Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Los amó hasta el extremo

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jesus_lava_piesJueves Santo de la Cena del Señor

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?” Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.

Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”.

Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: ‘No todos están limpios’.

Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy.

Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros.

Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» dice Jesús a sus discípulos al inicio de su última cena, antes de morir. En realidad para Jesús éste es un deseo de siempre, y también aquella noche quiere estar con sus amigos, los de entonces y los de hoy, incluidos nosotros.

Se puso a la mesa con los Doce, tomó el pan y lo repartió diciendo: «Este es mi cuerpo, partido por ustedes». Hizo lo mismo con la copa de vino: «Esta es mi sangre, derramada por ustedes». Son las mismas palabras que repetiremos dentro de poco en el altar, y entonces será el mismo Señor el que nos invitará a cada uno de nosotros a alimentamos del pan y del vino consagrados. Se convierte en alimento para nosotros, para hacerse carne de nuestra carne.

Aquel pan y aquel vino son el alimento bajado del cielo para nosotros, peregrinos por los caminos de este mundo. Hacen que seamos más similares a Jesús, nos ayudan a vivir como él vivía, hacen surgir en nosotros sentimientos de bondad, de servicio, de cariño, de ternura, de amor y de perdón. Los mismos sentimientos que lo llevan a lavar los pies de los discípulos, como un siervo.

Estando ya avanzada la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y se ciñó una toalla; luego toma agua, se arrodilla delante de los discípulos y les lavó los pies. Incluso a Judas, que va a traicionarle. Jesús lo sabe, pero se arrodilla igualmente ante él y le lava los pies. Pedro, apenas ve llegar a Jesús reacciona de inmediato: «Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?». Para Jesús la dignidad no consiste en quedarse de pie sino en amar a los discípulos hasta el final, en arrodillarse a sus pies.

Es su última lección en vida: «Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”».

El mundo enseña a ponerse en pie, y exhorta a todos a mantenerse así, haciendo incluso que los demás se dobleguen ante nosotros. El Evangelio del Jueves Santo exhorta a los discípulos a inclinarse y lavarse los pies los unos a los otros. Es un mandamiento nuevo y es un gran don que recibimos esta noche.

En la Santa Liturgia de esta tarde el lavatorio de los pies es un signo, una indicación del camino que hay que seguir: lavarnos los pies los unos a los otros, empezando por los más débiles, por los enfermos, por los más indefensos.

El Jueves Santo nos enseña cómo vivir y por dónde empezar a vivir: la vida verdadera no es la de estar de pie, firmes en nuestro orgullo; la vida según el Evangelio es inclinarse hacia los hermanos y las hermanas, empezando por los más débiles. Es un camino que viene del cielo, y aun así, es el camino más humano, pues todos necesitamos amistad, cariño, comprensión, acogida y ayuda. Todos necesitamos a alguien que se incline ante nosotros como también nosotros necesitamos inclinarnos ante los hermanos y las hermanas.

El Jueves Santo es realmente un día humano, el día del amor de Jesús que desciende hasta abajo, hasta los pide sus amigos. Y todos son sus amigos, incluso aquel que está a punto de traicionarlo. Por parte de Jesús nadie es enemigo, para él todo amor. Lavar los pies no es sólo un gesto, es un modo de vivir. Al finalizar la cena, Jesús va hacia el Huerto de los Olivos. Allí se arrodilla de nuevo, e incluso se tiende en el suelo y suda sangre a causa del dolor y la angustia.

Dejémonos atrapar al menos un poco por este hombre que nos ama con un amor jamás visto en la tierra. Y mientras estamos ante el sepulcro, transmitámosle nuestra amistad. Hoy, más que nosotros, quien necesita compañía es el Señor. Escuchemos su súplica: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quédense aquí y velen conmigo». Inclinémonos ante él y no le escatimemos el consuelo de nuestra cercanía. Señor, en esta hora, no te daremos el beso de Judas, sino que como pobres pecadores nos inclinamos a tus pies e, imitando a la Magdalena continuamos besándolos con cariño.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 152-154.

Mi hora está ya cerca

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monedas traicion

 Miércoles de Semana Santa

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (26, 14-25)

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?” Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata.

Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.

El primer día de la fiesta de los panes Azimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?” El respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ ”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?” El respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme.

Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?” Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El relato de la traición de Judas suscita siempre dolor y desconcierto. Judas llega a vender a su Maestro por treinta denarios, el precio del rescate de un esclavo. ¡Cuánta amargura en las palabras iniciales del Evangelio que hemos escuchado hoy: «Uno de los doce»! Sí, uno de sus amigos íntimos, uno de los que Jesús había elegido, había amado, se había preocupado por él, le había defendido de los adversarios. Y ahora es precisamente él quien lo vende.

Judas se había dejado seducir por las riquezas, distanciándose así del Maestro hasta el punto de concebir y llevar a cabo la traición. Jesús lo había dicho: «No se puede servir a Dios y al dinero». Judas acabó prefiriendo lo segundo. Sin embargo la conclusión de esta aventura fue muy distinta a como Judas la había imaginado. Quizá su angustia comenzó precisamente con la preocupación de encontrar el momento y el modo de «entregar a Jesús».

El momento estaba por llegar: coincidiría con la Pascua, el tiempo en que se inmola el cordero en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto. Jesús sabía bien lo que le esperaba esa Pascua, tanto que dice: «Mi hora está ya cerca». Pidió a los discípulos que preparasen la cena pascual, la cena del cordero, mostrando así que no era Judas quien lo «entregaba» a los sacerdotes, sino que él mismo se «entregaba» a la muerte por amor a los hombres.

Jesús podría haber huido de Jerusalén y retirarse a un lugar desierto. Pero no lo hizo, se quedó en Jerusalén y decidió celebrar la cena en la que los judíos recuerdan la decisión de Dios de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Mientras los discípulos están a la mesa, Jesús rompe la atmósfera alegre con la que normalmente se celebra este evento, y habla abiertamente de la traición que está a punto de consumarse contra él. La anuncia pero no le pone obstáculos.

La petición de amor de aquella tarde continúa resonando en los oídos de todo discípulo, y de todo hombre: la pasión de Jesús no ha terminado; y esa necesidad de amor llega sobre todo de los pobres, los débiles, los que están solos, los condenados, de todos aquellos cuya vida es atormentada por el mal. Todos debemos estar atentos para alejar de nosotros ese instinto de traición escondido en el corazón de cada uno. Incluso Judas, esa tarde, para esconder su intención de los demás, se atrevió a decir: «¿Acaso soy yo, Maestro?».

Interroguémonos sobre nuestras traiciones, no para dejarnos abrumar por ellas sino para unimos aún más a Jesús, que continúa cargando con los pecados del mundo, y también los nuestros.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 151-152.

Uno de ustedes me va a entregar

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Anuncio de la traición Martes de Semana Santa

Textos

† Del evangelio según san Juan (13, 21-33. 36-38)

En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha.

Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?” Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”.

Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres.

Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente.

Era de noche. Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará. Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes.

Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir’ ”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?” Jesús le respondió: “A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; me seguirás más tarde”. Pedro replicó: “Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”.

Jesús le contestó: “¿Conque darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús sabe bien que su «hora», la de la muerte y la resurrección, se está acercando. Su corazón está desbordado de sentimientos y también de contradicciones: no quiere morir pero tampoco quiere huir. En todo caso ha llegado la hora de su «partida» de este mundo al Padre. El está a punto de dejar este mundo, pero ese pequeño grupo de discípulos que ha reunido, cuidado, amado, enseñado, ¿continuará estando unido? Jesús sabe que Judas está a punto de traicionarle.

A este discípulo no le importa que el Maestro se haya inclinado ante el para lavarle los pies. Con sus pies lavados, tocados y quizá hasta besados por Jesús, está a punto de salir e ir a traicionarlo. Con una tristeza indescriptible en el corazón les dice a todos: «uno de ustedes me va a entregar». Son palabras que desconciertan a todos: no basta con estar físicamente junto a Jesús, lo que cuenta es la cercanía del corazón y acoger su plan de salvación. También nosotros podemos vivir en la comunidad de los discípulos, seguir los ritmos de la vida de los creyentes, pero sin la adhesión del corazón a su Palabra, sin la práctica concreta del amor por los más pobres, sin la comunión con los hermanos, sin la adhesión a su proyecto para un mundo de paz y justicia, nuestro corazón poco a poco se alejará, nuestra mente se obnubilará y ya no comprenderemos su sueño de amor.

Cuanto más se nubla el rostro de Jesús más crece nuestro «yo». Lo que era amor por Jesús se convierte en culto por nosotros mismos y nuestras cosas, y se vuelve algo natural caer en la traición. Es en el corazón donde se libra la batalla entre el bien y el mal, entre el amor y la desconfianza, y no hay compromiso posible. Así le sucede a Judas. En estos días, más que pedirnos que le sirvamos Jesús nos pide estar junto a él, acompañarlo, no dejarlo solo. Si acaso, nos exhorta a estar atentos, a no caer en la banalidad. Intenta hacérselo entender a los discípulos, pero ellos, empezando por Pedro, no lo entienden. Están demasiado prisioneros de sí mismos como para dejarse tocar el corazón por aquellas palabras.

En un corazón que no escucha es donde nace la traición. Si dejamos a un lado las palabras del Evangelio prevalecen nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, y nos volvemos capaces hasta de malvender a Jesús. Todos debemos vigilar. Como Pedro y los discípulos, que se quedaron con él aquella tarde profesándole fidelidad hasta la muerte: bastaron unos pocos días para que le abandonen primero, y luego lo traicionen también ellos. No debemos confiar en nosotros mismos, sino confiarnos cada día al amor y la protección del Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 150-151.