Ecos de la Palabra

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Instrucciones para la vida

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Instrucción a los discipulos Tiempo Ordinario

Domingo de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 39-45)

En aquel tiempo, Jesús propuso a sus discípulos este ejemplo: “¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, si no adviertes la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga que llevas en tu ojo y entonces podrás ver, para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni un árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos. El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla delo que está lleno el corazón”: Palabra del Señor.”

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo leemos en el evangelio la tercera parte del sermón del llano. Recordemos, en la primera parte leímos las Bienaventuranzas, en la segunda parta, la invitación a ser misericordiosos como el Padre, con un acento particular en el amor a los enemigos, a los que el evangelio invitaba a no juzgar, a no condenar, a perdonar y a hacerles el bien.El discurso continúa ahora, con una enseñanza que instruye al discípulo acerca de las relaciones fraternas en el seno de la comunidad, de manera que desde la actitud básica de la misericordia del Padre, sepa manejar sus impulsos negativos para que con ellos no dañe las relaciones interpersonales ni la vida de la comunidad y por el contrario se sitúe como testigo del Reino

El discipulado, al estilo de Jesús, es comunitario; no hay discípulo sin comunidad. Nótese en el texto que comentamos como se repite la palabra “hermano”; la fraternidad es signo del nuevo pueblo de Dios, germen de la humanidad nueva que Jesús ha venido a crear con su buena nueva de la salvación.

En el seno de la comunidad, el discípulo debe tener una presencia saludable, sus relaciones con los demás no pueden ser tóxicas ni pretenciosas; se ha de esforzar pues a ser un buen hermano, buen amigo, buen compañero de camino, comenzando con los hermanos de su propia comunidad de fe.

Lo primero que tiene que aprender el discípulo es que su único modelo es Jesús. “El discípulo no es superior a su maestro; pero cuando termine su aprendizaje, «será como su maestro»; es decir, adoptará sus mismas actitudes y comportamientos y será formador de otros discípulos. El aprendizaje de estas dos tareas es gradual y en muchos casos muy lento. Por eso hay que dejarse ayudar por Jesús para luego poder ayudar a otros.

  1. Un ciego no es un buen guía

Cuando Jesús utiliza la imagen del “ciego” indica que el discípulo se encuentra en una etapa de aprendizaje en la que está aprendiendo a vivir según el evangelio, con los criterios de vida que inculca el Maestro y mientras no haya alcanzado la madurez para ser testigo del evangelio con su vida, el discípulo será como un ciego que necesita del apoyo y guía de otros.

Por esta razón, quien comienza a caminar en el seguimiento de Jesús debe ser prudente y no precipitarse a la hora de calificar la conducta de los demás. No es raro que quien comienza a recorrer el camino del evangelio capte con facilidad las deficiencias de los demás y quiera opinar sobre todo y sobre todos, asumiendo sin darse cuenta la posición de juez y faltando a la caridad.

La prudencia pide al discípulo, a pesar de su camino con Jesús, considerarse todavía a sí mismo como un ciego, absteniéndose de emitir juicios sobre los demás, pues a él mismo todavía le queda trecho por recorrer en el camino de la conversión. El discípulo pues, debe ser prudente y no asumir el papel de guía si no está preparado para ello y no será él mismo a quien corresponda calificarse, sino la comunidad que reconociendo su madurez se orientará por su testimonio; la imprudencia a este respecto tiene consecuencias que Jesús ejemplifica siguiendo el ejemplo del guía: «caerán los dos en un hoyo».

  1. La viga en el propio ojo es mayor que la brizna del ojo ajeno

La primera tarea del discípulo es seguir trabajándose a sí mismo: discernir y sacar la “viga del propio ojo”; liberarse del propio egoísmo y del afán de aprovecharse de los demás y oprimirles; si el discípulo no practica la autocrítica y elimina de su corazón cuanto en él haya de orgullo, mentira e hipocresía la corrección que pretenda del otro será una farsa. Lo peor que le puede pasar a un discípulo es sentirse bueno y mejor que los demás, esta autopercepción erronea le hará propenso a ser severo en el juicio de la vida de los demás y a coregir a otros lo que en si mismo no corrige; esto es,  volviendo a la imagen del guía ciego, querer conducirles a ciegas.

Jesús enseña a apareciar las cosas, las situaciones y a las personas con objetividad; el consejo del evangelio no está reñido con el jucio crítico que abre a la verdad; denuncia el delito donde lo encunetra y desenmascara la maldad; Jesús no prohibe, por el contrario aconseja, la corrección fraterna; en ambos casos enseña el modo de hacerlo: con humildad y sin juzgar el interior que sólo Dios conoce. El juicio sobre la bondad o maldad de las personas está reservado sólo a Dios. Estos son los criterios del maestro, el discípulo que quiera actuar alejándose de ellos, hace el ridículo.

  1. El árbol se conoce por sus frutos

«El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón» Jesús enseña que la bondad en el decir y en el obrar surge siempre del corazón, de una interioridad sana y honesta; quien tiene torcidas sus intenciones desvirtúa la bondad de sus actos. El texto tiene un hondo sentido psicológico: sólo con actitudes buenas podemos hacer cosas buenas, sólo con actitudes justas podemos dar frutos de justicia.

Quien lleva en su corazón odio y mentira, afán de poder o de lucro, jamás podrá hacer el bien a nadie; no puede buscar ni querer el bien de los demás, porque sólo busca el propio beneficio. «Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.». He aquí una llamada de atención; en el compromiso cristiano, nada se improvisa, cada uno da lo que es y vive, «el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón»

Una vez más en este texto de Lucas, encontramos la dimensión social del evangelio. El ejemplo de los frutos es elocuente. Un árbol no es bueno si es estéril y no produce fruto; ningún árbol da frutos para si mismo; los frutos contienen la semilla que se esparcirá y producirá nuevas plantas y frutos; pero, al mismo tiempo los frutos, apetecibles y sabrosos también sirven como alimento.

La bondad del corazón no es un fin en si misma, es don de Dios y tarea del hombre, libera del encierro del egoísmo, haciéndo salir de si misma a la persona encaminándola para hacer el bien a los demás. El discipulado implica un compromiso por el bien de las personas y de las comunidades; este compromiso es de caridad y de justicia, no por separado, sino en estrecha relación; al mismo tiempo que la caridad lleva a prodigarse amorosamente en la atención de las necesidades de una persona, la justicia entraña el compromiso personal y colectivo para que se transformen las situaciones y estructuras que generaron esas necesidades, de manera que todas las personas puedan vivir con dignidad y como sujetos de su propio desarrollo.

 

 

 

 

 

[1] Cf. F. Oñoro, Pistas para la Lectio Divina, Lucas 6. 39-42, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 220-223.

Ser como niño para acoger el Reino.

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Dejad-que-los-niños.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (10, 13-16)

En aquel tiempo, la gente le llevó a Jesús unos niños para que los tocara, pero los discípulos trataban de impedirlo.

Al ver aquello, Jesús se disgustó y les dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. Les aseguro que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

Después tomó en brazos a los niños y los bendijo imponiéndoles las manos. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Marcos nos regala escenas ricas en ternura humana, como ésta de los niños. La presencia de niños escuchando a Jesús es un hecho conocido. Con ocasión de la multiplicación de los panes se menciona también la presencia de niños que le seguían desde hacía tiempo, hasta que llega la noche. Cabe pensar que son niños que acompañan a sus padres, dado que la escucha de la Palabra de Jesús es un hecho que corresponde, eminentemente, a los adultos.

Probablemente son los mismos padres los que intentan acercar sus hijos a Jesús «para que los tocara». Su intento queda frustrado por los discípulos, que, al menos así lo pensamos, actúan de buena fe, llevados por el deseo de garantizar al Maestro un poco de tranquilidad, pues los niños, como es sabe, son alborotadores y crean confusión. La reacción de Jesús es fuerte, indignadaº. Por un lado, es una manera vigorosa de desaprobar y, por otro, una invitación a reconsiderar la figura del niño. La sensibilidad judía había producido ya el salmo 131, donde el niño es imagen de aquel que confía y se abandona a Dios. Sin embargo, llegar a establecer el valor del niño colocándolo en el centro del interés o incluso como modelo es un dato que trasciende la mentalidad de la época, que no reconocía al niño personalidad jurídica y lo consideraba como propiedad de la familia y, sobre todo, del padre.

Jesús da un vuelco a valores consolidados, rompe esquema atávicos y acoge a los niños. Este hecho, de una gran riqueza desde el punto de vista humano, se colorea teológicamente con la motivación «porque el Reino de Dios es de los que son como ellos». Jesús los eleva a modelo de vida. ¿Por qué? Porque el niño adolece de la arrogancia que caracteriza al adulto, no pretende actuar por sí solo, dado que siente como urgente e indispensable la presencia de alguien que esté cerca de él y le dé seguridad. Le falta también la aspiración a la preeminencia y a los honores y sobre todo, la inocencia, que le permite confiar sin reservas en las personas, particularmente en su padre y en su madre.

El niño es la personificación del «pobre», a quien está reservada la primera bienaventuranza y a quien se garantiza la posesión del Reino de Dios. El texto concluye con una afirmación certera, solemne, introducida por la fórmula «les aseguro que»: Jesús declara que es preciso estar dotado del ánimo de los niños para tener acceso al Reino de Dios.

El fragmento se cierra con otro gesto de ternura por parte de Jesús: el de abrazar a los niños, porque reconoce y aprecia un valor que los apóstoles difícilmente consiguen percibir aún. No hay que olvidar que para abrazar a un niño es necesario inclinarse, ponerse a su nivel, es gesto es simbólico, con profundo contenido para los evangelizadores de todos los tiempos.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 355-356.

Lo que Dios unió…

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Viernes de la VII semana

 Textos

 + Del evangelio según san Marcos (10, 1-12)

En aquel tiempo, se fue Jesús al territorio de Judea y Transjordania, y de nuevo se le fue acercando la gente; él los estuvo enseñando, como era su costumbre.

Se acercaron también unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?” El les respondió: “¿Qué les prescribió Moisés?” Ellos contestaron: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”.

Jesús les dijo: “Moisés prescribió esto, debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer.

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa y serán los dos una sola cosa. De modo que ya no son dos, sino una sola cosa.

Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.

Ya en casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre el asunto. Jesús les dijo: “Si uno se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para ponerlo a prueba, los fariseos se acercan a Jesús y le hacen una pregunta capciosa: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?”. Se le hace una pregunta que no es positiva y, además, de sentido único: el comportamiento del hombre con la mujer, y no viceversa. El problema existe y, por consiguiente, es preciso afrontarlo. Ahora bien, todo problema tiene que ser iluminado a la luz de la Palabra, elemento primordial y fuente para conocer la voluntad de Dios y, en consecuencia, el plan de vida. Jesús se erige en intérprete autorizado de esa voluntad.

Acepta la pregunta y responde con una contrapregunta: “¿Qué les prescribió Moisés?”, en otras palabras: ¿qué dice la ley? Jesús pregunta sobre algo que también ellos consideran obligatorio. La respuesta se aparta de la pregunta porque los fariseos declaran lo que Moisés «permitió». Están desencaminados, no están respondiendo de manera correcta. Jesús explica la razón de la concesión de Moisés, la «dureza de corazón» o «incapacidad para entender», que es la falta de elasticidad a la hora de acoger la voluntad de Dios. El corazón es el centro de la persona, el conjunto armónico formado por la inteligencia, la voluntad y la afectividad. La máquina se ha atascado. La de Moisés fue una norma dada por la dureza de corazón. Por consiguiente, es una norma condicionada, ligada al tiempo y dependiente de una situación particular. No se trata de lo que es obligatorio, sino de lo que está permitido.

Es preciso remontarse a los orígenes, a la pureza primitiva, a la auténtica voluntad divina. Ésta había establecido una distinción entre varón y hembra, en vistas a una comunión plena entre ambos. Esta unidad es expresión de la voluntad divina, nadie está autorizado a deshacerla. Llega perentorio el mandamiento, sin añadidos: «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre».

La explicación de Jesús, lógica y esencial, no les parece fácil de comprender ni siquiera a los discípulos, que piden explicaciones en privado, una vez en casa. La dificultad se encuentra en el hecho de que es preciso cambiar de mentalidad, invertir la tendencia machista, alimentada por la praxis. Jesús no hace descuentos, no suaviza para nadie las severas exigencias de un amor verdadero. Confirma y clarifica su pensamiento. La ruptura de aquella unidad querida por Dios es adulterio, ruptura grave de una relación nacida para permanecer inoxidable en el tiempo. Jesús, al añadir que el compromiso de fidelidad vale para ambos, hombre y mujer, introduce una paridad de derechos y deberes desconocida en el mundo judío.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 346-347.