Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Decían que se había vuelto loco

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Tiempo Ordinario

Sábado de la II semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 20-21)

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús vuelve a la casa de Cafarnaúm. Y de inmediato se reúne una gran muchedumbre alrededor suyo, hasta el punto de impedirle incluso comer. Es siempre esa muchedumbre de necesitados por la que Jesús se conmueve y por la que no parece darse paz.

Esta escena evangélica interroga la pereza que muchas veces marca nuestra vida. ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por nuestros ritmos personales, los que responden a nuestras exigencias, posponiendo completamente la consideración sobre si los demás necesitan ayuda? No podemos ser nosotros la medida de nuestros días y de nuestras preocupaciones; máxime cuando el Señor ha puesto personas a nuestro cuidado o junto a nosotros hay pobres y enfermos, de los que podemos hacernos responsables.

Y si nuestra vida adquiere ese ritmo también nosotros escucharemos las mismas críticas que se dirigían a Jesús de parte de sus familiares: «¡Exageras! ¡No puedes pensar sólo en los demás!», y así sucesivamente. Jesús, por su bondad, conoció todo tipo de acusaciones acusaciones; pero esto no lo hizo desistir de obedecer la voluntad del Padre.

Tenía doce años cuando, incluso a María y José, que lo buscaban preocupados, les respondió: «¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi padre?». Sus parientes llegan incluso a decir que está «fuera de sí», que está loco, y tratan de llevárselo para devolverlo a la normalidad, a la monotonía de la indiferencia. Sin embargo, el Evangelio es como un fuego que quema y que mueve. Es la fuerza del amor que lleva siempre a «salir» de nosotros mismos, de nuestro pequeño horizonte para acoger el de Dios.

Quienes se ven confrontados por las palabras y las acciones de Jesús buscan desacreditarlo para restarle credibilidad. Es la lógica perversa que se activa cuando a una persona que da testimonio de la verdad y de la justicia se le quiere neutralizar: destruir su fama para que nadie crea en ella. A los oídos de los parientes de Jesús llegó el ruso ¡está loco!; no sabemos si lo creyeron o no, el caso es que van a buscarlo, como para constatar lo que se decía y hacerse cargo de él. Si nos ponemos en el lugar de Jesús y nos encontráramos en la situación de que no tener credibilidad ni con nuestros propios familiares por rumores que buscan desacreditarnos, seguramente experimentaríamos tristeza y pena. A pesar de ello, el Señor no desiste y continúa con su misión.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 68-69.

Llamó a los que él quiso, y ellos lo siguieron

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Tiempo Ordinario

Viernes  de la II semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 13-19)

En aquel tiempo, Jesús subió al monte, llamó a los que él quiso, y ellos lo siguieron.

Constituyó a doce para que se quedaran con él, para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios.

Constituyó entonces a los Doce: a Simón, al cual le impuso el nombre de Pedro; después, a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, a quienes dio el nombre de Boanergues, es decir “hijos del trueno”; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y a Judas Iscariote, que después lo traicionó. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de haber acogido a las multitudes a orillas del lago, Jesús se desplaza a lo alto del monte. Casi con certeza es el monte de las bienaventuranzas, puesto que inmediatamente después de la elección de los Doce, según la narración de los otros evangelistas, Jesús pronuncia el discurso de la montaña.

El monte es el lugar de la oración, el lugar del encuentro con Dios, más que el de la misión entre la gente. Y escribe Marcos que Jesús «llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él». Es él quien los escoge y los llama. Después de la adhesión a la llamada, Jesús los lleva consigo sobre el monte.

Son doce, como las doce tribus de Israel. Es claramente un acto lleno de sentido: él es el pastor de todo Israel. Por fin todo el pueblo de Dios encontraba su unidad alrededor del único pastor. Aquellos Doce están unidos a partir de Jesús que les ha llamado y les ha unido a su misma misión. Es el Señor quien les mantiene unidos como hermanos, no otro.

La razón de la comunión cristiana es sólo Jesús, ciertamente no la nacionalidad, ni intereses comunes, ni lazos de cultura o de sangre, ni una misma condición o una común pertenencia. Les une sólo el ser todos discípulos de ese único Maestro. Pero estar junto a Jesús no es para encerrarse en un grupo elitista y preocupado de su propia vida. Jesús los «instituyó», es decir, los estableció en la unidad no para que permaneciesen entre ellos sino para «enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios». Es lo que Jesús mismo hacía: predicar el reino de Dios y expulsar demonios.

La Iglesia, fundada sobre los Doce, está llamada a continuar a lo largo de los siglos y en el mundo entero esta misma obra. La comunidad cristiana no es un pueblo anónimo, compuesto de personas sin vínculos entre ellas. El Señor ha llamado a los Doce por su nombre, uno a uno. Así nació esta primera comunidad de los Doce. Y del mismo modo sigue naciendo todavía hoy toda comunidad cristiana.

En la comunidad cristiana, cada uno tiene su nombre, su historia, y a cada uno se le ha confiado la misión de anunciar el Evangelio y curar las enfermedades. El requisito para la misión es que el apóstol debe ante todo «estar con Jesús». Se podría decir que el apóstol es ante todo discípulo, es decir, alguien que está con Jesús, que le escucha, que le sigue.

El estrecho vínculo con la vida y las palabras de Jesús son la base de la misión. Si están con Jesús irán con él en medio de las multitudes y continuarán su misma obra de predicación y de curación. No es casualidad que, según narra el evangelista Juan, Jesús les dirá: «Separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5). Es Jesús quien actúa a través de su Iglesia. Y esta debe modelarse cada vez más de acuerdo a su Señor.

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 67-68.

Era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo

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Jesús en la barca
Tiempo Ordinario

Jueves de la II semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 7-12)

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, seguido por una muchedumbre de galileos. Una gran multitud, procedente de Judea y Jerusalén, de Idumea y Transjordania y de la parte de Tiro y Sidón, habiendo tenido noticias de lo que Jesús hacía, se trasladó a donde él estaba.

Entonces rogó Jesús a sus discípulos que le consiguieran una barca para subir en ella, porque era tanta la multitud, que estaba a punto de aplastarlo. En efecto, Jesús había curado a muchos, de manera que todos los que padecían algún mal, se le echaban encima para tocarlo. Cuando los poseídos por espíritus inmundos lo veían, se echaban a sus pies y gritaban: “Tú eres el Hijo de Dios”. Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto se abre con uno de los llamados «resúmenes», esto es, una síntesis de muchos hechos. Estas conexiones son importantes porque el autor nos revela en ellas sus intenciones teológicas y nos ofrece la clave interpretativa del relato.

En este resumen vemos a una gran multitud que acude a Jesús. Éste se retira con los discípulos junto al mar. La multitud se le echa encima hasta el punto de poner en peligro la incolumidad de Jesús, lo que le obliga a pedir a los discípulos que pongan a su disposición una barca para liberarse del asalto del gentío.

Se trata de enfermos de todo tipo que se le echan literalmente encima, casi para arrancarle, tocándole, una energía benéfica y sanadora.

La fama de las curaciones que había realizado se había difundido rápidamente por las regiones que Marcos enumera al comienzo del relato. Es el mejor momento para que los espíritus inmundos pongan en escena una gran propaganda sobre Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios», proclaman.

Es la verdad, pero anunciada de una manera que la hace vana. En efecto, Satanás quiere anticipar: la gloria de Jesús para hacerle evitar la cruz, que es lo único que la hace verdadera.

También Pedro, más tarde y por una amistad mal entendida, intentará ahorrar al Maestro la prueba suprema y recibirá una dura reprimenda. de Jesús: «¡Aléjate de mí, Satanás!» (cf. 8,31-33).

También cuando nosotros intentamos huir de la cruz servimos de obstáculo a la realización del designio divino de salvación. Ahora bien, Jesús quiere ser fiel al Padre, que le llama a convertirse en el Siervo de YHWH; por eso resiste con firmeza a los que le tientan y les impide manifestar su identidad. Y es que todo conocimiento de Jesús sin amor a la cruz se vuelve una mentira tergiversadora.

[1] G.Zevini– P.G.Cabra,Lectio divina para cada día del año. 9., 89.