Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Si no se arrepienten…

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Higuera esteril Cuaresma

Domingo de la III semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.

Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Ha transcurrido ya la etapa inicial de la cuaresma; caracterizada por la contemplación de dos relatos evangélicos: el de las tentaciones de Jesús en el desierto y el de la Transfiguración del Señor;  el primero nos ha permitido tomar conciencia de cuán frágiles somos para mantenernos fieles en nuestra vocación de hijos de Dios; el segundo, nos ha dado el consuelo del Señor que nos invita a “subir al monte” de la oración, para ver la vida con la mirada de Dios y confirmarnos en el cumplimiento de su voluntad.

Despejado el camino de la cuaresma, a partir de hoy comenzamos una serie de tres domingos que nos ubican en la escuela en la que se aprende a ser discípulo: la escuela del perdón; recorreremos tres itinerarios en los que paulatinamente aparecerá, cada vez con mayor claridad, el rostro misericordioso de Jesús.

Este tercer domingo de cuaresma recorremos el itinerario de conversión, que tiene la finalidad de despertar las conciencias adormecidas y acomodadas en su estilo de vida. La conversión cristiana es una conversión en la historia: se realiza en la vida cotidiana y se concreta en hechos; es una cuestión de responsabilidad y cada uno está llamado a asumir la parte que le corresponde. Hoy descubrimos que Dios no sólo nos pide la conversión, nos ayuda a que ella sea posible.

El contexto

La comprensión de la primer escena del pasaje que leemos, se requiere la consideración del clima que imperaba en torno a Jesús; sus hechos y sus palabras habían provocado  entusiasmo en unos y conflicto en otros; Jesús es consciente de ello  y por eso en el pasaje que precede a nuestro texto dice: «¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división

Descubrir a Dios en los acontecimientos

La primera escena de nuestro relato comienza con una noticia que le llevan a Jesús: «algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios.» El informe tiene el sabor de una advertencia de parte de quienes se sentían incómodos con su predicación y testimonio de vida, el mensaje oculto sería: ustedes también son galileos y perecerán de la misma manera; parecería que los informantes comparten el punto de vista de quienes consideran a Jesús y a los suyos como pecadores, por actuar en el margen o fuera de la ley; la respuesta de Jesús es elocuente: «“¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante.»

Enseguida, Jesús pone en evidencia a sus informantes, que han querido advertirle que tenga cuidado, y los interpela directamente: «Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.»

De esta manera a quienes le habían advertido del castigo que Pilato había infligido a unos galileos, Jesús les recuerda, como ciudadanos de Jerusalén que son, la muerte accidental de unos paisanos, misma que ellos consideraban, con la manera de juzgar de la época, un castigo de Dios. Sus informadores no son menos culpables que aquella pobre gente que ellos inculpaban sin motivo. Entre los judíos era común creer que las desgracias personales eran castigos de Dios por los castigos cometidos; esta mentalidad favorecía a quienes se encontraban en bonanza, porque en contrapunto calificaban su bienestar como bendición de Dios.

Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, descubre dentro de ellos la voz de Dios que advierte a cada uno la inseguridad de su propio destino. Las personas que murieron por la represión de Pilatos y los que murieron en la tragedia de Siloé no eran más pecadores que las demás personas de su generación; entonces, no hay nadie exento de la conversión, todos la necesitamos. Jesús aprovecha los dos acontecimientos trágicos para que sus discípulos comprendan que tales desgracias son ajenas a la voluntad de Dios y que en manera alguna indican que las víctimas hayan sido pecadores. Al mismo les invita a leer la historia desde otra perspectiva, desde la óptica de Dios; los acontecimientos históricos no son un castigo de Dios, pero si pueden ser interpretados como una interpelación personal, como una invitación a la conversión; mientras tengamos vida todos necesitamos cambiar para recibir el Reino de Dios que ya está presente.

Jesús deja claro que las calamidades individuales no indican responsabilidades personales, sino que son “signos”, es decir, señales del juicio divino que espera a una humanidad pecadora; también deja claro que las desgracias, en principio, no están asociadas a un castigo por parte de Dios por un pecado; se trata más bien de lo contrario: es el pecado general el responsable del mal que hay en el mundo. Hay que sacar las lecciones que la vida nos da continuamente, sea de los hechos trágicos que acontecen día con día, sea de las calamidades naturales. En medio de ellas siempre podremos encontrar al Dios de la vida que continuamente nos está invitando a vivir.

Aprovechar el tiempo de la misericordia

El mensaje de la parábola de la higuera, es muy sencillo: quien no se arrepienta, será derribado y perecerá, como la higuera estéril; es lo que acontece en un sembradío, todo árbol que no sirve, que simplemente ocupa espacio, es abatido.

El viñador tiene esperanza en la higuera, a pesar de que ha constatado su esterilidad: «durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado», él cree poder cambiar la situación, ayudándole a que se vuelva fecunda, para que no de un fruto casual, sino permanente.

La oportunidad de un año más, que el viñador pide para la higuera, evoca su misericordia, que se hace concreta en el servicio que se le presta a la higuera para que genere vida: «voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono.» De la higuera se espera una respuesta y de ésta, depende su vida en adelante. Se trata de una oportunidad que se debe aprovechar; llegará el día en que ya no sea posible hacer nada.

Jesús interpela así a toda persona y comunidad que está siempre dejando “para mañana” la conversión, que posterga el esfuerzo por superar los hábitos dañinos o cambiar las conductas equivocadas. El retraso de la conversión nos coloca en una situación peligrosa. El Señor nos da tiempo, nos tiene paciencia, hace todo lo que puede, para que nosotros, como la higuera, dejemos de ser estériles y comencemos a dar fruto.

En la parábola hay un constante llamado a la vida que está siempre amenazada por razones que provienen de la maldad humana, por accidentes o catástrofes naturales; también hay una amenaza para la vida en quien se obstina renunciando a ella, limitándose a sobrevivir, haciéndose daño, haciendo daño a los demás y apartándose del amor de Dios.

La conversión no es simplemente para “no perecer”, sino para que, por la obra de Jesús, la fuerza escondida del Reino mueva nuestra vida hacia su plenitud, desarrollando todas las potencialidades, para con ellas hacer el bien, como Dios lo hace con nosotros.

A pesar de la invitación urgente a convertimos y a dar fruto, vivimos todavía el tiempo de la paciencia y misericordia de Dios. La parábola de la higuera estéril pone de manifiesto que cambiar o no cambiar no es un juego de palabras. Es un problema de vida o muerte. Ante el Reino de Dios hay que decidirse. Y se nos habla de urgencia, porque el tiempo pasa y estamos en la encrucijada.

Consideremos dos últimos detalles de la parábola de la higuera: El poder de la intercesión y la paciencia de Dios. Ante la sentencia definitiva del dueño del viñedo que ordenó cortar la higuera que no daba fruto, el viñador que se desgastaba por dar vida a los árboles del huerto, intercedió pidiendo una oportunidad para la higuera seguro que con sus cuidados daría fruto; entremos en la dinámica de la paciencia de Dios, a ellos nos exhorta Jesús; en las situaciones desesperantes y que parecen insolubles, aprendamos a interceder pidiendo a Dios una oportunidad y tengamos paciencia con las personas que viven junto a nosotros, no las condenemos, démosles siempre una oportunidad y comprometámonos con ellas.

 

 

[1] F. Oñoro, Reaccionemos y cambiemos de vida. Lucas 13, 1-9. CEBIPAL, F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 91-94.; V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.

Su rostro cambió de aspecto

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Transfiguracion Cuaresma

Domingo de la II semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[[1]

El domingo pasado, decíamos que el relato de las tentaciones es el pórtico para iniciar el camino cuaresmal; este domingo podríamos decir que la escena de la transfiguración es el telón de fondo; presenta el horizonte del itinerario y nos ayuda a concentrar nuestra mirada en Jesús el Hijo amado, el elegido, a quien Dios nos invita a escuchar.

El relato retoma un punto que quedó en suspenso el domingo pasado; recordemos que en la última tentación, ubicada en Jerusalén, el tentador se jugo el todo por el todo poniendo a prueba a la fidelidad de Jesús como Hijo de Dios; con la fuerza de la Palabra, Jesús conminó al enemigo malo a no poner a prueba a Dios y el diablo, concluidas las tentaciones, se retiró esperando la hora.Ahora, en la escena de la transfiguración, encontramos de nuevo la referencia a Jerusalén y a la hora de Jesús: «De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.». Jerusalén es el destino del camino de Jesús, allí vivirá la hora definitiva, será probado nuevamente en su fidelidad como Hijo de Dios.

El contexto

Para introducirnos en la contemplación de la escena de la transfiguración, tomemos en cuenta el contexto del relato.

En el capítulo 8 del evangelio de Lucas, una vez que Pedro ha reconocido a Jesús como Mesías; Él comienza a introducir a sus discípulos en la comprensión del misterio de su persona, anunciándoles su pasión muerte y resurrección; les dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Cuando leemos el evangelio caemos en la cuenta que las palabras y las obras de Jesús, con las que anunciaba el Reino de Dios, fueron aceptadas por algunas y rechazadas por otros. Quienes las rechazaron, comenzaron a hostigarlo, le hacían preguntas capciosas, lo provocaban, lo espiaban y buscaban motivos para acusarlo. Jesús no era ingenuo, sabía lo que sucedía y cada una de estas insidias eran para Él una tentación, una prueba; por eso, en el evangelio de Lucas, en los momentos decisivos de su misión, lo vemos haciendo oración, experiencia en la que se fortalecía para seguir en el camino de entrega amorosa con la que anunciaba y manifestaba la cercanía de Dios.

En este contexto entendemos el anuncio de la pasión que hacía a los discípulos; los veía tan entusiasmados que percibía la ilusión que tenían de un Mesías como muchos lo esperaban: glorioso, poderoso, guerrero, justiciero; Jesús no los engaña, les advierte que la fidelidad al Reino va en otra dirección, que ser testigos del Reino exige dar testimonio de la fidelidad de Dios con la entrega de la propia vida.

Además de anunciarles su pasión, en un segundo momento, Jesús implica también a sus discípulos, diciéndoles «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Los discípulos no pusieron resistencia ante este primer anuncio de la pasión; el evangelista nos deja saber por qué: “Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Cf. Lc 9, 45: 18,34). La oscuridad de los discípulos ante el misterio de la Cruz no era porque tuvieran una resistencia interior, sino porque no alcanzaban a comprender lo que significaba; Jesús los llevará por un camino gradual de comprensión.

El relato de la transfiguración conecta directamente con la confesión de Pedro y con el primer anuncio de la pasión; es una forma distinta de anuncia lo mismo, que nos revela el significado del misterio pascual de Jesús y la forma como se implican los discípulos que le siguen; se trata de una revelación más profunda del cómo y por qué el camino del sufrimiento conduce a la gloria de la pascua.

El texto

Nos encontramos ante un relato de teofanía, es decir, de manifestación divina; en el que el ver y el oír ocupan un lugar central. Se distinguen cuatro partes: La primera presenta la circunstancia: Jesús sube al monte a orar con tres discípulos. La segunda presenta la visión de la gloria de Jesús y de los profetas sufrientes. La tercera presenta la audición del querer del Padre que habla desde la nube. La cuarta, la conclusión: Jesús queda sólo y los discípulos callan.

Este relato lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas; en cada evangelista tiene detalles particulares que ayudan a leer el respectivo relato de manera novedosa. Lucas hace notar que Jesús subió a la montaña «para hacer oración»; habla de la gloria de Moisés y de Elías: «aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor»; indica el tema de conversación de estos personajes con Jesús: «hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén»; advierte que los discípulos  estaban rendidos de sueño» y que «despertándose, vieron la gloria de Jesús»; señala que sólo Pedro tomó la Palabra cuando Moisés y Elías se marcharon y que llamó a Jesús con sumo respeto diciéndole «Maestro»; narra que en la nube, Jesús recibe el calificativo de «Hijo elegido» y destaca al final del relato que los discípulos «guardaron silencio».

Escuchar a Jesús

La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la experiencia de la transfiguración.

La transfiguración acontece en un contexto de oración. Es una experiencia de comunicación intensa de Jesús con su Padre. No conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. El relato no reporta ninguna palabra de Jesús, pero la mirada no se parata en ningún instante de su persona; en los discípulos, con quienes pueden identificarse quienes leen el relato, predomina una actitud de atención a cada detalle.

El cambio externo que se produce en Jesús no pretende anticipar y confirmar su futura gloria de resucitado, como a veces se insiste. Si así fuera alimentaría el mesianismo equivocado de los discípulos y presentaría la pasión y muerte de Jesús como una representación con un final feliz anticipado.

En esta experiencia que contemplamos junto al relato de las tentaciones, Jesús es confirmado en su identidad y misión: el camino que ha elegido, su estilo de vida y mensaje es lo que Dios quiere. Hay dos elementos que lo corroboran Moisés y Elías que conversan con Él y la voz que sale de la nube.

En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales ambos son personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios; tuvieron en común que, obeciendo a Dios, fueron servidores del pueblo de Dios y el cumplimento de esta misión les costó mucho sufrimiento; de manera que en el diálogo con Jesús en el relato de su transfiguración ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia como profetas rechazados, con una misión que casí les costó la vida; además, Moisé y Eías fueron servidores de los caminos e Dios en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se puso contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena; su testimonio es modelo de la gloria que resplandece desde el dolor que se vive en función de los demás, al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo. Moisés y Elías al lado de Jesús, que está a punto de comenzar el camino decisivo, ellos mismos ahora “rodeados de esplendor”, dan testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Más tarde, al final del evangelio, Lucas nos dirá que Todo lo que ha sucedido en el camino y en la Pascua de Jesús fue el cumplimiento de lo que “está escrito en la Ley y en los Profetas” (Lc 24,44), es decir en la Escritura. Moisés y Elías representan la “Ley y los Profetas”.

Desde la nube que cubrió a la montaña Dios dejó oir su voz. La formación de la nube que “los cubrió con su sombra” evoca la divina presencia que llenó con su gloria la tienda del encuentro; la misma gloria de Yahveh que cubrió la santa montaña y en la cual entró Moisés. La nube nos indica dos cosas: Primera: no hay necesidad de la tienda que Pedro quiere hacer, porque Dios mismo es quien la hace al cubrir con la nube la montaña. Segunda: es el Padre, en última instancia, quien conduce a la gloria y quien invita ahora a los discípulos a entrar también en ella. Recordemos que la transfiguración de Jesús es obra de Él.

El elemento central de la manifestación de Dios: « De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”» Los términos nos recuerdan la escena del bautismo de Jesús; pero notemos que ahora estas palabras no están dirigidas a Jesús sino a los discípulos indicándoles: eue Jesús es el “Hijo”, el “Elegido” -título característico del Mesías- y que  a Jesús hay que “escucharlo”.  El imperativo “¡; escúchenlo!” queda resonando en los oídos como la lección más importante del evento de la transfiguración para los discípulos espectadores.

Los discípulos al sentirse envueltos por la nube se asustan; pero es ahí donde son aleccionados sobre lo que se resisten a aceptar: la manera como Jesús realizará su voación mesiánica. Dios confirma, delante de sus discípulos, en su identidad y misión y revela a los discípulos que ése, cuya enseñanza no aceptan o comprenden, cuyos gestos les inquietan, es el Hijo, el Elegido, el Mesúas, quien tiene razón y a quien hay que escuchar.

La transfiguración desvela el sentido profundo de los acontecimientos, pero no dispensa a los discípulos de vivir la realidad en su dureza y ambigüedad. Aunque Pedro deseaba la contrario, la visión termina muy pronto y deja a todos frente a la realidad cotidiana. Es preciso que los discípulo afronten el mensaje y el camino de Jesús.

Ante la fragilidad que experimentamos en las tentaciones, cuando somos probados en nuestra fidelidad de hijos de Dios y discípulos de Jesús; ante la resistencia a tomar la cruz y seguir a Jesús, que se experimenta en las incomprensiones y en el sufrimiento que son consecuencias de amar entregando la vida y de ser testigos de la verdad y la justicia, la oración y la escucha de la Palabra nos ayudan a interpretar nuestra historia y nos confirman en las opciones que hemos hecho cuando estas corresponden a la voluntad de Dios; sin embargo, no debemos olvidar que las experiencias espirituales noo son para separarnos de la realidad, sino para ayudarnos a discernir y afrontar la historia en toda su profundidad, para ayudarnos a seeguir a Jesús y como discípulos suyos, entregar la vida siendo testigos del Reino de Dios.

 

 

 

 

 

[1] F. Oñoro, La Transfiguración de Jesús: con la mirada puesta en la meta del camino y a la escucha del Maestro. Lucas 9,28b-36. CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 87-90

Si eres el Hijo de Dios….

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tentador.jpgCuaresma

Domingo I – Ciclo C 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (4, 1-13)

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.

No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.

Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

Concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora. Palabra del Señor. 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Entramos en el camino cuaresmal cruzando el pórtico que nos ofrece el relato evangélico de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año, -ciclo C- leemos el texto del evangelista san Lucas, que acentúa el tema de  “la hora de Jesús” referido al misterio pascual y de “Jerusalén”, como meta del camino de Jesús, donde vivirá su Pascua.

El tema central del texto que leemos es la “tentación”. Tentar es poner a prueba la fidelidad. El tentador es el “diablo” el opositor del plan de Dios que  se incuba de muchas formas en el corazón de hombre y, desde allí, en las relaciones humanas para hacer desgraciada la vida; por eso, la victoria sobre él es el signo de la llegada del Reino de Dios.

El relato subraya no tanto que Jesús haya tenido tentaciones, sino que las venció: «concluidas las tentaciones, el diablo se retiró de él» y esta es la Buena Noticia. El diablo es vencido, no tiene la última palabra; la victoria de Jesús es nuestra victoria; los discípulos de Jesús pasarán también por la prueba de la fidelidad a merced del mismo diablo que los perturbará para que se desconozcan como hijos de Dios. El ejemplo de Jesús, la forma como enfrenta la prueba es, para el discípulo, escuela de fidelidad.

Aunque las tentaciones concluyeron, el evangelio advierte que «el diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora». La victoria final se dará en la Pasión, por ello, la experiencia de las tentaciones pide fijar, desde el principio, la mirada en el misterio de la Cruz y en el camino que hay que recorrer para participar de la victoria pascual. Poner la mirada en el misterio de la cruz, se traduce en: fidelidad en el amor y en la entrega de la vida; constancia en salir de si mismo y de superar el encierro en el propio ego; la capacidad de renunciar a ser el centro de todas las cosas, a decir la última palabra, a imponer la propia voluntad, a instrumentalizar a las personas. Todo ello significa abnegación y ante una persona que se niega a si misma, para dar lugar a Dios en su corazón, el diablo es vencido cuando prueba la fidelidad.

Fijémonos en algunos detalles de nuestro texto para profundizar.

1 . “Conducido por el mismo Espíritu..:”

Lucas nos presenta a Jesús como el ungido por el Espíritu de Dios; desde el anuncio de su nacimiento el Ángel dijo a María que el Espíritu Santo descendería sobre ella; en la escena de su Bautismo, el evangelista relata que el Espíritu Santo descendió sobre él; de manera que el el poder de Dios está dentro de él y es quien obra continuamente a través de El; por eso, Jesús puede dar a conocer a Dios, hacer sus obras, hacer su voluntad.

Jesús, desde la Cruz, entrega a los discípulos su Espíritu; se los comunica soplando sobre ellos cuando se les aparece resucitado y el día de Pentecostés lo reciben plenamente para ir por el mundo a ser testigos del amor misericordioso de Dios. En esta misión vivirán pruebas a su fidelidad al Señor y al evangelio; se verán tentados en su capacidad de amar y entregar la vida; sin embargo, el Espíritu que los conduce los sostendrá.

También a nosotros el Señor nos da su Espíritu, lo recibimos lo recibimos sacramentalmente en el bautismo y confirmación; es este Espíritu el que nos guía en las experiencias de desierto, como la cuaresma, para que descubriendo las pruebas que el diablo pone a nuestra fidelidad, seamos capaces de vencer la tentación. La certeza de que el Espíritu nos conduce, nos hace enfrentar con serenidad nuestras tentaciones y la realidad de nuestro propio pecado, no para instalarnos en ellas, sino todo lo contrario, para renovar nuestra fidelidad en el amor.

2. “…se internó en el desierto.”

La referencia al desierto en Lucas tiene el valor de un espacio de preparación para el ejercicio del ministerio encomendado por Dios.

El desierto es el espacio geográfico-espiritual donde madura el líder que tendrá que enfrentar después duras pruebas. Moisés y Elías, Juan el Bautista y Jesús, vivieron períodos de maduración en el desierto. También el pueblo de Israel, vivió durante el éxodo cuarenta años en el desierto, período de prueba y tentación del que no salió bien librado.

Lo vivido en el desierto por Jesús es lo mismo que Él, y después sus discípulos, vivirán en la misión. La experiencia del desierto es el comienzo mismo de la misión y en ella se condensa simbólicamente la vida y la misión de los discípulos de Jesús que, en la precariedad experimentarán la providencia de Dios; en la debilidad, la fortaleza del Espíritu y en la tentación, la victoria de Dios.

3. “…donde permaneció durante cuarenta días.”

El número cuarenta es simbólico en la Biblia, significa el tiempo propicio, el tiempo necesario; este símbolo está a la base de nuestra cuaresma, no sólo del nombre, sino de su significado.

Lucas nos invita a recorrer los pasos del éxodo como modelo de tiempo de formación personal y comunitaria. Los pasos del líder serán también los del pueblo. Las pruebas de Jesús son también las pruebas de sus discípulos misioneros y las de todo aquel que configura su vida en él. El evangelio sintetiza la vida del bautizado como el recorrer, ungidos por el Espíritu, el camino de la vida que no está exento de tentaciones y dificultades.

La Cuaresma es pues experiencia de desierto, de purificación, de madurez espiritual; tiempo propicio para hacer las cuentas consigo mismo frente a Dios; tiempo necesario para tomar conciencia de las propias tentaciones, para caer en la cuenta de que nuestra fidelidad no es indefectible y de reconocer -con dolor y valentía- las decisiones, palabras, pensamientos y acciones, conscientes, libres y voluntarias, que nos han alejado de Dios, que han hecho daño a nuestros hermanos y nos han dañado a nosotros mismos.

4. “… y fue tentado por el demonio.”

Así como Adán y Eva, en el paraíso terrenal, fueron tentados por la insidia de la serpiente “el más astuto de los animales” y cayeron, Jesús fue tentado por el diablo en el desierto y salió victorioso. Nos contemplamos pues en el icono que retrata los orígenes de la humanidad probada en su fidelidad a Dios. El discípulo, probado también en su fidelidad, como Adán y Eva y como Jesús, tiene la posibilidad de caer en la tentación como aquellos, o de vencerla, como Jesús, aprendiendo de él a decir NO al tentador y SI al proyecto de Dios. Para lograrlo requerirá del discernimiento que enseña la Palabra de Dios.

El Evangelio que meditamos nos enseña a descubrir los terrenos y las rutas de las tentaciones y cómo vencerlas.

Los terrenos de la tentación

El tentador aprovecha la situación de fragilidad; cuando Jesús “sintió hambre” hizo su aparición para cuestionar su identidad más profunda: “Si eres Hijo de Dios”; orillando con ello a la confusión, como diciendo: si Dios fuera tu padre, no tendrías por qué sufrir.

Descubrimos así el sentido de la tentación: poner a prueba la identidad de Jesús como Hijo de Dios, de la que depende la obediencia a su proyecto de salvación y el cumplimiento de la tarea mesiánica, para hacer prevalecer los proyectos humanos, construidos a partir del egoísmo, dejando de lado toda auto trascendencia -hacia Dios y hacia los hermanos- generadora de justicia y fraternidad.

Este es también para nosotros el terreno de la tentación y el diablo prueba nuestra fidelidad en los momentos de fragilidad, cuando pasamos por dificultades, vivimos momentos de sufrimiento o de dolor, llevándonos a la pregunta ¿dónde esta ese Dios a quien llamas Padre? ¿si Dios es tu Padre, porque sufres? Con esta prueba, el diablo provoca en nosotros confusión, para que desconfiemos de Dios, renunciemos a obedecer sus mandamientos, nos constituyamos en dioses de nosotros mismos y como consecuencia veamos a los demás no con ojos de fraternidad sino de rivalidad.

Jesús nos enseñó en el Padre Nuestro a decir: “No nos dejes caer en la tentación”. No perdamos de vista que se refiere a esta tentación, la que nos hace dudar de Dios, de que nosotros somos sus hijos, de que nos ama con amor misericordioso, de que nos perdona, nos cuida y nos salva. Jesús inserta a quienes le siguen en la experiencia de Dios Padre en quien hay que poner la confianza y la seguridad y les da, junto con el don del Espíritu, el poder de liberación de las insidias del enemigo y del poder del mal que atormenta al hombre.

La tentación es una realidad en la vida de todo creyente. Se presenta cada vez que surge la pregunta ¿vale la pena vivir según Dios? ¿no habrá mejores propuestas?; la tentación se presenta en los momentos en que la relación con Dios como Padre se debilita, y esto puede suceder en experiencias de precariedad física, anímica o espiritual; cuando se pierde la esperanza y se cae en la desesperación o cuando se asume la difundida mentalidad que hace creer que es mejor vivir poco tiempo disfrutando, que mucho tiempo padeciendo.

Preguntas claves para saber que en que grado está presente está la tentación en tu vida podrían ser: ¿qué tan sólida es tu relación con Dios como Padre? ¿cómo le expresas tu amor y obediencia de hijo? ¿al servicio de qué y de quién desgastas tu vida? ¿Al servicio de quien están tu persona, tiempo, capacidades, recursos? ¿Las relaciones con las personas con las que convives las estableces en clave de fraternidad o de rivalidad?

Las rutas de la tentación

Vale la pena notar, meditando con mayor detenimiento el texto que consideramos, de dónde provienen las tentaciones. Cada una de las tres pruebas por las que pasa Jesús nos da una pista para comprender nuestras propias pruebas

La primera tentación recorre la ruta de las necesidades vitales. El símbolo es el alimento, que es necesario para la subsistencia; su carencia causa desasosiego, angustia y origina muchas dificultades. Jesús afirma, citando el Deuteronomio, que “No sólo de pan vive el hombre”. La satisfacción de las necesidades vitales es necesaria para subsistir, pero no aseguran la vida.

La vida del hombre no puede reducirse a solucionar las necesidades inmediatas; esto lo entendemos bien cuando entendemos la diferencia entre “vivir para trabajar” y “trabajar para vivir”.  El hombre está llamado a vivir con plenitud y la sabiduría para alcanzarla está en saber apoyarse -como Jesús lo hizo- en un Dios que es Padre, que como tal es bueno; siempre fiel y que  nunca abandona a sus hijos en sus necesidades.

La segunda tentación recorre la ruta de la necesidad de tener status o poder. Quien tiene solucionado el problema de la satisfacción de las necesidades vitales está expuesto a la tentación de pensar que la realización de la vida está en tener una posición de superioridad respecto a los demás, posición que le de poder y gloria.

La búsqueda del poder y la gloria contradicen el señorío de Dios, que es Padre y a todos nos hace hermanos ubicándonos en una relación de igualdad y de servicio, no de dominación y sometimiento. Esta tentación se presenta cuando el discípulo pierde de vista que el Reino de Dios tiene un valor preeminente sobre cualquier otro valor y que para poseerlo no tiene que competir con nadie, pues es un don que el Padre da a quienes se reconocen pobres. Por ello, el discípulo debe estar vigilante a que en su corazón no se infiltren otros intereses y mantener una relación justa con las personas y con las cosas y aprender a tener un lugar en la comunidad por el camino del compartir y del servicio y por este mismo camino aspirar a participar de la gloria de Dios.

La tercera tentación recorre la ruta del endiosamiento; que se manifiesta en el afán de querer controlarlo todo, incluso a Dios. A la raíz de esta tentación no está la carencia para satisfacer necesidades vitales, ni el deseo de tener poder y gloria, sino una relación equivocada con Dios que se apoya en una visión falsa de Él. Las anteriores tentaciones han insistido en el señorío de Dios que es Padre bueno; pero se puede llegar a querer manipular la bondad de Dios, poniendo a prueba la veracidad de su Palabra mediante peticiones que violan las leyes de la naturaleza.

En el relato de Lucas, el tentador pide a Jesús, tratando de confundirlo con un el texto del Salmo 91, que se ponga en peligro para ver si es cierto que Dios manda a sus ángeles a protegerlo; la edición moderna sería la de quien sin el menor esfuerzo de su parte pretendiera que Dios de solución a todos sus problemas. El discípulo no debe olvidar que la confianza en Dios y asumir las responsabilidades de la vida van de la mano.

Que el escenario de la última prueba haya sido Jerusalén no es casual; justamente allí, Jesús será llevado al patíbulo y necesitará la protección de Dios; allí Jesús enseñará con su gesto de abandono lo que es la confianza en Dios Padre, la manera concreta de vencer la última tentación

¿Cómo vence Jesús las tentaciones?

Jesús es nuestro modelo de vida; de él que nos viene la fuerza para la lucha contra las tentaciones que nos presenta el diablo para confundirnos en nuestra identidad de hijos de Dios. Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre, no para pedir ser eximidos de la tentación sino para suplicar no caer en ella, es decir, el poder vencerla. En las respuestas de Jesús al diablo, está la clave de la victoria.

“Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. La primera tentación Jesús la vence poniendo la mirada en la necesidad fundamental. Nos enseña a alargar nuestros horizontes y no limitarnos a sobrevivir sino a buscar la vida plena.

“Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”. Jesús nos enseña que la tentación de buscar el poder y la gloria, se vence postrándose en adoración, actitud orante que libera de la esclavitud de los ídolos y permite dar a cada cosa su justo lugar en la vida; la relación con los demás no se establece en clave de poder o prestigio sino de cooperación y servicio. Dios es el único que da la vida y la paz.

“Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Con esta respuesta, Jesús evoca la fórmula de la alianza con Dios: “ustedes serán mi pueblo y yo sere su Dios”; el reconocimiento de Dios en la vida, implica la renuncia a querer controlarlo todo y poner la voluntad de Dios bajo el dominio de la propia voluntad. El conocimiento de Dios a través de su Palabra y de su Hijo Jesucristo es el camino para crecer en la confianza y abandonarse a Él en la prueba definitiva.

Conclusión

En el relato de las tentaciones encontramos los puntos fundamentales del camino cuaresmal.

En esta experiencia de desierto, aprendamos de Jesús que, en el combate contra el adversario, responde con tranquilidad, pero también con contundencia, claridad y decisión. Ante el diablo, Jesús no expresa miedo ni impaciencia; actúa así porque está seguro de que Dios es Padre y no lo abandona.

En el bautismo hacemos promesas; renunciamos a Satanás y proclamamos nuestra fe en Dios que es Padre. La cuaresma nos enseña a vivir con autenticidad como hijos de Dios. Jesús sostuvo su cuaresma con la oración, tratando de captar en todo instante cuál era el querer de la Padre e implorando siempre la fuerza de Dios para sostener su “sí” en la hora de la tentación ¿Qué nos corresponde hacer a nosotros?

 

 

[1] Cf. Oñoro Fidel, Jesús y el demonio combaten en el desierto: Lucas 4,1-13, Centro Bíblico Pastoral para América Latina, 2007.