Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!

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casa sobre la roca

Tiempo Ordinario

Jueves de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 21-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estas palabras cierran el discurso de la montaña, el primer gran discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo. Al inicio encontramos una palabra fuerte: será digno del Reino solo aquel que «haga la voluntad del Padre» y no aquel que simplemente invoque el nombre del Señor.

Juan Crisóstomo, estigmatizando la pasividad con la que los cristianos de su tiempo participaban en la liturgia del domingo, porque no les comportaba ningún cambio en su vida, decía: «¿Acaso creen que el fervor espiritual consiste simplemente en venir continuamente a la celebración de la Divina Liturgia? Eso no sirve para nada si no obtenemos algún fruto: si no sacamos ningún partido ¡es mejor que nos quedemos en casa!». Y paradójicamente añadía: «La Iglesia es una tintorería, y si se van siempre sin haber sido teñidos en lo más mínimo, ¿de qué sirve que vengan aquí continuamente?».

Y el significado de la expresión «hacer la voluntad del Padre» se explica varias veces en el Evangelio, como cuando Jesús afirma: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día». Jesús vino para eso y nosotros estamos llamados a hacer realidad, junto a él, este sueño. Para los discípulos se trata de poner en práctica lo que está escrito en el Evangelio, como el mismo Jesús dice: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca», mientras que quien «no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena».

El ejemplo continúa: llegó la lluvia, los ríos se desbordaron, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquellas dos casas; son las tormentas de la vida que todos sufrimos. Pues bien, la primera casa, edificada sobre roca, resistió; la otra, edificada sobre arena, se derrumbó. Son dos imágenes eficaces con las que Jesús compara a quienes escuchan el Evangelio con constructores. Es una palabra que se nos da para construir nuestra vida sobre unos cimientos sólidos y estables.

Cada día, pues, el discípulo debe alimentarse de esta palabra para edificar su vida no sobre él mismo, sobre su arrogancia o sobre sus convicciones -que son como la arena, inconsistentes y cambiantes-. La palabra evangélica es la base sobre la que debemos construir nuestra vida. La palabra de Dios tiene la misma autoridad que el Padre. Y Jesús no enseñaba como los demás escribas, sino con autoridad. La autoridad del Padre que está en el cielo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 261.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

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seguimiento

Tiempo Ordinario

Domingo de la XII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 18-24)

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.

El les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. El les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo, el XII del tiempo ordinario del cico C, retomamos la lectura contínua del evangelio según san Lucas.

El texto que leemos nos relata la confesión de fe de Pedro  y el anuncio de la pasión; este relato sigue al de la multiplicación de los panes, en la que Jesús dando de comer a una multitud realizó el signo mesiánico por excelencia y al de la inquietud de Herodes que indaga sobre la identidad de Jesús.

El contexto

A diferencia de Mateo, que al narrar esta escena nos dice que los hechos ocurrieron en Cesarea de Filipo, san Lucas no nos dice en qué lugar se realizó la confesión de fe, pero si nos da una indicación: «Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar»; Lucas nos dice así que nos encontramos ante un momento grandioso del evangelio.

Jesús se retira a orar solo, así es presentado en el texto lucano en los momentos más importantes de su ministerio; con ello se indica que lo que sigue es un  acontecimiento que está inserto dentro del querer del Padre. ¿De que se trata? De la identidad de Jesús, algo que en manera alguna es secundario, por el contrario, es fundamental en el proceso que conduce el evangelio y que culminará en la experiencia de los discípulos de Emaús que captan el sentido de las palabras, las obras, la pasión y la muerte del Señor.

Después de la multiplicación de los panes, el pueblo le sigue entusiasmado; flota en el ambiente una gran expectación, se multiplican las opiniones sobre quién es Jesús; más de alguno se pregunta si no será el Mesías, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Probablemente los discípulos también lo cuchicheen entre ellos. Pero las expectativas del pueblo y de los discípulos no coincide con la conciencia que él tiene de sí mismo y de su misión. En la escena flota una atmósfera de tensión y crisis.

EL texto

Tras la oración, Jesús toma la iniciativa. Abre espacio para que sus discípulos se expresen; les formula dos preguntas directas: “¿Quién dice la gente que soy yo?” “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”; ambas plantean la cuestión acerca de la percepción que tienen los lejanos y los cercanos acerca de su identidad.

Los discípulos han vivido junto a la gente entusiasta que busca a Jesús la mayor parte de los acontecimientos que hasta ahora ha narrado el evangelio: las curaciones, la expulsión de demonios, las enseñanzas, y al igual que la muchedumbre, han podido hacerse una idea acerca de quién es el Maestro.

El evangelista ya había tocado el tema, refiriéndose a la opinión popular, según la cual Jesús podría ser Juan Bautista o uno de los profetas resucitado; recordemos la reacción de Herodes que tenía mucha curiosidad acerca de la identidad de Jesús y que descarta la posibilidad de que en él se estuviera manifestando Juan Bautista a quien él mismo mandó matar. Quedaba la posibilidad abierta de que se tratara de alguno de los profetas resucitado, pero habría que comprobarlo.

Por la forma en que responden los discípulos a la primera pregunta se deduce que no comparten las opiniones de la multitud. Entonces Jesús se dirige a ellos, al fin y al cabo han estado con Él desde el principio del ministerio, no han faltado a ningún acto importante en los que se ha dado a conocer; el Maestro ahora quiere que den un paso que no ha dado la multitud, les invita directamente a definirse acerca de su persona.

Acorralados, de alguna manera, los discípulos se expresan en voz de Pedro que contesta “[Tú eres] “El Mesías de Dios”. Acto seguido, Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie.

¿Por qué esta reacción tan dura de Jesús que les conmina a guardar silencio igual que a los espíritus que expulsa de los endemoniados?

La confesión de Pedro capta la novedad de Jesús, una novedad que está en sintonía con la larga espera del pueblo de Israel que ansiaba la manifestación del Cristo, del Mesías de Dios; pero detrás de la declaración de Pedro está la concepción que el mismo pueblo de Israel se había forjado del Mesías en la larga espera. un Mesías nacionalista, guerrero, triunfal, político, con fuerza y poder.

En este contexto, de reconocer sin más a Jesús como Mesías se seguía esperar de Él un despliegue de su poder para realizar con su omnipotencia la restauración de la gloria del pueblo de Israel, pero nada de esto coincide con lo que Jesús siente y quiere llevar adelante. La idea de Mesías que tienen los discípulos puede hacer fracasar su misión. Sólo así se entiende la severa reacción ante la respuesta de Pedro.

Jesús se siente llamado a cumplir la voluntad del Padre, a cambiar la historia, dando un sentido nuevo a la liberación que Dios quiere realizar en el hombre; pero lo hará conforme al querer de Dios y no conforme a las expectativas de los hombres. Por ello, inmediatamente después de imponerles silencio acerca de su identidad, les señala el camino de realización de su vocación mesiánica: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día».

A Pedro y a los discípulos todavía le falta otra novedad por comprender: que el destino de gloria del Mesías llega por la vía de su sufrimiento, que es por medio de la oscuridad de la Cruz que se vislumbrará la extraordinaria grandeza, la gloria y el poderío de su Maestro.

Después de dejar conocer que es lo que Él espera, cuál es su camino y su misión, Jesús se dirige a todos a los doce y a la muchedumbre, para hacerles saber cómo han de vivir

quienes quieran seguirlo: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga» A estas palabras tajantes Jesús añade otras: «el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará».

Con estas palabras Jesús pone la vida, la salvación y la realización de lo que quieran seguirle, en íntima relación con la adhesión a su persona. Esto es una gran novedad.  Ningún rabino habia hecho algo semejante pidiendo a sus seguidores tal renuncia y adhesión; a lo mucho pedían obediencia a su palabra que era interpretación de la de Dios. Jesús pide adhesión y entrega total a su persona; así, el discipulado cristiano no es cuestión de compartir teorías o cumplir normas, sino el seguimiento de una persona, Jesús de Nazaret y la continuidad de su misión conforme a su estilo.

Al igual que los discípulos de ayer, quienes pretendemos serlo hoy compartimos modos de pensar y valores que son propios de la sociedad en que vivimos y que contrastan con el Evangelio. Jesús nos invita, como hizo con los doce y con la muchedumbre, a estar atentos a no desvivirnos por lo que no nos da vida, por ejemplo: por estar en buena opinión de todos; darles gusto, hacer las cosas conforme a las expectativas que otros tienen de nosotros, aparecer como gente exitosa y sin defecto; siguiendo este camino nunca daremos gusto a nadie, al final nos veremos sin energía y frustrados porque de nada sirvió nuestro esfuerzo: nos desgastaremos, se nos ira la vida y nos quedaremos sin nada.

Jesús nos invita a seguir un camino distinto que sí da vida, es el mismo camino que Él recorrió, aceptar el juicio del mundo que puede tildarnos de fracasados por desgastar la vida no en la búsqueda de nosotros mismos sino en hacer el bien a los demás compartiéndoles nuestra vida. La última palabra la tiene Dios que ofrece plenitud de vida a quien está dispuesto a desvivirse, a perderse por la causa del Reino. Dios es fiel a su palabra.

 

[1] F. Oñoo, Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La confesión de fe. Lectio Divina Lucas 9, 18-22 CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 245-249.

El Espíritu los irá guiando hasta la verdad plena

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Trinidad RublevLa Santísima Trinidad

Ciclo C

Textos 

† Del evangelio según san Juan (16, 12-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío.

Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo nuestra mirada de fe se detiene en la contemplación del misterio de Dios que Jesucristo nos ha revelado plenamente en su Pascua y a quien nos referimos, conforme la tradición de la Iglesia, como Santísima Trinidad.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y con esta misma invocación solemos iniciar nuestras jornadas y también, invocando a las tres divinas personas, recibimos la bendición de Dios.

Este día proclamamos que Dios no es soledad, que es comunidad de amor, que el Padre ama al Hijo, que el Hijo ama al Padre y que el amor del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo de Dios, que inspira nuestra vida, la renueva, la fortalece, la purifica, para que siempre y en todas partes podamos vivir como hijos de Dios y realizar la misión que Jesucristo nos ha confiado.

Detengamos pues a considerar cómo cambia nuestra vida la confesión de fe en Dios que es “un sólo Dios verdadero en tres personas distintas“.

Lo sabemos, porque el Hijo nos lo reveló

Nuestra confesión de fe en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, no es conclusión de un razonamiento humano, es revelación del mismo Dios por medio de la vida, enseñanza y ministerio de Jesús que alcanzan su plenitud en el misterio pascual.

La pasión, muerte y resurrección del Señor, hace evidente lo que el pueblo del Antiguo Testamento ya presentía; lo que los apóstoles experimentan plenamente en Pentecostés y lo que estos transmiten a las primeras comunidades que, a su vez, lo aceptan y comprenden por el testimonio de sus vidas. Después de la experiencia, vino la formulación de lo vivido y comprendido y se llegó, poco a poco, a la confesión de que Dios es Trinidad Santa.

Jesús había dado muchas pistas. Anticipó que sería el Espíritu de Verdad quien conduciría a los suyos a la verdad completa (Cf. Juan 16,13); bastaría leer los textos del evangelio de Juan meditados durante la pascua, para percatarnos cómo Jesús se presenta cómo el revelador del Padre (14, 9.11), cómo promete a quien le ama que el Padre y el Hijo pondrán en él su morada (14,23); cómo anuncia que el Espíritu Santo enviado por el Padre en nombre de Jesús enseñaría todo a los discípulos (14,26); cómo el amor de Jesús es reflejo del amor con que el Padre lo ha amado (15,9); cómo Jesús pide que la unidad del Padre y del Hijo se proyecte en la unidad de los discípulos (17, 21); cómo Jesús anuncia su regreso al Padre que es también Dios y Padre de los suyos (20,17) y cómo los envía, así como el Padre lo envío a Él, comunicándoles para ello el don del Espíritu Santo (20,21b-22).

Lo que conocemos de Dios es porque Jesús nos lo enseñó y lo que podemos profundizar acerca de este misterio santo es porque el Espíritu Santo interiormente nos conduce. Hoy el texto del evangelio nos lleva nuevamente al Cenáculo, para escuchar con más detenimiento un fragmento de lo que Jesús dijo a sus apóstoles al despedirse de ellos; en este pasaje aparece patente el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo perfecciona la fe de los discípulos

El pasaje que leemos inicia con estas palabras «aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender». Jesús, en la intimidad del grupo de discipulos, les dijo todo acerca de Dios, sin embargo, ellos no podían comprenderlo totalmente ni llevarlo a la vida.

Los discípulos no pueden comprender todo lo que implica la relación del Padre y del Hijo. Jesús les compartió todo lo que había oído de su Padre (cf. Jn 15,15), permitiéndoles conocer: las confidencias entre ellos, la obra de ambos en el mundo y el significado para la vida de la revelación del amor y la salvación que vienen de Dios. Era demasiado para poderlo comprender de una vez para siempre.

No se trataba sólo de saber o retener conceptualmente la enseñanza de Jesús sino llevarlo a la vida; esto es precisamente lo que les permitiría una comprensión más plena. Esto es propio del conocimiento que se deriva de la fe. Lo que conocemos por la fe no lo podemos comprender plenamente si no lo vivimos. No hay otro camino.

La dificultad que se presenta es la de nuestra limitada capacidad para entender las enseñanzas de Jesús que, a su vez, deriva de nuestra capacidad limitada para practicarlas. La solución a esta incapacidad es la pedagogía de Jesús que nunca pretendió que los discípulos comprendieran de inmediato cuanto les enseñaba, más bien, favoreció que recorrieran itinerarios, caminos de madurez de la fe, que son posibles por la acción del Espíritu Santo.

Aquí se encierra un secreto importante para el éxito de la evangelización: entenderla y realizarla como un proceso que articula, en distintas etapas, la fe que profesamos con la vivencia de esa misma fe; esto, si bien pide mucha paciencia, resulta muy eficaz, se le apuesta a la calidad del resultado poniendo toda la atención en el proceso.

El Espíritu Santo ayuda a profundizar el misterio de Dios

El texto que leemos hoy nos dice: «cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena». Esta frase tan breve, nos ayuda a entender la obra del Espíritu Santo.

  • En primer lugar, es una obra pedagógica. Si nos fijamos con atención, la expresión «los irá guiando» nos hace entender que la tarea es progresiva; que el Espíritu nos acompaña pacientemente en un proceso que procede gradualmente, es decir, poco a poco.
  • En segundo lugar, es una obra focalizada, que tiene como horizonte la Verdad; se trata de la presencia del amor de Dios en el mundo, llevada a cabo en la vida y ministerio de su Hijo, quien nos dijo de si mismo: «Yo soy la Verdad».
  • En tercer lugar, la obra del Espíritu tiene una finalidad que es «la verdad plena», es decir, la verdad completa, que nos permite una visión global y perfecta de la obra que Dios ha querido llevar a cabo en el mundo, en fidelidad con la Creación y con el pueblo de la alianza.

Esta visión global de la obra de Dios, que nos permite el Espíritu Santo, nos ayuda a encontrar la unidad interior, personal y comunitaria, en medio de la fragmentación de la vida humana y de las situaciones históricas; con ello nos proporciona una fuerza transformadora y orientadora, pues nos permite unificarlo todo en la plenitud de Cristo, que, desde la visión de nuestra fe, es la meta de la historia.

El Espíritu Santo nos guía para centrarlo todo en el Plan de Dios, en la persona de Jesús que es quien lo ha llevado a cabo mediante el movimiento de “bajar del cielo”, es decir, proceder, venir del Padre y “subir al cielo”, volver a Él, consumada su misión salvífica  en el mundo. El Hijo vino del Padre, a traer la luz de su amor a las tinieblas y estructuras egoístas del mundo; volvió al Padre, pasando por la Cruz, para llevarnos a los que caminamos en comunión con Él a la plenitud de la vida en la comunión de amor con Dios.

¿Cómo nos conduce el Espíritu hasta la verdad completa?

El texto que leemos nos dice que el Espíritu: «no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará…»

Lo primero que aprendemos es que el Espíritu hace resonar el mensaje de Jesús, pero no hablará por su cuenta. Lo que caracteriza la obra del Espíritu es su fidelidad en su relación con Jesús. Su actitud es similar a la que tiene Jesús con el Padre, y que el mismo Jesús nos hizo conocer al decirnos «el que me ha enviado es veraz, y lo que le he oído a él es lo que hablo al mundo».

Además, el Espíritu Santo «anunciará las cosas que van a suceder»; no debemos entenderlo como revelación del futuro sino de cómo tienen que reaccionar los discípulos ante las visicitudes de la historia. El Espíritu Santo no permite que los vericuetos de la historia desvíen a los discípulos; por el contrario, los lleva a hacer presente y actual la Palabra del Señor en el mundo que les toca vivir; por ello, el Espíritu mantiene sintonía con los discípulos y éstos, deben acogerlo e invocarlo constantemente.

Finalmente, el Espíritu dará gloria a Jesús, «lo glorificará». Esto nos remite a la plenitud de la obra de Cristo en el mundo, llevarnos a la comunión con Dios. Jesús comparte todo con el Padre, y esto, lo comparte con nosotros; la comunidad de amor, es comunión de bienes.

La obra del Espíritu se identifica con el obrar de Jesús. El Espíritu participa de la vida que está en el Padre y el Hijo y lo transmite a los discípulos; gracias a Él podemos adentrarnos y participar del amor del Padre y del Hijo: su estima, valoración, admiración, escucha/obediencia, el estar contentos el uno del otro. El Espíritu recibe de Jesús lo que nos comunica.

Así, la comunidad de los discípulos queda envuelta en la fuerza e intensidad del amor que es propio de Dios. El Espíritu no sólo hace que la Palabra de Jesús resuene en nuestro oídos; sobre todo, hace que resuene en nuestro corazón; su tarea es re-cordar, traer de nuevo al corazón, todo lo que Jesús hizo y dijo para revelarnos el amor misericordioso de Dios.

Conclusión

Somos hijos de Dios que es amor, por ello vivimos inquietos y sedientos de amor y lo que más nos duele es una mala relación. El impulso de salir de nosotros para encontrarnos con los demás y compartirles lo mejor de nosotros mismos lo tenemos en nuestro ADN de bautizados.

Al entrar Jesús en nuestra vida, nos rescata de la soledad y aislamiento; sana nuestra capacidad de comunicarnos, sana nuestras relaciones poniéndolas en la perspectiva del amor que viene de Dios y allí hace converger todo, haciendo brotar en nosotros una nueva capacidad de amar, que tiene su origen en la comunión con Dios que es fuente de vida y de amor.

La obra del Hijo de Dios es darnos la vida eterna de Dios, para que el amor  con el que es amado por el Padre, es decir su Espíritu, esté en nosotros y nosotros en Dios. En Dios no hay lugar para la muerte, por ello, quienes creemos en Él y en Cristo estamos en comunión con él, sabemos que aunque tengamos que pasar por el trauma de la muerte física, viviremos para siempre porque Dios, Trinidad Santa, habita en nosotros.

A la luz de este misterio que contemplamos profundizamos lo que significa estar bautizados -inmersos- en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como bautizados estamos llamados a vivir dentro del misterio de Dios, que nos sobrepasa, que nos habita, que nos vivifica y nos transforma para que seamos en el mundo imagen fiel de su esencia misma que es el amor.

La comunión con Dios no se realiza en automático ni de manera mágica; supone para nosotros darle a Dios un lugar en nuestra vida:

  • Él es Creador y Padre, lo que nos pide el respeto y cuidado de su obra creador y la atención amorosa a su voluntad para obedecerla con obsequiosa fidelidad;
  • Él es Hijo Redentor, pide de nosotros vivir como redimidos, es decir, amados y libres para amar, haciendo el bien a todos, particularmente a los que sufren y están más necesitados;
  • Él es Espíritu Santificador, que nos mueve interiormente para que nos identifiquemos plenamente con el Hijo y a través de una vida santa, demos honor y gloria a la Trinidad Santa.

 

 

[1] F. Oñoro, Un Dios Amor que nos invita al gozo de su vida en comunidad, Lectio Divina Juan 16, 12-15. CEBIPAL/CELAM.