Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Acerca de Armando Flores Navarro pbro.

Sacerdote católico

Señor, hijo de David, ten compasión de mí

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cananea

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí.

Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”.

Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”.

El les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” El le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”.

Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El fragmento evangélico que leemos prolonga la visión de la predicación de Jesús y de sus destinatarios, dirigida a una tierra prometida que se encuentra más allá de los confines de la nación y de los habitantes que hasta ahora han escuchado la voz de Jesús.

Tiro y Sidón están situadas en los confines de Galilea, más allá de la frontera que hoy recibe el nombre de Rash-en-Naqura, en la frontera entre Israel y el Líbano. Es tierra de paganos, de fenicios. Jesús se desplaza hacia el norte, buscando tal vez un momento de distensión y de descanso tras el intenso ritmo de la predicación en Galilea. Se trata de un desplazamiento simbólico que anuncia la universalidad de la salvación.

El encuentro con la mujer cananea, en este marco general, constituye un episodio emblemático. Es un encuentro entre un rabí y una mujer, una mujer que, por añadidura, es pagana. La actitud del Maestro expresa, al comienzo, la distancia y la desconfianza normal entre el pueblo elegido y los pueblos paganos. La insistente petición de la mujer cananea, absolutamente preocupada por la salud física y psíquica de su hija, expresa afecto materno y, al mismo tiempo, confianza en Jesús.

A las tres intensas imploraciones de la mujer le siguen tres actitudes de distanciamiento por parte de Jesús, actitudes casi incomprensibles para nosotros, a no ser por su alcance pedagógico. A la invocación de la mujer: «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David», Jesús no le responde ni con una palabra. Al segundo intento insistente de mediación por parte de los discípulos sólo le responde con un rechazo que acentúa las distancias entre Israel y los demás pueblos. A la renovada petición de la cananea, que se postra ante Jesús, le corresponde una respuesta dura y enigmática: «No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos».

Sin embargo, el instinto materno capta en el duro lenguaje empleado por Jesús una rendija de esperanza, y transforma la objeción del Maestro en una razón ineludible para obligarle a hacer el milagro: «también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Su fe ha quedado probada. Ha superado el examen de amor. «¡Mujer, qué grande es tu fe!».

El Reino de Dios se dilata con el amor de aquellos que han acogido, acogen y acogerán a Jesús más allá de todo límite terreno.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año. 11., XI, 26-27.

No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre

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fariseos 3Tiempo Ordinario

Martes de la XVIII semana

Textos

Del evangelio según san 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos escribas y unos fariseos venidos de Jerusalén y le preguntaron:” ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?” Jesús llamó entonces a la gente y le dijo: “Escuchen y traten de comprender. No es lo que entra por la boca lo que mancha al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre”. Se le acercaron entonces los discípulos y le dijeron:” ¿Sabes que los fariseos se han escandalizado de tus palabras?” Jesús les respondió:” Las plantas que no haya plantado mi Padre celestial, serán arrancadas de raíz. Déjenlos; son ciegos que guían a otros ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en un hoyo”. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

La vivencia de nuestra fe ha de evitar dos extremos. Por una parte, la actitud de quien vive un rigorismo donde se pone el acento en las formas, los ritos. El “cumplir por cumplir”, olvidando el espíritu del evangelio. Por otra parte, está la de quienes viven su fe desde una anarquía donde no cabe ninguna forma, ninguna ley. Entre estos extremos está la vivencia equilibrada de la fe.

Jesús nos recuerda hoy que no vale la pena vivir para “cumplir” ritos, costumbres, tradiciones, dejando de lado el espíritu, cuando esto sucede la vida se seca, se vuelve raquítica y quien la vive así es incapaz de dar vida.

El contexto es, una vez más, el enfrentamiento con los “fariseos y algunos maestros de ley venidos de Jerusalén”. El origen de la polémica está en el hecho de que los discípulos no practican las abluciones rituales.

Los fariseos estaban preocupados con los rituales de su tiempo, y consideraban muy poco a los que no los cumplían. También puede suceder esto en nuestro tiempo: que las personas se enfoquen en lo que ellos comen, lo que consumen, y piensen muy poco en los que viven de forma diferente. Jesús presta atención a las palabras y a los trabajos. Él está menos interesado en cómo funciona el cuerpo, que en cómo está formado el corazón.

Jesús ahonda en lo que suele haber detrás de muchas posturas de estos “entendidos” de la ley. Han sustituido el mandato del Señor por costumbres y tradiciones humanas, que, con frecuencia, dejan de lado el espíritu que debe estar más allá de esas costumbres.

La actitud de Jesús es la de quien ha venido a poner orden en la relación con Dios. Y en esa relación lo que ha de primar es la interioridad de las personas; ese núcleo donde predomina la verdad de lo que realmente somos. Desde ahí han de surgir los gestos, los ritos, que vienen a expresar lo que hay de verdad en las personas. Ahí comienza la verdadera actitud religiosa del cristiano, del interior. Las formas, aunque importantes, ocupan siempre un segundo lugar porque son solo eso: formas, maneras de expresar lo que hay en el corazón.

En este mundo nuestro tan crítico con lo religioso es bueno no perder de vista esta realidad. Los hombres deben ver en nosotros fidelidad a lo importante, sin convertir lo secundario en lo fundamental.

Jesús siempre nos está llamando a buscar el significado más profundo de las reglas y prácticas. Nos desafía: “es lo que sale de la boca lo que ensucia”. Qué fácil es hablar sin pensar, y no darse cuenta del dolor y las heridas que eso puede causar en otras personas. Nuestras palabras tienen poder  tanto para restaurar como para destruir.

Son duras estas palabras de Jesús sobre los fariseos, que eran, de todos modos, los que defendían la religión y la Ley. No eran “malas personas”. De alguna manera eran rectos. Pero Jesús siempre parece mirar más allá de la gente – mira a los corazones. Observa si nosotros cuidamos lo que Dios planta en nosotros: amor, compasión, apertura y unión con Él.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 306.

¿Por qué dudaste?

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tempestad 3

Tiempo Ordinario

Lunes de la XVIII semana

Textos

Del evangelio según san Mateo (14, 22-36)

En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Entre tanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: “¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Entonces le dijo Pedro: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua”.

Jesús le contestó: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia

Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Terminada la travesía, llegaron a Genesaret. Apenas lo reconocieron los habitantes de aquel lugar, pregonaron la noticia por toda la región y le trajeron a todos los enfermos. Le pedían que los dejara tocar siquiera el borde de su manto; y cuantos lo tocaron, quedaron curados. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús indicó a sus discípulos que subieran a la barca y que fueran delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Al final, después de que todos (muchedumbre y discípulos) se hubieran alejado, Jesús, solo, sube al monte a orar.

Mientras la barca estaba atravesando el mar se desencadena una tormenta. El Evangelista parece sugerir que sin Jesús es fácil que se levanten vientos y se desencadenen tormentas. En cualquier caso, la noche, todas las noches, están siempre llenas de miedo. Pero finalmente llega el alba. Y mientras sale el sol Jesús se acerca a los discípulos caminando sobre las aguas.

El miedo confunde las ideas y la mirada de los discípulos; piensan que es un fantasma. Pero Jesús se dirige directamente a ellos y les dice: «!Ánimo¡, soy yo; no teman». Pedro, dudando, le pide a Jesús que le ordene ir hasta él. Y Jesús atiende su petición: «¡Ven!», le dice. Pedro reconoce la invitación que oyó por primera vez en la orilla del mismo mar y, una vez más, deja inmediatamente la barca y las redes y va hacia Jesús. Y también él camina sobre las aguas.

La respuesta confiada e inmediata al llamamiento del Señor hace cumplir siempre milagros. Pero los vientos arrecian y Pedro tiene miedo, del mismo modo que tenemos miedo todos nosotros cuando las adversidades son fuertes y violentas. Entonces Pedro empieza a hundirse Y, fruto de la desesperación, sale de su boca una oración: «¡Señor, sálvame!».

Jesús lo toma inmediatamente de la mano. Y Pedro se salva. El Señor le recuerda su poca fe: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Pedro había empezado a caminar sobre las aguas, pero el miedo hace que se hunda. «¿Por qué dudaste?», le dice con ternura Jesús. No hace falta ser valiente, sino confiar en aquel que no nos deja solos y que en el peligro nos salva.

El Señor continúa tomándonos de la mano y subiendo con nosotros a la barca para continuar nuestro camino en el mar de la vida. A nosotros se nos pide que no nos separemos nunca del Señor y que sigamos siempre su voz.

 

[2] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 305-306.