«Si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto» dice Jesús. Para él no bastaba venir a la tierra, aunque esto ya mostraba su increíble amor por los hombres; quería donar toda su vida hasta el final. No es que Jesús buscase la muerte; al contrario, tenía miedo de morir. En la Carta a los Hebreos, que leemos como segunda lectura, está escrito que Cristo, «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente». Sin embargo -y aquí está el gran misterio de la cruz- la obediencia al Evangelio y el amor por los hombres fueron para Jesús más preciosos que su propia vida.
No había venido a la tierra para «quedar infecundo», sino para dar «mucho fruto». Y el camino para dar fruto lo indica con las siguientes palabras: «El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna». Es una frase que parece incomprensible, y en ciertos aspectos lo es porque resulta totalmente ajena al sentir común. Todos amamos conservar la vida, custodiarla, preservarla.
2 noviembre 2025. Textos bíblicos y mensaje en la conmemoración de todos los fieles difuntos.