Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Evangelio Dominical

Dios les hará justicia sin tardar

0
juez injusto y viuda Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIX semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (18, 1-8)

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola: “En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

En nuestra lectura del evangelista san Lucas, damos un salto y salimos del capítulo 17 omitiendo la lectura de dieciocho versículos que tratan de la manifestación del Reino de Dios y del regreso del Hijo del Hombre.

Nuestra contemplación se enfoca en los primeros ochos versículos del capítulo 18 y nos presenta la segunda catequesis del ciclo de la oración que iniciamos el domingo pasado. Tomando en cuenta el contexto de los versículos precedentes -que no se leyeron-, contemplamos el tema de la oración desde el enfoque de la segunda venida de Jesús ¿Cómo vive el discípulo el tiempo de espera de la segunda venida? La pregunta tiene sentido, pues el discípulo tendrá que enfrentar muchos problemas que ponen a prueba su fe.

El tema pues que abordamos es el de “la oración perseverante en la hora de la prueba”, abordando directamente el asunto de la impaciencia ante la injusticia. Jesús narra la parábola del “juez corrupto y la viuda insistente” y nos anuncia la justicia cierta y pronta de Dios, que tiene su propio ritmo.

Esta nueva enseñanza sobre la oración se dirige a los discípulos para alentarlos en momentos de desesperación ante la paciencia de Dios.

El contexto espiritual del texto

El domingo pasado aprendimos que la oración de súplica y la de acción de gracias deben integrarse en el corazón orante. Veíamos que la oración de gratitud es difícil y hoy caemos en la cuenta de que la de súplica o intercesión también tiene sus dificultades. La clave nos la da el mismo evangelio que plantea la posibilidad de desfallecer o desalentarse en la vida de oración.

Lo que sucede es que en algún momento se puede llegar a sentir cansancio; en esos momentos el orante se expone a caer en la tentación de dejarla de lado. Este cansancio del orante significa algo más que aburrimiento o fatiga mental, se refiere más bien a perderle sentido a la oración cuando se experimenta el silencio de Dios, cuando no se reciben los favores esperados, cuando se experimenta en la propia vida cierta ausencia de Dios.

Hay además ocasiones en las que la realidad es contraria a lo que la fe espera que suceda, y esto hace dudar de la justicia de Dios; hay cuestionamientos que surgen de experiencias personales de fracaso que ponen en la tentación de sentir el desinterés de Dios y llevan al planteamiento de si vale la pena seguir creyendo en Él y si tiene caso seguir insistiendo en la oración.

Cuando la fe flaquea se siente desconsuelo y la oración se derrumba, porque la oración es el ejercicio e la fe. El término “desfallecer” que encontramos en el evangelio describe el desánimo que paraliza, la desesperación que lleva a abdicar de la fe y el hastío o cansancio que hace sentir repulsión. Todos estos matices del término “desfallecer” apuntan a una misma realidad: la muerte de la vida de oración como consecuencia de una crisis mal llevada.

Jesús viene al encuentro de la crisis del discípulo

Jesús «para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola…» La oración, que es tensión permanente del corazón hacia Dios, debe caracterizar la vida entera del discípulo, en todo instante y no puede derrumbarse. La oración perseverante en tiempos de prueba sostiene la fe de los discípulos que, orantes, aguardan la intervención definitiva de Dios en la historia. En los momentos de dificultad, para mantener la esperanza, es necesrio reforzar la confianza en Dios; para ello, es necesario descubrir su manera de obrar caracteristica que es «hacer justicia» es decir, restaurar el daño que impide a sus hijos vivir conforme a su proyecto de salvación.

El caso del juez corrupto y la viuda insistente

La parábola narra con brevedad la historia de una viuda que fracasa en su intento de conseguir que el juez del pueblo resuelva su caso. Parece ser que el juez tiene preferencias, acepta sobornos y atiende con solicitud a los pudientes, olvidándose de los pobres. Aunque la viuda es una mujer débil, al final, gracias su insistencia, logra su propósito: que el juez le haga justicia.

La primera parte de la parábola presenta al juez, a la viuda y la querella. No es la primera vez que Lucas habla de un juez; en esta ocasión es el protagonista de la parábola. En tiempo de Jesús, no obstante que el sistema jurídico había evolucionado, los asuntos en este ámbito se desahogaban con simplicidad: el juez escuchaba la acusación, intentaba conciliar las partes, exigiendo la reparación del daño a quien resultara responsable.

El juez de nuestra parábola es descrito con crudeza: «no temía a Dios ni respetaba a los hombres», encerrado en su ego, había llegado a prescindir de Dios y del prójimo en su vida; lo que lo mueve es el interés y carece de sentido ético; esto propiciaba que las personas inflyentes gozaran de privilegios que el común de la gente no tenía y fueran capaces de inclinar en su favor la balanza de la justicia.

El otro personaje de la parábola es una viuda, una de las cinco viudas que se mencionan en el evangelio de Lucas. En el mundo bíblico las viudas, junto con los huérfanos, son el símbolo de las personas necesitadas de ayuda; al no contar con la protección del marido, quedaban expuestas a que se aprovecharan de ellas; eran débiles y vulnerables. Por eso, las leyes bíblicas velan por sus derechos.

En nuestra parábola, la viuda representa a un pobre del pueblo, que en su necesidad no tiene otro recurso que el de su palabra abierta, atrevida e insistente; entra en la escena en medio de una audiencia pública, colocándose en la fila que quienes van al juez para exponerle sus problemas.

La viuda recurre al juez para procurar que se le haga justicia: «hazme justicia contra mi adversario»; éste, parece ser una persona que se esta aprovechando de ella, por causas de traspaso de herencia, de reparación de daños que le hicieron, o acreedores del marido difunto que tienen la pretensión de despojarla.  Todo confluye en un abuso frente al cual la viuda declara su indefensión.

La viuda, en su pobreza no tiene los medios para ser obsequiosa con el juez y así conseguir que se interese en su caso; sin embargo, no para de insistir, el único camino que le queda es la persistencia. Por mucho tiempo la petición de la viuda cayó en saco roto y se le daban largas a su asunto. El juez desacató las leyes que  le exigen darle precedencia y «por mucho tiempo, […] no le hizo caso». A esta negativa podría subyacer el temor de enfentarse con el poderoso oponente de la viuda.

Finalmente el juez cede, y hablando consigo mismo hace un raciocinio: si no actúa por una razón válida, atenderá su querella para no ser importunado.

La aplicación de la parábola

Jesús concluye su relato y pasa a una nueva sección del pasaje: «dicho esto, Jesús comentó…» Por lo que ve a la parábola, finalmente el juez decidió hacer justicia; lo que importa ahora ver como se aplica la parábola a la justicia de Dios.

Para hacer la aplicación, el Señor recurre a la antítesis, recurso que pone de relieve la diferencia: el proceder de Dios con los pobres que le claman es completamente opuesto al proceder del juez corrupto y aunque ambos «harán justicia pronto», sus motivaciones son diferentes.

Para afirmar el proceder de Dios, Jesús invita a sus discípulos a poner atención con una actitud analítica: «creen ustedes acaso que…»; plantea una pregunta lógica que confronta el comportamiento del juez con el de Dios: «si así pensaba el juez injusto…. Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar»; Él mismo ofrece una respuesta enfática que afirma la fidelidad del Dios de la Alianza con aquellos que le pertenecen: «les digo que les hará justicia sin tardar» y finalmente plantea una pregunta abierta, con la que invita a sus oyentes a reflexionar sobre su propia fidelidad a Dios: «Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará fe sobre la tierra?»

Afirmada la fidelidad de Dios, el problema recae sobre los discípulos: ¿son capaces de sostenerse fieles en el camino del Señor y comprometidos con la justicia? ¿así lo manifiesta su perseverancia en la oración?

La parábola nos descubre la imagen de un Dios Juez. No significa que se dedica a llevar cuenta de nuestros errores para dictar sentencia en contra nuestra; más bien nos descubre que amor y justicia van de la mano, que no pueden darse uno sin el otro. La imagen de Dios como Juez nos indica que Él “hace justicia”. Precisamente porque nos ama interviene en los factores negativos que hacen de la vida humana una desgracia; además, “hacer justicia” implica el actuar positivo de Dios que restaura la vida del ofendido.Esta dimensión positiva del «hacer justicia» de Dios, está referida a su proyecto creador que tiene como finalidad la vida, el crecimiento y la felicidad del hobre. La justicia de Dios es el nuevo orden de cosas querido por Dios en el cual todos son tomados en consideración y se realiza el plan de salvación con todas sus implicaciones. La “justicia divina” hay que desearla, suplicarla; debe temer a ella quien sea responsable de la ˝injusticia” de someter a los demás a sus propios intereses, lo que es contrario del proyecto de Dios.

En el evangelio la respuesta de Dios es el anuncio y realización del “Reino de Dios” que comenzó a acontecer en el ministerio de Jesús; alcanzó su culmen en su misterio pascual y sigue abarcando los momentos de la historia y a todos los hombres que se abren a él por la fe, que son bautizados en su Santo Espítitu y viven su proyecto en comunidad. El Reino de Dios alcanzará su plenitud hasta la segunda venida de Jesús.

Conclusión

Dios es fiel con los discípulos de su Hijo y les hará justicia; ésta, no es algo inmediato. En esta relación de alianza con Dios hay que atreverse a expresar las necesidades con la confianza de que serán atendidas.

La paciencia de Dios es un signo de su amor. La aparente dilación de Dios para responder a sus discípulos tiene que ver con la expectativa de conversión de los injustos y con la madurez en la fe de sus discípulos. Dios piensa en los justos, pero también en los injustos. El presente es tiempo de evangelización y de compromiso profético.

La paciencia no quita la prontitud: «les hará justicia sin tardar». Dios hará justicia, pero no a la manera del juez que tuvo que ser presionado por ocuparse de la viuda; Él respondera pronto. Ciertamente hay un intervalo de tiempo antes de la intervención final de Dios, en este tiempo se prueba la fidelidad del discípulo.

La parábola del juez corrupto y la viuda insistente, lleva nuestra atención del comportamiento de Dios al comportamiento de los hombres. Dios es fiel al hombre, pero ¿el hombre es fiel a Dios? La mirada se dirige ahora a Jesús, Él es la respuesta de Dios a la justicia que esperan sus discípulos; la fe en Jesús significa aceptarlo a él y a su mensaje.

Lo que se requiere por parte de los discípulos para acoger plenamnte la justicia de Dios es la perseverancia y la fidelidad. Por un lado, su desánimo e inconstancia pone en juego el tiempo final en el que serán reunidos todos los elegidos; por otro, el compromiso al cual los impulsa la fe, -el mensaje de Jesús en el evangelio- los llevará a trabajar para que no haya más viudas tratadas injustamente, ni abandonadas a su suerte.

El evangelio de este domingo nos educa en la oración intensa, en la súplica confiada e insistente. Esta oración es signo de una esperanza viva que nos sostiene en el tiempo que separa nuestro hoy, con el día de nuestro encuentro definitivo con el único que puede colmar plenamente nuestras necesidades. Las pruebas de la vida no son para claudicar en la fe, sino para crecer en ella.

 

 

 

[1] F. Oñoro, La oración perseverante a la hora de la prueba. Lectio Lucas 18,1-8, CEBIPAL/CELAM.

… le salieron al encuentro diez leprosos

0
leproso curado agradecido Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 11-19)

En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.

Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra.

Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias.

Ese era un samaritano.

Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?” Después le dijo al samaritano: “Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Este domingo nos encontramos con un hermoso relato de curación cuyo tema dominante es el de la gratitud. Se trata de la curación de 10 enfermos de lepra. Este relato, de curación milagrosa, junto con el de la curación de la mujer enconrvada, el de la curación del enfermo de hidropesía y el de la curación del ciego de Jericó, son los únicos relatos de curación que encontramos en el camino de Jesús a Jerusalén, que abarca 10 capítulos del evangelio según san Lucas; tienen en común que a ellos subyace el tema de la fe.

Recordemos que el domingo pasado, los discípulos suplicaban a Jesús que les ayudara a crecer en la fe; ahora, a partir de este episodio de curación que concluye con la expresión ˜tu fe te ha salvado», el tema se profundiza enlazándola con una de sus expresiones que es la oración, en este caso, de alabanza y gratitud. La fe es relación y la gratitud que brota de ella expresa la relación con Dios a quien se reconoce como Salvador. El texto que contemplaremos nos permite ver cómo la misericordia de Jesús se muestra con toda su grandeza.

Esta enseñanza sobre la oración agradecida es la primera de tres catequesis sobre la oración que nos ocuparán este y los próximos dos domingos; el próximo domingo nos ocuparemos de la oración de súplica en la parábola del juez inicuo y la viuda inoportuna; el siguiente, en la parábola del fariseo y el publicano.

El texto

El texto que leemos tiene dos partes que narra dos encuentros de Jesús que siguen la dinámica pedir – agradecer. En la primera parte se describe la petición de los diez leprosos a Jesús y su curación; en la segunda, la acción de gracias del samaritano y la interpelación de Jesús.

La primera parte nos cuenta cómo un grupo de diez leprosos sale al encuentro de Jesús para pedirles que los cure. En lugar de curarlos en el lugar, Jesús simplemente les manda ir y mostrarse a los sacerdotes. Cuando ellos fueron en obediencia a su palabra, se dieron cuenta de que habían sido curados.

La segunda parte es completamente novedosa, saca a la luz nuevos temas, propios del evangelio de Lucas: la oración y la acogida de un samaritano -amor al enemigo-.

El primer encuentro: La súplica de los leprosos y la respuesta de Jesús.

En la narración del primer encuentro de los enfermos de lepra con Jesús se distinguen cuatro partes: el contexto geográfico, la petición de los leprosos, la respuesta de Jesús y la verificación de la curación. A esta secuencia intercalaremos después del contexto geográfico una palabra sobre la situación que vivían entonces los enfermos de lepra.

El contexto geográfico

El relato comienza diciendo que Jesús se encontraba camino a Jerusalen y da detalles más precisos del lugar: «pasó entre Samaria y Galilea… estaba cerca de un pueblo»; además, presenta a los personajes: «…le salieron al encuentro diez leprosos».

Jesús se encuentra en el valle del Jordán, donde se trazan los límites entre Samaria y Perea -región que mas tarde será reconocida como parte de Galilea-. Con esta referencia geográfica el evangelista refleja la geografía política de su tiempo. No se dice el nombre del pueblo, el dato no es importante, pero indica que Jesús hace una parada en su peregrinar a Jerusalén. Allí le salen al encuentro los diez leprosos: «los cuales se detuvieron a lo lejos».

Una palabra sobre la situación de los enfermos de lepra

Los leprosos se acercan saliendo al encuentro, pero a la vez se mantienen a distancia. Este dato deja conocer su doble desgracia: son personas que padecen una enfermedad física y al mismo tiempo están en situación de marginación social y religiosa.

Estas diez personas que salen al encuentro de Jesús estaban enfermos de lepra. Recordemos que en los tiempos bíblicos se denominaba ‘lepra’ a una amplia variedad de enfermedades de la piel que eran tenidas como altamente contagiosas, algunas eran curables, otras no.

La situación de una persona enferma de lepra era bastante grave: se le apartaba de la vida social y se le reintegraba sólo si lograba curarse; la curación requería del testimonio del sacerdote y del ofrecimiento de un sacrificio en el Templo; esto implicaba inversión de tiempo y de dinero. Las curaciones de los enfermos de lepra eran más bien raras.

La ley prohibía a los enfermos de lepra el contacto con la gente sana (Cf. Lev 13,46) excluyéndolos del campamento, condenándolos a vivir sólos o junto a otros enfermos en condiciones similares con quienes formaban pequeños grupos como vemos en el relato que consideramos.

La distancia que mantenían de las personas sanas era la suficiente como para sostener un diálogo, recibir limosnas, medicinas o para poder ser vistos por aquél de quien esperaban ser curados.

Estas costumbres bíblicas están implícitas en la primera parte de nuestro texto; en la segunda parte llama la atención que la lepra haya borrado las diferencias o prejuicios religiosos que había entre los judíos y los samaritanos, algo impensable en condiciones ordinarias de salud.

La súplica de los enfermos de lepra

Los enfermos de lepra se dirigen a Jesús, «a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”». Notemos que lo llaman ‘maestro’, un título que en el evangelio de Lucas se escucha en voz de los discípulos. Esta indicación no es ociosa, los enfermos de lepra se colocan ante Jesús en actitud de discípulos, poniéndose bajo su autoridad.

Entonces, claman su misericordia, suplicandole: «ten compasión de nosotros»; con esta fórmula, y otras, se escuchan en el evangelio de Lucas los gritos de socorro. Los enfermos de lepra apelan al corazón misericordioso de Jesús. En Lucas, la misericordia es una característica del contenido y del estilo de la misión de Jesús. La súplica que apela a la compasión indica que en la situación desesperada se admite que se necesita definitivamente la ayuda del otro y que todo depende de la bondad y gratuidad de su corazón.

La respuesta de Jesús

Jesús se percata de la presencia de los enfermos, no es indiferente y se dirige a ellos: «al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”». La indicación de Jesús es una prueba para la fe de los enfermos; en efecto, es el punto culminante de una curación; como se ha dicho, según la normativa del antiguo testamento, la persona que se ha curado de la lepra, debe presentarse a los sacerdotes, para que constaten la curación, hecho que constituye la primera parte de la purificación religiosa, después tendrán que ir al Templo a ofrecer un sacrificio.

Los enfermos de lepra lo han llamado ‘Maestro’, les corresponde ahora someterse al poder de su Palabra.

La verificación de la curación

El primer encuentro termina así: «Mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra». El relato no describe ninguna orden de Jesús sobre la enfermedad. La curación se realiza por la fe de los leprosos en la palabra de Jesús, que no les ha pedido nada distinto de lo que haría cualquier enfermo de lepra estando ya curado. En el momento en el que estos obedecen el mandato sucede el milagro: «quedaron limpios».

Hasta aquí tenemos una historia de curación que destaca la misericordia de Jesús con estos hombres sufrientes y marginados y el lugar de la obediencia en la experiencia del discipulado.

El segundo encuentro: La gratitud del samaritano curado, la salvación por la fe.

La segunda parte del relato comienza con un giro inesperado: «Uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó…»; yendo de camino, se percató de su curación y volvió donde Jesús, con quien tuvo un segundo encuentro.

Este segundo encuentro, como el anterior, describe aspectos de la experiencia de la fe, pero en un nivel más alto que el primero. El relato se estructura en tres partes: el regreso de uno de los enfermos de lepra y la expresión de su gratitud; la interpelación de Jesús; el envío del samaritano.

El regreso de uno de los leprosos y su gesto de gratitud

El regreso de uno de los enfermos que fueron curados se describe destacando cuatro acciones: el camino de vuelta, la alabanza, la gratitud y la identidad del enfermo curado.

Lo que hace volver a uno de los que estaban enfermos de lepra fue la percepción de su curación, darse cuenta de lo que el Maestro ha obrado en su vida. “Ver que estaba curado” lo puso en movimiento hacia quien hizo posible su curación; hizo caso omiso de la norma del Levítico que le obligaba a acudir al sacerdote y se dirige a un nuevo centro de irradiación de la acción de Dios: Jesús Mesías.

El regreso es gozoso, «alabando a Dios en voz alta», probablemente entona cánticos, salta o baila de contento, para alabar a Dios. Ese hombre se coloca en la lista de los personajes que en el evangelio de Lucas saben reconocer la obra de Dios en Jesús: aquellos que no sólo ven el beneficio que reciben sino la identidad del rostro de quien los ayuda. Así lo hicieron el paralítico curado (5,25); la multitud después de que la resurrección del hijo de la viuda de Naím (7, 17); la mujer enconrvada (13, 13); el ciego de Jericó (18, 43); el centurión romano al pie de la Cruz (23,47); también reaccionó alabando a Dios la multitud en la sinaoga de Nazaret ante la primera enseñanza de Jesús (4,15) y, al final del evangelio, la comunidad de los discípulos (24,53).

Enumerar las veces y recordar las escenas en las que quienes reconocen la obra de Dios prorrumpen en alabanza, nos hace entender lo importante que es este tipo de oración en la vida del discípulo. Cuando Dios se manifiesta, cuando su poder se hace palpable, cuando muestra su inmenso amor y su cercanía al lado del sufriente y del marginado, el corazón no puede menos que alabar con júbilo su bondad.

El enfermo curado que regresó  «se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias»; el relato no recoge las palabras de gratitud, sólo el gesto de postración. En el lenguaje corporal de los orantes este gesto indica sometimiento, respeto, abandono, adoración, entrega. De esta manera se reconoce la grandeza de Dios y se le consagra completamente la vida. Es notorio que la gratitud no quede en palabras, sino que se exprese en un gesto que significa una relación más profunda con Jesús, que significa el ofrecimiento de la vida entera en un impolso de amor total. La gratitud se expresa con la oblación de si mismo, así el amor recibido es correspondido con amor.

Las acciones de este hombre agradecido son implícitamente una confesión de fe, pues coloca en el mismo nivel la alabanza a Dios y la postración a los pies de Jesús. La gratitud de este hombre se aproxima a la donación eucarística de Jesús, quien se da sin reservas, lo que es la plenitud de toda oración. La gratitud evangélica se relaciona con un impulso de amor total hacia Dios y se expresa en una nueva manera de dirigirse a los hermanos.

El narrador reserva para el último momento una sorpresa, la identidad del enfermo curado, «Ese era un samaritano», nada menos que una persona perteneciente a un pueblo considerado enemigo de los judíos. No es la primera vez que Lucas hace esto, ya lo había hecho en la parábola del buen samaritano, haciendo aparecer al viejo enemigo como modelo del hombre convertido que encarna la práctica de la misericordia de Jesús y de la oración.

La interpelación de Jesús

Ahora Jesús toma la palabra para responder al gesto del samaritano y así concluye el episodio; formula tres preguntas retoricas: «¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?»

Se destaca como de los curados sólo volvió uno; todos debían dar gloria a Dios, pero sólo el «extranjero», como se refiere al samaritano, lo hizo. El detalles es significativo. La espiritualidad de la gratitud no es común, tampoco es fácil; para vivirla se necesita poner atención en un presupuesto fundamental: dejarse maravillar por la novedad de Dios, reconociendo que no actúa en nuestra vida porque tenga que hacerlo sino sencillamente porque nos ama.

El samaritano es modelo del discípulo que encarna la espiritualidad de la gratitud. Los judíos se enorgullecen de confesar al verdadero Dios, de quien procede la salvación; para ellos, el no judio no tiene privilegios religiosos de ninguna naturaleza, sin embargo en el relato, el samaritano muestra que tiene una mejor comprensión de la obra de Dios y de la dinámica de la salvación.

La alabanza y gesto orante del samaritano -marginado por su raza y por su enfermedad- muestra con claridad la novedad del Reino. Los ‘pequeños’ comprenden la revelación, no los entendidos. Una vez más el evangelio deja claro el peligro de quien está acostumbrado a Dios y se relaciona con él en base a la lógica de méritos o derechos adquiridos. Quien es consciente de si mismo y reconce su indignidad, saba apreciar la grandeza de los dones que recibe.

El envío del  samaritano

Las últimas palabras del relato Jesús las dirige al samaritano: «Levántate y vete. Tu fe te ha salvado». Le ordena levantarse de la postración, seguir su camino y sintetiza la expriencia de lo vivido.

Jesús no lo despide, lo invita a seguirlo; lo sabemos por otros relatos en los que Jesús dice una frase simlar. Con los imperativos ‘levantate’ y ‘vete’ Jesús se comporta como ‘Maestro’. La primera orden de Jesús llevó a los diez leprosos a aprender la obediencia de la fe; esta segunda orden se dirige sólo al único que volvió para agradecer. La fuerza de la Palabra inserta al hombre sanado, que ha reconocido la obra de Dios en él, en la dinámica viva del discipulado, que no es sino el ejercicio continuo de la fe en todos los aspectos de la vida.

La última frase: «tu fe te ha salvado» es una síntesis de la experiencia vivida. La expresión es similar a la que Jesús dijo a la pecadora que «mostró mucho amor» (7,47), la que dijo a la homorroísa que pensó que con solo tocar su manto quedaría curada (8,44), y la que le dirá al ciego de Jericó que perseveraba en su clamor a la orilla del camino (18,42). La fe ha sido la causa de la curación y de la salvación. Los otros nueve también tenían fe, pero su fe era incompleta, no expresaron la gratitud. Esto es importante. Jesús hace notar la diferencia.

En primer lugar, la relación con Dios que se ejerce en la oración debe integrar la súplica y la gratitud. No sólo recibir, también dar, es el doble camino de la oración. Ante los dones recibidos, hay que glorificar a Dios.

En segundo lugar, la salvación no significa sólo recuperar la salud, sino ante todo acoger el Reino de Dios en la persona de Jesús. La curación no es sólo un favor para superar el sufrimiento, va más allá, toca lo más profundo del ser hasta hacerlo desbordar de amor. La persona que agradece experimenta una salvación que va más allá de la curación física.

En tercer lugar, la salvación consiste en la plenitud de la vida, alcanzando el destino para el cual fuimos creados, que comienza en la vida según el Reino y se acrecienta hasta sumergirla en la misma vida de Dios. Para ello se requiere el camino de la fe, pero de una fe completa, no como la fe incompleta de los leprosos que sólo tuvieron fe para ser curados, pero no para reconocer la obra de Dios, alabándolo y agradeciéndole. La fe completa se manifiesta en el abandono en Dios, en la consagración, en el canto de gratitud y alabanza que hace reposar el corazón en la contemplación de la gloria de Dios en la historia humana.

Conclusión.

El evangelio de este domingo nos ayuda a profundizar la reflexión sobre el tema de la fe que iniciamos el domingo pasado. La fe, que es relación con Dios, se expresa en la obediencia a la Palabra y en el reconocimiento de la obra de Dios mediante la oración de agradecimiento y de alabanza.

El discípulo de Jesús debe educarse en la espiritualidad de la gratitud, que nos coloca a los pies de Jesús y da una nueva dinámica a la experiencia del caminar con él. La espiritualidad de gratitud se fundamento en el reconocimiento de la obra de Dios en la propia vida y en la oración, que es don y no mérito nuestro.

La fe se manifiesta incompleta cuando la oración del creyente sólo es súplica, pues se enfoca en la carencia y se olvida del don recibido; confiesa las maravillas que Dios puede realizar, pero no reconoce las que ya ha realizado o piensa que los beneficios recibidos lo son por mérito propio y no por el amor misericordioso del Señor.

 

 

[1] F. Oñoro, Un distintivo del discípulo de Jesús: la gratitud. Lucas 17, 11-19. CEBIPAL/CELAM.

María se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra

0
Marta y MaríaTiempo Ordinario

Martes de la XXVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 38-42)

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.

María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El evangelista Lucas coloca inmediatamente después de la parábola del buen samaritano el episodio de Marta y María, como si quisiera unir íntimamente las dos actitudes fundamentales del cristiano: amar a los pobres -el buen samaritano- y escuchar la Palabra de Jesús -María-.

En la Iglesia no hay expertos en caridad por una parte y expertos en oración por otra. Cada cristiano está llamado a amar a los pobres y a rezar. No se puede separar la oración de la caridad. Por eso Jesús quiso estigmatizar la actitud del sacerdote y del levita: no se puede servir al altar sin servir también a los pobres. Son dos cultos inseparables.

El Evangelio nos hace comprender la oración como escucha de la Palabra de Dios. María a los pies de Jesús representa la imagen de todo discípulo. El cristiano, efectivamente, es ante todo aquel que escucha la palabra del Maestro y la guarda en su corazón. Sí, el cristiano es una persona de oración. El discípulo, en definitiva, debe parecerse más a María que a Marta. Esta última se deja atrapar por un activismo que la aleja de escuchar la Palabra y hace que su alma, no irrigada por la Palabra, se endurezca y llegue a pervertirse hasta el punto de tildar de insensible al mismo Jesús.

El cristiano es siempre y sobre todo un discípulo del Señor. Esta es la definición más verdadera y profunda que se puede hacer de él. La forma de ser y de actuar del cristiano nace escuchando la Palabra de Dios. En la oración descubrimos que somos hijos, que podemos tratar de «tú» a Dios y confiar plenamente en él. Por eso se podría decir que la oración es la primera y la principal obra del cristiano. Lo es tanto la oración personal, que podemos hacer en cualquier parte, como la oración común.

En la oración aprendemos a amar al Señor, a los hermanos y a los pobres. El amor, en realidad, no nace de nosotros, de nuestro carácter ni de nuestras dotes naturales. El amor es un regalo de las alturas; es el mismo Espíritu de Dios que se vierte en nuestro corazón mientras nos ponemos con humildad y disponibilidad ante el Padre que está en los cielos.

Se podría concluir este pasaje evangélico con las palabras que Jesús dijo al doctor de la Ley en la parábola del buen samaritano: «Vete, y haz tú lo mismo». Sí, dejemos que María sea nuestro ejemplo y sabremos pararnos frente a los más pobres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 374-375.