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Comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea

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Jua Bautista

Adviento

Domingo de la II semana

Ciclo A

Textos

† Del santo Evangelio según san Mateo (3, 1-12)

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”.

Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.

Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre.

Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.

Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham.

Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias.

El los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego.

El tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja.

Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1] 

El evangelio de este Domingo nos prepara a la venida del Señor con una invitación, clara, fuerte y precisa a la conversión. Nuestro pedagogo es Juan el Bautista, profeta del desierto, mensajero de la conversión. El texto que consideramos nos describe el perfil de este gran predicador que anuncia en el desierto un cambio de vida para superar el juicio de Dios

En el momento en que va a comenzar la predicación de Jesús aparece una personalidad nueva y desconocida; su entrada en la escena coincide con una nueva época de la historia que coincide con el tiempo final, el tiempo del Mesías. Lo que caracteriza a Juan es su predicación; viene a despertar la conciencias para abrir lo ojos a la obra que Dios está haciendo y conseguir que esta obra sea adecuadamente recibida por corazones bien dispuestos.

El relato está estructurado en forma organizada y didáctica; nos dice en dónde aparece Juan, nos narra su vida y presenta su predicación. Saquemos el mayor provecho de la contemplación del evangelio deteniéndonos en el escenario, en el mensajero y en el mensaje.

El escenario: El desierto

«En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea». El desierto es el lugar de un silencio envolvente, propicio para la escucha. En sintonía con el profeta Oseas (cf. 2,16) se le puede considerar como el lugar -geográfico y simbólico- al que se regresa para enamorarse de nuevo con Dios.

El “desierto de Judea” era una extensión amplia de terreno, que desciende vertiginosamente desde el costado oriental de Jerusalén hasta las cercanías del profundo valle del Jordán, descansando en la ribera occidental del Mar Muerto. Desde allí se extiende hacia el norte y hacia el sur, también con accidentada geografía, siempre pedregoso en sus montículos y con numerosos acantilados hondos en las monumentales rocas. Su erosionado suelo provoca un paisaje de apariencia grisácea, dando sensación de desolación.

Este desierto había sido refugio ideal en tiempos de guerra. ¿Por qué Juan predica allí, donde no hay casi nadie? ¿Por qué allí si lo que predica es un encuentro con Dios y no una fuga? El desierto es el lugar de la “escucha” donde se atienden, lejanas de toda distracción, las directivas de Dios. Para Israel el desierto fue con frecuencia un punto de referencia que apuntaba a sus orígenes y por eso, al tenor de la profecía de Oseas, el espacio geográfico-espiritual al cual se regresa para retomar el proyecto con la fuerza del amor primero

Para Mateo el término «desierto» tiene un matiz de «desolación»; sin embargo, el desierto como referente bíblico-histórico parece ser esencial; aún en la misma mentalidad popular el significado del lugar necesitaba ser aclarado desde una clave bíblica. El mismo Mateo da la clave. La referencia que hace a Isaías nos permite encontrar una nota de esperanza al evocar la peregrinación del Pueblo que vuelve del exilio, la acción poderosa de Dios que realiza el éxodo y el pueblo que regresa purificado y dispuesto a construir una sociedad nueva.

El personaje: Un profeta llamado Juan

Juan es presentado como un personaje del desierto. Lleva una vida austera. Su manera de vestir : «usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero» recuerda a Elías (cf. 1 Re 1,8) cuya indumentaria se convirtió en el ‘uniforme’ de los profetas (cf.  Zac 13,4). Vivía de lo estrictamente necesario, «se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre».

Este dato su estilo de vida personal: el vivir de lo estrictamente necesario proclama en primera persona que el predicador ha puesto su corazón en un valor mayor y que está dedicado completamente a la causa de Dios: vive abandonado a su providencia y en función del valor mayor lo relativiza todo de manera que nada lo aparte de su voluntad. Así de fuerte e intensa es la relación que sostiene con Dios.

El pueblo busca a Juan; su predicación alcanza un amplio radio. La gente que lo escucha está cansada, sabe que algo anda mal, que la forma como funcionan las cosas no ofrece la vida que quisieran, ni corresponde a lo que está llamados a ser como pueblo de la Alianza; se cometen muchas injusticias y son muchos los que participan de ellas. La voz de Juan les devuelve la esperanza, les recuerda su vocación y quieren recomenzar, recorrer un nuevo camino para vivir según la justicia de Dios, por eso le siguen.

La gente se hacía bautizar y confesaba sus pecados. Esta actitud –un gesto público- denota su sinceridad y la rectitud de su intención. No buscaban sólo la pureza legal, simbolizada ritualmente, sino la pureza moral. Este bautismo que era un parteaguas en su vida, funcionaría sólo si daban frutos de conversión.

El mensaje: Conviértanse, el Reino está cerca

El mensaje de Juan pretendía despertar las conciencias, abrir los ojos para que todos vieran la obra que Dios hacía y ésta fuera recibida adecuadamente por los hombres y mujeres de corazón bien dispuesto. El imperativo es «¡Conviértanse!». Se trata de tomar distancia de todo lo que impide experimentar la cercanía de Dios, su amor y su misericordia. La motivación es clara: «el Reino de los cielos está cerca». La conversión es para caminar en dirección al Reino. El Señor viene, cumple su promesa de salvación y ésta tiene exigencias para quienes quieren acogerla.

El tema final de la predicación de Juan es la venida de Jesús. Esto lo deja claro en la advertencia que hace a los fariseos y a los saduceos que querían recibir el bautismo pero se mostraban renuentes a un verdadero cambio; se sentían privilegiados por ser descendientes de Abraham. Sin embargo, la conversión que Juan predica no tiene excepciones, no admite aplazamiento, ni fingimiento; implica un juicio y éste es inminente. A los que quieren el bautismo pero no quieren cambiar Juan les llama «raza de víboras» los considera hipócritas, falsos, son gente que hace daño –envenenan- y este daño es irreparable.

La única manera de recibir a Dios que viene es la conversión sincera y esta debe constatarse: «hagan ver con obras su arrepentimiento» No se trata sólo de superar conductas pecaminosas, sino reconocer radicalmente a Dios orientando a Él la vida para que ésta exprese lo ‘nuevo’, lo que Él quiere que hagamos. La conversión no consiste en cambiar ‘algunas’ cosas que incomodan, consiste en un movimiento interno para poner la propia existencia en sintonía con Dios.

Juan como profeta no sólo remueve las conciencias con sus denuncias sino que también anuncia lo nuevo que está a punto de venir. Lo hace confrontando el bautismo con agua que él administra con el bautismo con Fuego y Espíritu Santo que administrará el Señor. Juan es sólo el precursor.

El Bautista presenta de manera severa la intervención de Dios. Su predicación se propone pedagógicamente en el Adviento, invitándonos a disponernos interiormente, porque el Señor está cerca y lo recibirán sólo quienes sean dóciles a Él y no quienes busquen únicamente su propia satisfacción o quieran llevar adelante sólo sus proyectos.

La conversión no se reduce ritos religiosos. Hay muchas personas que asisten a Misa y nada acontece en ellos, les da lo mismo, siguen igual. La conversión implica una transformación profunda de la persona, pasar de la rebeldía con Dios, abierta o disimulada, a una obediencia sincera a Él en todas las cosas.

Esta conversión se nos hace difícil en la medida que estamos apegados a nuestra voluntad, a nuestro amor propio y y con habilidad escondemos estas actitudes bajo apariencias de bondad.  No tengamos miedo. Jesús no se manifestó como juez terrible sino como hermano mayor, hijo de un Padre misericordioso. La conversión a la que se nos invita en este Adviento nos pide disponernos interiormente para participar en la novedad definitiva: la tremenda cercanía de Dios, que nos ama con misericordia infinita.

 

[1] Cf. F. Oñoro. Juan Bautista en el Desierto. La voz del profeta de los nuevos tiempos. Mateo 3, 1-12. CELAM/CEBIPAL.

¡Velen! ¡Estén despiertos!

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I Adviento
Adviento

Domingo de la I Semana

Ciclo A

El texto

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24, 37-44)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos.

Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.

Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor.

Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa.

También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La invitación del evangelio del primer domingo de adviento es a estar en vela. Hay que recordar que en el tiempo de Jesús la noche se dividía en tres vigilias y el centinela o guardia que estaba de guardia, vigilaba, es decir, permanecía despierto, atento ante cualquier eventual peligro.

La vigilancia es una manera de posicionarse frente a la vida. Implica discernir lo que estamos viviendo, de reflexionar con lucidez y detectar aquello que nos quita la paz; se logra entrando en dialogo limpio y honesto consigo mismo y con Dios.

El texto evangélico nos dice con insistencia: «Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor» invitándonos con ello a estar atentos para que cuando venga el Hijo del Hombre no nos encuentre dormidos.

Sólo así no nos cogerán de sorpresa los acontecimientos fundamentales en los que se juega el rumbo de nuestra historia personal, tendremos prontitud espiritual para reaccionar y decidir correctamente un proyecto de vida que sí da crecimiento pleno.

Lo contrario de velar no es dormir, sino vivir adormecidos. Dormir es benéfico, lo que hace mal es el insomnio y vivir somnolientos, en estado semiconsciente; el sueño permite reponerse del desgaste de la jornada y descansar; sin embargo, no es algo voluntario, es una necesidad vital, instintiva. Velar supone entonces sobreponerse a la fuerza del instinto para estar atento, con los cinco sentidos y poder responder ante cualquier eventualidad o peligro.

El Señor vendrá

El acontecimiento que no nos debe encontrar adormecidos o somnolientos es el retorno de Cristo. Si, el Señor vendrá, así lo confesamos al decir en el credo que creemos que “… de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin“.  No sabemos cuando será, pero confiamos en su promesa: sabemos que el Señor vendrá porque un día vino en la carne; así lo dijo, y con su muerte y resurrección hizo creíbles todas sus palabras.

Es una venida anunciada

Desde el comienzo del evangelio, Jesús anunció la cercanía del Reino, es decir, la voluntad de Dios de hacer valer en la historia su Señorío, de manera que ni los hombres, ni la voluntad de la naturaleza tendrían la última palabra para determinar el curso de la historia.

El señorío de Dios se realizaría por medio de la venida del Hijo del Hombre con la potencia y la gloria de Dios. Cuando el Reino se revele definitiva y universalmente con todo su poder ante todo el mundo, toda existencia humana se manifestará ante el Hijo del hombre –Jesús en su gloria- con su verdadero sentido y valor. Con la venida definitiva de Jesús toda persona saldrá a la luz en su más íntima esencia.

Puesto que la historia de la humanidad está profundamente conectada a la venida del Señor, cada uno debería conducir su proyecto de vida en esa dirección. Ante Jesús tendremos que responder por todo lo que buscamos, trabajamos y logramos. En este sentido, toda nuestra vida debe prepararse para ese momento.

Es un regreso que pide estar preparados

Sin embargo, nadie conoce el día ni la hora, por eso hemos de velar y estar preparados. Es inútil ponerse a calcular cuándo acontecerá el regreso del Señor, lo que importa es estar preparados en todo momento, evitando cualquier comportamiento irresponsable. No es responsable vivir al impulso de los instintos, sin ningún proyecto de vida. En el evangelio, el Señor nos presenta tres comparaciones que nos ayudan a entenderlo mejor.

Llevar una vida distraída. Leemos: «Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.». La enseñanza salta a la vista. No es razonable vivir de manera distraída, despreocupada.

La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absorbida por la vida terrena: comer, beber, casarse. Dejarse llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo inmediato, sin pensar en nada más allá, centrados en gozar la vida. En aquel entonces, el diluvio estaba anunciado, no pasaba nada, parecía algo lejano e irreal, por ello quienes vivieron en aquella época prefirieron concentrar su vida en lo que consideraban más concreto y práctico.

De la misma manera, la venida del Señor solamente ha sido anunciada. El hecho de que no suceda nada, puede llevar a pensar que tenemos mucho tiempo y a descuidarse en la atención a su venida, poniendo atención en asuntos más inmediatos; sin embargo, Jesús insiste que su venida sea imprevista y sorprendente.

Vivir embotados por la rutina y engañados por las apariencias. Leemos: «Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.» No hay que quedarse en la apariencia externa de las situaciones terrenas. Jesús parte de escenas de la vida diaria de mundo agrícola: los varones siembran y cosechan, las mujeres muelen el trigo. Todos trabajan absortos en las rutinas de la vida.

Las situaciones semejantes que todos vivimos, hasta cierto punto rutinarias: trabajo, fatiga, sufrimientos, alegrías, vida y muerte, pueden llevarnos a la ilusión de que la obediencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia, no tienen ninguna importancia; que es indiferente la forma en que se vive, al fin y al cabo, todos terminaremos igual.

El evangelio dice que con la venida del Señor habrá una separación radical: uno será tomado, otro será dejado; es decir, quienes esté preparados serán recibidos en la comunión con Dios y los otros serán excluidos.

La llegada imprevista. Leemos: «Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa.» Cada persona tiene que autorregularse y conducir su vida con base en la vigilancia.

Si conociéramos el día y la hora de la venida del Señor, dejaríamos para el último momento la preparación, pero el Señor viene y llegará como hace un ladrón nocturno, en forma inesperada, de manera sorpresiva, impredecible. Por eso, hay que estar preparado en todo momento. No podemos dejar de estar alerta. Hay que vivir responsablemente según la voluntad del señor, de manera que podamos encontrarlo, en cualquier momento, con la frente en alto.

Es un regreso deseado

La enseñanza de Jesús no es para asustarnos u obligarnos a una conversión movidos por el miedo. Lo que quiere es abrirnos los ojos. La venida del Señor no es para paralizarnos de miedo, sino para movilizarnos en la preparación. El miedo por la venida es cuando las cuentas de nuestra vida no están saldadas; cuando esto sucede, hay que prepararse, sólo así la vida tendrá sosiego, tendremos fortaleza interior y podremos soñar y construir los sueños de Dios.

El Señor viene a darle plenitud a nuestra vida, a elevarla a un plano superior compartiéndonos la suya, como lo ha hecho desde el momento de la encarnación. La vigilancia que nos pide el evangelio no se refiere sólo al encuentro final con Dios, en el fin del mundo o en el fin de nuestra existencia. Cada día Dios esta viniendo a nuestro encuentro y no podemos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, nos sale al encuentro escondido en las personas más necesitadas y en diversas formar en las que nos colma con su gracia.

Conclusión.

La venida del Señor no debe atemorizarnos, Él viene como reconciliador, como dador de paz; viene para enseñarnos los caminos de Dios, para darnos a conocer su voluntad de salvación en el amor y en la justicia. Por eso en cada Eucaristía lo aclamamos diciendo ¡Ven Señor Jesús! indicando con ello que Él es nuestra esperanza.

Quien no sabe esperar se desespera y la desesperación hace perder el sentido de la vida; cuando esto sucede se vive como en automático, como ‘nadando de muertito’, arrastrado por las circunstancias, movido por los instintos, sin la luz de la inteligencia, sin la calidez de los afectos y sin la fortaleza de la voluntad. Quien vive instintivamente vive sólo para sí, manipula a los demás, los utiliza y los desecha; vive encerrado en si mismo, incapaz de descubrir en el otro a un hermano, de reconocer su dignidad, de respetarle, de servirle, de amarle y de perdonarle.

Por eso este domingo comenzamos a prepararnos a la Navidad fijando la mirada en el horizonte, recordando la promesa del Señor y renovando nuestra confianza en su cumplimento. La Palabra de Dios, si bien utiliza el lenguaje apocalíptico que hoy nos resulta un tanto extraño, lejos de querer provocar temor en nuestro interior nos invita a vivir en la esperanza y a sostenernos en ella mediante la oración, la escucha de la Palabra y la práctica de la caridad, para ser capaces de reconocer al Señor a su regreso y para que cuando Él venga nos encuentre vigilantes y nos haga partícipes de su Reino.

¿Cómo ilumina la Palabra de este Domingo nuestra vida? Es urgente despertar de la modorra espiritual. No podemos vivir inmersos en la preocupación egoísta de buscar sólo la satisfacción de nuestros deseos y necesidades.

El Señor vendrá de nuevo para llevar a plenitud todo cuanto existe, también a nosotros y debemos caminar en esa dirección, comprometiéndonos, en lo que nos toca, para que cada una de las dimensiones de nuestra existencia alcancen la plenitud: cuidando la salud de nuestro cuerpo, cultivando nuestra espiritualidad, aguzando nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad, estableciendo relaciones humanas saludables, fortaleciendo nuestra capacidad de amar, purificando nuestros afectos y encauzando toda nuestra energía vital en el cuidado de la vida, la propia y la de los demás, conformando comunidades fraternas y relaciones sociales justas.

No vivamos distraídos, preocupados sólo de lo más básico e inmediato; ni nos escondamos en el pretexto de que de nada sirve llevar una vida buena si al final todos vamos a donde mismo; hoy escuchamos que «de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada» y esto significa que quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y quienes no, ellos mismos se habrán excluido de la vida plena. ¡Ven Señor Jesús!

 

 

[1] Cf. F. Oñoro, Adviento: este es el tiempo de la Esperanza. Un discípulo siempre está en “vigilia”. Mateo 24, 37-44. CEBIPAL/CELAM.

Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí

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Tiempo Ordinario

Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo

Textos

† Del evangelio según san Lucas (23, 35-43)

Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”.

Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo corona el año litúrgico. El año que concluye fuimos conducidos por san Lucas que nos presentó en su evangelio a Jesús de Nazaret, desde el pesebre hasta el Calvario como manifestación perfecta de la bondad y de la misericordia de Dios.

En la hora de la Cruz, Jesús no se desmiente; en esa hora, el «amigo de publicanos y pecadores» sigue fiel a su proyecto de manifestar la misericordia de Dios acogiendo incluso al criminal que comparte su cruel destino, dando así a sus discípulos de ayer y de hoy la última lección.

El Contexto

En la escena de la pasión que contemplamos, Jesús aparece expuesto para ser visto por una gran multitud. Esta flanqueado por dos criminales que hacen recordar de inmediato la profecía de Isaías: «ha sido contado entre los malhechores» (Is 53, 13). Estos delincuentes eran probablemente fanáticos sediciosos del partido de los zelotas, que eran adversarios políticos del imperio romano. Nos hemos acostumbrado a verlos como ‘ladrones’, quizá, más que eso, eran delincuentes de alta peligrosidad.

Aunque el texto litúrgico no lo incluye, no pasemos por algo que Lucas presenta al pueblo, con una actitud respetuosa y curiosa, como testigo de los últimos momentos del crucificado. No sucede lo mismo con tres grupos representativos que provocan a Jesús: las autoridades, los soldados romanos y uno de los malhechores ajusticiados junto a él.

Lucas, desde el inicio del evangelio, presentó a Jesús como salvador, heredero del trono de David su padre. Ahora, en las últimas páginas, el evangelista evoca esta cualidad del Señor y los títulos de Mesías y Rey se alternan en las palabras que le dirigen sus últimos interlocutores que lo interpelan con gritos diciéndole: «¡sálvate a ti mismo!» apelando a su identidad de Mesías y Rey.

Con estas interpelaciones los interlocutores del Crucificado intentan poner a prueba su predicación sobre la salvación pronta del hombre sufriente. Mientras esto sucede, el pueblo contempla la escena que quienes leemos hoy el evangelio somos invitados a contemplar siguiendo paso a paso las afrentas de las autoridades, de los soldados y del criminal; la réplica del otro criminal a su compañero y el diálogo de uno de los criminales con Jesús.

Tres afrentas

La primera. Leemos: «las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.» Los primeros en ridiculizar a Jesús son las autoridades judías que piden a Jesís que muestre su poder. A lo largo del evaangelio se fue narrando cómo efectivamente Jesús era el salvador que se ponía misericordiosamente del lado de los débiles, que se hacía presente en situaciones de peligro mortal, que salía al encuento de toda necesidad humana para «buscar y salvar lo que estaba perdido». Ahora que se encuentra en el patíbilo, cuando es él quien pasa extrema necesidad surge la pregunta ¿Este es el Mesías enviado por Dios para garantizar la salvación plena de todo hombre? ¿De qué sirve un Mesías que no puede salvarse a sí mismo de la muerte?

Más allá de las burlas, de las muecas e improperios de las autoridades, en la Cruz se está anunciando una verdad: Jesús es verdaderamente el «Elegido» de Dios; su misión se realiza por el camino del sufrimiento, tal y como lo había profetizado Isaías en los cánticos del siervo sufriente. La expectativa de que Dios venga a rescatar a su Mesías del sufrimiento y de la muerte, se cumplirá de una manera distinta a la que los judíos esperaban.

La segunda. Leemos: «También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.» La soldadesca también se burla de Jesús, lo hace con gestos y palabras. El motivo de la burla es la inscrpción que, sobre su cabeza, lo declara ‘rey’. Le «ofrecían vinagre»; se trata de una bebida energizante que utilizaban los soldados cuando hacían grandes esfuerzos físicos o que se administraba a personas con debilidad física para darles vigor. Lo que es un aparente gesto de caridad es en realidad una cruel manera de prolongar la agonía y el sufrimiento. Irónicamente se presenta el rey, idealmente sano y fuerte, como un pobre hombre débil, incapaz de ponerse al frente de un ejército, por ello los soldados se mofan de él; su poder ante el mundo está desacreditado. Sin embargo, el evangelio presenta el reinado de Jesús de un orden distinto al político; más aún, la debilidad humana se presenta como lugar de salvación.

La tercera. Leemos en nuestro texto: «Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”.» Ahora es uno de los criminales quien insulta a Jesús. Se trata de un delincuente que comparte su destino y que en su desesperación descarga su agresividad contra Jesús. Aparece nuevamente el tema de la salvación, además de increparlo diciendo «que se salve a si mismo», se amplía el radio exigiendo «sávanos a nosotros». Parecería que este criminal está dispuesto a reconocer a Jesús como Mesías si hiciera algo por si mismo y por su compañeros de tormento; su interpelación es amarga, pues no logar comprender por qué Jesús no hace nada en este momento y su grito más que súplica aparece como insulto.

La interpelación de las autoridades, de los soldados y del criminal ponen en tela de juicio toda la obra anterior de Jesús; la Cruz parece desmentir su pretensión mesiánica. Una persona crucificada, agonizante, ¿cómo puede ayudar a los otros?

La réplica del otro criminal

Las palabras del otro criminal dan un giro a la escena y ayudan a comprender el ‘reinado’ de Jesús. En primer lugar se dirige a su compañero corrigiéndolo en su equivocada apreciación y en segundo lugar se dirige a Jesús en una implícita confesión de fe que da paso al pronunciamiento final del Maestro.

Leemos: «Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?» Con estas palabras el segundo criminal, al que tradicionalmente se le refiere como ‘el buen ladrón’, reprende a su compañero con una pregunta, haciendo una afirmación sobre ellos y sobre Jesús, mostrando el gran contraste que hay en la situación que viven ellos y la que vive el Señor.

Este segundo criminal interpreta los insultos de su compañero como falta de temor de Dios: «ni siquiera temes tú…»;burlarse del crucificado en su situación humillante es ‘no temer a Dios’, es decir, ignorar su juicio; lo que el criminal debería estar haciendo al encontrarse en la antesala de la muerte es precisamente confrontarse con el juicio de Dios, pues ante la muerte se debería estar pidiendo a Dios perdón por los pecados y no insultándolo.

Además de reprender al compañero haciéndole notar su falta de tomor de Dios, el segundo criminal reflexiona sobre si mismo y sobre Jesús. Leemos: «Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”.» Con estas palabras, el segundo criminal reconoce que él y su compañero están sufriendo su castigo justamente y con ello abre las puertas a la reconciliación pues aceptar el castigo es una expresión de penitencia.

Se hace notar la antítesis respecto a Jesús: «Pero éste ningún mal ha hecho» Estas palabras recuerdan el juicio que había hecho la autoridad romana: «nada ha hecho que merezca la muerte» y en el mismo sentido se expresará el centurión romano a la hora de la muerte de Jesús: «ciertamente este hombre era justo». El compañero de sufrimiento ofrece así un testimonio público de la inocencia de Jesús.

El diálogo con Jesús

Leemos: «Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.» Se distinguen dos partes: la súplica a Jesús y la respuesta de Jesús.

La súplica a Jesús. El criminal vuelve su mirada hacia Jesús y se dirige a él en tono orante, manifestando su esperanza de ser aceptado por Dios. No le pide a Jesús que lo libere de la muerte sino que lo admita en su Reino que se manifestará en su ‘venida’ gloriosa. Con pocas palabras, este hombre señala el sentido del reinado de Jesús; también él ha visto el letrero encima de la Cruz que lo presenta como Rey pero lo ha interpetado de otra manera.

Este segundo criminal invoca a Jesús de manera distinta a como lo habán hecho los anteriores interlocutores, le haba directamente, le dice «Señor» y le pide que no lo olvide, que lo tenga en su corazón, que se acuerde de él; su mirada está puesta en el triunfo final de Jesús: «cuando llegues a tu Reino», que equivale a decir: cuando vengas como Rey, esto es, en la plenitud de los tiempos, cuando se manifieste plenamente el poder de Dios. Este criminal confiesa su fe: Jesús es el Mesías.

De esta manera, el llamado ‘buen ladrón’ se presenta como modelo de discípulo: reconoce sus pecados, testimonia la inocencia del crucificado y está dispuesto a entrar en ese camino que pasando por la muerte culmina en el paraíso; este hombre capta, mejor que ningún otro en el relato, quién es Jesús.

La respuesta de Jesús. La respuesta de Jesús pone punto final a toda la obra de misericordia que se ha descrito a lo largo del evangelio. El Maestro comienza su última lección dando certeza a su discípulo: «yo te aseguro» y esta certeza es sobre el ‘hoy’ de la salvación.

El ‘hoy de la salvación’ es precisamente uno de los temas de Lucas, que en distintas escenas se refirió a la actualidad de la obra de Dios: «hoy ha nacido un salvador» (Lc 2,1); «hoy se ha cumplido esta Escritura» (Lc 4, 21); «Hoy hemos visto cosas maravillosas» (Lc 5,26»; «Hoy la salvación ha llegado a esta casa» (Lc 19,9).

El ‘buen ladrón’ espera la salvación para el futuro, sin embargo, Jesús hace notar que, si bien su reinado se consumará con su exaltación y en la parusía, con su muerte en la Cruz entra en posesión de su señorío real en el cielo por lo que, así como acogió a los pecadores, ahora acoge a ese criminal que ha admitido su culpa y ha suplicado la aceptación de Dios. El don de la vida del Crucificado es también para este pecador el hoy de la salvación. La muerte de Jesús abre una posibilidad de conversión incluso en el último instante.

El término «paraíso» indica el cielo, la comunión definitiva con Dios. Es una palabra que proviene de la lengua persa, su significado original es ‘jardín’. Jesús indica que el lugar de encuentro con su nuevo discípulo no será el lugar de la muerte, sino el de la vida plena que Él mismo nos alcanza con la victoria pascual, es una promesa de perdón para el malhechor agonizante. Así, se presenta una nueva comprensión de la muerte: ésta conduce hasta la presencia de Jesús, hasta la comunión con el Dios de la vida en el cielo.

Conclusión.

En medio de los dolorosos acontecimientos de la pasión, sólo un criminal proclama su fe en el Mesías Salvador. El poder del reinado de Jesús se manifiesta como salvación de todas las personas, particularmente de los pecadores que se vuelven a Él con fe. El segundo criminal captó de qué manera Jesús reina en la Cruz y se deja salvar por Él.

No perdamos de vista la fe del malhechor convertido en la circunstancia más adversa. El criminal sentenciado se transforma en catequista pues se esfuerza por que su compañero caiga en la cuenta ante quién se encuentran. De discípulo pasa a ser apóstol que testimonia desde lo alto de la Cruz que Jesús es el modelo hacia el cual todo el mundo debe mirar; invita a la humanidad entera a comprender el misterio del Crucificado que revela que Él es el rey misericordioso que se ocupa de nuestras vidas. Lo más grave que puede pasar a una persona no es ser condenada al sufrimiento y a la muerte, sino excluirse del Reino. Nuestra cita con Dios no es la morada de los muertos sino el Reino de la vida y de los vivos que comenzó a brillar en la Cruz.

 

 

[1] F. Oñoro, El Diálogo con el Rey de Misericordia. Una cita en el reino de la vida y de los vivos. Lucas 23, 35-43. CEBIPAL/CELAM.