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Enderezar lo torcido

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II Domingo de Adviento- Ciclo C

Texto

+ Del evangelio según san Lucas (3, 1-6)

En el año décimo quinto del reinado de César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios.  Palabra del Señor.

 

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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En el II Domingo de Adviento, damos un paso más en nuestro itinerario espiritual de preparación para la Navidad. Este Domingo y el próximo Juan el Bautista es nuestro pedagogo.

Hoy lo contemplamos ubicado en un escenario histórico complejo desde el que nos invita a la esperanza, la próxima semana lo contemplaremos como profeta que nos llama a la conversión.

El evangelio de hoy se ocupa de ubicar al precursor del Mesías en el escenario de la historia y en este mismo hecho, estableciendo claros contrastes, nos comunica un mensaje sobre el modo de intervención de Dios en la historia humana.

El texto que contemplamos procede en tres momentos: el marco histórico, la vocación del profeta y la presentación sintética de la misión profética de Juan.

Marco histórico

El evangelista contextualiza el ministerio de Juan y lo ubica en referencia a quienes detentan el poder político y religioso y que con sus intervenciones incidirían en el destino del profeta. Los personajes y fechas que se mencionan, no son una nota erudita o ilustrativa, con ellos Lucas nos da un mensaje: la acción de Dios acontece en la historia, no es un mito ni una fantasía, es un acontecimiento histórico.

El ministerio de Juan se ubica así en un contexto político y religioso. En lo político se trata del mundo dominado por el imperio romano. Tiberio es el emperador, continuador de la obra de César Augusto, famoso por su política de «pax romana» es decir, impuesta por la fuerza. El lugar es Palestina, dividida, después del reinado de Herodes el Grande, en cuatro territorios, cada uno con su gobernador. En lo religioso la referencia son la autoridades judías, en concreto los sumos sacerdotes Anás y Caifás, personajes que después pedirán la condena de muerte para Jesús.

Los personajes políticos y religiosos que se mencionan tienen que ver directa o indirectamente con el ministerio del Bautista y con el de Jesús de quien aquél es precursor. Hay un fuerte contraste entre la violencia que se ejerce desde quien tiene el poder y la humildad y mansedumbre de quien habla en el nombre de Dios.

Esta contextualización nos ofrece un doble mensaje. Dios interviene en la historia. No se manifiesta en los palacios, ni en quienes ,engolosinados con el poder, se legitiman con el uso de la violencia. Se manifiesta en el desierto y en la vida de quienes están atentos a escuchar su Palabra y dispuestos a acogerla.

La fuerza de Dios, manifestada en la sencillez y debilidad derriba la pretensión absoluta de los autosuficientes que confían en su capacidad de someter violentamente a los débiles.

La vocación del profeta

En la circunstancia descrita: «Fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». La voz profética resonará de nuevo a través de un hombre, escogido para esta tarea, lleno del Espíritu de Dios desde el vientre de su madre. La palabra que predicará no es suya, hablará en nombre de Dios.

El desierto hace pensar en el Éxodo, en el camino de Israel buscando la tierra prometida; es lugar de aridez, soledad, anonimato, miedo, carencia, desesperación, de cercanía con la muerte. Allí es donde Dios habla, seduce, enamora, convence y se compromete en alianza de fidelidad eterna.

En esos pequeños detalles descubrimos también un profundo mensaje. Nadie puede hablar en nombre de Dios si Dios no le ha dirigido su Palabra, y ésta sólo se escucha cuando se tiene el corazón dispuesto, en capacidad de escucha, cuando hay silencio o cuando en las situaciones límites de la existencia no se espera ya nada de nadie sino sólo de Él.

La misión del profeta

Juan proclama el querer de Dios. Lo que él enseña vincula a quien escucha. Lo que él dice no puede ser despreciado por quien tiene sed de Dios y en Él espera. Por ello Juan llama a «un bautismo de conversión para perdón de los pecados». Quienes acogen este llamado «verán la salvación de Dios» porque sólo quien se prepara para la venida del Señor puede “ver” su salvación.

El llamado de Juan es universal, no se limita a unos cuantos, todos pueden prepararse para recibir al Señor que viene y en ese sentido «todos» verán su salvación.

El precursor prepara el camino de Jesús predicando la conversión. Es «Voz que clama en el desierto». Donde el silencio impera, donde nada se escucha, sea el corazón de una persona, sean nuestros ambientes o nuestras comunidades, lo primero que debe escucharse es la Voz dejando lugar a la Palabra. Esto es necesario para remover todos los obstáculos que impiden recorrer el camino del encuentro: los barrancos, los montes y colinas. Los caminos deben enderezarse, nuestros pasos deben dirigirse a Dios directamente y no por atajos engañosos y tortuosos.

Es necesario salir de encierro en la propia soledad, dejar el estancamiento, dejar espacio para Dios que viene a liberarnos de nuestros egoísmos, recuperar la capacidad de soñar en una humanidad que vive en justicia y fraternidad. Quien camina por el desierto lo hace con temor, mil amenazas lo acechan haciendo peligrar su vida. Lo mismo sucede con el pecado que aísla, saca a Dios de la vida y encierra en el propio ego.

El punto de partida es reconocer la necesidad, recuperar la confianza en que es posible transformar el desierto, hacerlo florecer. Eso es alentar la conversión, como lo hace el Bautista. Hacer surgir la esperanza. Convertirse no es flagelarse, torturarse sino dejar que en nosotros se realice la creación de Dios invitándonos a vivir en armonía con Él y con las demás creaturas.

Transformar nuestro desierto supone remover, aunque nos duela, lo que hacemos siempre, por inercia, casi por costumbre pero que nos hace infelices porque nos aleja de nuestra vocación original -nuestro yo más profundo-. Cuando somos capaces de hacerlo el resultado es la felicidad inmensa de descubrir nuevos y fecundos horizontes. No se puede renovar el amor primero si no se acepta el reto de remover lo que lo ha envejecido y hecho rutinario.

 

 

Su nombre es Juan… (Lc 1, 57-66)

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La Natividad de San Juan Bautista

Este domingo la secuencia litúrgica dominical del tiempo ordinario se interrumpe para dar paso a la celebración de la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

La primera lectura tomada del libro de Isaías presente el segundo cántico del Siervo de Yahvé. Es un texto vocacional, de llamada, de elección desde el seno materno para una misión profética.

Los profetas no se improvisan, ni se fabrican. Dios los elige y los forma. La vocación profética tiene como condición básica que el elegido esté en sintonía con Dios que es quien llama, impulsa y encomienda una misión trascendente que lleva al elegido a romper barreras, a salirse de los esquemas, a ser diferente al común y trascender, precisamente porque desde el «seno materno» Dios lo ha llamado.

La llamada del profeta es a la predicación, a ser hombre de la Palabra que debe ser como «espada afilada», una Palabra que no tiene límites, que es como el viento y que siempre tiene el impulso del Espíritu. La misión que se confía es universal. El profeta está llamado a ser “luz de las naciones”. No puede caprichosamente destinar los bienes que Dios le ha confiado a su grupo favorito, su misión es llevar al Dios vivo y verdadero a todos los pueblos, razas y caminos.

Juan el Bautista es un profeta.  Llama la atención que el texto evangélico mas que insistir en su nacimiento insiste en la imposición del nombre. Sabemos que el nombre es muy importante en la Biblia, pues indica un programa, un diseño de vida. Juan significa “Dios es propicio o Dios se ha apiadado” o bien, “Dios es misericordia”.

¡Juan es su nombre! indica que la vida de Juan estaría en manos de Dios y no de sus padres o de su familia. Según la tradición, Zacarías era de familia sacerdotal, y el futuro de este niño debería ser el mismo: servir al culto y el templo; era su derecho. Sin embargo este niño no será sacerdote, sino profeta.

La misión principal que emerge en la persona de Juan Bautista es ser precursor de Jesucristo. Su quehacer fue preparar los caminos al Señor y para ello desde el seno materno fue lleno del Espíritu Santo y, después, en el desierto se preparó mediante la oración y la penitencia.

Juan el Bautista preparó un pueblo bien dispuesto anunciando con fuerza la palabra de Dios, dando testimonio de ella con su vida e invitando a todos a volverse a Dios. Cumplió la misión que se le encomendó sin compromisos, ni miedo a represalias.

Juan sometió su vida al proyecto de Dios, sin jamás inclinarse ante los poderosos, pues fue enviado para destruir el mal y a edificar el bien. Juan, sostenido por Dios nunca fue una caña que se dejara doblar por la fuerza del viento.

El Bautista identificó a Jesús, lo bautizó e indicó quién era y cuál era su misión. «Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo» Después de cumplir su misión desaparece: «Él debe crecer, yo, por el contrario, disminuir» y rubrica la misión con su sangre, como profeta es testigo de la vida eterna porque tiene la certeza que Dios le hará justicia.

Que Dios nos conceda caminar por la senda abierta por Juan el Bautista, de manera que anclados en Jesús podamos ser testigos de la Buena Nueva que regenera y salva y así llegar por la senda del Evangelio a participar de la Vida plena.