Yo soy la vid, ustedes los sarmientos

Pascua

Domingo de la V semana – B

Textos

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto.

Ustedes ya están purificados por las palabras que les he dicho. Permanezcan en mí y yo en ustedes.

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer. Al que no permanece en mí se le echa fuera, como al sarmiento, y se seca; luego lo recogen, lo arrojan al fuego y arde.

Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y se les concederá. La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos”. Palabra del Señor.

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Con el Evangelio de hoy comienza la segunda parte del discurso de despedida de Jesús a los discípulos. Ha hablado ya de la comunión con los suyos que se realiza a través del amor Y el Espíritu Santo. Ahora, con la imagen del Padre como agricultor, del Hijo como la vid y de los discípulos como los sarmientos: quiere describir aquella circularidad de amor que une a los discípulos a él y al Padre. En otras ocasiones, en las Escrituras se usa la imagen de la vid (y la vida) para describir la relación entre el Señor y su pueblo. Esta vez, sin embargo, la vid no es el pueblo de Israel sino Jesús mismo. 

Él es la «vid verdadera» que produce frutos buenos y que da la vida La comunión entre él y el Padre, es la fuente de su vida misma y el origen de su obra. Bajó del cielo a la tierra para cumplir la voluntad del Padre, y la voluntad del Padre es que Jesús, uniendo a los discípulos consigo mismo, les haga partícipes del mismo amor que él tiene con el Padre. Comienza su discurso diciendo: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos». Con esta imagen quiere que los discípulos entiendan bien el tipo de vinculo que establece con ellos; la relación es tan estrecha como para formar una sola unidad con él. En efecto, el sarmiento vive y da fruto solo si permanece unido a la vid; si se separara, se secarla Y moriría. 

Por tanto, mantenerse unidos a la vid es esencial para los sarmientos. Por esto Jesús continúa: «El que permanece en mí Y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada». No hay otro camino para el discípulo fuera de la comunión firme con el Maestro y el modo de preservar la comunión lo explica el propio Jesús cuando dice: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis». 

Al término «permanecer», utilizado once veces en el pasaje del Evangelio que hemos leído hoy, le sigue la expresión «dar fruto», que se utiliza en ocho ocasiones. Dar fruto es propio de los discípulos que escuchan la Palabra de Dios con el corazón atento, y esta es la manera de dar gloria a Dios, como Jesús mismo señala: «La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos». El discípulo no es tanto el que acoge una doctrina como el que permanece unido con amor a Jesús, precisamente como el sarmiento a la vid. 


[1] V. Paglia La Palabra de cada Día (2018), p. 197-198)

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