Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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No acumulen ustedes tesoros en la tierra…

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XI Semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (6, 19-23)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban.

Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.

Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad.

Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La verdadera justicia es tener el corazón y la vida orientados hacia Dios. Es un Evangelio especialmente actual en una sociedad como la nuestra que se ha alejado de Dios pensando que es más libre. En realidad, termina siendo esclava de muchos señores. Es especialmente amarga la esclavitud de las riquezas, de los bienes, de las cosas. Jesús sabe que necesitamos bienes, pero si no tenemos la primacía del amor de Dios, nos convertimos en esclavos de los bienes.

Por eso poco después dirá: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura». Jesús aconseja no amontonar «tesoros en la tierra». Necesitamos liberarnos de la esclavitud de poseer y de consumir que rebajan nuestra vida a la miseria. En nuestro mundo hay como una dictadura del materialismo que nos obliga a sometemos a la ley del consumo y de la acumulación de bienes. La enseñanza del Evangelio es muy clara a ese respecto: quien acumula mucho queda dominado por un gran amor hacia las cosas, obedece a una pasión que secuestra su corazón.

Jesús afirma que nuestro tesoro está allí donde tenemos el corazón; si nuestro corazón está en Dios, nuestro tesoro será su Palabra capaz de  modelar nuestras acciones y nuestros sentimientos, de forjar un estilo de vida, libre del afan de tener y acumular bienes que se destruyen con la herrumbre que corroe. Si el corazón está en las cosas que se corroen, la herrumbre corroe también el corazón, los sentimientos e incluso el mismo sentido de la vida.

Acumular tesoros en el cielo significa amar la Palabra y ponerla en práctica, dejarse guiar por aquel diseño de amor que se nos revela y convertirnos en diligentes y alegres trabajadores suyos. La Palabra de Dios es fuerte y poderosa. Transforma los corazones y la historia de los hombres. Escribe el profeta: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra … así será mi palabra, la que salga de mi boca». El cielo, pues, no es solo una meta lejana; el cielo es la vida con el Señor, con los hermanos y con los pobres.

Quien gasta su vida según el Evangelio acumula tesoros que quedarán en el cielo; nadie los podrá arrebatar, y darán abundantes frutos de amor y de bondad.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 255.

Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XI Semana

Textos

 Del evangelio según san Mateo (6, 7-15)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando ustedes hagan oración no hablen mucho, como los paganos, que se imaginan que a fuerza de mucho hablar, serán escuchados. No los imiten, porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan. Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Si ustedes perdonan las faltas a los hombres, también a ustedes los perdonará el Padre celestial. Pero si ustedes no perdonan a los hombres, tampoco el Padre les perdonará a ustedes sus faltas”Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La oración vivifica y ahonda la relación con Dios estrechando la  confianza, haciendo palpitar al unísono los dos amores y haciendo que se impregne  más  en nosotros el rostro del Padre de quien nos reconocemos hijos. 

En la catequesis sobre la oración, en el sermón de la montaña, Jesús nos da pautas concretas para la vida de oración: 

Al contraponer dos tipos de oración, la de los paganos y la de los discípulos de  Jesús, invita a dar un salto cualitativo en el espíritu de oración. El pagano apoya su  oración en el ejercicio de la retórica: la oración se vuelve discurso preocupado  por la belleza del discurso que seduce al oyente para arrancarle lo que se le pide

El discípulo de Jesús, por su parte, apoya su oración en el ejercicio de la confianza: la convicción de lo que más conmueve a un papá es ver a su hijo necesitado, él lo percibe antes que el hijo abra la boca. El fundamento, la atmósfera y la manera de hacer la oración, entonces, es diferente al de una persona que no conoce el amor de Dios. 

En el Padre Nuestro, Jesús recoge la última idea y muestra cómo se lleva a cabo. La atmósfera de la oración se crea en invocación fundamental a partir de tres elementos: (a) atreverse a llamar a Dios “Papá”, el trascendente se aprehende en su inmensa  cercanía;  (b) presentarse ante él no como orante solitario sino como miembro de una familia  que sabe decir “nuestro”; (c) percatarse que la paternidad de Dios no es una proyección de las paternidades  humanas, sino al contrario, una revelación que viene de lo alto: “que estás en el  cielo”.  

En el Padre Nuestro la oración básica es la repetición de los  pronombres “Tú” y “Nosotros”. La relación se teje en este encuentro: el “Tú” se  inserta   en “nosotros” y viceversa, generando una mutua pertenencia que no es de sometimiento sino de libre Alianza de amor fecundada por bendiciones. 

Lo primero que se acentúa es el “Tú”: lo que se pide ante todo es a Dios  mismo; antes que cualquier otra cosa, Él es el bien mayor que necesitamos e imploramos. Esto purifica el corazón de cualquier otro interés secundario en la relación con Dios y para doblegar la existencia entera ante las tres grandes acciones de un Dios que 

viene a nuestro encuentro: “Santificado sea tu Nombre”, “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. 

Luego se acentúa el “nosotros”: el corazón se abre para recibir las bendiciones cotidianas del amor fundante. Dios viene al encuentro de nuestras necesidades como un papá  responsable:

  • que trae el pan a su familia: “danos hoy nuestro pan de cada día; 
  • que vela por la unidad de su familia muchas veces quebrantadas por  discordias “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”; 
  • que sostiene en la debilidad: “No nos dejes caer en tentación”
  • que libera: “Mas líbranos del mal” 

Cuando el hijo es auténtico refleja el rostro de su Padre, por eso en la oración el hijo se vuelve “padre” para los demás. Esto se nota en la capacidad para perdonar. Pero la disposición para el perdón por parte nuestra es la condición primera para que esto sea posible. 

En esta escuela de discipulado lo central es el aprendizaje de la apertura de corazón de un hijo que redescubre fascinado todos los días –como Jesús- el amor de su Padre y se inserta en lo más profundo de ese amor por el abandono en él.


[1] Oñoro F. Vosotros pues, orad así. Lectio Divina Mateo 6, 7-15. CEBIPAL/CELAM

Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (6, 1-6. 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean.

De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. En cambio, cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente.

Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa hablando de la justicia. Con los ejemplos que hemos escuchado los días anteriores Jesús deja claro que hay que vivir la ley antigua con un espíritu nuevo, con un corazón renovado. La fe en el Señor no se mide cumpliendo exteriormente determinadas prácticas, ni tampoco por el consenso que podemos granjeamos entre la gente.

Esta página evangélica quiere que seamos conscientes de que todo cuanto hacemos lo hacemos ante Dios: él mira y guía nuestra vida. Y gracias a su cariñosa vigilancia es el único juez verdadero e imparcial. Todos sabemos por experiencia que es fuerte la tentación de vivir y de hacer nuestras obras «para ser vistos» por los hombres, es decir, para alimentar el orgullo y para vanagloriarse aún más de la consideración de uno mismo. En cualquier caso, el Señor no pide a los discípulos que escondan lo que hay de bueno en su vida. Al contrario, anteriormente los había invitado a ser luz y a no esconder la lámpara «debajo del celemín». Aquí, sin embargo, le habla de una actitud del corazón: la búsqueda ansiosa del consenso de los demás, de la alabanza y de la recompensa humana.

Jesús nos enseña que la única persona que de verdad comprende profundamente nuestra alegría, nuestra misericordia y nuestro ayuno es el Padre. Incluso cuando los hombres no comprenden debemos dirigir al Padre nuestra oración, puesto que de él podemos esperar la única verdadera recompensa.

En este pasaje evangélico, Jesús recuerda tres prácticas religiosas que gozan de alta consideración: la limosna, la oración y el ayuno. Pero lo que quiere subrayar es la invitación a la interioridad que está presente en esas tres prácticas que tienen una importancia fundamental en la vida del creyente.

La limosna implica poner el corazón en los pobres. Hay que acercarse a ellos, interesarse por ellos, amarlos porque en ellos está presente el mismo Cristo. Esta es la espiritualidad de la limosna. Y eso es lo que Dios ve en secreto, es decir, de manera profunda.

La oración no consiste en hacerse ver, sino ante todo en hacer espacio para la Palabra de Dios en el corazón. Esa es la interioridad que ve Dios y en la que se complace.

De manera análoga, el ayuno es aquella lucha interior indispensable para que crezca en nosotros el espacio para acoger al Señor. Entonces pasará lo que escribe el Apocalipsis: «Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Esta es la recompensa de los discípulos: vivir ya hoy con el Señor.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 252-253.