Ecos de la Palabra

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Sácate primero la viga que tienes en el ojo…

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Lunes de la XII semana

Textos

Del evangelio según san Mateo (7, 1-5)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán.

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña en el Sermón de la Montaña a examinar los valores del Reino que inspiran el comportamiento de un discípulo en sus relaciones con los demás. Ante todo se trata de reflejar con “buenas obras” el rostro amoroso del Padre celestial, viviendo como hijos. También enseña en este mismo discurso cómo cultivar la relación con el Padre Dios y de la relación con los hermanos y con Dios, el aprendizaje de la justicia del Reino, se pasó a la relación con los bienes de la tierra. Hasta aquí se han abordado ya los puntos esenciales de para una vida de discipulo.

Sin embargo, quedan todavía por examinar tres criterios del comportamiento cristiano en la vida cotidiana. Éstos son: el juicio (7,1-4); el discernimiento (7,6) y la oración (7,7-11).

Hoy nos ocupamos del primer punto: el juicio

La relación con el prójimo significa también la relación con sus fallas. La tendencia de uno –habitualmente- es insistir en las fallas de los demás y a condenar con dureza. Es fácil criticar al otro y llamar la atención sobre sus debilidades. Jesús muestra que estamos equivocados cuando hacemos esto.

Cuando se habla de otra persona eventualmente se percibe poco amor, malicia e inclusive alegría porque a la otra persona le fue mal. Con cuánta presunción y soberbia se juzgan los errores de los otros, sean pequeños o grandes, reales o suposiciones.  Esto puede suceder tanto en nuestro a nivel de nuestro pensamiento, como también en medio de conversaciones.

Jesús dice: “No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán”.

Nos recuerda con estas palabras que nuestros juicios sobre los otros no se quedan sin efecto: con la condena de los otros, nos condenamos a nosotros mismos. Dios está detrás, a la defensa del agredido con nuestras conversaciones: “Dios los juzgará”. Lo que hagamos con los otros, lo hacemos con Dios; de esta forma indicamos la manera como queremos ser tratados por Él.

Ya Jesús había dicho: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; “Perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden” (6,12). En consecuencia, no podemos esperar la bondad, la comprensión, el perdón y la misericordia de Dios, si rechazamos a nuestro prójimo con juicios sin amor, sin ninguna consideración ni comprensión.

No debemos cerrar los ojos frente a los errores o debilidades de los otros, lo que se nos pide es que los valoremos objetivamente, es decir, sin complacernos en ello, con libertad interior, con misericordia, sabiendo que también nosotros necesitamos de la comprensión del prójimo y de Dios.

Es verdad que los defectos de los demás son mucho más evidentes y fastidiosos que los nuestros. Podemos ser muy sensibles en lo que nos toca a nosotros y más bien fríos con relación a los otros.  Con la imagen de “la viga y la paja”, Jesús nos llama la atención sobre el peligro de aplicar a la gente unos criterios de valoración que no son objetivos.

Para que haya objetividad se requiere:

  • No dejarse guiar por la impresión del momento.
  • No precipitarse para criticar y corregir.
  • Mirarnos primero a nosotros mismos.
  • Descubrir nuestras faltas sin disminuirlas ni excusarlas.
  • Entonces sí, de manera ponderada, llamarle la atención al otro y ayudarle en su crecimiento personal.
  • Esta corrección fraterna no olvidará los cirterios que más adelante dice el mismo evangelista san mateo (18,15-17.)
  • Hacerle sentir al otro que lo que se le dice es porque se le quiere mucho.

La enseñanza sobre la objetividad en los juicios, inspirada en la imagen de la paja y la viga, nos hace caer en cuenta que no es correcto disminuir nuestras fallas y agigantar las de los otros, y más bien emprender el servicio de la corrección fraterna por el camino justo. Nunca hay que hablar de los errores de los demás por simple diversión o por deseo de armar escándalo. ¡Ante todo la misericordia!

 

[1] F. Oñoro. Mateo 7, 1-5. El juicio sin amor ante las faltas de los otros. CEBIPAL/CELAM.

No tengan miedo…

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XII semana 

Textos

† Del evangelio según san Mateo (10, 26-33)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres.

No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.

Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo.

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre.

En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados.

Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Continuamos la lectura, iniciada el domingo pasado, del llamado “discurso apostólico” o “de la misión”, el segundo de los cinco grandes discursos de Jesús en evangelio según Mateo, después del Sermón de la Montaña.

Recordemos que en este discurso, Jesús dice a sus apóstoles qué es lo que deben hacer  y cuáles son las dificultades que les aguardan; no los engaña, les advierte que se presentarán situaciones desfavorables, pero les dice coo superarlas. Es de lo que trata el texto que leemos este domingo.

Veamos las ricas enseñanzas que Jesús nos propone para el discipulado y la vida misionera.

El seguidor de Jesús, si es fiel a su identidad de hijo de Dios y vive con coherencia los valores del Reino, tarde o temprano vivirá en carne propia, el rechazo, la calumnia, la amenaza o incluso la muerte.

Al igual que el Maestro, el discípulo vivirá el drama de ser una víctima inocente. Quien permanece fiel a Dios que es Amor ordena su vida en el amor y este, debe vivirse en la verdad, promoviendo la justicia y la paz; por tanto, al igual que Jesús encontrará como adversarios a quienes quieren vivir haciéndole rebajas al Evangelio y enemigos en quienes ven a Dios como un estorbo y ordenan su vida centrándose en su ego, y se mueven por el odio, la mentira, la injusticia y la violencia.

La situación existencial que se sigue para el discípulo que encuentra adversarios y enemigos por vivir según las enseñanzas del evangelio es la real tentación de paralizarse por el miedo, anularse a sí mismo por la cobardía y renegar de la propia fe por la apostasía.

En este horizonte nos damos cuenta que la enseñanza de Jesús no es ingenua y que con claridad advierte a quienes quieren hacer opción por el Reino que vivirán dificultades, pero también les hace ver que si permanecen fieles Dios les fortalecerá en la debilidad para que puedan conjurar el efecto destructivo de la adversidad.

Como trasfondo al texto evangélico tenemos el testimonio de Jeremías que, en los momentos difíciles que vivimos por causa del Evangelio, podemos leer como modelo de nuestra historia, como lo fue de la historia de Jesús.

Este profeta es testigo de la esperanza en Dios en medio del derrumbamiento de Jerusalén. Hoy que parecen derrumbarse en torno a nosotros muchos de nuestros referentes, incluso religiosos, son necesarios los testigos de la esperanza de Dios y del triunfo de la Vida, que den testimonio de su fe superando el miedo que provoca vivir en un mundo que se derrumba, en el que faltan certezas y en el que la lógica de la vida diaria parece ser la lógica de la sobrevivencia con lo que ésta tiene de instintiva y salvaje.

Pongámonos en los zapatos de Jeremías que dice: «“Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: ‘Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror’. Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: ‘Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él’.» ¿Qué sentiría el profeta al saber que incluso sus amigos esperaban su fracaso?

Jeremías fue un hombre lúcido, de una intensa vida interior que le permitió reflexionar sobre el sentido de su vida. Basta leer sus confesiones para descubrir los rasgos principales de su lucha personal, de su experiencia de profeta perseguido, de su lucha de fe y de su vacilación y miedo ante los hombres. Su sufrimiento está causado por la deslealtad de la gente e su pueblo, a las que amaba con intensidad y lo único que lo sostiene en el sufrimiento es la confianza en Dios a quien concibe como un «guerrero poderoso» presente siempre a su lado.

En el evangelio Jesús advierte reiteradamente a sus discípulos: «No teman a los hombres… No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.» Contraponiendo este miedo, a un temor distinto, al temor de Dios: «Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo»

La pedagogía de Jesús tiene intuiciones muy profundas. ¿Qué es lo que puede relativizar el miedo en una situación de dificultad?, sólo un miedo mayor. De allí que Jesús nos llame a vencer el miedo a los hombres, que son capaces de matar el cuerpo, con el temor de Dios. El temor de Dios no es lo mismo que tenerle miedo a Dios. El temor de Dios es la conciencia de que Él es grande, santo y poderoso, que lo único que espera de nosotros es nuestra fidelidad y nuestra confianza.

Cuando una persona se siente amenazada en su prestigio, seguridad física o en su vida, surge la tentación de la cobardía, el deseo de huir, de evitar la persecución y cuando la causa de esto es la fidelidad a la conciencia, la vivencia de los valores del Reino, el testimonio de las virtudes evangélicas, la tentación es la apostasía, renegar de la propia fe, comportamiento de terribles consecuencias para el creyente porque la negación de Dios mata el alma al romper la relación filial con Dios, rechazar a Jesucristo e anular la acción del Espíritu Santo.

Jesús invita a sus discípulos que viven dificultades por causa del evangelio a superar el miedo confirmándose en la confianza en Dios: «¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre… Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.» Somos importantes a los ojos de Dios, Él cuida de nosotros. Esta certeza nos fortalece y nos llena de alegría.

A diferencia de Jeremías, que esperaba la venganza de Dios a favor suyo, los cristianos, a ejemplo de Cristo, no podemos desear el mal a quienes nos mortifican, nos traicionan, nos calumnian o maquinan en contra nuestra. El testimonio ordinario de los valores del Reino –martirio cotidiano- y la entrega de la vida para sellar con la sangre el testimonio de la fe –martirio definitivo- nunca se realiza para hacer el daño a otras personas.

El martirio cristiano es un testimonio de fe, esperanza y caridad. De fe, porque el testigo de Jesucristo se niega a apostatar y proclama su fe en Dios; de esperanza, porque el mártir se entrega cada día y se entrega definitivamente porque confía en que Dios lo asistirá en la prueba y lo recompensará con la felicidad eterna. De caridad, porque el martirio, cotidiano y definitivo, es la entrega de la propia vida por el bien de otros, de la Iglesia, e incluso de los perseguidores.

Este Domingo la Palabra Santa nos instruye pues para que seamos capaces de ponernos por encima del miedo para superar la tentación de renegar de la fe y para que tengamos la sabiduría, el valor y el entusiasmo necesario para dar testimonio de ella, permaneciendo siempre fieles al amor de Dios.

 

[1] Cf. F. Oñoro, Enfrentar los conflictos con valentía. Lectio Divina Lucas 9, 18-22 CEBIPAL/CELAM.

Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas.

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Domingo de la XI semana

Ciclo A

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 36—10, 8)

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.

Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos.

Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos.

Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Este domingo iniciamos la lectura del discurso misionero de Jesús que se encuentra en el capítulo 10 del evangelio según san Mateo; esta lectura se prolongará además de éste otros tres domingos, que serán para nosotros la oportunidad de reavivar la conciencia del llamado que el Señor nos hace -personal y comunitariamente- para continuar su obra en el mundo siendo misioneros, al estilo de Él, en cualquier ambiente en el que nos encontremos.

El contexto

Recordemos que Mateo agrupa las instrucciones del Señor para formar a sus discípulos en cinco grandes discursos: el sermón de la Montaña, el sermón de la misión, el sermón en parábolas, el sermón de la vida en comunidad y el sermón del cumplimiento futuro del Reino.

El capítulo 10 que leemos ahora contiene el sermón de la misión. Después del sermón de la montaña (caps. 5-7) en el que Jesús expone las bases para ser y vivir como discípulo suyo, Mateo nos presenta una serie de textos en los que relata diez milagros de Jesús. Los capítulos del sermón de la montaña describen lo que Jesús “enseña”, los siguientes, lo que Jesús “realiza” para cumplir la misión para la cual Dios lo envió.

Antes y después de estas dos secciones, Mateo nos dice en pocas palabras en qué consiste la actividad misionera de Jesús: «Jesús recorría las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (9,23; ver 4,23).

De esta manera nos hace caer en la cuenta de que la actividad de Jesús es intensa y que llega incluso a las localidades más pequeñas. Jesús va al encuentro de todos y va al fondo de la realidad humana.

En una frase, Mateo sintetiza la manera como Jesús ve la situación de su pueblo y por qué es urgente la misión.

¿Cómo ve Jesús la situación del pueblo?

El evangelista nos refiere dos imágenes, una pastoril y otra agrícola, para describir la situación del pueblo: la de un rebaño maltratado y disperso y la de la mies madura y abundante que hay que cosechar. Estas imágenes pintan el contexto en el que se va a realizar una misión que no puede retrasarse.

El rebaño maltratado y disperso. Dice el evangelista: «… al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor» Jesús ve al pueblo cansado y agotado, como un rebaño si pastor; su mirada va más allá de las apariencias, capta la realidad profunda.

Jesús no permanece indiferente. Lo que ve lo conmociona hasta las entrañas: «sintió compasión»; ésta, expresa la sintonía de Jesús con el dolor de la gente, Jesús siente lo que la gente siente, lo que vive él lo percibe en lo más hondo de su ser. Jesús no es uno más que mira con desprecio a su pueblo. Él ve la situación real y se compromete a ayudarla. El discípulo debe aprender a tener esta misma compasión. (cf. Mateo 18,27 y 33)

¿Cómo ve Jesús el campo misionero?

Para describir el estado de la gente, el evangelista recurre a dos palabras impresionantes referidas a las multitudes: «estaban extenuadas y desamparadas». La situación que describen estas palabras es el resultado de la irresponsabilidad de agentes externos, que obran con saña y codicia; los que estaban llamados a dar vida al pueblo, hicieron todo lo contrario: lo aplastaron.

Jesús no ve a las personas en forma individual, sino como pueblo entero: las multitudes estaban «como ovejas sin pastor». Esta metáfora describe a un pueblo abandonado a su propia suerte; un pueblo sin cohesión y, por tanto, necesitado de un liderazgo que lo mantenga unido; un pueblo disperso, sin un fin común y sin valores comunes, que vaga sin proyecto, que no tiene meta; un pueblo entregado a sus enemigos, expuesto a todo tipo de influencias e intereses egoístas y codiciosos, corruptos, que sólo quieren sacar ventaja de él.

Frente a los pastores que han descuidado su deber y frente al panorama desolador de un pueblo extenuado sicológica, moral y socialmente, Jesús se presenta como el buen Pastor de su pueblo. Notamos en él un doble movimiento: la percepción del sufrimiento exterior a Él y desde su interior, la misericordia, que se materializa en la cercanía, cuidado y curación de enfermos y sufrientes.

En este pasaje, la misericordia impulsa a Jesús a dos acciones específicas: la invitación a la oración y un envío a la misión que es una misión de sanación. El Reino de Dios se lleva realiza en la victoria sobre el mal, del cual la enfermedad es un signo.

La imagen de la mies madura y abundante

Dice el evangelio: «Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.»

Después de ver a la multitud, Jesús se dirige a sus discípulos. La situación que vive el pueblo impone sobre ellos un compromiso en el cual deben participar.

Jesús sigue recurriendo a las metáforas; ahora habla de ‘mies abundante’ y ‘pocos obreros’. Se visualiza un contraste: hay una cosecha que se debe recoger a tiempo, pero los recolectares con escasos. Se hace evidente que hay necesidad de ayuda, que se requiere un gran esfuerzo y que no hay tiempo que perder.

La oración al dueño de la mies. Jesús no deja a sus discípulos hacer cálculos ni propuestas de solución, no les permite diseñar su propio programa, lo que les pide es orar al dueño del campo a que mande obreros para recoger la cosecha. Dios es el creador, es el Señor del cielo y de la tierra, por tanto, el pueblo es de Dios, todo lo que se refiere al pueblo está bajo el señorío de Dios, es Él quien hace madurar el tiempo del mundo, quien guía la historia de su pueblo y quien, ahora, se ocupará amorosamente de su pueblo necesitado.

Jesús hace orar a los mismos que va a enviar a la misión. Les pide orar pidiendo a Dios que envíe trabajadores a su campo y ellos mismos son esos trabajadores. Queda claro que la misión proviene de Dios. El compromiso cristiano en el mundo no es simple altruismo. La vida del pueblo no es un campo de experimentación para probar programas sociales y de ayuda meramente humanos. La oración del envío de misioneros es importante porque quien desee ayudar verdaderamente al pueblo no puede presentarse por iniciativa propia, debe ser enviado por el dueño de la mies.

Tres elementos sobresalen como condiciones para el compromiso con el pueblo de Dios: el reconocimiento del señorío de Dios, la oración de súplica y la obediencia a la misión.

¿Qué hace Jesús frente a esta situación?

Después de haber caracterizado la situación del pueblo y de dejar claro que el proyecto a realizar no es el propio sino el de Dios, Jesús mismo envía a sus discípulos. Jesús se comporta como pastor y dueño de la mies. La misión es una iniciativa que requiere plenos poderes de parte de Dios y lo que Jesús hace, lo hace en nombre de Dios y es sostenido y determinado por su misericordia hacia su pueblo. Lo que Jesús hace da a sus discípulos cohesión, guía y asistencia, orientación y sentido.

En este horizonte hay que ver el envío de los discípulos por parte de Jesús. Los convoca y los envía con poder y les da las primeras instrucciones para la realización de la misi

Jesús convoca y envía a sus discípulos

En primer plano aparece el poder que les confiere y en segundo la lista de sus nombres. La descripción del poder del que les hace partícipes se hace con palabras que encajan bien con la descripción de la actividad de Jesús.

Los doce discípulos, están asociados a los demás discípulos y a la comunidad. El número doce” tiene que ver con el pueblo de Israel, constituido por doce tribus. Se simboliza así su aspiración a ser familia, “pueblo de Dios”. EL número doce constituye un marco de esperanza para Israel y para el mundo entero.

Los doce discípulos son denominados enseguida como los “doce apóstoles”; es decir, los doce enviados. Son hombres que Jesús ha llamado para que lo sigan, para que lo acompañen, para que vivan en comunión con Él. Jesús « les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.» Es decir, para enfrentar el sufrimiento humano y anunciar allí la novedad benéfica del Reino de los Cielos que en Jesús alcanza su realización.

Los apóstoles son los continuadores de la obra de Jesús. Para ello, Él los reviste de su autoridad para que entren en la dinámica característica de su misión: ayudar a los afligidos, expulsar a los demonios que les agobian y curar todas las enfermedades.

El hecho de que estos doce, sean llamados apóstoles, indica que ellos no se dan a si mismos la misión, sino de que son enviados.

En la lista de apóstoles se nota lo siguiente. Los apóstoles de Jesús son recordados por sus nombres. Jesús o envía a una masa sino a algunas personas. Cada una con su propio nombre y rostro y con su propia responsabilidad; la lista de nombres es bien ordenada; procede de dos en dos, con lo que da rito a la pronunciación de los nombres, insinuando además el envío en pareja. En primer lugar, aparece Pedro y al final de la lista aparece Judas. De ocho de ellos se dice algo característico muy breve. Solo cuatro o tienen epíteto: Felipe, Bartolomé, Tomás y Tadeo. Nueve nombres son de origen hebreo y tres son de origen griego. Al final de la lista se anota que su compromiso corresponde a las condiciones que él ya había indicado: no van por iniciativa personal o en nombre propio, sino que son enviados por el dueño de la mies.

Las primeras instrucciones para la misión

Jesús establece a dónde deben y que deben hacer.

En un primer momento los apóstoles son enviados solamente «en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel», conforme a las promesas del Antiguo Testamento. La orden de no ir a tierra de paganos no implica una misión exclusiva; más que una prohibición es una indicación secuencial. Por el momento son enviados al pueblo de Israel, confirmando así su elección y su misión universal con todos los pueblos de la tierra.

La misión apostólica sigue el mismo esquema de Jesús, para quien su primera respuesta a las necesidades del pueblo fue su enseñanza y sus curaciones. Los apóstoles deben anunciar «que el reino de los cielos está cerca”. Los mismos términos de la predicación de Juan el Bautista y de Jesús, excepto el llamado a la conversión, son cuatro los imperativos que delinean la acción: curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios.

Al final se insiste en el tema de la gratuidad: «gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente». En esto el apóstol se asemeja más al maestro. Así como Jesús nada ha hecho esperando recompensa, así deben hacer también ellos. Todo lo han recibido: la comunión con el Señor, su formación, su tarea, su poder. La misión se vive desde la generosidad de quien entregó su vida como oblación en la Cruz.

Compartir los mismos sentimientos de Jesús frente a la realidad del pueblo, llevará a los misioneros de todos los tiempos a gastar con Jesús la vida para congregar al pueblo de Dios.

El amor de Dios que Jesús ha hecho presente en el anuncio y realización del Reino y que ha tenido su culmen en la ofrenda de su vida, ha sido un don gratuito y generoso para nosotros. No podemos hacer algo distinto. Nuestra entrega debe ser como la de Jesús.

 

[1] Oñoro F., Misioneros de la Misericordia (I). El envío para revigorizar a un pueblo maltratado. Mateo 9, 36 . 10,8. CEBIPAL/CELAM.