Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Ay de ustedes, porque se olvidan de la justicia y del amor de Dios

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fariseos 3.jpgTiempo Ordinario

Miércoles de la XXVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (11, 42-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! Esto debían practicar sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar los lugares de honor en las sinagogas y que les hagan reverencias en las plazas! ¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven, sobre los cuales pasa la gente sin darse cuenta!” Entonces tomó la palabra un doctor de la ley y le dijo: “Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros”.

Entonces Jesús le respondió: “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, porque abruman a la gente con cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni con la punta del dedo!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Un escriba, al oír las duras palabras de Jesús contra el ritualismo farisaico, le rebate diciendo que de aquel modo le ofende también a él y a todos sus colegas: «¡Maestro, al hablar así, nos insultas también a nosotros!». Es la reacción de quien quiere defenderse a sí mismo y sus convicciones sin sentir la necesidad de cambiar, de comprender más en profundidad lo que pide el Señor, y por tanto, de emprender una vida mejor que la que lleva.

La Palabra de Dios, como dice Pablo, es como una espada de doble filo que penetra hasta la médula y no deja indiferente, no bendice nuestros comportamientos sin modificarlos, no entra en el corazón sin cortar lo que lo entumece o, peor aún, lo que provoca su ruina. Es una fuerza saludable y buena que cambia el corazón. Jesús desenmascara el pecado de los fariseos y de los escribas: mientras que la gente les profesa respeto porque buscan en ellos una guía, una orientación, en realidad su comportamiento es falso y engañoso.

De ahí la severidad del juicio que hace Jesús. La gente confía, busca una orientación, pide ayuda a los que se presentan como guías, y estos, en cambio, descuidan lo esencial, es decir «la justicia y el amor de Dios». Si, pagan sus cuotas al templo, se dejan embelesar por los honores en las sinagogas, pero en realidad son como «sepulcros», es decir, hombres vacíos e interiormente muertos. Colocan, con su fría severidad, grandes pesos sobre la espalda de los demás pero ellos ni quieren ni saben soportarlos. Jesús estigmatiza esta falsedad, esta doble moral mentirosa. Su ira, su juicio severo son una advertencia para todos nosotros cuando nos erigimos en jueces sin misericordia, en personajes sin escrúpulos y sin dudas, que se aprovechan de la buena fe de aquellos que buscan hermanos mayores en los que confiar para crecer en su vida espiritual.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 384-385.

Den limosna de lo que tienen

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limosnaTiempo Ordinario

Martes de la XXVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (11, 37-41)

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer.

Pero el Señor le dijo: “Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad.

¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, que está invitado a casa de un fariseo, no cumple las prescripciones rituales antes de comer. Este comportamiento le comporta un duro juicio. Jesús, que se da cuenta, contesta al fariseo desplazando la cuestión ritual a otro plano, del plano de las prácticas al del corazón. Y aclara que en la vida lo importante no es la apariencia, lo que se ve, aunque sea correcto, sino ser un hombre y una mujer con el corazón misericordioso.

En una sociedad de apariencias, como la nuestra, esta breve página evangélica vuelve a poner en el centro de atención lo que realmente vale en la vida. En el corazón, en el interior es donde se decide la vida del hombre, su felicidad y su salvación. Si el corazón está lleno de maldad, los actos serán en consecuencia.

Por eso Jesús, sin condenar la observancia de los rituales, reconduce al corazón la raíz de los comportamientos. Lo que cuenta es lo que hay en el corazón, no lo que aparenta. No sirve de nada que observemos ciertos ritos si por otra parte transgredimos la justicia y estamos lejos del amor.

En ese sentido, no tiene valor alguno multiplicar gestos y acciones si el corazón está lleno de «rapiña y maldad». Jesús exhorta más bien a dar «limosna de lo que tienen», es decir, dar al mundo el amor que ha sido derramado en nuestro corazón. Y la verdadera riqueza es el amor gratuito que cada creyente recibe de Dios en su corazón.

La riqueza del discípulo no consiste en multiplicar los ritos que practica, sino más bien tener un corazón misericordioso y dispuesto a amar. Es importante la afirmación de Jesús: la limosna nos hace puros. Por desgracia, cada vez son más las ordenanzas que prohíben la mendicidad y que desalientan la limosna, que muchas veces gozan de una triste complicidad por parte de cristianos.

Toda la tradición bíblica, que en el Evangelio encuentra su exaltación, exhorta a los cristianos a dar limosna, no porque «resuelva» el problema social sino porque es el primer paso del amor: la limosna obliga a apartar la mirada de uno mismo y dirigirla hacia los necesitados y a darles algo, aunque sea poco. ¡Ay de nosotros si impedimos este primer paso del corazón que va más allá de nosotros mismos, pues nos quedaremos encerrados en nuestro egoísmo!

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 383-384.

No se les dará otra señal que la de Jonás

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Predicando.jpgTiempo Ordinario

Lunes de la XXVIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 29-32)

En aquel tiempo, la multitud se apiñaba alrededor de Jesús y éste comenzó a decirles: “La gente de este tiempo es una gente perversa.

Pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Pues así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para la gente de este tiempo.

Cuando sean juzgados los hombres de este tiempo, la reina del sur se levantará el día del juicio para condenarlos, porque ella vino desde los últimos rincones de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.

Cuando sea juzgada la gente de este tiempo, los hombres de Nínive se levantarán el día del juicio para condenarla, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús está rodeado de gente. Como entonces, también hoy muchos buscan palabras que conforten y ayuden a no sucumbir ante tantos miedos que complican la vida. A menudo estamos a merced de los acontecimientos, y los que son más débiles son también los más frágiles. Si no somos amados nos envuelve un sentimiento de extravío por dentro y por fuera.

La soledad se ve agudizada por ese mismo malvado que nos lleva a cada uno a pensar sólo en sí mismo, Y al desinterés por los demás. Todo esto emerge con especial gravedad en las ciudades de hoy, que se parecen a la Nínive de la que habla el Evangelio. En las periferias urbanas la existencia se ha vuelto dura y violenta, y esto es algo que golpea sobre todo a los pobres, e incumbe a muchos jóvenes, que ven cerradas las puertas del futuro.

Y así, vemos crecer los desequilibrios físicos y mentales, la pobreza y la marginación, la desesperación y la angustia. Y al igual que en los tiempos de Jesús, la gente pide un signo, un hecho prodigioso que libere de la angustia. Pero no existen acontecimientos mágicos que cambien la vida, no hay una suerte imprevista que transforme en serenidad los propios días.

Se necesita un «signo» verdadero que ayude a cambiar los corazones, a hacerlos más solidarios, más acogedores, más capaces de amar. Este signo es Jesús mismo; es Él el que realmente cambia los corazones. Es necesario -y esta es la enseñanza de la página evangélica- que las calles y plazas de nuestras ciudades se vean de nuevo atravesadas por la predicación del Evangelio, como en su momento le ocurrió a Nínive con la predicación de Jonás.

El Evangelio es lo que ayuda a cambiar el corazón, a hacerlo de carne en vez de piedra. El Evangelio debe recorrer las calles de las grandes ciudades de hoy: es la única y verdadera fuerza que las hace más humanas; es la única palabra que hace crecer el amor y aleja la soledad y el miedo.

Es urgente que hoy los cristianos salgan a predicar con hechos y palabras el Evangelio del amor en las periferias urbanas y en las existenciales, como no se cansa de decir el papa Francisco. Es una responsabilidad que implica a todos los discípulos de Jesús: la predicación del Evangelio y el amor a los pobres son el «signo» que Jesús continúa siendo y que salva de la tristeza y la muerte. La página evangélica nos advierte que Nínive cambió de vida sólo con la predicación de Jonás. Pues bien, el Evangelio es una palabra mucho más fuerte que la del antiguo profeta.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 108-109.

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