Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Jesús reunió a los Doce los envió a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos.

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos.

Y les dijo: “No lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas. Quédense en la casa donde se alojen, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si en algún pueblo no los reciben, salgan de ahí y sacúdanse el polvo de los pies en señal de acusación”.

Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio y curando en todas partes. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Lucas nos muestra el episodio del envío de los Doce para que anunciaran el reino de Dios y curasen a los enfermos. Ya los había elegido para que estuvieran con él y ahora los envía para que cumplan su misma misión dándoles su misma autoridad y su mismo poder.

Escribe el evangelista: «les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades». La predicación del Reino de Dios, es decir, del mundo nuevo que Dios empezaba a través de la obra de Jesús, debía ir acompañado de señales que mostraran su efectividad.

Es un paradigma que acompaña la obra de los discípulos de todos los tiempos, también de hoy. Toda comunidad cristiana, todo creyente está llamado a aumentar la larga retahíla de los seguidores de Jesús para librar la misma batalla contra el poder del mal y para comunicar el Evangelio del amor por todas partes, hasta los extremos de la tierra.

Para cumplir esta misión hay que despojarse del protagonismo de uno mismo para ser en todo siervo del Evangelio, manteniendo aquella misma ansia misionera que llevó a los primeros Doce a ir de casa en casa, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad: nadie debía quedar excluido del anuncio evangélico.

Su única riqueza era el Evangelio. Y no debían comunicar más que el Evangelio en su pureza, sin añadiduras y sin argucias particulares. Los discípulos de Jesús tienen que ser conscientes de que el Evangelio en sí solo es suficiente: es levadura y luz que transforma.

Por eso Jesús ordena a los Doce: «no lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas ». Su riqueza y su fuerza es solo el Evangelio.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 359-360.

La vela se pone en un candelero, para que los que entran puedan ver la luz

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXV semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (8, 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz. Porque nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

Fíjense, pues, si están entendiendo bien, porque al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús explica el misterio de la Palabra de Dios con el ejemplo de la lámpara. Del mismo modo que la luz de la lámpara no tiene la tarea de iluminarse a ella misma sino todo cuanto le rodea, también la Palabra de Dios debe iluminar a todos los hombres y mujeres. Nadie debe quedar a oscuras, todos tienen derecho a la luz.

Los creyentes están llamados a enseñar a los hombres y a las mujeres de todas las generaciones la luz de Dios. Por eso los cristianos no pueden vivir para sí mismos sino para manifestar a todos los hombres, en todo el mundo, en cualquier época, la luz del Evangelio. Dice Jesús: «Nadie enciende una vela y la tapa con alguna vasija o la esconde debajo de la cama, sino que la pone en un candelero, para que los que entren puedan ver la luz».

Nosotros hemos recibido el Evangelio para mostrarlo a los hombres y mujeres de nuestra ciudad. Cada comunidad, cada creyente, puede compararse con aquella lámpara de la que habla Jesús y que hay que poner en el candelabro para que haga brillar la luz del Evangelio.

Al creyente se le pide que manifieste la Palabra del Señor, y no la suya. Por eso -destaca Jesús- el discípulo está llamado ante todo a acoger la Palabra de Dios en su corazón: «fíjense, pues, si están entendiendo bien». Aquel que no escucha no puede transmitir nada de Dios y se transmite solo a sí mismo. Pero entonces será como una luz apagada y sin vida.

Aquel que deja que la Palabra de Dios forje su corazón tendrá el corazón lleno de sabiduría divina y dará frutos buenos para sí mismo y para los demás. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: «al que tiene se le dará más», es decir, aquel que acoge el Evangelio en su corazón recibirá una sabiduría abundante.

Gregorio Magno decía: «las Escrituras crecen con quien las lee», uniendo así el crecimiento interior del discípulo con la asiduidad atenta a las Escrituras. No sucederá lo mismo con quien tiene el corazón cerrado a la Palabra: permanecerá en la oscuridad porque en su interior solo está él mismo y su tristeza.

«Al que tiene se le dará más; pero al que no tiene se le quitará aun aquello que cree tener». Sí, el que no presta atención a la palabra evangélica, sentirá que se cierra cada vez más su corazón y vivirá sin la luz. En cambio, si acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón nos transforma y nos hace hombres y mujeres capaces de ofrecer una luz a quien vive en la oscuridad.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 357-358.

¿De qué discutían por el camino?

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Tiempo Ordinario

Domingo de la XXV semana

Ciclo B

Textos

 Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

 

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Mensaje

Este Domingo el evangelio nos presenta el segundo anuncio de la pasión que Jesús hace a sus discípulos. A cada anuncio corresponde una instrucción sobre las exigencias para quienes en verdad quieren seguirlo. Al segundo anunció corresponde la instrucción sobre quién es importante en la comunidad. El discípulo que se identifica con el Señor debe aprender a valorar a los demás como el Maestro le ha enseñado.

El contexto

 El contexto del pasaje que leemos este Domingo es el comportamiento incoherente de los discípulos y la consiguiente dificultad para comprender la enseñanza de Jesús. Por un lado los discípulos incapaces para luchar contra el mal (Mc 9,18) porque les falta una relación más estrecha con el Señor y se incomodan al ver que otros, que no caminan con ellos, expulsan demonios en el nombre de Jesús (Mc 9,38-39). Son incapaces de luchar contra el mal y les molesta que otros lo hagan, a pesar de ello, están preocupados por discutir quien es el mayor, el más importante.

Tampoco comprenden la forma como Jesús realizará su misión incluida su muerte y su resurrección. Ellos se imaginaban a Jesús a su manera. No les gustaba la determinación del Maestro por entregar su vida. Lo que Jesús les anunciaba no coincidía con lo que ellos imaginaban o pensaban, estaban en sintonías distintas.

Jesús hijo del Hombre.

Jesús anuncia su pasión diciendo que el «Hijo del Hombre» debe ser entregado. Es el título que más gusta a Jesús y tiene profundas resonancias en el Antiguo Testamento. Encontramos este título en el  libro de Ezequiel, indicando la condición humana del profeta. En el libro de Daniel. Aparece el mismo título en una visión apocalíptica (Dn 7,1-28) en la que Daniel describe los imperios de los babilonios, medas, persas y griegos, bajo la apariencia de animales monstruosos, inhumanos, que persiguen y matan. En la visión del profeta, después de los reinos inhumanos aparece el Reino de Dios que tiene la apariencia no de un animal sino de una figura humana, de un Hijo de hombre. El Reino de Dios se presenta como un reino humano que humaniza y promueve la vida.

En la profecía de Daniel, la figura del Hijo del Hombre, representa no a un individuo, sino al «pueblo de los santos del altísimo». El pueblo de Dios no puede dejarse engañar, ni manipular por la ideología dominante de los imperios inhumanos que se imponen con la lógica del poder y del sometimiento, con la sinrazón del terror y la violencia que degrada y deshumaniza.

Jesús presentándose como «Hijo de Hombre» asume como suya esta misión que es la misión de todo el pueblo de Dios y es la misión a la que nos asocia invitándonos a despojarnos de cualquier pretensión de poderío. No hay gesto más humano que la capacidad de entregar la vida y ponerse al servicio de la vida.

El anuncio de Jesús es claro: se trata de su pasión y de su resurrección pero los discípulos tenían otras perspectivas; las palabras de Jesús no entran en sus mentes. Para ellos el Mesías tenía que ser glorioso y triunfante, no humillado ni ejecutado. Por este contraste entre el anuncio del Señor y sus expectativas, no reciben el mensaje, se llenan de miedo y prefieren discutir sobre quién, de entre ellos, es el más importante. La incoherencia es clara: siguen a un maestro que no sólo no busca puestos de honor, sino que quiere servir hasta la entrega de la propia vida y ellos aspiran a la grandeza.

La historia se repite. Entre las más grandes incoherencias de los discípulos se encuentra la ambición y la lucha por el poder, de la grandeza y el honor. La instrucción del Señor ante esta tentación es muy clara: «si uno aspira a ser el primero, sea el último y servidor de todos», en la lógica del evangelio la grandeza consiste en servir. En nuestra lógica las cosas funcionan de otra manera cuando asumimos que ser servido es sinónimo de grandeza y honor. En la perspectiva evangélica las cosas son distintas: el que no sirve no es grande, no puede ser el primero.

Jesús nos pide que apreciemos no los honores sino el servicio. Esto supone una revolución en nuestra concepción de las personas y de la sociedad. Para mayor claridad un gesto simbólico. Jesús toma a un niño, lo pone en medio, lo abraza e indica «quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a mi y quien me recibe a mi, recibe al que me envió» De este modo nos hace comprender que el servicio consiste en acoger a las personas y, sobre todo, a los humildes, a los pequeños, a quienes no tienen relevancia en la sociedad. Acoger a Dios no significa encaminarse a las excelencias y los honores sino encaminarse a los humildes.

 Jesús formador

Jesús aprovecha el camino para formar a sus discípulos. En tiempo de Jesús la relación del discípulo con el maestro se definía por el seguimiento. Los discípulos siguen al maestro y viven con él, todo el tiempo. En esta convivencia con Jesús los discípulos reciben su formación, que lejos de ser la transmisión de verdades era la comunicación de la experiencia de Dios y de la vida.

La formación lleva a las personas a tener una visión distinta, una actitud diversa, una nueva conciencia de sí mismo y de la misión; produce una conversión, un cambio de mentalidad y pone a Jesús como eje, centro, modelo y referencia para la comunidad.

Jesús es una persona significativa que dejará una huella profunda en ellos. Es ejemplar en el modo en que da forma humana a la experiencia que Él mismo tenía de Dios, esta se refleja en su modo de ser y de convivir, de relacionarse con las personas, de guiar al pueblo y de escuchar a los que venían a su encuentro para hablar con Él. En su humanidad, vivida en plenitud, en su entrega en el don de si mismo Jesús se deja conocer:

  • como una persona de paz, que inspira paz y reconciliación.
  • como una persona libre y que libera, que despierta la libertad y la liberación.
  • como una persona de oración, al que vemos orar en todos los momentos importantes de su vida y que despierta en los otros las ganas de rezar.
  • como una persona afectuosa, que provoca respuestas llenas de amor.
  • como una persona acogedora, que está siempre presente en la vida de los discípulos y que los acoge a la vuelta de la misión.
  • como una persona realista y observadora, que despierta la atención de los discípulos.
  • como una persona atenta, preocupada por los discípulos, que cuida hasta de su descanso.
  • como una persona que olvida la propia fatiga y el propio descanso cuando ve que la gente lo busca.
  • como una persona amiga, que comparte todo.
  • como una persona comprensiva, que acepta a los discípulos como son, hasta en su huida, la negación, la traición, sin romper con ellos;.
  • como una persona comprometida, que defiende a sus amigos cuando son criticados por los adversarios.
  • como una persona sabia, que conoce la fragilidad del ser humano.

Si queremos seguir a Jesús tenemos que identificarnos con Él. No lo lograremos con nuestro propio esfuerzo, sino permitiéndole como Maestro que nos de forma, a pesar de nuestras incoherencias y miedos, asociándonos a su entrega en el servicio, particularmente a los más débiles y vulnerables y poniendo de nuestra parte para dar forma humana a nuestra experiencia de Dios para que en nuestros gestos más sencillos se deje sentir su presencia humanizadora y dignificante.