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He venido a traer fuego a la tierra

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fuego

Tiempo Ordinario

Domingo de la XX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra iY cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo llegamos al final de una serie de instrucciones de Jesús para los discípulos y que el evangelista Lucas insertó catequéticamente en la sección de la subida destino a Jerusalén.

El contexto

Si queremos comprender el texto que consideramos no podemos perder de vista dos cosas:

La primera: El Reino de Dios es la idea central transversal. El reino de Dios no es una cosa cualquiera; es lo más importante de todo, y ante él hay que decidirse; no se puede perder el tiempo en consideraciones y excusas, pues ya está presente. O se toma o se deja.

La segunda: Fijar la vista en Jesús y verlo entregado, de lleno y con pasión, al anuncio de la buena noticia; desde esta perspectiva se entienden mucho mejor sus palabras: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!»

Todo el capítulo doce del evangelio de Lucas está lleno de consejos y advertencias a los discípulos. Jesús prosigue su camino a Jerusalén y las resistencias a su misión se hacen más agresivas. Prevé el desenlace y previene a sus seguidores.

Hasta ahora, -recordemos el mensaje de los domingos anteriores- los discípulos han sido instruidos sobre cómo superar “la codicia” que suscita comportamientos hipócritas, a los que Jesús llamó «la levadura de los fariseos».

Se abre ahora una instrucción que tiene la intención de que los discípulos pongan los pies en la tierra y aprendan a ubicarse con los criterios del Reino en las situaciones de conflicto, el telón de fondo de esta enseñanza no puede ser otro que el de la Pasión de Jesús y sus consecuencias.

El texto

El texto que leemos está escrito en términos paradójicos, el evangelista utiliza la paradoja como medio para acercarnos a una realidad compleja controvertida; recordemos que esta figura retórica consiste en la utilización de expresiones que envuelven una contradicción y que lo que afirma parece contrario a la lógica; ejemplo de paradojas son: preparar la paz con la guerra o caminar despacio cuando se va deprisa.

Entre destinatarios del evangelio los hay de origen pagano y de origen judío; viven su fe en medio de la violencia de las persecuciones y de las tensiones internas de la comunidad, comenzando por las que se viven en el seno de la propia familia.

El evangelista presenta a Jesús hablando a sus discípulos de su propia vocación, proyectando inmediatamente su experiencia personal sobre sus seguidores: el destino del discípulo está profundamente unido al del Maestro. El sentido de la vida de Jesús determina el sentido de la vida de sus discípulos.

Dos imágenes

Leemos en nuestro texto: «He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega

Jesús percibe su misión y su destino a partir de dos imágenes contrapuestas: fuego y agua.

Fuego

Jesús compara su venida a la tierra como un fuego que se expande a toda velocidad por un campo semiárido. Probablemente se está refiriendo a un fuego purificador de la humanidad y que es símbolo del juicio de Dios, como aquel fuego que el profeta Elías hizo caer sobre el monte Carmelo que debía llevar al auditorio a elegir entre Baal o Yahvé (ver 1 Reyes 18,21).

Jesús simboliza su mensaje con la imagen del fuego; con ello indica que la proclamación del Reino, con palabras y obras, coloca a sus discípulos y a todas las personas ante su propia verdad profunda, invitándoles a  un cambio radical; el fuego es símbolo del Espíritu que separa el bien del mal, la verdad de la mentira, que acrisola lo bueno y pone al descubierto la escoria de las personas y de la sociedad.

Agua

Jesús será sumergido en las aguas profundas -un bautismo- de la muerte. De esta forma se refiere a su pasión. Cuando Él dice «¡y cómo me angustio mientras llega!», no está diciendo que se quiera morir rápido, sino que su mayor deseo en la vida es llevar a cabo el destino que el Padre le asignó.

Jesús se vio alcanzado por el movimiento espiritual que provocó, y él mismo fue la primera víctima de la fidelidad a su mensaje. Conmueve verle expresar los sentimientos que le embargan ante la misión recibida y ante las consecuencias que ésta tiene sobre su persona. Vemos a un Jesús ardoroso y combativo y, a la vez, angustiado e impaciente ante lo que prevé se le avecina.

¿Dónde quedó el mensaje de la paz?

Leemos en nuestro texto: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división.» De manera directa, Jesús proyecta sobre los discípulos las consecuencias de la misión que Él mismo vivirá.

Jesús es mensajero de la paz, pero no de una paz superficial y formal que esconde turbulencias subterráneas, sino de una paz profunda y definitiva. La paz que proclama no es la simple ausencia de conflictos sino la armonía relacional con Dios, con la creación y con las personas y que implica justicia y respeto a los derechos de los más indefensos.

El discípulo también está llamado a ser mensajero de paz, quedó claro en las instrucciones para la misión que ya leímos, sin embargo, no puede perder de perspectiva que su identificación con el Señor hará que su situación personal sea más bien la del conflicto. El conflicto de incomprensión entre aquellos que ya viven la vida nueva y los que todavía no han dado el paso de conversión. Como su Maestro, ellos serán “signo de contradicción”.

Proclamar la paz del Reino encuentra la oposición de quienes se benefician de un orden social injusto. El egoísmo rechaza la fraternidad y niega la condición de hijas e hijos de Dios de todas las personas. Jesús recuerda a sus discípulos que su mensaje es de paz, y que precisamente por ello, sufrirá el «bautismo de fuego», será sumergido en el dolor y en la muerte. Esto no es buscado sino aceptado, es el precio que debe pagar y ello le angustia desde ahora.

La paz es fruto del amor, resultado de una comunión auténtica que elimina las causas de la división y el maltrato entre las personas. Señalar las razones de la falta de fraternidad y de justicia les parecerá a algunos querer provocar divisiones. Hay quienes, en efecto prefieren no ver de dónde vienen los males, porque eso cuestionaría sus privilegios. Jesús es consciente de que su anuncio del reino desvela una realidad en la que, desgraciadamente, las divisiones están ya presentes. Busca eliminarlas yendo a su causa: la falta de amor concreto y comprometido.

Una nueva visión de las situaciones de conflicto

Existe una concepción de la fe cristiana en la que se habla mucho de las dulces y pacificadoras palabras de Jesús; en la que se piensa que su mensaje es contrario al conflicto; en la que el mismo Jesús es presentado siempre envuelto en un halo de bondad. Y así hay cristianos que sueñan ingenuamente con un mundo idílico en el que puedan ir de la mano opresores conscientes y oprimidos sin esperanza, vividores empedernidos y víctimas inocentes.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no da pie para ello. Los versículos que consideramos este domingo nos hablan de un Jesús que crea división con sus hechos y sus palabras. Su mensaje es como una espada tajante que se introduce hasta en lo que la sociedad considera más sagrado: en la familia. Pone a todos en tensión, provoca a los bien pensantes y rompe falsas unidades y paces porque anuncia y trae un cambio de situación. Por eso, Jesús suscita, al mismo tiempo, simpatías profundas y movimientos de viva oposición, y esto tanto entre los ricos como entre los pobres

El reino de Dios no viene sin oposición. No sería así, si fuera sólo para el otro mundo, si fuera sólo cuestión de ideas y sentimientos, si fuera sólo algo personal y privado. Pero el reino de Dios tiene que ver con esta sociedad, con sus estructuras de opresión e injusticia, con la riqueza y la pobreza, con la paz y la guerra, con el hambre y el confort, con la vida y la muerte. Por eso, anunciarlo y construirlo provoca conflicto y división. Unos a favor y otros en contra.

Esto ya lo experimentaron los primeros cristianos. El texto que leemos no es sólo un anuncio. Cuando se escribió, ellos ya habían sufrido la división, incluso entre los seres más queridos. La división se hizo pronto persecución en muchas comunidades. Hoy, nosotros, rara vez padecemos divisiones, menos aún persecuciones. Hemos hecho del evangelio un libro de ética personal y nos esforzamos por llegar a todo mal que bien. Justificamos nuestra actitud, nuestra situación, nuestras decisiones. Nos hemos hecho más cautos, más «sabios» … no queremos sorpresas inoportunas. Lo del reino de Dios y sus divisiones y conflictos lo olvidamos hace tiempo. Somos más prudentes …

 

[1] F. Oñoro, El Bautismo de Fuego de Jesús, Lectio Divina Lucas 12,49-53, CELAM/CEBIPAL F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 291-293.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas

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lampara encendidaTiempo Ordinario

Domingo de la XIX semana

 Textos 

† Del evangelio según san Lucas (12, 32-48)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino.

Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan [1]y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá.

Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.

Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa.

Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre”.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: “¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?” El Señor le respondió: “Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia.

Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: ‘Mi amo tardará en llegar’ y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales.

El servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hace una semana, Jesús nos educaba en la libertad de corazón frente a los bienes materiales, para recorrer con el, ligeros de equipaje, el camino que lleva a Jerusalén, a dar sentido a toda la vida, entregándola. Este Domingo en el evangelio Jesús nos enseña a esperar y a entender que la esperanza es una de las virtudes fundamentales de sus discípulos.

En el Credo decimos que creemos que volverá con Gloria, a juzgar a vivos y muertos y que su Reino no tendrá fin; fórmula con la que confesamos que esperamos que vuelva, glorificado, a realizar definitivamente el Reino que él mismo inauguró en su ministerio terreno y a establecer la perfecta soberanía de Dios sobre el mundo. Nuestro corazón de discípulos está puesto en este encuentro que esperamos y que hay que saber esperar.

Sin embargo, vivir en el día a día esto que confesamos con la fe no es fácil.  Una constante de la vida de la fe es la sensación de que el Señor no está, de que se ha ausentado. Y esto supone una prueba muy grande para el discípulo. Esta experiencia lo coloca en la situación existencial del salmista que clama «¿Dónde está tu Dios?» (Salmo 42,4).

Nos estamos acostumbrando a vivir sobresaltados; ya no es extraño saber que hay guerras, que muchas personas viven tremendas injusticias, que no faltan enfermedades incurables y que aparecen otras, que las familias pasan dolorosas crisis de economía y de afecto; que muchos jóvenes parecen irremediablemente sentenciados a no tener un empleo digno ni posibilidades para hacer o concluir estudios; en estas circunstancias no falta quien nos desafíe preguntándonos: ¿dónde esta tu Dios?

El desafío cala y puede tocar la fe que es la raíz de la experiencia cristiana haciéndonos pensar que nuestro Dios está lejos, que no quiere, no puede, o no le interesa manifestarse en medio de tanto sufrimiento. Esta sensación de abandono es peligrosa, conduce a la tibieza espiritual, a la que sigue el olvido de nuestras responsabilidades con Dios y que nos volvamos caprichosos, condicionando nuestra fidelidad pretendiendo que sea Dios quien entre en nuestros planes.

¿Cómo mantenernos en el camino, con paso firme y perseverante, con la certeza de que el Señor vendrá a nuestro encuentro y cumplirá su promesa?

En el horizonte del Reino

Leemos en nuestro texto: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino». Son las palabras con las que abre el pasaje evangélico de este domingo. Se reanuda de ese modo el corazón de la predicación de Jesús, que es, precisamente, la llegada del Reino; y a sus discípulos se les confia la grave misión de continuar anunciándolo y hacerlo realidad ya desde hoy, a pesar de que sean solo un pequeño rebaño.

El Reino de Dios es la soberanía de Dios sobre la vida de los hombres y al Padre le gusta compartir esta soberanía con aquellos que dan limosnas para procurarse bolsas que no se deterioran y tesoros para poner en el cielo, donde no hay ladrones que roban ni polilla que corroe. Jesús quiere decir que a diferencia de los bienes de la tierra que se pueden perder, los tesoros celestiales no corren peligro.

Jesús nos enseña a vivir la espera

En esta perspectiva del Reino, en el evangelio de hoy Jesús responde a la pregunta que todo discípulo se hace: Si confieso con los labios que Jesús vendrá de nuevo, ¿Cómo confesar con la vida que lo estoy esperando? ¿Cómo puedo mantenerme al servicio del Reino si esta tarda en acontecer en plenitud?

El evangelio nos enseña que hemos de vivir liberados de la excesiva preocupación por lo inmediato, gracias a la confianza en el cuidado que Dios, que es Padre, tiene de nosotros. Esperando la venida del Reino, es como los discípulos no pierden la tensión espiritual y evitan dejarse llevar por la relajación de costumbres y acomodarse a lo que ofrece el mundo y la sociedad; por el contrario, invierten su tiempo provechosamente, trabajando siempre en las cosas del Señor y siempre preparados para que cuando vuelva nos encuentre sirviendo.

Para dejar esto claro en la mente y en el corazón de los discípulos el evangelio nos ofrece una lección a través de una nueva enseñanza en parábolas. Enunciando un doble mandato nos dice lo fundamental y esto lo profundiza con tres parábolas, la primera acentúa lo positivo y la segunda, lo negativo y la tercera contrapone la actitud del administrado diligente con la del administrador negligente ante la espera del Señor.

Esperar, siempre dispuestos a servir

Leemos en nuestro texto: «estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas». En esta frase encontramos una sola idea expresada con dos imágenes que repiten el mismo mandato. Son imágenes que dicen mundo para el mundo oriental. Conviene resaltar de entrada que Jesús no se refiere a un comportamiento individual, en su palabra se acentúa el plural

Con la túnica puesta­

Literalmente la imagen se refiere a llevar ceñida la túnica a la cintura, refiriéndose con ello a la manera de vestir de quien esta trabajando, distinta de quien descansa con la ropa holgada. En el mundo oriental, el cinturón es importante para con él recoger la larga túnica contra el cuerpo en la cintura y así facilitar los desplazamientos.

El pastor lleva ceñida la túnica, pues debe moverse mucho, desplazarse e inclinarse; los esclavos para realizar sus oficios, acostumbraban levantar el pliegue de sus túnicas hasta la cintura y sujetarlo con el cinturón; también el servicio de la mesa requería llevar la túnica de la misma manera.

La idea es muy simple, pero concreta. El discípulo, de manera permanente debe estar preparado para trabajar; debe ser el tipo de persona que no necesita que le digan que haga algo o que sea más disponible para el servicio, porque su actitud ante la vida es la permanente disponibilidad para trabajar.

Con las lámparas encendidas

Literalmente sería, con las lámparas ardiendo, es decir, irradiando luz por toda la casa. Permanecer dentro de la casa con las luces encendidas es también una imagen de disponibilidad para el servicio a cualquier hora.

Tener las lámparas encendidas, es señal de actividad nocturna en una casa o al menos de disponibilidad para ello; el arder de las lámparas se refiere también a la calidez de la hospitalidad. Una lámpara encendida hace posible a cualquier hora una actividad imprevista, como lo deja entender la parábola que enseguida consideraremos.

San Lucas tiene un especial gusto por las escenas nocturnas y para él, los que velan en la noche, son los que están mejor preparados para percibir la llegada del Señor, como los pastores de Belén, o la profetiza Ana que «de día y de noche» servía al Señor en el Templo. Señal de la disponibilidad es vivir siempre atentos, en vigila, no solamente para orar, sino sobre todo para servir.

El mandato de Jesús de mantener las lámparas encendida, es en previsión de la jornada de trabajo que se prolonga, lo que se asocia al cansancio normal, a la tentación de “bajar la guardia” en el servicio que se requiere ahora y en el que se requerirá más tarde.

Con lo dicho hasta ahora se vislumbra el sentido de la enseñanza que sigue: Durante la larga noche de la espera, el creyente se mantiene activo y bien dispuesto para el servicio mayor que le ofrecerá personalmente al Hijo del hombre en su segunda venida.

Primera Parábola: el patrón vuelve de la boda.

La actitud de espera que acaba de recomendar, Jesús la expone ahora por medio de una parábola, que se desarrolla en dos tiempos: 1. el tiempo de la espera mediante la disposición para el trabajo por parte de los servidores  y 2. el tiempo de la llegada del patrón y de la recompensa de los servidores

La espera de los servidores.

Leemos en nuestro texto: «sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque

El servicio que es espera es parecido al de un portero, si bien la apertura de la puerta implica en este caso otras tareas complementarias para el patrón una vez que entre en la casa.

El patrón está participando en una fiesta de matrimonio, no es él quien se casa sino un invitado. El regreso se prevé para ese mismo día, pero no se sabe a qué horas. El caso es que la fiesta se extiende, se le hace tarde, y no lleva la llave. Lo importante es la actitud de los servidores: estarán listos para abrir la puerta en el preciso instante en que llegue y toque la puerta.

Es la atención al momento de la llegada lo que aquí importa, no importa cuán prolongada sea, pues de ella depende la eficacia del servicio. Cuando leemos en el evangelio «están esperando…» no podemos menos que recordar que Lucas ha presentado ya a Simeón «que esperaba la consolación de Israel», y a Ana «que hablaba del niño a los que esperaban la redención de Israel» y que también hablará de José de Arimatea, miembro del Sanedrín y que «esperaba el Reino de Dios». Todos estos personajes del evangelio que son modelo de espera de la primera venida –con la rectitud de vida y con el servicio que inmediatamente le prestan al Mesías-, también nos dicen cómo debe ser el comportamiento en la espera de la segunda venida.

 La llegada del patrón y la recompensa de los servidores

La parábola ahora nos dice lo que sucederá si el patrón, al llegar, encuentra a sus servidores despiertos.

La fatiga de la espera se ve premiada por el gesto inesperado del patrón, que en el conjunto es tan importante que aparece destacado en el punto central en medio de la repetición de la bienaventuranza: «Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela.»

El patrón llama dichosos a sus siervos, los felicita, porque han estado despiertos, es decir vigilantes, y no se han dormido. Para Lucas la “vigilancia” indica prontitud para la acción. Es todo lo contrario a la distracción o somnolencia que sobreviene por causa de la debilidad, de la pereza o del acomodarse en los propios intereses.

La segunda vez que la parábola repite la bienaventuranza, la felicitación se incrementa. Leemos en nuestro texto: «… Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.».

Aquí el evangelista sigue la costumbre judía de dividir la noche en tres vigilias; por tanto Lucas se refiere a una noche que se va prolongando y agotando las primeras fuerzas. Así es la vida espiritual: entre más se avanza la demanda de esfuerzo es más seria.

El discipulado exige tener claro que este mundo presente es también un lugar de tinieblas y noche en el cual se puede perder el impulso espiritual y caer en la tentación del descuido. Entre más se camina mayor es el peligro pero también mayor la bienaventuranza.

La felicitación del patrón va acompañada de un gesto que impresiona: Leemos en nuestro texto: «Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá.»

Los papeles se invierten ahora. El Señor viene como servidor; por ello «se recoge la túnica», el mismo gesto que se pidió que hicieran los servidores; «los hará sentar a la mesa», que no es el lugar de los empleados, sino de los patrones; y «él mismo les servirá», se sobreentiende que se trata de una comida, que en su ritual completo incluye el lavarles los pies.

El verbo «servir» lo resume todo. Lo que el patrón hace está en completa sintonía con los comportamientos habituales y las enseñanzas de Jesús que está en medio de sus discípulos como servidor (Cf. Lc 22,27). ¡Jesús es el servidor de los servidores!

La segunda parábola: el ladrón

Pero ¿que sucedería si en lugar de esperar vigilantes los servidores se duermen? Con otra parábola, Jesús examina la consecuencia de quedarse dormido, y con ese descuido, exponer la seguridad de la casa.

En esta parábola, el Señor es comparado con un ladrón, recreando una situación conocida por todos. Si el responsable de una casa está advertido de que esa misma noche va a ser robado, tomaría las precauciones del caso.

La comparación nos permite ver otros aspectos relacionados con la “espera”, que no se habían dicho: Si la parábola anterior destacó el hecho del retardo, es importante recordar que el Señor puede llegar en cualquier momento. Si la llegada del patrón traía un beneficio, ahora la venida del ladrón puede traer un perjuicio; si la venida del patrón era previsible -se sabe que durante la noche, aunque no se sabe la hora- la del ladrón es incierta y sorpresiva, por lo que cualquier cálculo de probabilidad es aún más incierto: «a la hora en que menos lo piensen». Todo esto, no representa ningún problema para quien este preparado.

La preparación constante para el momento último también debe ser una característica distintiva del discípulo de Jesús. Por eso dice expresamente: “ustedes”. Aunque es verdad que un discípulo nunca estará lo suficientemente preparado, como se deja sentir en la presunción de Pedro, quien a la hora de la Pasión dice: «Señor estoy preparado para ir contigo hasta la cárcel y la muerte», pero se olvida de su debilidad.

Cayendo en cuenta que estas parábolas son contadas por Jesús en su camino de subida a Jerusalén, donde le aguarda la Cruz que vencerá definitivamente el poder del mal, no podemos dejar de ver también aquí una alusión al juicio que provoca la venida del Mesías y las consecuencias para quien no tomó conocimiento del “tiempo de su llegada”.

Es verdad que Él vendrá por segunda vez, pero hay formas concretas de su visita que ya están ante nuestros ojos y que nos piden una actitud de apertura, acogida, prontitud para la respuesta y disponibilidad para el servicio, así como cuando pasaba por el camino hacia Jerusalén en su primera venida. Cuando se habla de “juicio” mucha gente siente miedo o trata de banalizar el tema. Pero no debemos temer que el Señor venga, sino de no estar debidamente preparados.

Tercera parábola: El administrador diligente y el negligente

Esta parábola describe la actitud del administrador diligente en el gobierno de la casa de su Señor, en contraposición con la del siervo descuidado y perezoso que, fiándose de la tardanza del regreso de su patrón, maltrata aquellas personas que están a su cargo y no cumplió con sus propias responsabilidades.

Con esta parábola Jesús le responde a Pedro la pregunta: “Señor, ¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?”. Esta pregunta marca la transición entre el llamado a la vigilancia que se acaba de hacer a todos los discípulos en las dos primeras parábolas y la lección particular que se saca para todos a los que se les ha confiado el cuidado de otras personas.

Una contraposición concluye el texto: “Al que mucho se le da, se le exigirá mucho y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”. Con esta frase se deja claro que la parábola pretende ser la respuesta a la pregunta de Pedro: el llamado a la espera vigilante en la expectativa del Señor es para todos, pero aquellos a quienes les fueron confiadas responsabilidades deben estar atentos de manera muy especial para que las ejerzan en calidad de servidores y no como un privilegio ejercido con abusos de autoridad.

Conclusión

El evangelio habla de nuestra relación con el Señor: con la lámpara del corazón ardiendo y siempre con la mejor disposición para servir al Maestro.

La constante vigilancia y la constante prontitud que con tanta fuerza hoy se nos inculca, indica una orientación viva e intensa hacia el Señor. Aunque Él esté lejano de los ojos, debe estar siempre en nuestra mente, en nuestro corazón y también en nuestras manos servidoras. Es en esta tensión espiritual de la esperanza como nuestra vida desde ya permanece llena de Él y como nos preparamos adecuadamente para la plena comunión gozando de su presencia visible.

En este ejercicio no perdemos de vista que de diversas formas el Señor “ausente” continúa presente. El Señor viene en el pan y el vino eucarísticos -su cuerpo y su sangre-, en su palabra, en los necesitados, en sus servidores, en aquellos testigos de Jesucristo que han plasmado su imagen en el encuentro vivo con Él.

Hay que respirar profundo el espíritu de este pasaje del evangelio y despertar para lo esencial. Como indican las parábolas, los discípulos son servidores que permanecen unidos de manera dinámica a Él en la fidelidad y el sentido de responsabilidad. Si esto es claro, entonces, nuestro buen Señor podrá llegar en cualquier momento porque estamos despiertos y listos para servir a Aquel que como Hijo del hombre se puso al servicio del mundo entero.

 

[1] F. Oñoro; Prestos para abrir la puerta, con las lámparas ardiendo de amora, Lectio Divina Lucas 12, 35-40; V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 273-274.

¡Insensato! Esta misma noche vas a morir

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Domingo de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los últimos domingos, en el camino hacia Jerusalén, Jesús enseñó a quienes los seguían cuales son las tres características distintivas de sus verdaderos discípulos: la misericordia, la escucha y la oración. Integrar estas características exige un estilo de vida que acaba por definirse cuando se quiere saber cuál es el sentido de la vida o qué se tiene qué hacer para alcanzar la propia felicidad.

Uno de los aspectos de la vida que el seguimiento de Jesús exige definir de manera concorde a su enseñanza y testimonio es el de la relación con los bienes que pueden ser de ayuda o terminar siendo un serio obstáculo para amar al estilo de Jesús.

El ideal del  discípulo de Jesús es vivir liberado de toda ambición presente, esto le pide ser capaz de administrar los bienes de los que dispone sin dejarse aprisionar por los encantos del dinero, y vivir con la mira puesta en lo fundamental que es la felicidad, no momentánea sino para siempre. En este sentido, la libertad de corazón es un indicador de la madurez del discípulo.

Además, el discípulo debe saber centrar su vida y tomar sabias decisiones para alcanzar sus ideales y dar el mejor cauce a sus energías. Esta sabiduría, deriva de un estilo de vida responsable, coherente con su vocación a la vida en plenitud.

Esto nos lo explica san Lucas, al presentarnos la escena que contemplamos este domingo, en la que Jesús como maestro de vida, a partir de una disputa entre hermanos por una herencia, propone una enseñanza sobre el sentido de la vida que incluye una manera de relacionarse con los bienes concorde con la fe en un Dios creador y Padre.

Para leer, interpretar y apropiarnos el texto que leemos este domingo, necesitamos situarlo en su contexto, descubrir con claridad el problema que plantea y destacar las líneas principales de la enseñanza de Jesús.

El Contexto

El contexto lo conocemos si nos preguntamos a quién se dirige la enseñanza, en qué momento y cómo aparece un nuevo tema.

La enseñanza se dirige a una multitud y a los discípulos; esto lo sabemos porque el  capítulo 12 en el que se encuentra nuestro texto comienza diciendo: «entre tanto, la gente se aglomeraba por millares, hasta no poder caminar»; sin embargo, la enseñanza no pierde de vista a los discípulos: «entonces Jesús, dirigiéndose principalmente a sus discípulos, les dijo…»

Los versículos precedentes a nuestro texto nos dicen que la enseñanza de Jesús en ese momento se centraba en los peligros que acechan la vida del discípulo, que existen tanto dentro de la comunidad como fuera de ella y que si no se toman en cuenta y se tienen las debidas precauciones acaban paralizando el seguimiento. Un peligro interno a la comunidad es la levadura de los fariseos, la contagiosa hipocresía que esconde el verdadero yo, oculta las intenciones y corrompe los mejores propósitos; Jesús hace ver que la verdadera naturaleza del hombre no puede permanecer escondida sino que con el tiempo se manifiesta. Un peligro externo son las persecuciones, que pueden paralizar por el miedo y la desesperación; el temor a ellas se supera con la confesión de Jesús delante de todo el mundo y siempre, con confianza absoluta en el Padre y con la ayuda del Espíritu Santo.

El discípulo debe aprender a distinguir qué es a lo que verdaderamente debe temer y no es precisamente la pérdida de la vida terrena sino la pérdida definitiva de la vida, lo que mata el alma; precisamente Jesús estaba enseñando esto cuando es interrumpido por alguien «de entre la gente» que le presenta una cuestión ordinaria de la vida familiar: el reparto de la herencia.

Jesús retoma inmediatamente la palabra y abre una tercera línea de exposición sobre lo que realmente constituye un peligro para la vida del discípulo: el apego a las cosas terrenas, o mejor dicho, la avidez por poseer cosas materiales. El discípulo que vive apegado a sus bienes, en realidad no lo ha dejado todo para seguir al Señor, el Reino no es todavía su “tesoro” por el cuál es capaz de deshacerse de todo para apropiárselo.

Si bien la enseñanza se dirige principalmente a los discípulos, el hecho de que se haga en medio de una multitud y que quien la propicia permanezca en el anonimato, nos permite pensar que nos encontramos ante una enseñanza es de interés común para todo el mundo, pues lleva a hablar, independientemente de lo que se crea, de lo que es fundamental a toda persona que vive sobre la tierra: el sentido de la vida

El problema que se plantea

Leemos en nuestro texto: «…hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.»

El caso que se presenta pertenece a la vida familiar cotidiana. Un personaje anónimo, se acerca, y, llamándolo Maestro, pide la intervención de Jesús; de esta manera le pide que intervenga como experto, como “rabí” que conoce los pormenores de la ley judía.

El ámbito de la disputa es la familia, se trata de la controversia con un hermano; este personaje anónimo da una orden a Jesús: «dile a mi hermano»; el tono recuerda el de Marta, que dijo a Jesús: «…dile a mi hermana que me ayude». Quien se presenta ante Jesús sabe lo que quiere, y así se lo indica a Jesús, «dile… que reparta conmigo la herencia». Una lectura superficial nos hace pensar que estamos ante la víctima del despojo hereditario a manos de un hermano abusivo. ¿se trata en realidad de esto? Profundicemos.

Se trata de un hombre cuyo hermano mayor se niega a darle la parte de la herencia paterna que le corresponde. La primera impresión es que se trata de una injusticia. En el evangelio de Lucas conocemos casos terribles de apropiación indebida de la herencia, recordemos que en parábolas, Jesús refirió el caso de un hijo que pidió a su padre anticipar la herencia y el asesinato del hijo del dueño de un viñedo para quedarse con su herencia.

Pero hay otra posibilidad, que cambia el planteamiento: podría ser que la intención del hermano mayor fuera positiva, en concordancia con las costumbres del lugar y de la época, y que  él –en cuanto responsable de la casa- se moviera por el ideal de la familia israelita: que era vivir juntos, para conservar intacta en la heredad. Recordemos el salmo 133, que alaba que los hermanos vivan juntos. En este caso, la queja del hermano menor que viene ante Jesús estaría motivada por la intención de separar su parte de la herencia para vivir independientemente, es decir, distanciarse del compartir familiar.

Para dirimir estos casos, que representaban verdaderos problemas jurídicos, se acostumbraba acudir a los rabinos, que, como abogados del pueblo, tenía que clarificar el asunto, emitiendo su dictamen de acuerdo a lo que la Ley mandaba. (se puede ver Números 27, 1-11 y Deuteronomio 21, 15-16).

La respuesta de Jesús la leemos en nuestro texto: «Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”». En ella encontramos un eco de la respuesta que recibió Moisés cuando. quiso ser intermediario en el pleito entre un israelita y un egipcio agresor: «¿quien te puso como jefe y juez entre nosotros?»; la respuesta a la pregunta es implícita, por el contexto, sabemos que nadie puso a Jesús como árbitro de este tipo de asuntos.

Tal parece que Jesús no quiere clasificarse en la categoría de un “rabí” que lo haría dirimir los diferendos con una palabra autorizada; por lo que sigue, entendemos que Jesús se sitúa frente al problema de la justicia, en una perspectiva distinta, más profunda, que lo coloca más allá de ser dictaminador de casos particulares.

Jesús se coloca en otro nivel para abordar el problema y al mismo tiempo que descubre las intenciones escondidas del hermano menor que parece moverse por avaricia, permite vislumbrar cuál es el valor del Reino que debe tenerse como horizonte decisivo en este tipo de situaciones, como criterio definitivo para orientar no sólo la resolución de un caso sino la vida toda.

La enseñanza de Jesús.

El punto de partida de la enseñanza de Jesús es la codicia del hermano menor que reclama la herencia. La pedagogía de Jesús es admirable: primero establece un principio de vida, después ilustra con un ejemplo y concluye con una aplicación para la vida.

1. Un principio de vida

En el discurso a la multitud que lo rodeaba, Jesús había advertido a los discípulos del peligro que les representaba la hipocresía como actitud de vida para esconder el verdadero yo, para camuflar las intenciones y ocultar los verdaderos propósitos. En este mismo tenor, aprovechando la circunstancia, advierte a los discípulos sobre el peligro de la avaricia para su perseverancia en el camino del Reino. Leemos en nuestro texto: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». Con intuición pedagógica, al señalar el principio Jesús indica qué hacer y por qué hacerlo.

¿Que hacer?: Evitar toda clase de avaricia. Es una exhortación que invita a la vigilancia, a examinar las propias actitudes, motivaciones y las intenciones del corazón. Recordemos que san Marcos nos dice que la avaricia sale del corazón del hombre (Mc 7,22). Jesús se refiere a «todo tipo de avaricia» refiriéndose a las múltiples expresiones del ˝deseo de tener siempre más”, que busca encontrar placer en el “llenarse de cosas” que desata la espiral de un deseo compulsivo consumista, que estimula el afán de competencia motivado por la envida y despierta el placer de exhibir lo que se tiene con el fin de conseguir la admiración y la envidia de los demás. A estos dinamismos que implican estímulos exteriores que afectan el interior de la persona, se agregan los que proceden del corazón: la tacañería, la falta de generosidad y la avaricia, que ciegan la mirada ante la necesidad del prójimo.

¿Por qué hacerlo? ¿Por qué hay que vigilar y tener cuidado de purificar el corazón en este punto concreto?  porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea». La vida no depende de lo que se tiene en “propiedad”; es terriblemente peligroso que el corazón quede prisionero de las cosas, porque cuando esto sucede las relaciones se basan en las cosas y se pierde de vista a las personas, que son valor fundamental e irremplazable y por el otro se entiende a Dios, que es el ‘Otro’ por excelencia y a los otros, los demás, los cercanos y lejanos, pero que pueden ser prójimo. Que centra su vida en lo que tiene, vive para adquirir, comprar, conseguir, nunca está satisfecho, siempre quiere más y acaba por apropiarse de lo que por derecho pertenece a otros, despojándolos. Por eso la avaricia es peligrosa, porque lleva a colocar ingenuamente los sueños de su vida, sus mejores ideales, sus grandes metas y toda la energía de la vida en cosas equivocadas e ignorar lo que realmente importa. Pensando lograr un gran éxito, quien es avaro o codicioso, cosecha en realidad un gran fracaso.

Jesús hace énfasis en «la abundancia» y con ello profundiza su respuesta; precisamente en la abundancia se revela la libertad del corazón. Para hacerlo entender, cuenta la parábola de un hombre que llega a nadar en abundancia pero que no sabe aprovechar la mejor oportunidad de su vida y se hunde irremediablemente en el sin sentido de la existencia.

2. Un ejemplo: la parábola del rico insensato

Dice nuestro texto: «les propuso esta parábola: «Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar…» Jesús no se limita a poner un ejemplo, con la parábola se mete en el pensamiento, en la lógica, de la gente que se cierra a la trascendencia -a Dios y al prójimo- precisamente por que vive en medio de gran abundancia; desde allí llama a la conversión.

El punto de partida es un hecho no previsto: la siembra tuvo un gran rendimiento, por lo que el dueño «obtuvo una gran cosecha», a ellos sigue la previsión del propietario: «¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo» Notemos la cadena de pronombres posesivos en primera persona que indican la conciencia que tiene este hombre de ser propietario, absoluto y autónomo, que  no tiene en cuenta a nadie, pues para él sólo existe su yo y lo suyo, y desconoce, el “tú”, el “nosotros”, y lo “nuestro”. Todo gira en torno a suyo, está preocupado por encontrar la solución, qué hacer, para además de conservar lo que ya tenía, mantener la prosperidad que se le presentaba por la abundante cosecha. En pocas palabras: el hacer del rico va en la dirección opuesta a la enseñanza de Jesús. Su avaricia para reunir y disfrutar la cosecha se deja ver en el aislamiento a que él mismo se somete.

«Ya se lo que voy a hacer» La avaricia despertó en él el propósito de una serie de dinamismos que lo tienen sólo a él como sujeto: almacenar, descansar y disfrutar.

Para almacenar, el rico habla de derribar, construir, y guardar, todo ello para asegurar la estabilidad de la riqueza: aquel hombre quería: «guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo». El dinamismo del descanso tiene como punto de partida la jactancia: «Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años…»; con ello los esfuerzos llegan a su fin, pues se siente asegurado por el resto de su vida que bien se merece un descanso. Para disfrutar, el rico habla de descansar, comer, beber y darse a la buena vida; es un dinamismo expansivo, el disfrute de los bienes, se busca el goce egoísta de la vida, como una auto-recompensa por todos sus esfuerzos.

De fondo se revela una manera de entender la vida: como no hay nada más allá de ella, lo mejor es dedicarse a disfrutar el tiempo presente y para ello es necesario acumular la mayor cantidad de recursos para invertirlos después en la felicidad. A quienes piensan así se dirige uno de los ‘ayes’ de Jesús, que escuchamos en san Lucas después de las bienaventuranzas: «¡Ay de ustedes los ricos! porque ya recibieron su consuelo»

Dios interviene. En el mundo ideal de este hombre rico, Dios había quedado fuera; no obstante Él entra y se oyen sus palabras: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» La irrupción de Dios en la historia tira por tierra la fantasía de aquel hombre rico. Su monólogo se interrumpe con una palabra que viene de fuera y que invita a un verdadero diálogo. Delante de Dios no es posible vivir ensimismado, es necesario responderle.

Dios se dirige a este hombre afortunado llamándolo «necio»; él se creía inteligente, tenía casi totalizado un proyecto de vida; no obstante es presentado como insensato, falto de inteligencia, estúpido. Este rico necio no ha entendido que por mucho que posea no tiene la propiedad de su vida y ésta, cuando menos lo espere le será reclamada; la vida proviene de Dios y a Dios vuelve. Este rico necio, que actuaba como un gran empresario, no previó en sus cálculos la posibilidad de perderlo todo repentinamente y mucho menos previó el destino de sus bienes: «¿Para quién serán todos tus bienes?» Este hombre no sólo no obtuvo los recursos para un futuro sostenible, sino que tampoco previó a dónde iría a parar su fortuna: no había pensado en sus herederos.

La aplicación de la parábola

Al terminar la parábola, Jesús dice a su intelocutor, a la multitud y a los discípulos: «Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios».

Jesús aplica la parábola diciendo que no sólo no hay que ser avaro y «amontonar riquezas para sí mismo», sino que hay que crecer en las cosas de Dios, lo que es valioso a sus ojos.

Hay un matiz en los verbos de esta última frase que no debemos dejar pasar por alto. El primero se refiere a «amontonar» y se refiere a acumular; el segundo «hacerse rico» no se refiere siempre a las cosas, equivale más bien a «prosperar», crecer hacia Dios, al servicio de Dios, de la manera como quiere Dios, atendiendo a los valores del Reino. mirando a Dios como fin, como la plenitud de todo bien y de toda felicidad. El rico de la parábola no se preocupó por lo primero y descuidó lo segundo, lo que realmente importaba.

El hombre que no es rico en la presencia de Dios es por tanto pobre, no importa la cuantía de sus bienes materiales; amontonar riquezas, puede empobrecer a una persona ante las cosas que realmente son importantes y que le dan sentido a la existencia. La vida es un don, y sólo Aquél que nos la dio puede decirnos dónde está su sentido y de qué manera ella alcanza su plenitud.

Quien hace planes para la vida y piensa sólo en sus necesidades y exigencias materiales, sacando a Dios y al prójimo, ya dio el primer paso equivocado: será como un muerto en vida, aislado en su egoísmo.

Conclusión

El discípulo de Jesús está llamado a ser feliz. Su pensamiento y acción no se dejan llevar por la mentalidad de una sociedad consumista; su proyecto de vida no queda incrustado en el estrecho horizonte del disfrute de la vida terrena.

Un discípulo de Jesús sabe donde tiene puesto su corazón; promueve la calidad de vida para si y para su prójimo; sabe descansar sin acomodarse; su corazón es profundamente libre y no se aferra a las cosas, porque las motivaciones de su corazón son de largo alcance; sólo la vida que se orienta a Dios y al prójimo tiene sentido y trascendencia.

Un discípulo de Jesús vigila su corazón, para no perder la libertad; sabe caminar, sufrir alegrarse, con la mira puesta en Dios de quien todo procede y a quien todo se dirige y así vive sencillamente feliz.

 

[1] F. Oñoro, La lamentable ilusión del rico. Lectio Divina. Lucas 12, 13-21. CEBIPAL/CELAM