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Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XIV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 1-12. 17-20)

En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’ . Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.

Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten.

Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que leemos este domingo, lo podemos ver formando un díptico con el del domingo anterior, en el que Jesús insistió en la libertad que requiere el discípulo para seguirlo.

Hoy entendemos el sentido de esta libertad en el envío a la misión y comprendemos la insistencia actual de la Iglesia en que identifiquemos nuestra condición de discípulos con la de misioneros; esta doble condición que es inseparable una de la otra, exige de nosotros, por un parte la libertad para el seguimiento y, por la otra, disponibilidad para la misión; ésta no se realizará con criterios propios, sino con los criterios que Jesús da a quienes envía.

El contexto

El tema de la misión es una de las preocupaciones del evangelista san Lucas. ¿En qué consiste? En la realización del proyecto de salvación que Dios tiene para la humanidad; que fue anunciado por los profetas, realizado por Jesús, en su vida, ministerio y pascua y que se extiende a todos los confines del mundo por medio de la Iglesia, que tiene como misión el anuncio del evangelio.

Hay dos fuerzas que impulsan a Jesús en el cumplimiento de su misión: la pasión por el Reino y su fidelidad al Padre. La pasión por la misión y las actitudes requeridas para realizarla, Jesús las transmite a sus discípulos, que serán sus enviados. Jesús dedica mucho tiempo y esfuerzo a formar a sus discípulos en la misión y para la misión; cuida todos los detalles; y así como hay exigencias para el seguimiento -como vimos el domingo pasado- hay exigencias para la misión.

Jesús educa para la misión en el camino, en el rimo de ir y venir, de salir de la comunidad y volver a ella, de interiorizar y anunciar.

La comprensión del texto que contemplamos nos pide no perder de vista algunos detalles. Primero, Jesús y sus discípulos están de camino, van rumbo a Jerusalén; Jesús había advertido a quienes querían seguirlo la necesidad de dejarlo todo para anunciar el Reino, tarea en la que debían concentrarse totalmente, como el labriego que empuña el arado.

El texto

Para comprender nuestro texto lo dividiremos en cuatro partes. Primera, el envío de un amplio número de misioneros; segunda, criterios para realizar la misión;  tercera, los ámbitos de la misión y cuarta, el regreso de la misión.

  1. El envío de un amplio número de misioneros

Leemos en el pasaje que contemplamos: «Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir

Esta versículo nos da dos indicaciones preciosas para entender la misión impulsada por Jesús y por las primeras comunidades cristianas y que son válidas para leer a contraluz los criterios con los que realizamos hoy la misión de evangelizar.

Primera indicación: la universalidad de la misión

Lucas es el único evangelista que menciona la misión de los setenta y dos; lo hace en consonancia con una de sus preocupaciones, que se hace más explícita en el libro de los Hechos de los apóstoles: la universalidad de la misión.

El número setenta y dos corresponde al número de las naciones paganas de las que da noticia el capítulo décimo del libro del Génesis, en donde se agrupan los pueblos que nacieron, después del diluvio, de los hijos de Noé, a partir de los cuales «se dispersaron los pueblos por la tierra después del diluvio» (Gn 10, 32).

Si el anuncio del evangelio debe llegar a todos los pueblo, es imposible que puedan realizarlo sólo los doce apóstoles; la misión será llevada a cabo por otros discípulos, que estarán siempre en comunión con las directivas de los doce.

La vocación para la misión es amplia. En la Iglesia primitiva, muchos miembros de las pequeñas comunidades que no pertenecían al grupo de los doce, estaban involucrados en la misión universal.

Segunda indicación: el testimonio es la mediación

La experiencia de Jesús y de la comunidad van de la mano en el envío misionero. Es Jesús quien designa a los misioneros y los envía; los discípulos no se auto designan, son llamados y enviados; pero no irán solos, deben ir de dos en dos.

Se subraya así la dimensión comunitaria y testimonial de la evangelización. Los enviados son elegidos de entre los que siguen a Jesús, proceden de una experiencia en común, están en el camino con el Señor, aprenden de él y desde esta experiencia de comunidad son enviados para dar testimonio.

En el modo de realizar la misión está el mensaje, si van a anunciar la vida fraterna como uno de los valores del Reino, la primera manera de hacerlo es dando testimonio de fraternidad -que implica apoyo mutuo y corrección fraterna-; además, según la usanza de la época, en el juicio en un tribunal se requería por lo menos la declaración de dos testigos para dar por cierta una declaración.

  1. Criterios para realizar la misión

Al enviar a los setenta y dos misioneros Jesús les da algunos criterios; distinguimos tres:

Primer criterio: la oración es la primera actividad apostólica

Leemos en el texto: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos

La primera indicación. práctica de Jesús es la oración. «Rueguen». La mirada se dirige al Padre, como siempre lo hace Jesús, porque Él es el dueño de la mies. Dios es la fuente de la misión y el misionero jamás debe olvidarlo; en consecuencia, el misionero es un obrero, al servicio de un campo que no es el suyo, por el que debe consagrar todas sus energía, incluso cuando sienta que la cantidad de trabajo rebasa sus fuerzas y capacidades.

Si doce apóstoles eran insuficientes para la universalidad de la misión, también lo son setenta y dos; la inmensidad de la tarea a realizar es el primer motivo de desaliento; pero la actitud de confianza en Dios y de responsabilidad en el encargo, deben acompañar al misionero en todo momento; por ello debe orar, como les enseño Jesús, porque todo de Dios se ha recibido y a es a ël a quien se ofrece. El primer criterio para la misión es pues la oración como principio básico y fundamental.

Segundo criterio: No perder de vista que siempre habrá dificultades

Dice nuestro texto: «Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos.»

Jesús no engaña a nadie; no promete un mundo idílico sin problemas ni dificultades; con una sola frase describe el ambiente de hostilidad que aguarda a los misioneros. La metáfora de los lobos y corderos no podía ser más elocuente.

Ante las dificultades, los misioneros no pueden responder con agresividad. En el recuerdo de los discípulos está lo que sucedió en Samaria, donde no quisieron recibir a Jesús y los discípulos reaccionaron con agresividad y deseos de venganza.

El discípulo misionero debe estar preparado incluso para el fracaso y consciente de su fragilidad debe tener claro de donde le viene la fortaleza.

Tercer criterio.  La confianza puesta en Dios no en las propias seguridades

Dice nuestro texto: «No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias»

En la misión, los enviados dependen totalmente de Dios, que es quien los protege y sostiene. Son enviados sin ningún equipaje, con la confianza total puesta en la Providencia de Dios que se manifestará en sus necesidades.

Esta austeridad de medios, experiencia de pobreza, es en realidad una experiencia de libertad del corazón, que debe mantenerse no sólo en el camino, sino en la vida diaria, en las casas y en la ciudad entera.

  1. Ámbitos de la misión.

Se describe el comportamiento del misionero en tres ámbitos: camino, casa y ciudad.

Primer ámbito: el camino.

El misionero en camino, ya es es en si evangelizadora; se ha despojado de los recursos que dan seguridad para el viaje; no tiene ambiciones personales; están abandonados a la providencia de Dios, y en ello se parecen a Jesús en camino, confiado totalmente en Dios, anunciando así el gozo de ser Hijo.

Cuando está en el camino, los discípulos misioneros deben atenerse a una indicación: «no se detengan a saludar a nadie por el camino»; ésta se refiere a la detenrse a saludar a los amigos y familiares en conversaciones que se prolonagan indefinidamente conforme a la usanza en el Antiguo Oriente. Sería como una forma de volveer atrás, a las preocupaciones mundanas y perder la concentración en el servicio de la Palabra de Dios. La misión no admite distracciones ni pérdida de tiempo en cosas inútiles.

Segundo ámbito: la casa.

A diferencia del camino, en una casa si hay que detenerse, esto significa quedarse con una familia. El mismo Jesús da testimonio de ello en distintos pasajes del evangelio y por ello precisa el comportamiento que han de observar los misioneros en la evangelización de la casa.

Lo primero que hay que hacer es invocar la bendición sobre quienes viven en esa casa: «Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa». Puesto que es “don”, la bendición salvífica puede ser aceptada o rechazada.

Como es sabido, la respuesta no era idéntica en todos los miembros de la casa, pero era suficiente uno; «si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá». La gente amante de la paz es la personas abierta a la Palabra y a los dones que provienen de Dios. Una persona abierta a la buena noticia del Reino vale la misión entera.

En segundo lugar, el misionero debe insertarse en la vida de la familia: «Quédense en esa casa»; esto, para compartir los distintos momentos de la vida familiar y desde su seno, ponerse al servicio de los demás. La hospitalidad pide el ofrecimiento del hospedaje y la alimentación, que el misionero debe recibir como el trabajador recibe su salario: «coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario»

En tercer lugar,  los misioneros han de evitar andar «de casa en casa»; su permanencia, insertos en la vida de una familia, sigue también la lógica de la levadura; el testimonio, la Palabra, los gestos, permitirán que la Buena Nueva toque la vida de aquella familia hospitalaria; al retirarse los misioneros para continuar la misión, el fermento del evangelio quedó en la familia que los acogió para seguir irradiándose en ausencia de quienes llevaron el anuncio de la Palabra. Podemos ver el testimonio de Pablo en la casa de Lidia (Hech 16,15)

Tercer ámbito: la ciudad.

Se prevén dos escenario: ser acogidos o ser rechazados.

En el caso de ser acogidos, se repite en gran escala lo que se ha dicho sobre la evangelización de la familia. La acogida se expresa en el ofrecimiento de alimentos, que los discípulos deben aceptar: «en cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den»; en la ciudad deben hacer lo mismo que Jesús: predicar la llegada del Reino de Dios y con su autoridad realizar los signos de su advenimiento: «curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’»

En el caso de ser rechazados durante el desempeño de la misión, los setenta y dos reciben una instrucción parecida a la que ya habían recibido los doce: «salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad que se nos ha pegado a los pies nos lo sacudimos». Con este gesto se quiere decir: “entre ustedes y nosotros no hay ninguna responsabilidad; asumirán el rigor de las consecuencias negativas de su equivocada decisión”.

La referencia a la ciudad de Sodoma, símbolo de la ciudad pecadora, es aquí un aviso del lamentable destino que le espera a quien se negó conscientemente la salvación sin olvidar que Dios siempre ofrece la vida (cf. Dt. 10, 11b).

  1. El regreso de la misión

Lucas no narra cómo ejercieron los discípulos la misión, pero si ofrece algunos datos fundamentales del regreso: «Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría». El tema de la alegría aparece cuatro veces, dos referida a los discípulos y finamente a Jesús. La alegría debe caracterizar al misionero.

La alegría del misionero es por tres razones: la primera: por la obra de Dios en la historia humana: la destrucción del mal y la derrota del maligno, porque las fuerzas de muerte han sido vencidas; segunda, por haber sido instrumento de esta victoria, Jesús le ha dado su “poder” y por lo tanto poseen un poder más fuerte que el de Satán y tercera: porque «sus nombres están escritos en el cielo». En pocas palabras, deben alegrarse no sólo por lo que han hecho sino porque han recibido el don de la salvación: la comunión con Dios que es la alegría de Jesús

De manera admirable, lo que ha sucedido con los destinatarios de la misión, sucede también con los misioneros; salieron de la intimidad de la comunidad para compartir la obra que Dios había realizado en ellos y vuelve a la comunidad, a nutrir su intimidad, con la obra de Dios en las comunidades evangelizadas.

Los misioneros del Reino. mensajeros de la paz, entran en ambientes difíciles, se sitúan en ellos “como corderos en medio de lobos”, llevando la reconciliación a los caminos, a las casas y a las ciudades. Su anuncio del Reino al mismo tiempo que cura al hombre aniquila el poder del maligno. Ellos no sólo trabajan arduamente sino que también celebran gozosamente en la alegre dulzura de Jesús. Y esta certeza los acompaña siempre

[1] F. Oñoro, Jesús formador de misioneros: para ser buenos obreros del Evangelio. Lucas 10, 1-12. 17-20

Los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

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XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús inicia el camino definitivo con una gran resolución interior. Comienza a subir a Jerusalén, el último trecho de su camino, que es decisivo y que culminará, después de su Pascua, en su ascensión al cielo.

Nos encontramos frente a las coyunturas decisivas para Jesús y para los discípulos. Para el Maestro es el tiempo del «cumplimiento» según el proyecto mesiánico delineado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener, ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para «mirar atrás«. Para el discípulo es tiempo de un profundo discernimiento, que tome en cuenta el «costo» del discipulado, analizando las implicaciones de la opción de seguir al maestro y decidiendo libre y conscientemente recorrer el mismo camino.

Lo que es válido para el maestro, vale para el discípulo: el seguimiento de Jesús, se puede entender a partir de la imagen de un camino, que para recorrerlo requiere de actitudes y decisiones firmes. Seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén requiere de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

El pasaje que leemos hoy tiene tres partes: la decisión de Jesús; el fracaso de Samaria y la exigencia del seguimiento incondicional que se relata en tres episodios vocacionales. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

La decisión de Jesús.

Jesús cierra una etapa de su vida en la fértil región de Galilea y abre un nuevo ciclo, que inicia con estas palabras: «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén». En esta frase encontramos tres elementos clave:

El primero, se trata de la realización del plan de Dios. No es una decisión tomada a la ligera; Jesus ya habia anunciado su pasión; para Jesús, se trata del tiempo establecido por el Padre, que llega a su fin.

El segundo, la meta es Jerusalén. Jesús sabe a donde va; también conoce lo que está en la mentalidad de todos: no convenía «que un profeta muera fuera de Jerusalén». En adelante, la ciudad santa estará en el horizonte de lo que Jesús hace y dice.

El tercero, la toma de una decisión. El texto dice que Jesús «tomó la firme determinación». Se trata de una decisión radical que implica una ruptura; Jesús deja atrás Galilea y se dirige hacia Jerusalén. Él toma la iniciativa, escoge así el camino del Padre. Jesús no se contenta con lo que hacen muchos, aceptar el destino como inevitable y esperar a que les alcance; por el contrario, él avanza decidido hacia ese destino. Con gran fortaleza, Jesús enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones con firmeza. En adelante lo que Jesús haga será preludio de su muerte, y para sus seguidores, preludio de la vida.

El fracaso en Samaria

El camino más directo para llegar a Jerusalén bajando desde Galilea pasa por Samaria; sin embargo, la mayoría de los judíos evitaba este camino, por la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Los samaritanos, por su nacionalismo y por su intolerancia religiosa, fastidiaban a los viajeros y peregrinos que cruzaban por su territorio.

A pesar de esta adversidad, Jesús se decide por esta ruta y envía mensajeros delante de sí que hagan saber de su llegada, todo indica que tenía intenciones misioneras y que con un gesto de misericordia ofrece su mano amiga al pueblo enemigo.

El desenlace es muy triste, pues a Jesús se le niega la hospitalidad, no le permiten misionar entre ellos y no aceptaron su amistad, no lo recibieron «porque supieron que iba a Jerusalén».

¿Qué fue lo que los discípulos que fueron a preparar el camino en Samaria dijeron a los samaritanos? No lo sabemos. Si les comunicaron la idea de Mesías que tenían y presentaron a Jesús como tal, se hace entendible el rechazo. Los discípulos, comunicando una idea equivocada del Maestro pueden predisponer a que otros lo reciban y le permitan quedarse entre ellos.

El caso es que el segundo ciclo de la misión de Jesús inicia como el primero, el de la sinagoga de Cafarnaúm, bajo el signo del rechazo. En esta ocasión, los impetuosos discípulos Santiago y Juan, haciendo honor a su apodo de «hijos del trueno», reaccionan violentamente y airados, abren una alternativa de destrucción: «¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Lo que proponen es un gesto de maldición, parece que no se les ocurre otra cosa para enfrentar el fracaso.

Jesús impide a sus discípulos llevar a cabo su propósito, los reprende por su intolerancia y por su reacción violenta. Si bien, Jesús pide la hospitalidad de los samaritanos, no se las impone, les deja en libertad para acogerlo y no coacciona a nadie. La decisión de los samaritanos de no recibir a Jesús no es castigada con medidas drásticas.

Esto está en sintonía con la decisión previa de Jesús de caminar hacia Cruz; el camino que lo lleva a ella le hará enfrentar el rechazo, sin embargo, él sigue adelante: «después se fueron a otra aldea». Lo mismo harán sus discípulos después, sabrán que el rechazo del evangelio es una posibilidad y que cuando se hace presente, no es motivo de desánimo sino ocasión para revisar el camino andado, cambiar la estrategia y seguir caminando.

Esto es una muestra de lo que significa para el discípulo «tomar la cruz de cada día», saber tomar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien no se echa para atrás ante el rechazo, sino que lo afronta, asegurando el amor al adversario y respetando las decisiones libres de los demás.

El seguimiento sin condiciones

La experiencia que han vivido y la reacción de los discípulos, da pie a nuevas enseñanzas sobre el discipulado. El camino a Jerusalén se volverá escuela para sus acompañantes en la que Jesús les hará profundizar el significado de renunciar a si mismo y tomar consigo la cruz de cada día y seguirlo.

Yendo de camino, se presentan tres personas que quieren hacerse discípulos de Jesús; dos se presentan espontáneamente, uno es llamado directamente; todos se acercan porque quieren quedarse con el Maestro; sin embargo traen consigo algunas condicionantes que se transforman en impedimentos para el discipulado; aquí nos damos cuenta, que los impedimentos para seguir a Jesús y asumir su misión no son sólo externos; también provienen desde dentro.

El texto presenta tres situaciones difíciles que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos y que permiten a Jesús delinear, a partir del objetivo de su misión -la entrega de la vida en la Cruz- las condiciones para seguirlo. Estas son: 1. compartir la pobreza de Jesús, 2. dar el primer lugar a la evangelización y 3. mirar siempre hacia adelante. Dicho de otra manera: olvido del pasado, pasión en el presente y esperanza en el futuro.

El evangelio ofrece así tres criterios de discernimiento para quienes están a punto de optar por Jesús, para que disciernan sus motivaciones y tengan claridad en las implicaciones de su decisión. El discipulado es una gracia que proviene del llamado, pero la respuesta supone una decisión humana que debe sopesarse con seriedad, responsabilidad y verdad.

Primer criterio:

Compartir la pobreza de Jesús

El primer candidato al discipulado se acerca y le expresa a Jesús una disponibilidad sin condiciones: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús y los discípulos recién habían vivido el rechazo de los samaritanos. Jesús quiere que quienes lo sigan no sean ingenuos y responde sin rodeos: «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza». Lucas, desde el inicio del evangelio, desde el establo de Belén, ha presentado a Jesús sin morada; su vida es itinerante, precaria, no tiene hogar ni lugar. Seguir a Jesús supone dejar la comodidad de una vida instalada y la disposición para afrontar situaciones imprevistas y de pobreza.

El seguimiento de Jesús requiere de libertad, sólo así la mirada puede estar puesta en la meta y hacer que todo lo demás se vuelva secundario; lo que se recibe en el camino se acepta como don y no se reclama como derecho. En su respuesta, Jesús se refiere a si mismo como «el Hijo del hombre», esta expresión nos remite al despojo de la Cruz, que es el camino que el Señor propone a sus discípulos.

Segundo criterio:

Privilegiar la evangelización colocándose en el horizonte de la vida.

El siguiente candidato, es llamado por Jesús; llama la atención el imperativo: ¡Sígueme! En este caso, la condición que pone quien es llamado es: «déjame ir primero a enterrar a mi padre»; este candidato a discípulo antepone algo al seguimiento; la meta de Jesús no es prioridad, pasa a segundo término ante lo que el que es llamado pone en primer lugar.

El evangelio no nos da mucha información sobre la situación, no sabemos si el que es llamado por Jesús a seguirlo quiere esperar hasta la muerte de su padre o sólo quiere cumplir con el deber de sepultarlo porque ya ha muerto. La respuesta de Jesús pone delante una prioridad: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios». El criterio es claro. Lo que se debe privilegiar es la evangelización, la misión no puede aplazarse; de quien asume la misión se espera una obediencia como la de Abraham, a quien se le pidió dejar patria y casa, para ponerse en camino a la tierra prometida.

Con este criterio Jesús no está aboliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que incluye la sepultura de los padres, como un deber estricto de piedad filial, pero si hace saber que los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior. El amor de Dios, es sobre todas las cosas; está por encima del amor por la familia; esto, es una de las novedades del Reino.

El Reino que anuncia Jesús es de vivos, por eso dice «que los muertos entierren a sus muertos»; Jesús hace ver a quienes lo siguen, que en el discipulado está la plenitud de la vida, a la cual todos están llamados. Cuando se entra en el ámbito del Reino, se entra en el ámbito de la vida y ya no se debe dar marcha atrás.

Jesús no recomienda al discípulo que se desentienda de su familia, sino todo lo contrario. Lo fundamental es la evangelización, el anuncio del Reino y éste tiene una importancia superior a los deberes humanos más preciados, más aún, estos, deben interpretarse desde la perspectiva del Reino, y conducir al Reino las realidades más queridas, como es el caso de la propia familia.

Tercer criterio:

Mirar siempre hacia adelante.

El tercer candidato se acerca a Jesús, quiere seguirlo, pero el también tiene una condición: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Parece que hay decisión, que hay voluntad; sin embargo, hay un «pero».

Hay que tomar en cuenta que en el contexto del evangelio, los miembros de una misma familia vivían dispersos; en este ambiente, la despedida, por sencilla que fuera, implicaba tiempo y el riesgo de «enfriar» o cambiar la decisión. La respuesta de Jesús procede de la sabiduría popular entre los campesinos y que antes de Jesús fue popularizada por Plinio «el Viejo» (23 a.C). Cuando se ara el campo, es imposible hacer un surco recto y profundo si se está mirando hacia atrás.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que implica la novedad del Reino: «el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios». Son palabras duras, porque descalifican; Jesús no legitima con ellas la falta de amor a la familia; pero, si subraya que el seguimiento requiere un cambio, una ruptura entre el antes y el después de la decisión del seguimiento; las relaciones, incluidas las familiares, no pueden continuar de la misma manera. La opción por el Reino implica renuncias, como la de Jesús al tomar la determinación de dejar Galilea para dirigirse a Jerusalén.

Jesús pide a sus discípulos que al seguirlo, imiten también su entrega completa, firme y decidida a la misión; deben trabajar, como el que ara la tierra, labrando un humus distinto, el de la humanidad y consagrar a ese trabajo todos sus esfuerzos, sin distracciones; quien se distrae en esta tarea, no sirve para ella.

Jesús no acepta decisiones tibias; seguirlo supone en la vida una ruptura con el pasado; no se puede ver hacia adelante cuando la mirada está vuelta a los recuerdos, a las culpas, a las ataduras afectivas; la opción por el Reino, la decisión de seguir a Jesús exige un cambio de valores para vivir el presente y proyectar el futuro.

Conclusión: Decidir inspirados en Jesús

Llama la atención que sea Lucas, el evangelista de la misericordia, quien presente las exigencias del Reino a quien quiere pertenecer a él en el seguimiento de Jesús. El mensaje es claro: quien quiera seguir a Jesús debe decidirse totalmente por él.

Los momentos de la vida en los que tenemos que tomar decisiones son momentos de la verdad. Si se ha optado por el Reino, las decisiones deben inspirarse en los valores del Reino y tomarse con firmeza y determinación. El discipulado no admite la tibieza espiritual, ni las medias tintas en el apostolado; por el contrario, exige rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

Hoy aprendemos de Jesús, de su ejemplo y de su enseñanza, los pasos correctos para tomar la decisión fundamental de orientar la vida por el Reino. No sabemos si los candidatos al discipulado de los que habla el evangelio finalmente siguieron a Jesús o no; lo que si sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. Corresponde a nosotros la respuesta.

[1] F. Oñoro, Para un seguimiento radical. Lectio Divina Lucas 9, 51-62. CEBIPAL/CELAM.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano?

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mirada

Tiempo Ordinario

Lunes de la XII semana

Textos

Del evangelio según san Mateo (7, 1-5)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña en el Sermón de la Montaña a examinar los valores del Reino que inspiran el comportamiento de un discípulo en sus relaciones con los demás. Ante todo se trata de reflejar con “buenas obras” el rostro amoroso del Padre celestial, viviendo como hijos. También enseña en este mismo discurso cómo cultivar la relación con el Padre Dios y de la relación con los hermanos y con Dios, el aprendizaje de la justicia del Reino, se pasó a la relación con los bienes de la tierra. Hasta aquí se han abordado ya los puntos esenciales de para una vida de discipulo.

Sin embargo, quedan todavía por examinar tres criterios del comportamiento cristiano en la vida cotidiana. Éstos son: el juicio (7,1-4); el discernimiento (7,6) y la oración (7,7-11).

Hoy nos ocupamos del primer punto: el juicio

La relación con el prójimo significa también la relación con sus fallas. La tendencia de uno –habitualmente- es insistir en las fallas de los demás y a condenar con dureza. Es fácil criticar al otro y llamar la atención sobre sus debilidades. Jesús muestra que estamos equivocados cuando hacemos esto.

Cuando se habla de otra persona eventualmente se percibe poco amor, malicia e inclusive alegría porque a la otra persona le fue mal. Con cuánta presunción y soberbia se juzgan los errores de los otros, sean pequeños o grandes, reales o suposiciones.  Esto puede suceder tanto en nuestro a nivel de nuestro pensamiento, como también en medio de conversaciones.

Jesús dice: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán”.

Nos recuerda con estas palabras que nuestros juicios sobre los otros no se quedan sin efecto: con la condena de los otros, nos condenamos a nosotros mismos. Dios está detrás, a la defensa del agredido con nuestras conversaciones: “Dios los juzgará”. Lo que hagamos con los otros, lo hacemos con Dios; de esta forma indicamos la manera como queremos ser tratados por Él.

Ya Jesús había dicho: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; “Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden” (6,12). En consecuencia, no podemos esperar la bondad, la comprensión, el perdón y la misericordia de Dios, si rechazamos a nuestro prójimo con juicios sin amor, sin ninguna consideración ni comprensión.

No debemos cerrar los ojos frente a los errores o debilidades de los otros, lo que se nos pide es que los valoremos objetivamente, es decir, sin complacernos en ello, con libertad interior, con misericordia, sabiendo que también nosotros necesitamos de la comprensión del prójimo y de Dios.

Es verdad que los defectos de los demás son mucho más evidentes y fastidiosos que los nuestros. Podemos ser muy sensibles en lo que nos toca a nosotros y más bien fríos con relación a los otros.  Con la imagen de “la viga y la paja”, Jesús nos llama la atención sobre el peligro de aplicar a la gente unos criterios de valoración que no son objetivos.

Para que haya objetividad se requiere:

  • No dejarse guiar por la impresión del momento.
  • No precipitarse para criticar y corregir.
  • Mirarnos primero a nosotros mismos.
  • Descubrir nuestras faltas sin disminuirlas ni excusarlas.
  • Entonces sí, de manera ponderada, llamarle la atención al otro y ayudarle en su crecimiento personal.
  • Esta corrección fraterna no olvidará los cirterios que más adelante dice el mismo evangelista san mateo (18,15-17.)
  • Hacerle sentir al otro que lo que se le dice es porque se le quiere mucho.

La enseñanza sobre la objetividad en los juicios, inspirada en la imagen de la paja y la viga, nos hace caer en cuenta que no es correcto disminuir nuestras fallas y agigantar las de los otros, y más bien emprender el servicio de la corrección fraterna por el camino justo. Nunca hay que hablar de los errores de los demás por simple diversión o por deseo de armar escándalo. ¡Ante todo la misericordia!

[1] F. Oñoro. Mateo 7, 1-5. El juicio sin amor ante las faltas de los otros. CEBIPAL/CELAM.