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El Espíritu los irá guiando hasta la verdad plena

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Trinidad RublevLa Santísima Trinidad

Ciclo C

Textos 

† Del evangelio según san Juan (16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo nuestra mirada de fe se detiene en la contemplación del misterio de Dios que Jesucristo nos ha revelado plenamente en su Pascua y a quien nos referimos, conforme la tradición de la Iglesia, como Santísima Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y con esta misma invocación solemos iniciar nuestras jornadas y también, invocando a las tres divinas personas, recibimos la bendición de Dios.

Este día proclamamos que Dios no es soledad, que es comunidad de amor, que el Padre ama al Hijo, que el Hijo ama al Padre y que el amor del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo de Dios, que inspira nuestra vida, la renueva, la fortalece, la purifica, para que siempre y en todas partes podamos vivir como hijos de Dios y realizar la misión que Jesucristo nos ha confiado.

Detengamos pues a considerar cómo cambia nuestra vida la confesión de fe en Dios que es “un sólo Dios verdadero en tres personas distintas“.

Lo sabemos, porque el Hijo nos lo reveló

Nuestra confesión de fe en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, no es conclusión de un razonamiento humano, es revelación del mismo Dios por medio de la vida, enseñanza y ministerio de Jesús que alcanzan su plenitud en el misterio pascual.

La pasión, muerte y resurrección del Señor, hace evidente lo que el pueblo del Antiguo Testamento ya presentía; lo que los apóstoles experimentan plenamente en Pentecostés y lo que estos transmiten a las primeras comunidades que, a su vez, lo aceptan y comprenden por el testimonio de sus vidas. Después de la experiencia, vino la formulación de lo vivido y comprendido y se llegó, poco a poco, a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

Jesús había dado muchas pistas. Anticipó que sería el Espíritu de Verdad quien conduciría a los suyos a la verdad completa (Cf. Juan 16,13); bastaría leer los textos del evangelio de Juan meditados durante la pascua, para percatarnos cómo Jesús se presenta cómo el revelador del Padre (14, 9.11), cómo promete a quien le ama que el Padre y el Hijo pondrán en él su morada (14,23); cómo anuncia que el Espíritu Santo enviado por el Padre en nombre de Jesús enseñaría todo a los discípulos (14,26); cómo el amor de Jesús es reflejo del amor con que el Padre lo ha amado (15,9); cómo Jesús pide que la unidad del Padre y del Hijo se proyecte en la unidad de los discípulos (17, 21); cómo Jesús anuncia su regreso al Padre que es también Dios y Padre de los suyos (20,17) y cómo los envía, así como el Padre lo envío a Él, comunicándoles para ello el don del Espíritu Santo (20,21b-22).

Lo que conocemos de Dios es porque Jesús nos lo enseñó y lo que podemos profundizar acerca de este misterio santo es porque el Espíritu Santo interiormente nos conduce. Hoy el texto del evangelio nos lleva nuevamente al Cenáculo, para escuchar con más detenimiento un fragmento de lo que Jesús dijo a sus apóstoles al despedirse de ellos; en este pasaje aparece patente el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo perfecciona la fe de los discípulos

El pasaje que leemos inicia con estas palabras «aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender». Jesús, en la intimidad del grupo de discipulos, les dijo todo acerca de Dios, sin embargo, ellos no podían comprenderlo totalmente ni llevarlo a la vida.

Los discípulos no pueden comprender todo lo que implica la relación del Padre y del Hijo. Jesús les compartió todo lo que había oído de su Padre (cf. Jn 15,15), permitiéndoles conocer: las confidencias entre ellos, la obra de ambos en el mundo y el significado para la vida de la revelación del amor y la salvación que vienen de Dios. Era demasiado para poderlo comprender de una vez para siempre.

No se trataba sólo de saber o retener conceptualmente la enseñanza de Jesús sino llevarlo a la vida; esto es precisamente lo que les permitiría una comprensión más plena. Esto es propio del conocimiento que se deriva de la fe. Lo que conocemos por la fe no lo podemos comprender plenamente si no lo vivimos. No hay otro camino.

La dificultad que se presenta es la de nuestra limitada capacidad para entender las enseñanzas de Jesús que, a su vez, deriva de nuestra capacidad limitada para practicarlas. La solución a esta incapacidad es la pedagogía de Jesús que nunca pretendió que los discípulos comprendieran de inmediato cuanto les enseñaba, más bien, favoreció que recorrieran itinerarios, caminos de madurez de la fe, que son posibles por la acción del Espíritu Santo.

Aquí se encierra un secreto importante para el éxito de la evangelización: entenderla y realizarla como un proceso que articula, en distintas etapas, la fe que profesamos con la vivencia de esa misma fe; esto, si bien pide mucha paciencia, resulta muy eficaz, se le apuesta a la calidad del resultado poniendo toda la atención en el proceso.

El Espíritu Santo ayuda a profundizar el misterio de Dios

El texto que leemos hoy nos dice: «cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena». Esta frase tan breve, nos ayuda a entender la obra del Espíritu Santo.

  • En primer lugar, es una obra pedagógica. Si nos fijamos con atención, la expresión «los irá guiando» nos hace entender que la tarea es progresiva; que el Espíritu nos acompaña pacientemente en un proceso que procede gradualmente, es decir, poco a poco.
  • En segundo lugar, es una obra focalizada, que tiene como horizonte la Verdad; se trata de la presencia del amor de Dios en el mundo, llevada a cabo en la vida y ministerio de su Hijo, quien nos dijo de si mismo: «Yo soy la Verdad».
  • En tercer lugar, la obra del Espíritu tiene una finalidad que es «la verdad plena», es decir, la verdad completa, que nos permite una visión global y perfecta de la obra que Dios ha querido llevar a cabo en el mundo, en fidelidad con la Creación y con el pueblo de la alianza.

Esta visión global de la obra de Dios, que nos permite el Espíritu Santo, nos ayuda a encontrar la unidad interior, personal y comunitaria, en medio de la fragmentación de la vida humana y de las situaciones históricas; con ello nos proporciona una fuerza transformadora y orientadora, pues nos permite unificarlo todo en la plenitud de Cristo, que, desde la visión de nuestra fe, es la meta de la historia.

El Espíritu Santo nos guía para centrarlo todo en el Plan de Dios, en la persona de Jesús que es quien lo ha llevado a cabo mediante el movimiento de “bajar del cielo”, es decir, proceder, venir del Padre y “subir al cielo”, volver a Él, consumada su misión salvífica  en el mundo. El Hijo vino del Padre, a traer la luz de su amor a las tinieblas y estructuras egoístas del mundo; volvió al Padre, pasando por la Cruz, para llevarnos a los que caminamos en comunión con Él a la plenitud de la vida en la comunión de amor con Dios.

¿Cómo nos conduce el Espíritu hasta la verdad completa?

El texto que leemos nos dice que el Espíritu: «no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará…»

Lo primero que aprendemos es que el Espíritu hace resonar el mensaje de Jesús, pero no hablará por su cuenta. Lo que caracteriza la obra del Espíritu es su fidelidad en su relación con Jesús. Su actitud es similar a la que tiene Jesús con el Padre, y que el mismo Jesús nos hizo conocer al decirnos «el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo».

Además, el Espíritu Santo «anunciará las cosas que van a suceder»; no debemos entenderlo como revelación del futuro sino de cómo tienen que reaccionar los discípulos ante las visicitudes de la historia. El Espíritu Santo no permite que los vericuetos de la historia desvíen a los discípulos; por el contrario, los lleva a hacer presente y actual la Palabra del Señor en el mundo que les toca vivir; por ello, el Espíritu mantiene sintonía con los discípulos y éstos, deben acogerlo e invocarlo constantemente.

Finalmente, el Espíritu dará gloria a Jesús, «lo glorificará». Esto nos remite a la plenitud de la obra de Cristo en el mundo, llevarnos a la comunión con Dios. Jesús comparte todo con el Padre, y esto, lo comparte con nosotros; la comunidad de amor, es comunión de bienes.

La obra del Espíritu se identifica con el obrar de Jesús. El Espíritu participa de la vida que está en el Padre y el Hijo y lo transmite a los discípulos; gracias a Él podemos adentrarnos y participar del amor del Padre y del Hijo: su estima, valoración, admiración, escucha/obediencia, el estar contentos el uno del otro. El Espíritu recibe de Jesús lo que nos comunica.

Así, la comunidad de los discípulos queda envuelta en la fuerza e intensidad del amor que es propio de Dios. El Espíritu no sólo hace que la Palabra de Jesús resuene en nuestro oídos; sobre todo, hace que resuene en nuestro corazón; su tarea es re-cordar, traer de nuevo al corazón, todo lo que Jesús hizo y dijo para revelarnos el amor misericordioso de Dios.

Conclusión

Somos hijos de Dios que es amor, por ello vivimos inquietos y sedientos de amor y lo que más nos duele es una mala relación. El impulso de salir de nosotros para encontrarnos con los demás y compartirles lo mejor de nosotros mismos lo tenemos en nuestro ADN de bautizados.

Al entrar Jesús en nuestra vida, nos rescata de la soledad y aislamiento; sana nuestra capacidad de comunicarnos, sana nuestras relaciones poniéndolas en la perspectiva del amor que viene de Dios y allí hace converger todo, haciendo brotar en nosotros una nueva capacidad de amar, que tiene su origen en la comunión con Dios que es fuente de vida y de amor.

La obra del Hijo de Dios es darnos la vida eterna de Dios, para que el amor  con el que es amado por el Padre, es decir su Espíritu, esté en nosotros y nosotros en Dios. En Dios no hay lugar para la muerte, por ello, quienes creemos en Él y en Cristo estamos en comunión con él, sabemos que aunque tengamos que pasar por el trauma de la muerte física, viviremos para siempre porque Dios, Trinidad Santa, habita en nosotros.

A la luz de este misterio que contemplamos profundizamos lo que significa estar bautizados -inmersos- en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como bautizados estamos llamados a vivir dentro del misterio de Dios, que nos sobrepasa, que nos habita, que nos vivifica y nos transforma para que seamos en el mundo imagen fiel de su esencia misma que es el amor.

La comunión con Dios no se realiza en automático ni de manera mágica; supone para nosotros darle a Dios un lugar en nuestra vida:

  • Él es Creador y Padre, lo que nos pide el respeto y cuidado de su obra creador y la atención amorosa a su voluntad para obedecerla con obsequiosa fidelidad;
  • Él es Hijo Redentor, pide de nosotros vivir como redimidos, es decir, amados y libres para amar, haciendo el bien a todos, particularmente a los que sufren y están más necesitados;
  • Él es Espíritu Santificador, que nos mueve interiormente para que nos identifiquemos plenamente con el Hijo y a través de una vida santa, demos honor y gloria a la Trinidad Santa.

 

 

[1] F. Oñoro, Un Dios Amor que nos invita al gozo de su vida en comunidad, Lectio Divina Juan 16, 12-15. CEBIPAL/CELAM.

Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo”

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Domingo de Pentecostés

Textos 

† Del evangelio según san Juan (20, 19-23)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo llegamos a la conclusión de la Pascua con la Solemnidad de Pentecostés. Celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre toda la Iglesia.

El Espíritu Santo es el don más grande que hemos recibido del Señor Jesús. Es el Espíritu quien hace nacer la Iglesia a partir de la aceptación y confesión de una misma fe en Jesús nuestro Señor y hace posible en ella la unidad en la diversidad de dones, carismas y ministerios.

El contexto

La escena evangélica que hoy contemplamos ocurre al atardecer del día de Pascua. El anuncio de Magdalena parece no haber encontrado eco en el corazón de los discípulos que, por miedo a los judíos, siguen encerrados en un cuarto con las puertas cerradas.

El primer encuentro de Jesús resucitado con su comunidad tiene dos momentos: en el primero, Jesús se manifiesta a su comunidad como Señor resucitado; en el segundo, Jesús les comparte su misma misión, su propia vida y su propio poder para perdonar pecados.

Jesús se manifiesta como Señor resucitado

Jesús realiza tres acciones: se coloca “en medio de ellos”, les da su paz: «La paz esté con ustedes»; les hace ver las marcas de su crucifixión: «les mostró las manos y el costado». Por su parte los discípulos, reaccionan con alegría: «Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.»

La presencia de Jesús resucitado es para los discípulos una experiencia pascual en primera persona; experimentan el “paso” de la tristeza a la alegría y del miedo, el desánimo y la frustración a la paz. Paz y alegría son los grandes dones del resucitado.

La paz y la alegría

Dos veces insiste en ello el texto que contemplamos. En el discurso de despedida, que recién hemos contemplado las últimas semanas del tiempo pascual,  había prometido a sus discípulos la paz: para superar la turbación y la cobardía les ofrece una paz distinta a la que da el mundo.

La paz que Jesús ofrece no significa para los discípulos que no tendrán dificultades, ya les había dicho: «en el mundo tendrán tribulaciones», significa más bien, seguridad y confianza en medio de ellas, al estilo del mismo Jesús que ya los había exhortado diciéndoles: «Ánimo, yo he vencido al mundo».

Pero la victoria, pasa por la cruz. Jesús muestra a sus discípulos las llagas de la pasión; el crucificado es el resucitado; el condenado a muerte la ha vencido. Las llagas de las manos y del costado, evocan al Buen Pastor, dispuesto a enfrentar al lobo para defender a su rebaño, son el signo del inmenso amor de Jesús por los suyos, por quienes dio la vida. Son las llagas de un Resucitado, por tanto, a los discípulos, no les faltará el amor; del cuerpo glorioso de Jesús manará en forma perenne el don del Espíritu Santo a todo el que se acerque a Él.

La reacción de los discípulos es lógica; es el gozo de quien se sabe amado y esa es la experiencia fundamental de la Pascua, constatar el amor fiel y misericordioso de Dios. La situación ha cambiado, mientras el mundo les infunde miedo, les hace encerrarse, ellos tienen de su parte al que ha vencido al mundo; por tanto, no deben cerrarse ante el mundo y sus desafíos, sino entrar en él llenos de confianza, de paz y alegría, compartiendo con todos los dones pascuales que los han transformado.

Jesús les comparte su misión

El resultado es inmediato: los discípulos se llenan de alegría. El miedo desaparece. Jesús renueva su don de la paz y lo extiende a toda la humanidad a través de la misión de los apóstoles. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos están llamados a entrar en la paz de Dios reconciliándose con Él.

Jesús repite el saludo de paz. La paz del resucitado está asociada a la misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Ahora a los discipulos corresponde dar a conocer Jesucristo y al Padre que lo envió; conducir a todos a creer en el Hijo, de manera que a través de Él entren en comunión con el Padre. Con el nuevo saludo de paz, les comparte su propia misión, vida y poder para perdonar pecados.

Para cumplir la misión les infunde su Espíritu

Para cumplir esta misión los llena de su Espíritu Santo . Llama la atención en este relato de efusión del Espíritu la referencia a este “soplo” de Jesús sobre sus discípulos: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo…».

Encontramos una alusión al “soplo vital de Dios” (en hebreo: “Ruah”) que actuó en los orígenes, cuando Dios creó el mundo y al hombre (cf. Gén 2,7): el Espíritu que Jesús Resucitado comunica es el principio de una nueva creación y de un nuevo pueblo.

Juan el Bautista ya lo había anunciado al inicio del evangelio: Jesús bautizaría en el Espíritu Santo. Hemos contemplado como Jesús lo infunde sobre todos desde la Cruz, lo desborda en el agua que mana de su costado y ahora, glorificado, lo sopla, como en la primera creación.

El Espíritu Santo principio de vida nueva

Con el Espíritu Santo, Jesús comunica una vida nueva que no pasa, que es pereene porque pone, a quienes lo reciben, en comunión plena con el Padre y el Hijo y les capacita para comprender su obra en el mundo y para ser testigos de ella. Él es el principio de la vida nueva que debe ser anunciada y comunicada a todo hombre.

Esta vida nueva no es posible sin la reconciliación con Dios, sin el perdón de los pecados. Y esta es la misión del nuevo pueblo de Dios: perdonar, tarea imposible si no se ha experimentado en carne propia el perdón, la respuesta amorosa de Dios que a pesar de nuestras infidelidad quiere para nosotros no la destrucción sino la plenitud de vida

Por medio del Espíritu Santo, los apóstoles entran a fondo en la misiòn de Jesús; Él fue presentado por el Bautista como el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y así lo realizó en la Cruz, ahora, resucitado, envía a sus discípulos con la plenitud del poder para perdonar o remitir los pecados.

El perdón está asociado con la experiencia del Espíritu que purifica los pecados y en el cual se nace de nuevo “de lo alto”. También tendran el poder de “retener” los pecados, no en el sentido de una condena inapelable, sino en el de un renovado llamado a la conversión. Así es como la obra de Jesús, salvador del mundo, llega a todo hombre, comunicando la paz de Dios a quien lo acepta en su vida.

Por el don del Espíritu se renueva la vida, cuando con su impulso los hombres y las mujeres se convierten a Dios reconociéndose como creaturas; cuando con sus dones vencen la tentación de reemplazar a Dios erigiéndose en ídolos de si mismos y de los demás; cuando con su luz aceptan la verdad de la naturaleza humana con todos sus límites y posibilidades; cuando con su consejo se descubren capaces de renunciar a la violencia y de sofocar en si el deseo de la venganza.

El Espíritu Santo es el amor personal del Padre y del Hijo y amor quiere decir, vida, alegría, felicidad. Es Dios mismo que se entrega a los hombres y a las mujeres y les mueve interiormente para acoger su presencia y abrirse a los hermanos. Es la fuente de la santidad de la Iglesia su obra es salvar, sanar, exhortar, fortalecer, consolar.

El Espíritu Santo, actuando desde nuestro interior

  • Nos ayuda a identificarnos con Jesús, con sus palabras, gestos y acciones.
  • Abre nuestros oídos y corazones para que la Palabra cale hondo en nuestro interior.
  • Nos impulsa a ser mensajeros de la Buena Nueva.
  • Restaura en nosotros la imagen de Dios deteriorada por el pecado.
  • Hace posible que amemos y perdonemos a nuestros hermanos;
  • Nos incorpora al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia,
  • Da a nuestra existencia alegría, paz, verdad, libertad, comunión.
  • Hace fructificar nuestros esfuerzos porque nos precede en todo lo que hacemos.

 

[1] F. Oñoro, Lectio Divina La alegría de la fe en medio de la comunidad pascual, CEBIPAL/CELAM.

Ustedes son testigos de esto

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La Ascensión del Señor

Textos

† Del evangelio según san Lucas (24, 46-53)

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió.

Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo celebramos la Ascensión de Jesús. La obra de Jesús en el mundo llega a su culmen; la obra que comenzó en el corazón de Dios Padre, encuentra en Él su realización definitiva.

De modo popular y sencillo, en las primeras páginas de la Biblia, se afirma que la morada de Dios está en lo alto, en el cielo, y que la de los hombres es la tierra. Por eso Dios «baja» del cielo y «sube» a dicha morada.

Jesús, con su Ascensión al cielo, confirma que su vida, que no siempre comprendemos ni aceptamos, obedece al proyecto de Dios, quien da la razón a Jesús; ratifica su vida, su camino histórico y sus opciones.

Por su parte, los discípulos ante el regreso de Jesús al Padre, tienen una doble tentación: volver la pasado o quedarse contemplando el cielo, fugándose de la realidad. Tendrán que superar estas tentaciones para enfrentar la misión que les confía Jesús: ser testigos de su muerte y resurrección, anunciándola. en su nombre, a todas las naciones.

Sin embargo, el proceso de fe de los discípulos es muy lento; en la escena paralela a la que contemplamos hoy, que se encuentra en el libro de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos preguntan a Jesús: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» (1,6); siguen pensando en un Mesías triunfal y político. No ven ni conciben otra forma de salvación y liberación. Son duros de cabeza y Jesús lo sabe, la realización de la misión supera sus fuerzas, por ello, les asegura el don del Espíritu Santo pero antes les hace testigos de su regreso al Padre.

El contexto

Con el pasaje que contemplamos concluye el gran día pascual. Desde la mañana de la Resurrección, Jesús, al encontrarse con sus discípulos, fue dejando claros los elementos esenciales del mensaje pascual: El Crucificado no está entre los muertos, ha resucitado, se apareció a Simón y a los demás discípulos, que lo reconocieron en la fracción del pan.

En distintas experiencias, Jesús fue convenciendo a sus discípulos de la realidad de su resurrección y los preparó para su misión futura. Ahora, en el momento de la despedida, con palabras y con el gesto de la bendición, se retoma todo lo esencial. Los últimos instantes son inolvidables.

Jesús ya no estará presente en medio de sus discípulos en forma visible sino que continuará haciéndose presente en sus caminos; se hará presente en sus cenas, su voz se hará sentir en la interpretación de las Santas Escrituras que en Él han alcanzado la plenitud. Pero de todas maneras el Maestro sigue su camino hacia el cielo.

Para apropiarnos mejor el contenido de este pasaje, nos ayuda distinguir cuatro partes: la entrega a los discípulos del mensaje -kerigma- del que son portadores y testigos; la promesa del Padre, la exaltación de Jesús al cielo y el epílogo.

Entrega a los discípulos del mensaje del que son portadores y testigos

Se trata del kerigma, es el núcleo de la predicación cristiana en los tiempos apostólicos; es un mensaje que tiene la fuerza suficiente para transformar todo y a todos, es anunciado por personas que así lo han experimentado.

El mensaje es este: «Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto» Veamos cinco elementos de este mensaje.

Se anuncia la muerte y resurrección de Jesús. Los discípulos son constituidos mensajeros de un acontecimiento del que han sido testigos y que se propone como camino que todo hombre puede recorrer haciendo el itinerario de la conversión.

El mensaje no se proclamará en nombre propio, sino en nombre de Jesús, a partir de todo lo que se manifestó a través de su obra y de todo su camino hasta la Cruz y la Resurrección.

Se anuncia también la eficacia del perdón. En el camino que lleva a los hombres a Dios, se hace sentir, sobre el pecado del hombre, el poder de la muerte y resurrección de Jesús, que le alcanzan el perdón.

El anuncio del mensaje es universal; desde Jerusalén irradia para todas las naciones. Mediante el perdón de los pecados, Jesús atrae a todos los hombres a la comunión con Dios y a generar –desde la Alianza con Él- el proyecto de fraternidad y solidaridad que le da una nueva orientación al mundo. Comenzando por Jerusalén todos son atraídos para este proyecto comunitario. Nadie podrá ser excluido del anuncio.

Los discípulos no son sólo mensajeros, ante todo son testigos. La credibilidad del mensaje requiere de testigos; por eso Jesús Resucitado constituye a sus discípulos, en testigos cualificados. Precisamente en el encuentro con Él y su regreso a los cielos se completa la serie de acontecimientos que deben testificar.

El mensaje cristiano no se fundamenta en especulaciones, en ideas u opiniones personales, sino en acontecimientos históricamente documentados y en las instrucciones que dio el mismo Jesús, las cuales quedaron grabadas en la memoria de las primeras comunidades.

El testimonio solamente puede provenir de quien ha hecho el camino con Jesús y de quién habiendo comprendido su obra, también puso su mirada en su destino. Se trata de testigos que han abierto los ojos y han visto en medio de la oscuridad de la Cruz el camino que conduce a la gloria del Padre. Los evangelizadores serán, entonces, ante todo testigos: testigos dignos de confianza y auténticos servidores de la Palabra. Su testimonio tendrá que llegar hasta los confines del mundo.

La promesa del Padre

 Retoma Jesús algo que ya había dicho a sus discípulos al despedirse de ellos en la última Cena: la promesa del Padre: «Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto».

Aunque el texto no refiere explícitamente que se trate del Espíritu Santo, no hay razón para pensar lo contrario. Tampoco sabemos cuando se hizo esta promesa; en un pasaje de Lucas tenemos la promesa que hizo Jesús a sus discípulos de que el Espíritu los asistiría en los momentos de dificultad en la misión (cf. Lc 12,12).

El punto central en esta parte del texto es que los discípulos no estarán en capacidad de llevar adelante la misión, la inmensa tarea de la evangelización que hace presente el “perdón”, si no «reciben la fuerza de lo alto», así como sucedió con Jesús. Este “poder” es la fuerza del Espíritu Santo que ungió a Jesús y lo impulsó en el combate con Satán y en su misión de misericordia.

El Espíritu Santo fortalecerá y habilitará a los evangelizadores para que anuncien con valentía, convicción y fidelidad la obra de la muerte y resurrección de Jesús, en la cual se alcanza el perdón de los pecados. El Espíritu “dota” de fuerza y “sostiene” la valentía y la convicción con que se da el testimonio.

La exaltación de Jesús al cielo

Antes de volver al Padre, Jesús realiza dos acciones sobre sus discípulos. «Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo, y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo.»

La referencia «salió con ellos» se relaciona con la acción de Dios con su pueblo conduciéndolo en el éxodo; al mismo tiempo, con este gesto se sintetiza el camino del evangelio. La mención de Betania nos remite a la gran celebración de los discípulos en el contexto de la entrada triunfal en Jerusalén, donde fue el punto de partida de la procesión que aclamó a Jesús como Rey y Señor.

La última acción de Jesús sobre los suyos es la bendición; un gesto con sabor litúrgico. Jesús se despide con los brazos en alto en actitud de bendecir. Es la última imagen del Maestro, que queda impresa en el alma de los testigos oculares del Evangelio. Jesús sintetiza toda su obra, todo lo que quiso hacer por sus discípulos y por la humanidad, en una «bendición». Así sella el gran “amén” de su obra en el mundo. La bendición de Jesús permanecerá con los discípulos, los animará a lo largo de sus vidas y los sostendrá en todos sus trabajos.

Finalmente, Jesús se separa de sus discípulos. Lucas describe la manera como se da la partida de Jesús: es “llevado” o “conducido” hacia el cielo. Lucas no se entretiene en formular conceptualmente el acontecimiento como lo hará la tradición del nuevo testamento; comparte junto a los discípulos se coloca del lado de los discípulos y así describe un último rasgo de su relación con Jesús: ellos lo ven hasta el último instante y son testigos de su obra completa coronada por su “Señorío” en el cielo.

El epílogo

El relato de la Ascensión concluye con la primera alabanza que se dirige directamente a Jesús por parte de su comunidad: «Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.»

Es la conclusión de nuestro pasaje y al mismo tiempo de todo el evangelio.  Cuando Jesús desaparece de la vista de los discípulos, la última mirada del destinatario del evangelio se concentra en los discípulos. Sus reacciones tienen también sabor litúrgico: lo adoraron, regresaron a Jerusalén y permanecían en el templo en alabanza a Dios.

Nótese que los discípulos no se van para sus casas sino para el Templo, que no están tristes ni nostálgicos, a Jesús lo adoran, al Padre lo alaban y ellos están llenos de gozo; la alegría de los discípulos tiene como marco la adoración y la alabanza y la comunión fraterna.

Somos así invitados a reconocer en nuestra vida la grandeza de la misericordia de Dios, experimentada a través del Resucitado, y participar gozosamente en la alabanza apostólica. Esta actitud de alabanza y gratitud debe permanecer de aquí en adelante en nuestra vida.

 

[1] F. Oñoro, Jesús sube al cielo bendiciendo a sus discípulos. Lectio Lucas 24, 46-53, CEBIPAL/CELAM. F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 167-170.