Ecos de la Palabra

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El que no está contra ustedes, está en favor de ustedes

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 46-50)

Un día, surgió entre los discípulos una discusión sobre quién era el más grande de ellos. Dándose cuenta Jesús de lo que estaban discutiendo, tomó a un niño, lo puso junto a sí y les dijo: “El que reciba a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me ha enviado. En realidad el más pequeño entre todos ustedes, ése es el más grande”.

Entonces, Juan le dijo: “Maestro, vimos a uno que estaba expulsando a los demonios en tu nombre; pero se lo prohibimos, porque no anda con nosotros”. Pero Jesús respondió: “No se lo prohíban, pues el que no está contra ustedes, está en favor de ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La comunidad de Jesús no es una comunidad de hombres y mujeres perfectos. Las discusiones que hemos oído sobre quién sería el más importante -según Lucas- aparecerán incluso durante la última cena de Jesús con los discípulos (cf. Lc 22,24). 

Como antídoto a sus deseos de grandeza meramente humanos, Jesús contrapone el inesperado modelo del niño, un modelo que deberá iluminar la problemática planteada por las relaciones en el interior de la comunidad, formada por miembros muy sensibles al honor y al prestigio humano.

Jesús no presenta aquí al niño como alguien que carece de espíritu de rivalidad, sino como alguien que carece de grandeza, alguien que en el estatus social de la época no contaba en absoluto. 

En definitiva, los discípulos, a quienes se dirige Jesús poniendo al niño junto a sí, aunque no desprecian al pequeño, no desean ciertamente volver a ser como él. 

Con este gesto, que para los discípulos es desconcertante, se manifiesta de manera visible el mandato de negarse a sí mismo, de renunciar a la autoglorificación. Un signo de esta renuncia a los sueños de gloria autónoma será precisamente la acogida y la atención que los discípulos habrán de reservar a los que no cuentan desde el punto de vista humano, a los que son pequeños, irrelevantes. Sin embargo, a través de esta atención a los débiles, a los insignificantes, se abrirán a la acogida del mismo Dios. 

Lucas pone a continuación un dicho sobre las relaciones de la comunidad con el exterior. Contra el «no pertenece a nuestro grupo» -la motivación aducida por Juan para prohibir el ejercicio del exorcismo a un extraño-, Jesús pide por encima de todo que se sepa reconocer el bien allí donde se encuentre y que se abandone la lógica de la competencia. 

Tal vez, Juan desconfía del exorcista irregular no porque tema la posibilidad de que se sirva del nombre de Jesús como si se tratara de un instrumento, sino porque aquél, con su práctica sustraída a los controles de su grupo, puede disminuir a los ojos de los otros el prestigio de los discípulos. De ahí, pues, la instrucción de Jesús: «el que no está contra vosotros está de vuestra parte»: que les ayudará a superar la insidia del triunfalismo.


[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año.12., 9-10.

Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.

Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí.

Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males.

Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’.

Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, el evangelio nos presenta la parábola del rico y el pobre Lázaro, en ella se concreta la enseñanza de Jesús sobe el uso inteligente de los bienes terrenales que centró nuestra atención el domingo pasado.

Jesús instruye a sus discípulos para que vivan el momento presente caracterizado por la novedad del Reino. La enseñanza de la parábola que consideramos nos advierte dónde, cómo aparece y cómo se nos da el reino de Dios, haciéndonos entender que no es una realidad del ‘más allá’ sino que la historia comienza ‘aquí y ahora’.

Quienes viven en la opulencia, sordos al mensaje de Dios y cerrados a ver las necesidades del prójimo, no pueden esperar nada de Dios ni tener vida. El reino de Dios que Él anuncia e inaugura exige, a los que tienen, un compartir urgente. Éste es el momento; aquí y ahora nos estamos jugando nuestra suerte.

Elementos contextuales de la parábola

La interpretación del texto que leemos nos exige situarlo en su contexto. Hagámoslo cuidadosamente, considerando distintos elementos contextuales nos daremos cuenta cómo éstos apuntalan el mensaje que la parábola nos comunica.

El contexto del evangelio de san Lucas. El tema que trata la parábola, ya había sido presentado en el capítulo primero, en el hermoso cántico que conocemos como el Magnificat, en el que María exclama «a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos» (1,53); en el sermón de la llanura escuchamos a Jesús decir: «dichosos los pobres… ay de ustedes los ricos» (6,20.24) y en la parábola del rico insensato: «así le sucede a quien atesora para sí, en lugar de hacerse rico a los ojos de Dios» (12,21).

La sección del evangelio de Lucas en la que se encuentra la parábola está dominada por una idea clave: la irrupción del reino de Dios que pide una decisión radical y urgente de conversión. Hay que estar atentos a sus signos aquí y ahora. La cuestión del dinero, de la riqueza y la acumulación de bienes es uno de los aspectos criticados por Jesús en forma reiterativa como algo contrapuesto al querer de Dios.

El contexto inmediato de la parábola es la enseñanza de Jesús sobre el uso de la riqueza: «Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.», que leímos el domingo pasado. Con la parábola Jesús hace concreta su enseñanza, pues ilustra, en forma totalmente comprensible lo que significa la fe desvinculada de la vida.

El auditorio son los fariseos, que reaccionaron mal al escuchar la enseñanza que acabamos de recordar: «estaban oyendo todo esto los fariseos que eran amigos del dinero y se burlaban de Jesús» (16,14).

Jesús es un excelente pedagogo; advierte que los fariseos lo oían y se burlaban; hace entonces un nuevo esfuerzo adaptando la enseñanza a su modo de entender las cosas; a sus categorías religiosas y narra una historia de acuerdo a las creencias judías de la época sobre el más allá; por ello habla de dos sitios separados por una sima inmensa que no puede cruzarse: arriba, el seno de Abraham, que era la meta y esperanza de todo judío piadoso después de la muerte; abajo, el abismo y los tormentos.

Tomando en cuenta la genialidad de este recurso pedagógico, conviene advertir que la intención inmediata de la parábola no es ilustrar cómo es el cielo y cómo es el infierno, ni el tipo de penas o alegrías que en ellos se viven.

Lo que es claro es que ambos protagonsitas de la parábola, Lázaro y el rico, mueren. Pero mientras el pobre Lázaro es conducido por los ángeles al seno de Abraham y sentado a la mesa, símbolo de una vida que continúa en plenitud y abundancia, del rico se dice que «lo enterraron» o sea, que su vida no continúa, que está en el lugar de la muerte.

Los personajes: El rico y Lázaro no son personas ajenas, sus vidas están de alguna manera interrelacionadas, vinculadas; uno es pobre porque el otro es rico y viceversa. La pobreza que describe la parábola no es algo abtracto ni ambiguo, no da pie a ningún tipo de idealización o de espiritualización: el pobre tiene nombre, está cercano y es visible al rico.

Éste es el único caso en que el personaje de una parábola es designado con nombre propio: es el nombre del pobre, que suele ser anónimo en la historia; en cambio, el rico, que suele llevar apellidos prestigiosos, no tiene nombre en la parábola. El nombre Lázaro tiene un significado: procede del hebreo, es una abreviación de ‟el„āzār, que significa «aquél a quien Dios ayuda”.

El significado anotado apunta a la misericordia de Dios que piensa prioritariamente en el pobre. Lázaro parece encajar en el perfil del israelita piadoso descrito por el Salmo 16: sin tierra, sin posesiones, sin herencia, sólo Dios es su herencia (v.5).

Leída la historia de estos dos hombres desde la perspectiva del Reino, se describe la inversión descrita por el Magnificat y que ya hemos citado: aquellos que socialmente son los más importantes son anónimos ante Dios;  y quienes son considerados insignificantes y sin nombre son los que tienen valor para Dios.

En la parábola se distinguen dos partes, como dos cuadros, uno que se desarrolla en el a tierra y otro en el cielo.

El rico y el pobre en su existencia terrena

La primera parte de la parábola cuenta la historia terrena de un rico y un pobre. El rico parece describir a quienes escuchando a Jesús acerca del uso de las riquezas, se burlaban de él por ser amantes del dinero. El relato describe la situación del rico y del pobre, haciendo una contraposición extrema que merece ser leída con atención.

El rico: vestía lujosamente y vivía de fiesta.

Al describir al rico, Jesús no se refiere a ninguno en particular, cualquiera de los oyentes puede ponerse en su lugar. Se trata de un hombre que tiene abundantes recursos económicos que le permiten darse un estilo de vida suntuoso. Vestía lujosamente, el lino y la púrpura son característicos de las ocasiones solemnes y el lujo que este hombre se daba no era ocasional era algo habitual.

Además de vestir con lujo, el hombre rico celebraba todos los días fiestas espléndidas; es tal la abundancia de recursos que posee que se puede dar el lujo de ofrecer todos los días grandes banquetes que suponen grandes gastos. Quedan en el silencio los datos acerca de su trabajo y sobre el origen de su riqueza.

El pobre: vivía olvidado, abandonado a su suerte.

El pobre, como hemos dicho, tiene nombre y su nombre un elocuente significado; habitualmente «yacía a la entrada» de la casa del rico, un lugar propicio para pedir limosna; su salud está sumamente deteriorada; su cuerpo lleno de llagas, pestilente, razón por la que seguramente lo tenían distante para evitar el espectáculo que pudiera arruinar el disfrute de los comensales.

La pobreza es extrema, pues la pasaba «ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico». En los banquetes de la época, la comida se servía por turnos, primero a los varones adultos, luego a las mujeres, esenguda a los niños y las sobras correspondían a la servidumbre que a su vez dejaban los últimos desperdicios para los mendigos y los perros. Por lo que dice la parábola, Lázaro no alcanzaba ni siquiera los migajones con los que los invitados solían limpiarse las manos y que después eran arrojados a los perros. El trato que se da a Lázaro es peor que el que se da a los perros.

El extremo de la descripción de la pobreza de Lázaro, señala que «hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas» con lo que empeoraban sus heridas y quedaba impuro; al dolor físico se añade el dolor moral.

El contraste: la escandalosa indiferencia

El contraste en la descripción de las personas ilustra la indiferencia lacerante del rico hacia el pobre. Del rico se describe su avaricia, es incapaz de compartir, piensa sólo en si mismo, se aísla, se mantiene a distancia y no hace nada por ayudar al que mendiga. Sabe que Lázaro está allí, mas adelante la parábola da noticia de ello, pero no lo ve, ni lo escucha, esta ensimismado en sus lujos y en su abundancia.

El rico y el pobre en su existencia después de la muerte

El rico y el pobre, comparten la humanidad; si en la vida grandes contrastes los distanciaron, el hecho de la muerte los devuelve a la realidad; ambos pasan por ella, pero la suerte de cada uno, después de la muerte, es distinto.

«Murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham» En el momento decisivo de la existencia, Dios se ocupa de Lázaro haciendo que sus ángeles lo conduzcan al seno de Abraham. Del rico sólo se dice que «fue sepultado», no hay cortejo, no hay compañía, ni lujo, ni riqueza, sólo un final definitivo y sin proyección.

Después de la muerte la parábola concentra su atención en la suerte del rico, quien toma la palabra para interpelar a Abraham. Se le describe «en medio de tormentos»; el evangelio ya había anunciado que la situación se invertiría: el que en la vida gozó de una vida lujosa y espléndida, no ha llevado nada consigo y no tiene nada para mitigar su cruel destino. Su humillación es grande, «vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él», de nuevo la situación invertida, antes era Lázaro el que veía a lo lejos la abundancia del rico, ahora este contempla a Lázaro participando de la plenitud de la vida.

En esa dolorosa situación, el rico sin perder el talante que quien tiene el dominio y mando, hace dos peticiones a Abraham: una gota de agua para mitigar el tormento y un mensaje para advertir a sus familiares.

Una gota de agua para mitigar el tormento

Es una petición a gritos: « Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí…» e implorando compasión hizo una petición: «manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas

El rico se atiene a su condición de israelita, apela a la paternidad espiritual de Abraham sobre Israel, confiado en ello hace su petición; sin embargo, ya el Bautista había anunciado que no bastaba ser israelita para tener méritos delante de Dios, que era necesaria la conversión personal.

Llama la atención que pide lo que no tuvo con Lázaro en vida. Clama un mínimo de misericordia en medio de una gran necesidad: «una gota de agua» pero pretende todavía poner a Lázaro a su servicio: «Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’»

Es grande la ironía. En vida no vió al mendigo que yacía a la puerte de su casa; ahora resulta que sabe su nombre y que quiere que se ocupe de sus necesidades; entonces, se negó a verlo y sabiendo de él no hizo absolutamente nada por él, por aliviar su necesidad.

La respuesta es la esperada: «Abraham le contestó: «Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos.» El rico recibió posesiones para hacer el bien y no lo hizo; gozó de la vida pero no compartió su gozo; su destino es ahora el descrito en el sermón de la llanura:«ay de ustedes los ricos, por yan han recibido su consuelo». Dios no se olvidó de la suerte del pobre, que en su carencia del único que podía esperar algo era de Dios, padre de los pobres.

El tiempo terrenal debe vivirse con seriedad; es cuando se deben asumir opciones de vida y no esperar a cuando todo sea irreversible. Quien muere ya no puedo optar, ni decidir: «entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.»

Nadie condenó al hombre rico, se le había advertido que la pertenencia al Reino exigía fraternidad y solidaridad, se nego a vivirlas, él mismo se excluyó.

Una advertencia para los familiares

En el final de la parábola es el rico quien hace la aplicación: es urgente advertir a los que viven, para que no corran la misma suerte: «Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos».

Se reafirma la enseñanza que se había dado en la parábola del administrador astuto: ubicarse en la perspectiva del futuro, ayuda a tomar las decisiones del presente. El hombre rico que está en medio de tormentos, pretende que sus familiares se ubiquen virtualmente en el tiempo futuro para que cambien su presente; por ello quiere prevenirlos para que no corran la misma suerte que él.

Nuevamente pretende mandar a Lázaro, siendo que no tiene ninguna potestad sobre él. Quiere que vaya a advertirles que su estilo de vida los conducirá al lugar del tormento. El rico pretende un hecho milagroso, la aparición de un muerto; sin embargo, como en el mismo evangelio se ha demostrado, ni con los milagros de Jesús muchos estuvieron dispuestos a convertirse; tampoco la resurrección de Lázaro logró la conversión de las autoridades judías (Juan 12, 10).

Los familiares del rico no están desamparados, por eso la respuesta del Padre Abraham es lógica: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». La ley sigue siendo válida y junto con la enseñanza de los profetas, se proclama cada sábado en la sinagoga, con todo su potencial de mover a la conversión.

Pero el rico sabe por experiencia personal que, al igual que sucedió con él, su familia no toma en serio la Palabra de Dios, por eso quiere algo extraordinario, contundente, e insiste en el milagro: «No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán»

Ante esta insistencia, la frase final es contundente: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto»

Abraham aparece inflexible. La petición es denegada y se le recuerda al rico el por qué: los milagros no convencerán a aquellos corazones endurecidos moralmente y sin arrepentimiento. No se persuade quien no quiere ser persuadido.

Conclusión

El evangelio de este domingo tiene un anuncio esperanzador para los pobres: Dios asume su causa y les hace justicia y a los ricos les hace un llamado a la conversión

A la conversión se llega recorriendo el camino de la escucha de la Palabra y del ver al prójimo como hermano, asistiéndolo en sus necesidades. El rico no vió a Lazaro en la puerta de su casa; lo cegó su riqueza, su comodidad, su ensimismamiento; perdió la capacidad de apreciar el mundo real. Tampoco fue capaz de escuchar la Palabra, era suficiente con hacer caso a Moisés y a los Profetas, pero endiosado en si mismo, fue incapaz de escucharlo.

Al discípulo de Jesús, para reconocer y cumplir la voluntad de Dios le basta leer y comprender la Sagrada Escritura que nos habla del amor de Dios que se hace concreto en el amor al prójimo; de nada le sirve proclamar su fe en Jesús resucitado, si no es capaz de servirlo en el prójimo en quien el ha querido identificarse: el pobre y el necesitado.

Cuando Lucas redacta su evangelio el peligro fariseo sigue latente en su comunidad. Es el problema de siempre: dinero, poder, acumulación … El abismo que se abre entre los miembros de una comunidad que comparte y otra que lo cifra todo en la observancia ritual y minuciosa de lo que está mandado es inmenso: por más que quiera, nadie puede cruzar de aquí para allá, ni de allí para acá. Es el abismo que existe entre la vida y la no vida, entre quien está seguro de sí mismo y quien asume el riesgo de poner su propia existencia al servicio de los hermanos.

La situación descrita por el evangelio sigue aconteciendo entre nosotros; es la trágica situación que se repite de generación en generación en la historia de la humanidad. Con fina pedagogía Jesús nos hace entender que uno de los obstáculos más graves para que en la comunidad de discípulos se viva una auténtica fraternidad es el afán de poder y de poseer bienes que fácilmente se apodera de cualquiera.

La enseñanza se dirige directamente a nuestro estilo de vida. Quien no conoce la necesidad vive la vida como diversión, fiesta, espléndido banquete, continuo descanso y afán consumista, como si la seguridad económica le ofreciera todo lo necesario para ser feliz: bienestar, tranquilidad, felicidad. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese disfrute despreocupado deshumaniza profundamente la rico y lo vuelve ciego, superficial e inconscientemente cruel. Mientras el pobre o necesitado se hunde en la miseria o en su dolor, experimentando la indigencia humana, el rico vive engañado en su mundo de privilegio olvidando su condición de hombre y de hermano.

La ceguera de quien vive harto de si mismo y de sus bienes le impide ver a los necesitados, le hace incapaz de comprender sus angustias, sus miedos, su impotencia; los ve sin verlos, porque los asimila al paisaje, se habitúa a ellos haciéndose insensible, nada lo mueve ni lo conmueve.

Este domingo el evangelio plantea un serio desafío para quien quiere vivir con autenticidad su fe en Jesucristo. Quienes son incapaces de descubrir su responsabilidad ante los hermanos sumidos en la necesidad, no harán caso, ni se convertirán aunque resucite un muerto. Se podrá recitar con precisión la profesión de fe que proclama que Jesús «al tercer día resucitó de entre los muertos» sin ser capaces de traducir a la vida lo que esta verdad de la fe significa.

[1] F. Oñoro,El rico avaro y el pobre Lázaro: Justicia y misericordia en el discípulado de Jesús. Lucas 16, 19-31. CEB IPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 320-324.

No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: ‘¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador’.

Entonces el administrador se puso a pensar: ‘¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan’.

Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: ‘¿Cuánto le debes a mi amo?’ El hombre respondió: ‘Cien barriles de aceite’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta’. Luego preguntó al siguiente: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’ Este respondió: ‘Cien sacos de trigo’. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y haz otro por ochenta’.

El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz.

Y yo les digo: Con el dinero, tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo.

El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes.

Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticias, ¿ quién les confiará los bienes verdaderos? Y si no han sido fieles en lo que no es de ustedes, ¿ quién les confiará lo que sí es de ustedes? No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, el evangelio nos presenta una catequesis de Jesús sobre el uso inteligente de los bienes terrenales.

La enseñanza forma parte de las instrucciones que Jesús dirige a sus discípulos para vivir el momento presente, caracterizado por la novedad del Reino. A lo largo de las instrucciones, tres son los mensajes más reiterativos: decisión, sagacidad y recto uso de los bienes.

Sobre el tercer punto, recordemos que en distintos momentos del texto de Lucas encontramos la repetida advertencia a los discípulos acerca de cómo deben integrar el uso de los bienes en sus vidas, de cómo administrarlos para que sean útiles y eviten idolatrarlos.

La parábola del mal administrador

El punto de partida del pasaje que leemos está en la parábola del mal administrador y en su aplicación. Jesús, que es un agudo observador, saca lecciones de la práctica administrativa de su tiempo, para dar criterios a sus discípulos sobre cómo manejar el dinero y las propiedades.

La parábola resulta, a primera vista, sorprendente: un administrador derrochaba los bienes de su amo, es sorprendido y su señor le va a quitar el empleo por malversación y mala gestión; este hombre se ve a si mismo imposibilitado para ganarse la vida: «no tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna», por ello opta por rebajar notoriamente la cantidad que le debía a su amo cada deudor; para que estos, agradecidos por su generosidad, lo reciban en su casa una vez que haya sido despedido. «El amo tuvo que reconocer que su mal administrador había procedido con habilidad. Pues los que pertenecen a este mundo son más hábiles en sus negocios que los que pertenecen a la luz

Contexto

En tiempo de Jesús había muchos administradores. Sucedía que los propietarios de considerables extensiones de terreno vivían en Jerusalén o en otras ciudades y daban en administración sus bienes a personas de la localidad, a las que eventualmente supervisaban y no era raro que alguna fuera sorprendida cometiendo abusos por los que era despedida.

Jesús se basa en esta realidad para contar la parábola de uno de estos administradores, que al ser denunciado tiene habilidad para ganarse amigos antes de perder su trabajo y el poder implícito a este: a cada deudor, le condona una parte considerable de su deuda.

La enseñanza

La parábola se fija en que la sabiduría del administrador estuvo en ordenar su gestión pensando en su existencia futura que se vio amenazada cuando lo echaron del trabajo. Jesús reconoce que el mal administrador «había procedido con habilidad».

Con esto Jesús quiere decir que si «los que pertenecen a este mundo» entienden que para asegurarse el mañana deben actuar hoy con inteligencia y prudencia, con mayor inteligencia deben obrar los «hijos de la luz» para los asuntos de la vida en plenitud, que es la vida eterna.

Los discípulos, de acuerdo a como los presenta el evangelio, en el futuro compartirán los bienes y responsabilidades de Jesús en la gloria: «se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel», par ello es indispensable que sean confiables y dignos con relación a los bienes de este mundo.

Del discípulo se espera que sea «fiel», es decir responsable, en la administración de lo terreno y que debe cuidar que esta administración no desvíe su corazón de Dios, sino que sea capaz de consagrarse con lealtad al servicio de Dios y de su principal interés en el mundo que es la salvación de la humanidad.

Administración de lo terreno y servicio de Dios se complementan, de lo contrario se cae en la mundanidad que orienta la energía vital a la sobrevivencia dejando de lado el don de la vida que nos aguarda en el Reino definitivo de Dios; o se cae en un peligroso espiritualismo que lleva al descuido de las principales responsabilidades presentes como son el trabajo y la familia.

Fidelidad en la administración de lo terreno

La enseñanza de Jesús sobre la administración de los bienes terrenos comienza con un dicho de la sabiduría popular que luego es aplicado a la vida de los discípulos: «El que es fiel en las cosas pequeñas, también es fiel en las grandes; y el que es infiel en las cosas pequeñas, también es infiel en las grandes.»

El dicho deja entrever que para asumir una tarea hay que ser competente para ella y demostrarlo; que una persona que es fiel en una responsabilidad pequeña es confiable para asumir tareas de mayor envergadura.

Cuando se evalúa el «ser competente» Jesús se refiere a la «fidelidad», cualidad decisiva que se espera en quien es administrador. La fidelidad implica: dedicación, constancia, honestidad, transparencia, celo por los intereses del patrón, etc. Lo contrario de ser administrador fiel, es ser un administrador injusto, es decir, deshonesto, indigno de confianza. La deshonestidad es característica de la gente mundana que da primacía a los intereses personales sobre el bien común.

La aplicación del dicho de la sabiduría popular, se hace en dos niveles de comprensión:

Primero. Se admite la posibilidad de que lo discípulos no actúen fielmente respecto al ‘dinero injusto’:

«Si ustedes no son fieles administradores del dinero, tan lleno de injusticia...». Resulta extraño el término ‘dinero injusto’, este término puesto en el contexto de la fiel administración se refiere a la riqueza material de la que no somos propietarios sino administradores.

«… ¿quién les confiará los bienes verdaderos? …» Entendiendo por ‘verdaderos’ los bienes relacionado con el Reino de Dios, que son bienes que peramencerán para siempre; quien los confía es el mismo Dios, que es quien ofrece los dones de la salvación, un tesoro inagotable en los cielos.

Segundo. Se insiste en que la buena administración de lo ajeno abre las puertas para la adquisición de los propios.

El punto de partida es que la riqueza terrena no pertenece a los discípulos; la propiedad que les corresponde es da valor incalculable, no se devalúa ni es pasajera. El tesoro del cielo será la inalienable posesión de sus discípulos.

El discípulo no pude desentenderse de lo que le es confiado en administración, pues no puede vivir sin trabajar, y al hacerlo debe buscar con responsabilidad la prosperidad de lo que emprende; pero nunca debe olvidar que nada es suyo, debe evitar caer en el apego, estando dispuesto siembre a compartir. El discípulo debe trabajar para la vida y no vivir para trabajar.

Fidelidad en el servicio de Dios.

El discípulo debe estar atento para que el trabajo cotidiano y la lucha por conseguir lo que se necesita para la vida, no aparte el propio corazón de Dios; esto puede ocurrir cuando se hace del dinero un ídolo.

El evangelio lo dice con claridad: «No hay criado que pueda servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o se apegará al primero y despreciará al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero».

Esto implica que el discípulo esté atento para no dejarse esclavizar por la administración de los bienes terrenos dejando tiempo y espacio para el servicio de Dios.

Aquí la palabra «servir» es muy importante. En el contexto de la obra de san Lucas, un sirviente lo es de una casa y, con frecuencia, en calidad de esclavo. En el antiguo sistema esclavista no era posible que un esclavo lo fuera de dos personas; tampoco era posible trabajar al servicio de dos patrones. La lealtad exclusiva era inherente al concepto de «sirviente».

Tener dos patrones, expone al sirviente a amar más a uno que a otro. De igual manera, si una persona se pone al servicio del dinero, de la misma forma que lo hace con Dios, terminará haciendo del dinero su religión, haciendo a un lado a Dios, negándole el amor «sobre todas las cosas». En esta situación, un discípulo se pondrá al servicio de sus intereses propios dejando de lado el mayor interés de Dios que es el bienestar de todos sus hijos sin excepción.

Hacer del dinero un dios, es una mala opción, arrastra a la perdición de la vida, indicando que se fue un mal administrador de los bienes verdaderos.

Conclusión

El discípulo es llamado a distinguir lo ajeno y lo propio y si es hábil administrador de lo que no es suyo, de lo que se le ha confiado, con mayor razón debe serlo en lo que si es suyo.

Los bienes terrenos no son propios, son dados en administración; nadie es dueño absoluto de nada, todos los bienes de la creación fueron creados para el servicio de toda la humanidad, todos los bienes tienen un destino universal. Quien los administra, si lo hace rectamente, en el horizonte de la justicia de Dios, debe tomarlo en cuenta y tomar con audacia las mejores decisiones, evitando desplazar a Dios para darle al dinero su lugar.

Lo que si es propio, es lo que es de Dios, pues somos sus hijos, y de Dios es la creación entera y toda la humanidad; es lo que nos pertenece y hemos de administrar con fidelidad, responsabilidad y lealtad. Debemos hacer servir lo que nos es confiado en administración y esto se logra cuando los bienes terrenos los utilizamos como medios, no como fines y cuando con ellos hacemos el bien; cuando respecto a ellos tomamos con audacia las mejores decisiones, ordenando la administración de lo presente, pensando en la vida futura.

[1] F. Oñoro, El uso de los bienes de la tierra: un aprendizaje importante para el discípulo. Lectio Lucas 16,10-13. CEBIPAL/CELAM. F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 314-318.