Miércoles después de Epifanía
Textos
† Del evangelio según san Marcos (6, 45-52)
En aquel tiempo, después de la multiplicación de los panes, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se dirigieran a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirlos, se retiró al monte a orar. Entrada la noche, la barca estaba en medio del lago y Jesús, solo, en tierra. Viendo los trabajos con que avanzaban, pues el viento les era contrario, se dirigió a ellos caminando sobre el agua, poco antes del amanecer, y parecía que iba a pasar de largo.
Al verlo andar sobre el agua, ellos creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban espantados. Pero él les habló enseguida y les dijo: “¡Animo! Soy yo; no teman”. Subió a la barca con ellos y se calmó el viento.
Todos estaban llenos de espanto y es que no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada. Palabra del Señor.
Mensaje[1]
Tras la multiplicación de los panes Jesús ordena a sus discípulos partir solos con la barca, mientras él se retira al monte para orar. La oración de intimidad con el Padre no lo aisla, ni eclipsa el cuidado de sus discípulos. Éstos, en efecto, se encuentran en dificultades remando sobre el mar de las pruebas de sus vidas: la noche los sorprende, el viento contrario hace difícil su camino.
Entonces Él va a su encuentro caminando sobre el mar. Jesús no quiere imponérseles con su milagro y «parecía que iba a pasar de largo». Sin embargo, ante su turbación, pues creían ver un «fantasma» se les acercaó, calmó el viento y les dijo: «¡Animo! Soy yo; no teman».
El estupor de los discípulos, unido a la falta de fe en Jesús les hace llenarse de pánico, porque no habían comprendido el signo de los panes ni la identidad misma de su Maestro, corno Mesías e Hijo de Dios. Las perspectivas de Jesús y las de sus discípulos son diversas: «tenían la mente embotada», como sucedió en otro tiempo, cuando Israel atravesaba el desierto.
Los discípulos reconocieron al Maestro cuando escucharon su palabra que les hacia entender que lo que veían no era una visión de ultratumba sino una manifestación de Dios para que acabaran de entender en medio de sus incertudiumbres y miedos.
Si el discípulo no está familiarizado con la Palabra del Maestro no lo reconocerá cuando en medio de la prueba salga a su encuentro para sostenerlo.
[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 177.