Ecos de la Palabra

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No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo

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Adviento

Domingo de la I Semana. 

Ciclo B

Texto

† Del evangelio según san Marcos (13, 33-37) jkjkj

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento.

Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada.

No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo.

Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.  Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Con el adviento, iniciamos un nuevo año litúrgico, que se prolongará lo que resta de este año hasta finales de noviembre del año próximo. A este nuevo año litúrgico corresponde en el ritmo dominical el Ciclo B, y al ciclo ferial el año I, o año impar.

El texto que leemos este domingo es la conclusión del discurso final de Jesús: Jesús invita a sus discípulos a la perseverancia en la espera de su venida.

En el credo nosotros decimos que el Señor “de nuevo vendrá con Gloria; esta “venida” del Señor (en griego se dice Parusía), es interpretada generalmente como el “retorno del Señor” que se simboliza en retorno del dueño de una casa, que ha ido de viaje, que al marcharse hizo a sus servidores diversos encargos.

Detrás del lenguaje simbólico encontramos la invitación a vivir con confianza y perseverancia, apoyados en la fidelidad de Dios, que se manifiesta en el rostro de Jesucristo su Hijo y Señor de la Historia. 

Los cristianos no esperamos el “regreso” del Señor resucitado. Nuestra vida transcurre en la espera de su venida. Somos hombres y mujeres de esperanza.

EL CONTEXTO

El pasaje que leemos se ubica en la última gran lección de Jesús a sus discípulos. Es la parte conclusiva del discurso escatológico de Marcos y la palabra que hace resonar en los oídos de los discípulos es “¡Velen!”  Se trata de una enseñanza fundamental del discipulado.

Los discípulos en el su caminar en la historia, han de estar atentos ante los peligros externos -falsos profetas, persecución- y los peligros internos -perder de vista al Señor-. Pero no todo es negativo, en medio de la oscuridad, brilla la esperanza. En la última parte del discurso, Jesús cuenta dos parábolas: comienza con la parábola de la higuera y termina con la parábola del patrón ausente, que es la que leemos este domingo.

El tema de ambas parábolas es la venida del Hijo del Hombre. Las imágenes nos ponen ante situaciones de ausencia provisional a la que corresponde la expectativa del regreso; cuando la higuera reverdece, las ramas tiernas anuncian que el verano está por venir; cuando los empleados están encargados de la casa, el patrón está ausente pero a su tiempo llegará y les pedirá cuentas.

Al inicio del capítulo 13, en el que se encuentra el pasaje que leemos, nos encontramos con la inquietud de Pedro, Santiago y Juan, quienes ante la advertencia de que el Templo de Jerusalén llegaría a su fin, preguntaron: ¿Cuándo sucederá esto? ¿Cuál es la señal? Nadie sabe el día ni la hora del final de los tiempos ni de la segunda venida del Señor, lo sabe “sólo el Padre”. Ante esta realidad ¿cuál debe ser su actitud en el tiempo de la espera?

EL TEXTO

El texto que leemos lo podemos dividir en cuatro partes. La primera la exhortación; la segunda la parábola ilustrativa; la tercera, la aplicación de la parábola a la exhortación y la cuarta, la repetición de la exhortación.

1. La exhortación

El pasaje comienza con un llamado a estar atentos: ““Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento”. Es un llamado reiterado. En el mismo capítulo 13 lo encontramos en cuatro ocasiones: “fíjense que nadie los engañe” (v.5), “Vean por ustedes mismos” (v.9), “vean que se los he predicho” (v.9) y “Estén preparados…:” (v. 33).

La manera concreta de ejercitar la atención en los momentos difíciles de la historia y ante la expectativa de la venida del hijo del hombre es la vigilancia: ¡Velen! En el texto que leemos este imperativo se repite tres veces y es el eje de la enseñanza. Los discípulos deben percibir con mirada lúcida y aguda la venida del Señor en este tiempo en que no saben “cuando será el momento”.

¿Qué es lo que Jesús pide en el mandato ¡Velen!?

El termino en griego, significa “estar despierto”. Esto no quiere decir que los discípulos no deban dormir, lo que físicamente sería imposible. En el contexto del evangelio de san Marcos tiene dos significados especiales: 

a) Estar despiertos significa ejercitar una vigilancia atenta, es la actitud de la comunidad que en medio del mundo evangeliza, haciéndolo en medio de las contradicciones y amenazas que surgían por el camino. Los discípulos no pueden bajar la guardia hasta que no regrese triunfante el Hijo del hombre, deben permanecer sobrios y vigilantes. 

b) Velar significa también reconocer continuamente que uno es siervo y que tiene responsabilidad con el patrón, que la vida debe concentrarse en el cumplimiento del encargo recibido y que el estilo de vida debe corresponder a la condición de un siervo responsable.

2. Una parábola ilustrativa

La comparación es muy simple: es como el dueño de una casa, que cuando emprende un viaje, toma precauciones y da a su empleado una encomienda y al encargado de la puerta le pide estar vigilante: “Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada uno lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando

3. Aplicación de la parábola a la exhortación

Encontramos dos novedades. Los servidores no saben a que hora va a llegar el dueño de la casa y la tarea encomendada al cuidador de la puerta vale también a todos los siervos. Entonces la aplicación de la parábola lleva a su punto más fuerte “velen… No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo”.

Los centinelas saben que el tiempo más crítico es la noche, no sólo por la llegada de un ladrón sino también por la venida del dueño de la casa. Por eso, no pueden dormirse, deben estar despiertos en su puesto de vigilancia.

La frase “pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa” está acompañada de cuatro indicaciones temporales que corresponden al cambio de turno de los centinelas: atardecer, media noche, al cantar el gallo, a la madrugada. Son las cuatro vigilias de la noche que nos dicen que los servidores deben tomar las mismas actitudes de los centinelas.

A lo largo de la historia, en el seguimiento de Jesús, los discípulos corren un riesgo: el Señor no está presente de manera visible, pueden olvidarse de Él y de sus tareas. Los siervos “vigilantes” son los que siempre están listos para recibirlo y para responder a su voz,

4. Repetición de la exhortación

La exhortación se encuentra de nuevo al final: “Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”. Hay un dato nuevo, lo que Jesús dice a los discípulos que fueron llamados, vale para toda la comunidad. 

Es una frase que tiene un valor misionero: los discípulos tienen el encargo del Señor de comunicar a todos los pueblos lo que aprendieron de Jesús. Hay que enseñar al mundo entero a vivir “vigilantes” en la historia. 

ENSEÑANZA: VIGILANTES EN ADVIENTO

El texto que hemos leído recalca la vigilancia en la noche. La asamblea dominical de los primeros cristianos duraba la noche entera. Lo hacían en espera del alba del primer día de la semana, el día del Señor (Domingo). Los cristianos esperaban la venida del Señor resucitado y lo recordaban cada semana, así aprendían a vivir la intensidad de la espera, siempre estaban en Adviento.

Nosotros no podemos perder el valor significado de la vigilia del Adviento. No se trata de “olvidar” las preocupaciones de cada día. La noche simboliza el tiempo de crisis, de soledad, de temores y angustias. La noche se hace más intensa cuando se han más oscuros los significados y los valores de la vida.

Esperar la venida del Señor no significa aguardar pasivamente la solución de los problemas personales, familiares o sociales, como un cambio espectacular que acontece de repente. Una espera en transformaciones mágicas sólo provoca desilusiones.

El discípulo sabe que cuenta con la fidelidad de Dios, quien se manifiesta en los signos de la historia y en cada encuentro cotidiano, donde es llamado a comprometer toda su responsabilidad.


[1] F. Oñoro, En la espera del Señor: como siervos en turno de vigilia durante la noche. Marcos 13, 33-37. CEBIPAL/CELAM.

Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXXIII semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (25, 14-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos se parece también a un hombre que iba a salir de viaje a tierras lejanas; llamó a sus servidores de confianza y les encargó sus bienes. A uno le dio cinco talentos; a otro, dos; y a un tercero, uno, según la capacidad de cada uno, y luego se fue.

El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió un talento hizo un hoyo en la tierra y allí escondió el dinero de su señor.

Después de mucho tiempo regresó aquel hombre y llamó a cuentas a sus servidores.

Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; aquí tienes otros cinco, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’.

Se acercó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; aquí tienes otros dos, que con ellos he ganado’. Su señor le dijo: ‘Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor’. Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y le dijo: ‘Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado. Por eso tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’.

El señor le respondió: ‘Siervo malo y perezoso. Sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado.

¿Por qué, entonces, no pusiste mi dinero en el banco para que, a mi regreso, lo recibiera yo con intereses? Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez.

Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene. Y a este hombre inútil, échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’”Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

El reino de los cielos es como el señor de unos siervos que les confía sus bienes: cinco talentos al primero, dos al segundo y uno al tercero. Desde el momento que se va el señor hasta el momento de su retomo, los siervos deben administrar aquellos talentos. No son suyos, solo los administran. No tienen que guardar simplemente aquellos talentos, sino que deben hacerlos fructificar. 

Podríamos decir que esta parábola va más allá de la parábola del siervo fiel. No basta con llevar a cabo un cometido bien determinado; hay que ingeniárselas para que el capital crezca. La parábola, desde este punto de vista, se puede leer como una invitación insistente del Señor a la misión de la Iglesia y de todo discípulo: se trata de comunicar el Evangelio con generosidad e inteligencia. Y podríamos añadir en este tiempo la invitación del papa Francisco a salir, es decir, a ir a las periferias urbanas y existenciales para ofrecer a todos el Evangelio del amor y de la misericordia. 

El primer siervo, al recibir los cinco talentos, se pone a trabajar y dobla el capital «negociando» con ellos. Lo mismo hace el segundo con los dos talentos que ha recibido. El tercero, en cambio, cava un hoyo en el suelo y esconde el único talento que ha recibido. Aquel talento, o aquellos talentos, son el Evangelio: es confiado a nuestra responsabilidad para que dé fruto. Escribe el evangelista que el señor da «a cada cual según su capacidad». 

No hay nadie que no sea capaz de vivirlo y de hacer que dé fruto; nadie puede alegar excusas sobre la incapacidad de comunicar el Evangelio. Por desgracia, muchas veces lo guardamos para nosotros, por pereza, porque pensamos que de ese modo seremos capaces de conservarlo. Eso significa enterrarlo en el hoyo de nuestro egoísmo. 

El miedo que afirma tener ante el Señor esconde en realidad el temor de perder su tranquilidad. E intenta enterrar la fuerza misionera que contiene el Evangelio. Jesús desvela esta ambigüedad. A aquel siervo no le faltan talentos; en todo caso le falta la confianza de que aquel talento, el Evangelio, pueda dar fruto.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 331-332.

Señor, señor, ábrenos… Yo les aseguro que no las conozco

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXXII semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (25, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras.

Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara.

Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’ Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’.

Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’. Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

También esta parábola gira en torno al tema de la vigilancia, como confirma la invitación final: «Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora». Sin embargo, ésta, en su procedimiento narrativo, contiene ciertas particularidades que la hacen única. 

En primer lugar, el escenario nupcial: la fiesta por excelencia, en el Antiguo Oriente, es la que se celebra con ocasión de las bodas. En ella todo debe concurrir a comunicar el lenguaje de la alegría y de la vida. El banquete, las luces, los trajes, la música, las danzas y, no precisamente en último lugar, el cortejo nupcial que acompaña al esposo a lo largo del camino: todo está al servicio de los esposos, todo se hace en su honor. 

Sabemos por el evangelio que la falta de vino (cf. el episodio de las bodas de Caná: Jn 2,l ss) podía representar un grave motivo de vergüenza y de vituperio para la familia recién constituida, pues era como decir que no estaba en condiciones de ocupar el puesto que se le había asignado en la comunidad. 

No era anormal que el esposo se retrasara bastante; tal como discurren las cosas en Oriente, no es posible prever con certeza en estas ocasiones un tiempo para su llegada, y por eso era justificable el adormecimiento después de horas y horas de espera en el camino. Pero la luz de las lámparas debía permanecer encendida para salir al encuentro del esposo en el momento en que se señalara su presencia. 

Sólo las jóvenes sensatas estarán preparadas en el momento oportuno, mientras que las otras, al ver languidecer la luz de sus lámparas, no podrán hacer otra cosa que ir en busca de aceite, en un último intento desesperado … aunque inútil. 

Llega el esposo, se forma el cortejo, entra en el banquete, se cierra la puerta. El llanto de las excluidas obtiene como respuesta un «Yo les aseguro que no las conozco’», expresión que subraya la distancia, la interrupción de las relaciones, la no comunión entre ellas y el esposo.


[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año, XI, 191-192