones del mismo tema; un tríptico que declara «felices» a los pobres, a los que «ahora pasan hambre» y a los que «ahora lloran» porque su situación cambiará radicalmente con el advenimiento del Reino, en el que los hombres y mujeres se convierten a Dios y al mismo tiempo que ponen orden en su relación con los bienes de la creación a los que no puede endiosar porque son medios y no fines, ponen también orden en su relación con el prójimo, al estilo de Jesús y como el buen samaritano a quien el mismo Lucas presentará más adelante como modelo de amor al prójimo (Lc 10, 29-37).

Lucas habla de pobres ‘a secas’, sin matices. Con ello hace referencia a las personas que “de una u otra forma sienten que sus vidas están aplastadas y para las cuales el vivir se convierte en una pesada carga, sea por la pobreza material, sea por la indefensión social, sea por la ignorancia e incultura, sea por el desprestigio social o la discriminación en cualquiera de sus formas, sea por su debilidad física o mental.”[2] El mismo Lucas presenta en su evangelio varios ejemplos de estos pobres que representan a la humanidad más necesitada y humillada, la más desprotegida e indefensa, la menos desarrollada y también a la que es perseguida y odiada simplemente por haber puesto su confianza en Jesús y denunciar con su testimonio de vida que una sociedad construida sobre los cimientos de hombres y mujeres hartos de si mismos va a la ruina.

¿Por qué son felices?

Jesús no proclama felices a los pobres por el hecho de serlo, ni tampoco presenta la pobreza como el ideal a vivir. Jesús mismo se rodeo de hambrientos y enfermos para darles de comer y para curarlos. La dicha o felicidad de los pobres radica en el hecho de que para ellos ya ha llegado el reino de Dios; son dichosos porque el Reino les pertenece, porque tienen a Dios por Rey. Jesús no les promete la felicidad, los declara felices.

«Reino de Dios», «Reino de los cielos», «tener a Dios por Rey», no son expresiones que indican el destino del creyente en ultratumba. EL rey, entre los semitas, era la persona que hacía justicia y defendía la causa de los débiles. Tener a Dios por Rey es tenerlo como defensor y protector, como aliado y salvador. El Reino de Dios se dejará sentir en los ambientes humanos en donde haya personas que tengan a Dios por Rey y lo hagan presente como defensor y protector de quienes ponen su esperanza en Él.

El lugar desde donde Jesús proclama las bienaventuranzas en Lucas es un llano, no un monte como en Mateo; simbólicamente Jesús se ubica en el mismo lugar o plano en el que se halla la sociedad construida a partir de falsos valores de riqueza y poder; el Reino se propone así como levadura que se mezcla en la sociedad para hacerla fermentar.

Mientras el Reino de Dios fermenta los grupos humanos, continuará habiendo pobres, hambre, sollozos y persecución, pero la esperanza de que las cosas pueden ser distintas anima a los discípulos de Jesús a vivir con una nueva mentalidad. Los hartos y satisfechos de si mismos que a su vez busquen mantener la injusticia para asegurar su posición privilegiada con sus mismas acciones labran su destrucción.

Las bienaventuranzas no son la recompensa de Dios a quien se ha portado bien y se ha esforzado por llevar una vida ordenada. Son la declaración de que Dios se pone de parte de los pobres, de los hambrientos, de aquéllos a quienes la vida depara penas y llanto, de los que sufren persecución por causa de Jesús y del evangelio; no porque sean mejores o más virtuosos, sino porque la situación inhumana que viven es insoportable para Dios que no soporta la opresión pues es un Dios de vida y justicia, de verdad y misericordia.

Dios no quiere la pobreza; para Jesús la pobreza y la miseria es algo escandaloso que va contra el querer de Dios; sus discípulos deben rechazarla y combatirla y cualquier esfuerzo que se haga es un paso que hace avanzar el Reino de Dios. Un esfuerzo laudable es el que cada quien realiza liberándose del ansía de poseer para llevar una vida más austera. El camino para conseguir la felicidad es inverso al que propone la sociedad de consumo en la que vivimos.

 

 

[1] F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, p. 210.

[2] Ibid. p. 211.

Pescador de hombres   

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Pesca milagrosa Tiempo Ordinario

Domingo de la V semana – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (5, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos.

Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido.

Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”: Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Los textos de Lucas que leímos los dos domingos anteriores nos presentaron el inicio del ministerio de Jesús en Nazaret; en la Sinagoga, Jesús leyó la Palabra de Dios escrita en el profeta Isaías y anunció el cumplimiento, en su persona, de las promesas de Dios. Quienes escucharon a Jesús no aceptaron el anuncio de un Dios distinto al que ellos concebían y lo rechazaron, al grado de querer despeñarlo desde una barranca. A pesar del rechazo radical, Jesús permanece fiel a su misión de anunciar la Buena Nueva del Reino en Cafarnaúm y en las sinagogas de Judea.

En el texto de este domingo, Lucas narra el inicio de la misión de Jesús en Galilea. El primer paso es el llamado de Simón Pedro y sus compañeros para ser sus  colaboradores en la misión. Fijémonos en algunos detalles.

El primer detalle del relato que hay que considerar es que todo parte de la iniciativa de Jesús: es él quien ve dos barcas, escoge la de Simón y sube a ella; pide a Simón que se aleje de tierra para poder hacerse escuchar; enseña a la multitud; ordena a Simón remar mar adentro; provoca una pesca milagrosa; hace una promesa Simón que tiene como respuesta el seguimiento de Simón y de algunos de sus compañeros.

Un segundo detalle es el contraste en la actitud de la gente que escucha a Jesús con la actitud de quienes lo habán escuchado en la sinagoga. La gente “se agolpaba sobre él”, tenía, como solemos decir, hambre de la Palabra de Dios. Entonces, Jesús ve las dos barcas, sube a la de Simón y le pide que tome un poco de distancia para hacerse oír por la multitud. Se entiende que Simón escucha la predicación de Jesús.

Jesús pide a Simón remar mar adentro y echar las redes al mar. A la palabra de Jesús corresponde la palabra de Simón, que seguro de sí mismo, pues es conocedor del oficio y además ha intentado pescar toda la noche, sabe la dificultad de pescar a aquella hora y de hacerlo con éxito: «hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada». Simón estaba cansado, no lo había comprendido todo, pero las enseñanzas de Jesús lo habían impresionado fuertemente. Y obedeció. Obedecer no comporta siempre comprender completamente; obedecer requiere confianza.

Ante la pesca abundante, Simón pasa de la afirmación de si mismo a la afirmación de Dios; había llamado a Jesús tratándolo como «Maestro»; al darse cuenta de que se encuentra ante un prodigio, ahora se dirige a Jesús llamándolo «Señor», título que se reserva a Dios y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!»

A este respecto, recordemos la enseñanza de Benedicto XVI: «el encuentro auténtico con Dios lleva al hombre a reconocer su pobreza e insuficiencia, sus limitaciones y su pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida del hombre y lo llama a seguirlo. La humildad de la que dan testimonio Isaías, Pedro y Pablo invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propias limitaciones, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y seguir “dejándolo todo” por él con alegría. De hecho, Dios no mira lo que es importante para el hombre: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1S 16, 7), y a los hombres pobres y débiles, pero con fe en él, los vuelve apóstoles y heraldos intrépidos de la salvación.»[1]

Simón ha creído en la Palabra de Jesús y confiado en esa Palabra se arriesga a una empresa que desde el punto de vista humano, es descabellada. Simón lo hace con una declaración de confianza en el poder de la Palabra de Jesús: «confiado en tu palabra, echaré las redes.» El poder de la Palabra de Jesús se constata inmediatamente: «cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían

Simón y sus compañeros admiten que la eficacia de la pesca no proviene solamente de sus fuerzas; sin el “Señor”, su trabajo habría sido infructuoso; escuchando su Palabra y haciendo su voluntad, ellos se convierten en servidores eficaces del Reino de Dios.

Ante Jesús, reconocido como Señor, Simón se reconoce como un pobre pecador, reconociendo así su indignidad. El encuentro con Jesús lleva a Simón a descubrir su propia verdad. Un excelente ejemplo que ayuda a entender lo que es el camino camino penitencial como itinerario de confrontación de la propia verdad con la luz de la Palabra del Señor.

Jesús no hará caso de la solicitud de Simón de de “apartarse”, más bien hará lo contrario, invitándoles a asociarse a su misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»

El símbolo con el que Jesús describe la misión es muy importante; podemos hacer una triple consideración: la primera nos remite a Jeremías que en el capìtulo 16 de su libro dice al pueblo disperso después del exilio «yo mandaré muchos pescadores, que los pescarán», con lo que se delinea la misión apostólica en término de congregar al pueblo, formar comunidad. La segunda, nos lleva a la acción de “sacar del agua”, que al mismo tiempo tiene connotación bautismal y de rescate del poder el maligno. La tercera nos lleva al sentido de la pesca, pues aunque en la práctica pescar significa matar al pez para ser comido y con ello dar vida, Lucas cambia el término y el que utiliza indica “sacar con vida”, lo que nos hace pensar en recibir la vida, para entregarla, como Jesús, y con ello dar vida a los demás.

El relato concluye presentando a Simón y a sus compañeros, llevando a tierra las barcas, dejándolo todo y siguiendo a Jesús. En el seguimiento de Jesús el desprendimiento y la confianza en el Señor serán fundamentales. Ser discípulo significa ir detrás del Señor, desde Galilea a Jerusalén y finalmente hasta Dios. El discipulado toma forma de camino, de viaje, de itinerario, que hay que recorrer, en compañía, siguiendo a aquél cuya Palabra ha cautivado, movido al desprendimiento y suscitado una gran confianza.

 

 

[1] Benedicto XVI, Angelus del 7 de febrero de 2010.

Amor para todos

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jesc3basenlasinagoga

Tiempo Ordinario

IV Domingo  – Ciclo C

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (4, 21-30)

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que ustedes acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra.

Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Este Domingo continuamos la contemplación de la escena que consideramos la semana pasada. Jesús está en la sinagoga de Nazaret, ha leído la lectura y para sorpresa de todos, al comentarla, se la ha apropió. Hoy contemplamos las reacciones.

La luz de la Palabra

Quienes escuchan a Jesús se maravillan, «le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios», pero inmediatamente se activó en ellos el deseo de tener en exclusiva los beneficios de que el Ungido del Señor fuera un paisano, el hijo de José.

Jesús no es ingenuo. Sabe que sus paisanos al reconocerlo como hijo de José escondían una intención manipuladora «Seguramente me dirán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’ y haz aquí, en tu propia tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm».  Por ello  pone al descubierto este dinamismo posesivo de sus paisanos que es contrario al plan de Dios.

Dios no envió a los profetas a hacer favores o servicios a sus familiares y amigos y para que les quedara claro les recuerda el testimonio de dos profetas muy queridos para el pueblo de Israel: Elías y Eliseo.

Elías, que vivió en un tiempo en el que el cielo estuvo cerrado tres años y seis meses, y en el que se produjo una tremenda carestía, cuando tuvo necesidad de sustento no fue enviado a una mujer israelita, sino a una viuda de un país pagano, Sarepta de Sidón. Y obtuvo de Dios un gran milagro para esta viuda.

En el caso de Eliseo, el testimonio se refiere a lo que aconteció con Naamán el Sirio. Este jefe del ejército del rey de Aram, había contraído la lepra y fue enviado por el rey de Siria al rey de Israel. Cuando Eliseo tuvo conocimiento le hizo bañar siete veces en el río Jordán y Naamán quedó curado de la lepra.

Jesús pretende que sus paisanos renuncien a una actitud posesiva y abran sus corazones a la dimensión universal del plan de Dios. No pueden vivir pretendiendo que la bondad de Dios sea sólo para ellos, esperando sólo recibir sus beneficios y negándose no sólo a compartir sino también a hacer algo por los demás. Sin embargo, no aceptan sus enseñanzas; al verse desenmascarados se indignan contra Jesús y quieren destruirlo: «Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo»

Cuando la tendencia posesiva en una persona se ve contrariada, ésta se transforma en odio y en agresividad. Una amor posesivo contrariado fácilmente se vuelve agresivo, destructivo e incluso criminal.

Jesús no cayó en su juego. No se dejó intimidar, ni coaccionar. Mantuvo su libertad y su decisión de permanecer en la misión para la que había recibido la unción del Espíritu: llevar a todos la buena nueva del amor misericordioso de Dios en las circunstancias concretas de la vida. Por ello «pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí».

Ilumina nuestra vida

A la luz de este evangelio podemos revisar las tendencias posesivas de nuestro amor. Nuestras inseguridades nos hacen aferrarnos a las personas que nos significan seguridad, que nos dan estabilidad, que nos brindan protección o alguna satisfacción. Cuando estas inseguridades se activan y se experimenta la amenaza de que aquello que creemos que es sólo nuestro será también para los demás la agresividad es la primera reacción.

Todo tipo de amor puede convertirse en posesivo. Comenzando por el amor materno. Cuando esto sucede es el mayor obstáculo para la educación de los hijos y en la vida de estos cuando son adultos.

Es necesario abrir el corazón, aprender a no ser envidiosos ni celosos, a tener una actitud que corresponda al plan de Dios. Dios es amor, un amor generoso hasta el extremos, que se entrega sin cálculos, sin cansancio. Y nuestro amor ha de ser como el de Dios, por ello nos ha hechos hijos suyos y nos ha dado su Espíritu.

Este domingo tenemos la posibilidad de enriquecer esta reflexión con el texto paulino de la segunda lectura, el conocido himno del amor que dice precisamente que el amor autentico no tiene envida, sino que es generoso y se alegra con el bien hecho a otros.