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Comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea

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Jua Bautista

Adviento

Domingo de la II semana

Ciclo A

Textos

† Del santo Evangelio según san Mateo (3, 1-12)

En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca”.

Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.

Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre.

Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.

Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: “Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham.

Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias.

El los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego.

El tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja.

Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1] 

El evangelio de este Domingo nos prepara a la venida del Señor con una invitación, clara, fuerte y precisa a la conversión. Nuestro pedagogo es Juan el Bautista, profeta del desierto, mensajero de la conversión. El texto que consideramos nos describe el perfil de este gran predicador que anuncia en el desierto un cambio de vida para superar el juicio de Dios

En el momento en que va a comenzar la predicación de Jesús aparece una personalidad nueva y desconocida; su entrada en la escena coincide con una nueva época de la historia que coincide con el tiempo final, el tiempo del Mesías. Lo que caracteriza a Juan es su predicación; viene a despertar la conciencias para abrir lo ojos a la obra que Dios está haciendo y conseguir que esta obra sea adecuadamente recibida por corazones bien dispuestos.

El relato está estructurado en forma organizada y didáctica; nos dice en dónde aparece Juan, nos narra su vida y presenta su predicación. Saquemos el mayor provecho de la contemplación del evangelio deteniéndonos en el escenario, en el mensajero y en el mensaje.

El escenario: El desierto

«En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea». El desierto es el lugar de un silencio envolvente, propicio para la escucha. En sintonía con el profeta Oseas (cf. 2,16) se le puede considerar como el lugar -geográfico y simbólico- al que se regresa para enamorarse de nuevo con Dios.

El “desierto de Judea” era una extensión amplia de terreno, que desciende vertiginosamente desde el costado oriental de Jerusalén hasta las cercanías del profundo valle del Jordán, descansando en la ribera occidental del Mar Muerto. Desde allí se extiende hacia el norte y hacia el sur, también con accidentada geografía, siempre pedregoso en sus montículos y con numerosos acantilados hondos en las monumentales rocas. Su erosionado suelo provoca un paisaje de apariencia grisácea, dando sensación de desolación.

Este desierto había sido refugio ideal en tiempos de guerra. ¿Por qué Juan predica allí, donde no hay casi nadie? ¿Por qué allí si lo que predica es un encuentro con Dios y no una fuga? El desierto es el lugar de la “escucha” donde se atienden, lejanas de toda distracción, las directivas de Dios. Para Israel el desierto fue con frecuencia un punto de referencia que apuntaba a sus orígenes y por eso, al tenor de la profecía de Oseas, el espacio geográfico-espiritual al cual se regresa para retomar el proyecto con la fuerza del amor primero

Para Mateo el término «desierto» tiene un matiz de «desolación»; sin embargo, el desierto como referente bíblico-histórico parece ser esencial; aún en la misma mentalidad popular el significado del lugar necesitaba ser aclarado desde una clave bíblica. El mismo Mateo da la clave. La referencia que hace a Isaías nos permite encontrar una nota de esperanza al evocar la peregrinación del Pueblo que vuelve del exilio, la acción poderosa de Dios que realiza el éxodo y el pueblo que regresa purificado y dispuesto a construir una sociedad nueva.

El personaje: Un profeta llamado Juan

Juan es presentado como un personaje del desierto. Lleva una vida austera. Su manera de vestir : «usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero» recuerda a Elías (cf. 1 Re 1,8) cuya indumentaria se convirtió en el ‘uniforme’ de los profetas (cf.  Zac 13,4). Vivía de lo estrictamente necesario, «se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre».

Este dato su estilo de vida personal: el vivir de lo estrictamente necesario proclama en primera persona que el predicador ha puesto su corazón en un valor mayor y que está dedicado completamente a la causa de Dios: vive abandonado a su providencia y en función del valor mayor lo relativiza todo de manera que nada lo aparte de su voluntad. Así de fuerte e intensa es la relación que sostiene con Dios.

El pueblo busca a Juan; su predicación alcanza un amplio radio. La gente que lo escucha está cansada, sabe que algo anda mal, que la forma como funcionan las cosas no ofrece la vida que quisieran, ni corresponde a lo que está llamados a ser como pueblo de la Alianza; se cometen muchas injusticias y son muchos los que participan de ellas. La voz de Juan les devuelve la esperanza, les recuerda su vocación y quieren recomenzar, recorrer un nuevo camino para vivir según la justicia de Dios, por eso le siguen.

La gente se hacía bautizar y confesaba sus pecados. Esta actitud –un gesto público- denota su sinceridad y la rectitud de su intención. No buscaban sólo la pureza legal, simbolizada ritualmente, sino la pureza moral. Este bautismo que era un parteaguas en su vida, funcionaría sólo si daban frutos de conversión.

El mensaje: Conviértanse, el Reino está cerca

El mensaje de Juan pretendía despertar las conciencias, abrir los ojos para que todos vieran la obra que Dios hacía y ésta fuera recibida adecuadamente por los hombres y mujeres de corazón bien dispuesto. El imperativo es «¡Conviértanse!». Se trata de tomar distancia de todo lo que impide experimentar la cercanía de Dios, su amor y su misericordia. La motivación es clara: «el Reino de los cielos está cerca». La conversión es para caminar en dirección al Reino. El Señor viene, cumple su promesa de salvación y ésta tiene exigencias para quienes quieren acogerla.

El tema final de la predicación de Juan es la venida de Jesús. Esto lo deja claro en la advertencia que hace a los fariseos y a los saduceos que querían recibir el bautismo pero se mostraban renuentes a un verdadero cambio; se sentían privilegiados por ser descendientes de Abraham. Sin embargo, la conversión que Juan predica no tiene excepciones, no admite aplazamiento, ni fingimiento; implica un juicio y éste es inminente. A los que quieren el bautismo pero no quieren cambiar Juan les llama «raza de víboras» los considera hipócritas, falsos, son gente que hace daño –envenenan- y este daño es irreparable.

La única manera de recibir a Dios que viene es la conversión sincera y esta debe constatarse: «hagan ver con obras su arrepentimiento» No se trata sólo de superar conductas pecaminosas, sino reconocer radicalmente a Dios orientando a Él la vida para que ésta exprese lo ‘nuevo’, lo que Él quiere que hagamos. La conversión no consiste en cambiar ‘algunas’ cosas que incomodan, consiste en un movimiento interno para poner la propia existencia en sintonía con Dios.

Juan como profeta no sólo remueve las conciencias con sus denuncias sino que también anuncia lo nuevo que está a punto de venir. Lo hace confrontando el bautismo con agua que él administra con el bautismo con Fuego y Espíritu Santo que administrará el Señor. Juan es sólo el precursor.

El Bautista presenta de manera severa la intervención de Dios. Su predicación se propone pedagógicamente en el Adviento, invitándonos a disponernos interiormente, porque el Señor está cerca y lo recibirán sólo quienes sean dóciles a Él y no quienes busquen únicamente su propia satisfacción o quieran llevar adelante sólo sus proyectos.

La conversión no se reduce ritos religiosos. Hay muchas personas que asisten a Misa y nada acontece en ellos, les da lo mismo, siguen igual. La conversión implica una transformación profunda de la persona, pasar de la rebeldía con Dios, abierta o disimulada, a una obediencia sincera a Él en todas las cosas.

Esta conversión se nos hace difícil en la medida que estamos apegados a nuestra voluntad, a nuestro amor propio y y con habilidad escondemos estas actitudes bajo apariencias de bondad.  No tengamos miedo. Jesús no se manifestó como juez terrible sino como hermano mayor, hijo de un Padre misericordioso. La conversión a la que se nos invita en este Adviento nos pide disponernos interiormente para participar en la novedad definitiva: la tremenda cercanía de Dios, que nos ama con misericordia infinita.

 

[1] Cf. F. Oñoro. Juan Bautista en el Desierto. La voz del profeta de los nuevos tiempos. Mateo 3, 1-12. CELAM/CEBIPAL.

Enderezar lo torcido

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segundo-domingo-adviento-20161

II Domingo de Adviento- Ciclo C

Texto

+ Del evangelio según san Lucas (3, 1-6)

En el año décimo quinto del reinado de César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide; y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías: Ha resonado una voz en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios.  Palabra del Señor.

 

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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En el II Domingo de Adviento, damos un paso más en nuestro itinerario espiritual de preparación para la Navidad. Este Domingo y el próximo Juan el Bautista es nuestro pedagogo.

Hoy lo contemplamos ubicado en un escenario histórico complejo desde el que nos invita a la esperanza, la próxima semana lo contemplaremos como profeta que nos llama a la conversión.

El evangelio de hoy se ocupa de ubicar al precursor del Mesías en el escenario de la historia y en este mismo hecho, estableciendo claros contrastes, nos comunica un mensaje sobre el modo de intervención de Dios en la historia humana.

El texto que contemplamos procede en tres momentos: el marco histórico, la vocación del profeta y la presentación sintética de la misión profética de Juan.

Marco histórico

El evangelista contextualiza el ministerio de Juan y lo ubica en referencia a quienes detentan el poder político y religioso y que con sus intervenciones incidirían en el destino del profeta. Los personajes y fechas que se mencionan, no son una nota erudita o ilustrativa, con ellos Lucas nos da un mensaje: la acción de Dios acontece en la historia, no es un mito ni una fantasía, es un acontecimiento histórico.

El ministerio de Juan se ubica así en un contexto político y religioso. En lo político se trata del mundo dominado por el imperio romano. Tiberio es el emperador, continuador de la obra de César Augusto, famoso por su política de «pax romana» es decir, impuesta por la fuerza. El lugar es Palestina, dividida, después del reinado de Herodes el Grande, en cuatro territorios, cada uno con su gobernador. En lo religioso la referencia son la autoridades judías, en concreto los sumos sacerdotes Anás y Caifás, personajes que después pedirán la condena de muerte para Jesús.

Los personajes políticos y religiosos que se mencionan tienen que ver directa o indirectamente con el ministerio del Bautista y con el de Jesús de quien aquél es precursor. Hay un fuerte contraste entre la violencia que se ejerce desde quien tiene el poder y la humildad y mansedumbre de quien habla en el nombre de Dios.

Esta contextualización nos ofrece un doble mensaje. Dios interviene en la historia. No se manifiesta en los palacios, ni en quienes ,engolosinados con el poder, se legitiman con el uso de la violencia. Se manifiesta en el desierto y en la vida de quienes están atentos a escuchar su Palabra y dispuestos a acogerla.

La fuerza de Dios, manifestada en la sencillez y debilidad derriba la pretensión absoluta de los autosuficientes que confían en su capacidad de someter violentamente a los débiles.

La vocación del profeta

En la circunstancia descrita: «Fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». La voz profética resonará de nuevo a través de un hombre, escogido para esta tarea, lleno del Espíritu de Dios desde el vientre de su madre. La palabra que predicará no es suya, hablará en nombre de Dios.

El desierto hace pensar en el Éxodo, en el camino de Israel buscando la tierra prometida; es lugar de aridez, soledad, anonimato, miedo, carencia, desesperación, de cercanía con la muerte. Allí es donde Dios habla, seduce, enamora, convence y se compromete en alianza de fidelidad eterna.

En esos pequeños detalles descubrimos también un profundo mensaje. Nadie puede hablar en nombre de Dios si Dios no le ha dirigido su Palabra, y ésta sólo se escucha cuando se tiene el corazón dispuesto, en capacidad de escucha, cuando hay silencio o cuando en las situaciones límites de la existencia no se espera ya nada de nadie sino sólo de Él.

La misión del profeta

Juan proclama el querer de Dios. Lo que él enseña vincula a quien escucha. Lo que él dice no puede ser despreciado por quien tiene sed de Dios y en Él espera. Por ello Juan llama a «un bautismo de conversión para perdón de los pecados». Quienes acogen este llamado «verán la salvación de Dios» porque sólo quien se prepara para la venida del Señor puede “ver” su salvación.

El llamado de Juan es universal, no se limita a unos cuantos, todos pueden prepararse para recibir al Señor que viene y en ese sentido «todos» verán su salvación.

El precursor prepara el camino de Jesús predicando la conversión. Es «Voz que clama en el desierto». Donde el silencio impera, donde nada se escucha, sea el corazón de una persona, sean nuestros ambientes o nuestras comunidades, lo primero que debe escucharse es la Voz dejando lugar a la Palabra. Esto es necesario para remover todos los obstáculos que impiden recorrer el camino del encuentro: los barrancos, los montes y colinas. Los caminos deben enderezarse, nuestros pasos deben dirigirse a Dios directamente y no por atajos engañosos y tortuosos.

Es necesario salir de encierro en la propia soledad, dejar el estancamiento, dejar espacio para Dios que viene a liberarnos de nuestros egoísmos, recuperar la capacidad de soñar en una humanidad que vive en justicia y fraternidad. Quien camina por el desierto lo hace con temor, mil amenazas lo acechan haciendo peligrar su vida. Lo mismo sucede con el pecado que aísla, saca a Dios de la vida y encierra en el propio ego.

El punto de partida es reconocer la necesidad, recuperar la confianza en que es posible transformar el desierto, hacerlo florecer. Eso es alentar la conversión, como lo hace el Bautista. Hacer surgir la esperanza. Convertirse no es flagelarse, torturarse sino dejar que en nosotros se realice la creación de Dios invitándonos a vivir en armonía con Él y con las demás creaturas.

Transformar nuestro desierto supone remover, aunque nos duela, lo que hacemos siempre, por inercia, casi por costumbre pero que nos hace infelices porque nos aleja de nuestra vocación original -nuestro yo más profundo-. Cuando somos capaces de hacerlo el resultado es la felicidad inmensa de descubrir nuevos y fecundos horizontes. No se puede renovar el amor primero si no se acepta el reto de remover lo que lo ha envejecido y hecho rutinario.

 

 

Preparen el camino del Señor… (Lucas 3,1-6)

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voz que-clama_en_el_desiertoCelebramos el II Domingo de Adviento. Damos un paso más en nuestro itinerario espiritual de preparación para la Navidad. En este tiempo de Gracia se nos proponen como compañeros de camino los profetas, particularmente Isaías, Juan el Bautista y María.

Este Domingo y el próximo Juan el Bautista es nuestro pedagogo. Hoy lo contemplamos ubicado en un escenario histórico complejo desde el que nos invita a la esperanza, la próxima semana lo contemplaremos como profeta que nos llama a la conversión.

El evangelio de hoy se ocupa de ubicar al precursor del Mesías en el escenario de la historia y en este mismo hecho, estableciendo claros contrastes, nos comunica un mensaje sobre el modo de intervención de Dios en la historia humana.

El texto que contemplamos procede en tres momentos: el marco histórico, la vocación del profeta y la presentación sintética de la misión profética de Juan.

Marco histórico

El evangelista contextualiza el ministerio de Juan y lo ubica en referencia a quienes detentan el poder político y religioso y que con sus intervenciones incidirían en el destino del profeta. Los personajes y fechas que se mencionan, no son una nota erudita o ilustrativa, con ellos Lucas nos da un mensaje: la acción de Dios acontece en la historia, no es un mito ni una fantasía, es un acontecimiento histórico.

El ministerio de Juan se ubica así en un contexto político y religioso. En lo político se trata del mundo dominado por el imperio romano. Tiberio es el emperador, continuador de la obra de César Augusto, famoso por su política de «pax romana» es decir, impuesta por la fuerza. El lugar es Palestina, dividida, después del reinado de Herodes el Grande, en cuatro territorios, cada uno con su gobernador. En lo religioso la referencia son la autoridades judías, en concreto los sumos sacerdotes Anás y Caifás, personajes que después pedirán la condena de muerte para Jesús.

Los personajes políticos y religiosos que se mencionan tienen que ver directa o indirectamente con el ministerio del Bautista y con el de Jesús de quien aquél es precursor. Hay un fuerte contraste entre la violencia que se ejerce desde quien tiene el poder y la humildad y mansedumbre de quien habla en el nombre de Dios.2 Adviento - a

Esta contextualización nos ofrece un doble mensaje. Dios interviene en la historia. No se manifiesta en los palacios, ni en quienes engolosinados con el poder lse legitiman con el uso de la violencia. Se manifiesta en el desierto y en el ministerio de quienes están atentos a escuchar su Palabra y dispuestos a acogerla.

La fuerza de Dios, manifestada en la sencillez y debilidad derriba la pretensión absoluta de los autosuficientes que confían en su capacidad de someter violentamente a los débiles.

La vocación del profeta

En la circunstancia descrita: «Fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». La voz profética resonará de nuevo a través de un hombre, escogido para esta tarea, lleno del Espíritu de Dios desde el vientre de su madre. La palabra que predicará no es suya, hablará en nombre de Dios.

El desierto hace pensar en el Éxodo, en el camino de Israel buscando la tierra prometida; es lugar de aridez, soledad, anonimato, miedo, carencia, desesperación, de cercanía con la muerte. Allí es donde Dios habla, seduce, enamora, convence y se compromete en alianza de fidelidad eterna.

En esos pequeños detalles descubrimos también un profundo mensaje. Nadie puede hablar en nombre de Dios si Dios no le ha dirigido su Palabra, y ésta sólo se escucha cuando se tiene el corazón dispuesto, en capacidad de escucha, cuando hay silencio o cuando en las situaciones límites de la existencia no se espera ya nada de nadie sino sólo de Él.

La misión del profeta

Juan proclama el querer de Dios. Lo que él enseña vincula a quien escucha. Lo que él dice no puede ser despreciado por quien tiene sed de Dios y en Él espera. Por ello Juan llama a «un bautismo de conversión para perdón de los pecados». Quienes acogen este llamado «verán la salvación de Dios» porque sólo quien se prepara para la venida del Señor puede “ver” su salvación. El llamado de Juan es universal, no se limita a unos cuantos, todos pueden prepararse para recibir al Señor que viene y en ese sentido «todos» verán su salvación.

El precursor prepara el camino de Jesús predicando la conversión. Es «Voz que clama en el desierto». Donde el silencio impera, donde nada se escucha, sea el corazón de una persona, sean nuestros ambientes o nuestras comunidades, lo primero que debe escucharse es la Voz dejando lugar a la Palabra. Esto es necesario para remover todos los obstáculos que impiden recorrer el camino del encuentro: los barrancos, los montes y colinas. Los caminos deben enderezarse, nuestros pasos deben dirigirse a Dios directamente y no por atajos engañosos y tortuosos.

Es necesario salir de encierro en la propia soledad, dejar el estancamiento, dejar espacio para Dios que viene a liberarnos de nuestros egoísmos, recuperar la capacidad de soñar en una humanidad que vive en justicia y fraternidad. Quien camina por el desierto lo hace con temor, mil amenazas lo acechan haciendo peligrar su vida. Lo mismo sucede con el pecado que aísla, saca a Dios de la vida y encierra en el propio ego.

2 AdvientoEl punto de partida es reconocer la necesidad, recuperar la confianza en que es posible transformar el desierto, hacerlo florecer. Eso es alentar la conversión, como lo hace el Bautista. Hacer surgir la esperanza. Convertirse no es flagelarse, torturarse sino dejar que en nosotros se realice la creación de Dios invitándonos a vivir en armonía con Él y con las demás creaturas.

Transformar nuestro desierto supone remover, aunque nos duela, lo que hacemos siempre, por inercia, casi por costumbre pero que nos hace infelices porque nos aleja de nuestra vocación original. Cuando somos capaces de hacerlo el resultado es la felicidad inmensa de descubrir nuevos y fecundos horizontes. No se puede renovar el amor primero si no se acepta el reto de remover lo que lo ha envejecido y hecho rutinario.