Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Evangelio Dominical

Vio y creyó…

0

IMG_0345.JPG

Domingo de la Resurrección del Señor

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 1-9 )

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro.

Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro.

Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hemos llegado a la Pascua tras haber seguido a Jesús en sus últimos días de vida. El Evangelio de Pascua parte precisamente desde este límite extremo, desde la noche oscura. El evangelista Juan escribe que «todavía estaba oscuro» cuando fue al sepulcro. Estaba oscuro también dentro del corazón de aquella mujer. La oscuridad de la tristeza y del miedo.

Con el corazón triste, María fue al sepulcro. Apenas llega ve que la piedra de la entrada, una losa pesada como toda muerte y toda separación, ha sido apartada. Corre de inmediato hacia Pedro y Juan: «¡Se han llevado del sepulcro al Señor!» y añade: «No sabemos dónde le han puesto». La tristeza de María por la pérdida del Señor, aunque sea solo de su cuerpo muerto, es una bofetada a nuestra frialdad y a nuestro olvido de Jesús, incluso vivo. Solo con sus sentimientos en el corazón es posible encontrar al Señor resucitado.

Son ella y su desesperación los que hacen moverse a Pedro y al otro discípulo que Jesús amaba. «Corren» hacia el sepulcro vacío. Es una carrera que expresa bien el ansia de todo discípulo, de toda comunidad, que busca al Señor. Quizá también nosotros debamos reemprender la carrera. La Pascua también es prisa. Llegó a la tumba en primer lugar el discípulo del amor, Juan: el amor hace correr más rápido y hace esperar a la fe de Pedro que le seguía.

Pedro entró primero y observó un orden perfecto: las vendas estaban en su sitio como si se hubiera sacado de ellas el cuerpo de Jesús, y el sudario estaba «plegado en un lugar aparte». No había habido ni manipulación ni robo: era como si Jesús se hubiera liberado solo. No tuvo que deshacer las vendas, como hizo con Lázaro.

También el otro discípulo entró y «vio» la misma escena: «Vio y creyó», dice el Evangelio. Habían visto los signos de la resurrección y se dejaron tocar el corazón. «Hasta entonces –continúa el evangelista- no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos».

Esta es a menudo nuestra vida: una vida sin resurrección y sin Pascua, resignada ante los grandes dolores y los dramas de los hombres. La Pascua ha llegado y el sepulcro se ha abierto. El Señor ha vencido a la muerte y vive para siempre. Ya no podemos mantenernos cerrados como si no hubiéramos recibido el Evangelio de la resurrección.

El Evangelio es resurrección, es renacer a una vida nueva. Y tenemos que gritarlo a los cuatro vientos, comunicarlo a los corazones para que se abran al Señor. ¡Por tanto, esta Pascua no puede pasar en vano! Nuestra vida ha sido unida a Jesús resucitado y participa de su victoria sobre la muerte y el mal. Junto al resucitado entrará en nuestros corazones el mundo entero con sus esperanzas y sus dolores, como él manifiesta a los discípulos las heridas presentes aún en su cuerpo, para que podamos cooperar con él en el nacimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva, donde no hay ni luto ni lágrima, ni muerte ni tristeza, porque Dios será todo en todos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 159-160.

Bendito el rey que viene en nombre del Señor

0

domingo-de-ramos-hermosaDomingo de Ramos

Textos

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (19, 28-40)

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes.

Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’”.

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. Palabra del Señor.

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Lucas  

 

Audio del texto de la entrada en Jerusalén
Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En el Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor, escuchamos dos textos del evangelio. El primero corresponde a la entrada de Jesús en el templo según la versión de Lucas y después, ya en la celebración eucarística, la Pasión según san Lucas.

La entrada de Jesús en Jerusalén.

Lo peculiar del relato lucano al narrar la entrada de Jesús en Jerusalén es la insistencia sobre la oración. “…cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. El les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.

La entrada de Jesús a Jerusalén se realiza en medio de la celebración festiva de “la multitud de discípulos” y se caracteriza por la alegría, por la expresión en voz alta de alabanzas a Dios.

La oración de los discípulos resume lo que ha visto en el camino compartido con Jesús; es un testimonio del Reino que han visto acontecer en el ministerio de Jesús: “se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto”.

Es una oración que aclama al Mesías, mediante dos expresiones: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!”. La primera, es una cita del salmo 118,26, conocida en la liturgia del Templo de Jerusalén; es la aclamación con la que se recibían a los gozosos peregrinos en el momento de su ingreso al templo. Los discípulos añaden la expresión “al Rey”, que no está en el texto original con lo que identifican a Jesús con el Reino que ha sido el núcleo de su mensaje. La segunda, “Paz en el cielo…” retoma el canto de los ángeles en la noche de navidad, es una alabanza que se refiere dos veces a las alturas, es un grito de gratitud a Dios por la venida del Rey-Mesías; si en la noche de navidad la exclamación era de los ángeles en el cielo, ahora son los discípulos en la tierra, como indicando el final de un ciclo o el cumplimiento de una misión. También aquí los discípulos añaden algo novedoso; en el anuncio de los ángeles la exclamación era “paz en la tierra”; ahora los discípulos exclaman “paz en el cielo”, expresión que tiene el sabor a un reconocimiento que la paz de Jesucristo ha venido del cielo, pues de Dios proviene el don de la paz.

El entusiasmo de los judíos escandaliza a los fariseos que reaccionan negativamente y piden a Jesús que reprenda a sus discípulos. Es lógica la reacción, pues los discípulos están aclamando a Jesús como el Mesías enviado por Dios, algo que ellos no aceptaban; además, los fariseos se incomodan pues la aclamación de los discípulos les parece extravagante.

La Pasión según san Lucas

Para una lectura orante de la Pasión según san Lucas 22,1 a 23,56, ayuda considerar o contemplar los 16 cuadros que van ordenando la narración, sin perder de vista lo que es propio del relato lucano.

  1. El complot contra Jesús (estos versículos se omiten en el texto litúrgico)

El relato de la Pasión comienza con un preludio que nos inserta enseguida en el drama. Satán vuelve al ataque y se activan las fuerzas hostiles que tienen interés en la muerte de Jesús.

  1. La última pascua

Después de los preparativos por parte de los discípulos para el banquete, se prosigue con la celebración pascual misma. Lucas destaca el ritual de la cena pascual judía a lo largo de la cual el cabeza de familia hace circular varias copas. Hace un signo sobre el pan, el cual permanece como “memoria mía”.  En las palabras de Jesús sobre la copa se cumple la profecía de Jeremías que anuncia la nueva alianza. (cf. Jer 31, 31.33-34)

  1. El testamento de Jesús

A partir  del gesto de infidelidad de un miembro de la comunidad, Jesús da las consignas para el comportamiento de la comunidad cristiana que permanece fiel a Él. Desea que el poder no se ejerza a la manera de los paganos, no desde el pedestal de quien se siente “bienhechor”, sino según su estilo que es el servicio; desea que los discípulos compartan la plenitud del Reino, lo que exige perseverar con el Maestro en las pruebas; en contraste con la infidelidad del discípulo, Jesús da testimonio de su propia fidelidad: “yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca”. Puesto que Satán no permanece inactivo y conociendo la debilidad de su discípulo, Jesús anuncia las sacudidas que va a sufrir Pedro, antes de su caída. Los discípulos vivirán dentro de poco la misión y enfrentarán la hostilidad del mundo un evangelizarán en medio de un mundo de violencia; ante ello, el Señor les da consignas: tienen que prepararse ante los tiempos difíciles.

  1. La oración en el monte de los olivos

Oscurece  cuando Jesús y sus discípulos se dirigen hacia el monte de los Olivos; allí la angustia de Jesús orante hace contrapunto al momento de violencia que viene con el arresto. Lucas destaca que Jesús ora y hace orar conforme a la enseñanza que le había dado a los discípulos. Retoma dos peticiones del Padre Nuestro. Al comienzo y al final del episodio, Jesús le pide a sus discípulos que oren de manera que no caer en la tentación. Al Padre le dice: “que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Dios acoge su oración y le envía un ángel para que lo reconforte. Lo mismo que Dios ya había hecho con el profeta Elías.

  1. El beso del traidor

No se describe quien forma la tropa que acude a arrestar a Jesús; la atención está puesta en el traidor, uno de los doce y la actitud de Jesús que en esa circunstancia da testimonio de lo que había enseñado a sus discípulos al exhortarlos a amar a los enemigos. El comportamiento de Jesús es modelo para los cristianos y contrasta con el de Judas y el de los discípulos que reaccionan con violencia.

  1. La caída de Pedro.

En el patio de la casa del sumo sacerdote, en presencia de Jesús, Pedro niega ser discípulo; pertenecer a la comunidad y haber hecho con él el camino desde Galilea, las tres formas de vinculación con Jesús. La mirada del Señor y el recuerdo de sus palabras tendrán como efecto la conversión de Pedro.

  1. El rostro cubierto.

Los captores, golpean a Jesús y se burlan de él. Al contrario de Pedro, ellos no afrontan la mirada de Jesús: cubren su rostro pidiéndole que juegue con ellos para burlarse de él.

  1. Jesús ante el Sanedrín

La mañana del viernes comienza con un primer interrogatorio ante la máxima autoridad judía. La revelación se hace en dos momentos. En primer lugar, Jesús deja entender que Él es mucho más que un Rey- Mesías temporal. A partir de la misteriosa figura del Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo, en segundo lugar, hace entender que Él es el Hijo de Dios. Ante el Sanedrín finalmente no se realiza un proceso judicial: no hay testigos ni acusaciones ni sentencia.

  1. Jesús ante Pilatos

Delante de Pilatos si hay proceso judicial. La acusación se basa en motivos políticos “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”. Pilatos afirma por primera vez que Jesús es inocente: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”.

  1. De Pilatos a Herodes

En lugar de asumir su responsabilidad y tratar a Jesús como a alguien de su jurisdicción y de hacerle justicia, Herodes se comporta de forma indigna. Al final–de manera involuntaria- u le rinde un homenaje revistiéndolo con un manto real.

  1. De Herodes a Pilatos

Pilatos afirma por segunda vez que Jesús es inocente, esta vez coincidiendo con la opinión de Herodes. Con todo, hace flagelar a Jesús con intención de soltarlo después. Pero esto no satisface a los jefes ni al pueblo, que interviene aquí por primera vez. Una ironía trágica aparece en el texto: aquellos que habían acusado a Jesús de subversión son los mismos que solicitan la liberación de un verdadero subversivo, pidiendo la muerte del inocente. Después de afirmar por tercera vez que Jesús es inocente, Pilatos termina cediendo ante la presión popular. Para Lucas, los principales responsables de la muerte de Jesús son los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo. Se destaca la ausencia de los fariseos. Según el testimonio de Lucas, ellos no son enemigos mortales de Jesús.

  1. Jesús carga la cruz

La narración alcanza su vértice dramático durante el camino de la Cruz. Llevando la cruz detrás de Jesús, Simón de Cirene se convierte en modelo del discípulo que toma la cruz. El pueblo también sigue a Jesús, contemplándolo a su paso. Se destacan la actitud de las mujeres y las palabras que Jesús les dirige a ellas. En términos proféticos Jesús anuncia la caída de Jerusalén.

  1. Una muerte ejemplar

Hasta el fin de su vida, Jesús pone en práctica lo que ha enseñado: el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. Mientras es crucificado dice: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

  1. La muerte de un rey

Los jefes de los judíos, los soldados romanos y uno de los malhechores desafían a Jesús para que se salve a sí mismo. Jesús no lo hace. Él es “salvador”, pero no ejerce su poder para provecho propio. Por decisión personal, introduce en el paraíso a un pobre hombre que pone su confianza en Él. La salvación no será solamente al final de los tiempos, cuando vuelva. Jesús, desde la cruz, anuncia el “hoy” de la salvación.

  1. La muerte del Hijo

Las últimas palabras de Jesús en la cruz son una oración expresada en un grito de confianza. Si bien están inspiradas en el Salmo 31,6, ellas evocan sus primeras palabras en el Templo de Jerusalén, cuando cumplió sus doce años. Jesús llama a Dios “Padre” suyo y en sus manos deposita toda su vida, en Él concluye su camino y a Él le entrega su causa.

  1. Después de la muerte de Jesús

Comienza una serie de reacciones frente a la muerte heroica de Jesús. Notamos la alusión continua al “ver” al crucificado: El centurión romano, ve y da testimonio, la muerte de Jesús es una injusticia, es el inocente ajusticiado, tal como lo había profetizado Isaías en los cánticos del Siervo de Yahvé; el pueblo “ve” y comienza a convertirse, reconociendo su culpabilidad; los amigos que lo acompañaron desde Galilea, ven, pero desde lejos.

Sigue la sepultura. No todos los miembros del Sanedrín eran sus enemigos. José de Arimatea, llamado bueno y justo, le tribute homenaje y le da digna sepultura

Las mujeres “ven” todo hasta el ultimo instante. Su fidelidad rebase la de los varones discípulos. Ellas, las testigos de la sepultura de Jesús, serán igualmente las primeras testigos de la resurrección.

La “visión” del Resucitado no se puede desconectar de la “visión” del crucificado. Es así como la contemplación de las actitudes de Jesús en su Pasión y Crucifixión en esta narración que se desencadena sin pausa –que se escucha con la respiración contenida por la emoción- es el preludio de la “conversión” pascual que está a punto de suceder. Tal como lo hace sentir Lucas, el final es tranquilo y lleno de suspenso: una extraña calma que interroga el corazón. La serenidad orante del final abre las puertas a una gran expectativa… que tendrá respuesta.

 

[1] F. Oñoro. La entrada a Jerusalén y el itinerario de la Pasión en Lucas (Lucas 22-23), CEBIPAL/CELAM.

¿Cómo es Dios?

0

Padre misericordioso - hijo pródigo.jpg

Cuaresma

Domingo de la IV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo.

Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre.

Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo.

Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.

Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El domingo pasado la Palabra nos conminó a hacer el camino de conversión poniéndonos en el horizonte de nuestra propia muerte. La oportunidad de re-nacer se nos presenta ahora y hay que aprovecharla, cuando concluya la vida no la tendremos más. El camino de la conversión implica la voluntad del hombre, su decisión para poner de su parte lo necesario para ser mejor hijo de Dios y mejor hermano.

Este domingo el evangelio, en el horizonte lucano de este ciclo, nos da una razón poderosa para no desfallecer en el camino de conversión, Dios también recorre el camino, pero lo hace en sentido inverso, viene a encontrarnos como padre misericordioso que nos acoge, nos dignifica, nos da toda su confianza y se alegra inmensamente porque volvemos a casa.

La página que contemplamos, una de las más bellas de la literatura universal es la parábola del padre misericordioso, popularmente conocida como del hijo pródigo. La finalidad de la parábola es mostrarnos el carácter, la grandeza y las características de la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos; de esta manera comprenderemos por qué Jesús «recibe a los pecadores y come con ellos», actitud misericordiosa que escandalizó a la gente piadosa de su tiempo.

Los sentimientos que tiene este padre protagonista de la historia -respeto, generosidad, paciencia, esperanza, ternura, alegría desbordante por la recuperación del hijo, capacidad infinita de perdón, etc.- son la mejor imagen de los sentimientos de Dios.

El contexto

La forma como Jesús se relacionaba con los publicanos y pecadores era mal vista por los  los escribas y fariseos, que preferían mantener distancia para no “contaminarse” con las personas de mala reputación y las miraban con desprecio; Jesús, en cambio, iba al encuentro de ellas, les anunciaba la misericordia de Dios que se acercaba a ellos sin pudor, dispuesto a perdonarlos y a acogerlos de nuevo en la comunión con él. Jesús era al mismo tiempo el mensajero y el instrumento de esta misericordia y por ello era objeto de críticas severas.

Jesús responde a estas críticas con tres parábolas, llamadas de la misericordia, -de la oveja perdida, de la moneda perdida, del hijo perdido- para justificar su cercanía con los más indeseables. Y su justificación consiste en mostrar que Dios busca, se acerca y es misericordioso con esa gente, y que por eso mismo lo es también él. En estas parábolas, el evangelio  nos muestra, al mismo tiempo, el rostro de Dios y el rostro de Jesús, cuál es el proceder de Dios y por qué Jesús está, se dirige, acoge, comparte y come con quienes lo hace.

La parábola fue dicha, sin duda, a personas que se parecen al hermano mayor, es decir, a personas que se escandalizan por el comportamiento de Jesús y por el mensaje del evangelio.

El texto

La parábola tiene dos partes: la primera narra la historia de la conversión del hijo menor; la segunda, la historia de la resistencia del hijo mayor para compartir la alegría y la misericordia del papá. De principio a fin de la parábola, aparece el papá, que es el punto de referencia y verdadero protagonista de toda la historia.

Al considerar la parábola como un todo, el punto culminante de la misma es la disputa del hijo mayor con el padre. Éste, molesto por la vuelta de su hermano, no entiende la alegría del padre y se niega a participar en la fiesta. ¡He aquí un hijo que nunca ha obrado mal en su vida, pero que todavía no conoce ni entiende a su padre!

La historia del hijo menor

La trama se desarrolla en cinco pasos que recorren el camino de ida y vuelta del hijo menor. En el primero, la decisión de marcharse de casa y de pedir la herencia a su padre, sin importarle el agravio que esto significaba; en el segundo, se describe la penuria en la extrema lejanía después de haber despilfarrado sus bienes y de llevar una vida disoluta; en el tercero, la toma de conciencia de la situación y la decisión de volver; en el cuarto, el encuentro con el Padre y en el quinto, la celebración por que este hijo «estaba muerto y ha vuelto a la vida».

La historia del hijo mayor

La parábola presenta el contraste entre la alegría del padre y la renuencia del hijo mayor que «se enojó y no quería entrar».

En esta parte se entretejen dos diálogos, el que tiene el hijo mayor con los criados, que cuando esta llegando a casa le dan razón de lo que sucede y el diálogo con el padre que sale a buscarlo para pedirle insistentemente que entre a la casa, escucha el argumento de su enojo y finalmente le responde exponiéndole sus motivos.

Con el hijo mayor se identifican los que ante Dios se sienten cumplidores, se creen buenos y justos; se siente merecedores del Reino y no están dispuestos a compartirlo con quienes no se han esforzado como ellos, han llevado una vida imperfecta y han cometido errores.

Es una actitud tristemente frecuente entre muchas personas. La parábola rechaza de plano semejante actitud. Lo que el padre piensa y hace es otra cosa. Para él lo más importante es que ante un hijo o/y hermano recuperado hay que hacer fiesta y alegrarse. Éste es el mensaje central de la parábola.

La convergencia de las dos historias

Las dos partes tienen dos puntos de convergencia; el primero la invitación a la fiesta. Ante el regreso del hijo menor, el padre exclama «comamos y hagamos una fiesta» y ante el malestar del hijo mayor, el padre exclama: «era necesario hacer fiesta y regocijarnos». El segundo punto de convergencia es el motivo, que el padre presenta con las mismas palabras ante los dos hijos: ˜«porque este hijo mío [hermano tuyo] estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado».

En el motivo de la fiesta, la parábola nos hace entender el misterio de la reconciliación como experiencia pascual, como paso de la muerte a la vida, como acción salvífica de Dios en el hombre.

El comportamiento del Padre

El comportamiento del Padre, transversal a toda la parábola, nos describe una enternecedora catequesis sobre la misericordia.

Ante el hijo arrepentido que regresa, el padre «lo vio», «se enterneció profundamente» y «corrió hacia él» para encontrarlo. Su hijo, aunque se fue de casa, nunca se ha salido de su corazón; y si un día se vio agraviado por su conducta insolente, ver su humillación y sufrimiento fue suficiente para acogerlo de nuevo con profunda emoción.

Esta emoción va acompañada de seis gestos de amor, gestos de misericordia que rehacen la vida desecha del hijo pecador.

  1. Le echó «los brazos al cuello», rompe todas las barreras, no espera explicaciones, no le exige que se purifique, no toma distancia, se acerca y lo acoge entre sus brazos.
  2. «Lo cubrió de besos»; el beso es la expresión del perdón paterno, que en este caso es ofrecido antes de la confesión del arrepentimiento del hijo.
  3. Lo visitó con «la túnica más rica» con ello le restituyó su dignidad de hijo, confirmándolo en sus antiguos privilegios; su pasado, a quedado atrás junto con su vestido viejo.
  4. Mandó que le pusiera «un anillo en el dedo» y que le calzaran «sandalias en los pies», con ello le restituye la confianza y la entera libertad; el anillo era una insignia real para sellar los negocios y las sandalias eran privilegio de los hombres libres.
  5. Mandó matar «el becerro gordo»; dispone del animal que se alimentaba con más cuidado y se reservaba para alguna celebración importante en la casa.
  6. Y dijo «Comamos y hagamos una fiesta»; ¿el motivo?, el valor de la vida de su hijo.

La alegría del padre se confronta en este punto con la actitud del hijo mayor que se refleja en sus palabras

  1. «‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo!’» El problema no es simplemente “estar” con el padre sino de qué manera se está.
  2. «Sin desobedecer jamás una orden tuya» Este hijo mide su relación con su padre a partir del cumplimiento de la norma;
  3. «Tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos», su expectativa es la de una retribución proporcional a su esfuerzo; al final de cuenta lo que reciba no será un don, sino mérito suyo.

La relación entre el padre y el hijo menor, se mide por el amor, en el cual lo que importa no es lo que le pueda dar al otro sino el hecho de ser “hijo”. Sale a flote el gran valor de la relación y su verdadero fundamento. Lo que le dolía al padre no eran los bienes perdidos sino haber perdido a su hijo.

El hijo menor admite que ha pecado; su pecado más que haber llevado una vida disoluta, es haber abandonado la casa, haber rechazado ser hijo. Al pedir la herencia, declaró la muerte de su padre, la disolución del vínculo padre-hijo, por eso dice «‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti».

La vida disoluta es el resultado de una vida concentrada en si mismo, que excluye la relación con el padre, que es principio de vida. El perdón se reconstruye todos los aspectos de esta relación y esto es lo que importa. En primer lugar un hijo que redescubre el amor paterno y se goza en ello porque resurge con una nueva fuerza de vida. El hijo mayor, aún en casa, seguira viviendo como un extraño. En segundo lugar el redescubrimiento de la condición de hijo, lleva a recuperar la fraternidad. Por eso el padre corrige a su hijo mayor que se refiere a su hermano llamándolo «ese hijo tuyo», llamándolo  «este hermano tuyo».

Los caminos de reconciliación con el hermano deben partir del encuentro en el corazón del Padre.

 

[1] F. Oñoro, La increible misericordia de un Padre con su hijo que vuelve a casa, Lucas 15, 1-3.11-32, CEBIPAL:  F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 95-100.