El que cumple la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre

Tiempo Ordinario

Martes de la III semana

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

El les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

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El evangelista Marcos sigue mostrándonos a Jesús rodeado de una gran multitud. Mientras está hablando llegan sus parientes con María. El evangelista no dice el motivo de su visita, pero no es difícil imaginar que quizá estaban preocupados por las exageraciones que Jesús mostraba o también porque habían sabido que los fariseos lo estaban vigilando, hasta el punto de mandar a algunos desde Jerusalén. Querían hablar con él. Cansados quizá por el viaje -venían de Nazaret- no esperaron a que Jesús terminara de hablar y mandaron a alguien a anunciarle su llegada. La aglomeración era mucha Y ellos se quedaron «fuera». Este no es un mero detalle espacial. Aquellos familiares estaban «fuera», es decir, no estaban entre los que escuchaban a Jesús. 

Ya podemos deducir de esta notación que no son los lazos de sangre ni los vínculos de una costumbre ritual los que llevan a ser verdaderos familiares de Jesús. Sólo los que están dentro de la casa, los que escuchan la Palabra de Dios, integran la nueva familia que Jesús ha venido a formar. A quien le dice que fuera de la casa estaban su madre y sus hermanos Jesús indica quién forma parte de su nueva familia, de la Iglesia: los que escuchan el Evangelio. 

De esta escucha nace la comunidad cristiana y, por tanto, esta se edifica sobre la Palabra de Dios. El Evangelio es la roca que sostiene toda comunidad y la Iglesia entera. Y tal comunidad -hay que notarlo- no es una asociación cualquiera. Tiene los rasgos de «familia». La Iglesia debe vivir como una familia, es decir, con esos lazos que por eso se llaman «familiares». Los miembros deben vivir las relaciones de fraternidad, empezando por el Padre que está en los cielos, a quien Jesús invita a llamar «abbá», y luego con Jesús mismo y con los demás hermanos y hermanas. Hay que evitar la tentación de creernos familiares porque observamos algunos ritos o quizá por practicar alguna que otra obra buena. La relación con Jesús tiene los rasgos de las relaciones de familiaridad, por tanto está llena de amor gratuito, de fraternidad, de esperanza común. Ser discípulos requiere la escucha atenta y disponible de las palabras de Jesús y la implicación de nuestra vida con él. 

Para formar parte del grupo de los cristianos, para ser discípulos, no basta con sentir la relación con Jesús como aquellos «parientes» la sentían. Cada día debemos «entrar» en la comunidad y escuchar el Evangelio como se nos predica. ¡No se es discípulo de una vez por todas! Cada día necesitamos estar junto a Jesús y escuchar su palabra. Si vivimos así, Jesús dirigirá sus ojos llenos de amor también sobre nosotros y le escucharemos decir: «Estos son mi madre y mis hermanos». Es la bienaventuranza de ser sus discípulos, no por nuestros méritos especiales sino sólo porque escuchamos su Palabra y tratamos de ponerla en práctica. 


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 72-73.

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