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Subamos al monte del Señor… para que él nos instruya en sus caminos

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Adviento

Lunes de la I Semana

Textos

Primera Lectura

Lectura del libro del profeta Isaías (2, 1-5)

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén: En días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas, y hacia él confluirán todas las naciones.

Acudirán pueblos numerosos, que dirán: “Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”.

El será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra.

¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor. Palabra de Dios.

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Mensaje[1]

La invitación del Adviento es dedicar un poco mas de tiempo a la escucha de la palabra de Dios para que “él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas”.

Durante el Adviento, en la liturgia, la voz del profeta Isaías (s. VIII a. C) se deja oír para remover las conciencias; quiere darnos una nueva visión del proyecto de Dios en el mundo. Sus profecías nos llevarán de la mano en este itinerario espiritual para recorrer el camino que va de la oscuridad a la luz, es decir, de los miedos, sufrimientos y angustias que causa el mal en la humanidad al anuncio gozoso de la obra que Dios realiza en la historia con la llegada de su Mesías.

En el momento que vivimos uno de los más grande anhelos de la humanidad es la salud y la paz. Nuestro mundo está enfermo y es conflictivo. Sobre la oscuridad de una pandemia, de la guerra, la división, la violencia, la destrucción de la vida humana y del medio ambiente, la voz del profeta ofrece un horizonte de esperanza: «¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor»

Veamos algunos aspectos relevantes de la profecía de Isaías que leemos hoy:

PRIMERO. La humanidad es convocada para pensar su historia desde otro punto de vista. La profecía de Isaías inicia con una hermosa imagen: un monte firme, que domina todo el paisaje, al que concurren procesionalmente ríos de gente que lo escalan por todos sus costados.

Los peregrinos no son sólo israelitas, sino la humanidad entera: «hacia él confluirán todas las naciones».

El punto de convergencia de la humanidad peregrina es el monte Sion, coronado por el Templo del Señor. Desde el monte, altura geográfica y espiritual, se ve el mundo con los ojos de Dios y no con desde los intereses egoístas humanos.

SEGUNDO. Los peregrinos cantan su deseo de aprender la Palabra de Dios. Descrito el paisaje, el profeta poeta nos ofrece un canto con el que los peregrinos se animan unos a otros a caminar, a subir el monte santo: «Vengan, subamos al monte del Señor».

La frase expresa el propósito de la peregrinación, la atracción irresistible que ejerce sobre ellos el monte del Señor. La subida es impulsada por el deseo de ser educados por Dios, iniciar una nueva vida según sus criterios, escuchando y viviendo su palabra: «para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas».

TERCERO. Las diferencias se diluyen en un proyecto común de fraternidad. El efecto de aprender la Palabra de Dios es que los distintos pueblos dejan sus diferencias y se transforman en un solo pueblo reconciliado.

Hay un doble movimiento: La atracción hacia Dios, expresada en la subida al monte santo, se transforma en irradiación hacia el mundo. La gente que baja ha vivido un cambio que se proyecta en la vida y se reconoce como perteneciente a un solo pueblo:

  • Por la experiencia de Dios, vivida en la obediencia a su palabra y no por la soberbia humana que excluye a Dios del proyecto de la vida,
  • Por la comprensión entre si y no por la fragmentación de lo que defienden sus propios proyectos e intereses.
  • Por el crecimiento de todos por igual y no por la competencia que genera dominaciones.

En el monte, todos se vuelven comunidad. La historia es camino hacia la plenitud de la vida que supera las contradicciones históricas del exterminio de los adversarios; es el camino de una humanidad que trabaja solidariamente para generar las condiciones necesarias para su bienestar.

Este pueblo unido por la experiencia de la Palabra camina, realizando una gran peregrinación, que le hace ascender, no geográfica sino espiritualmente. Delante de Dios se hacen alianzas, pues se encuentran motivos de entendimiento y para generar proyectos comunitarios que promueven la vida y el crecimiento de todos. La justicia de Dios genera paz.

El profeta lo describe con dos imágenes poderosas:

«De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas» Los instrumentos de exterminio y de muerte se transforman en instrumento de trabajo comunitario agrícola, es decir, para generar el alimento que sostiene la vida y genera la comunión familiar.

«Ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra». Se llega a la decisión de nos destruirse más entre ellos mismos, ni dar espacio a los campos de entrenamiento militar.

Este es el nuevo pueblo de Dios, proyectado ya desde el Antiguo Testamento. Un pueblo que no camina a la luz de intereses egoístas que generan toda clase de confrontaciones, sino a la luz del proyecto de Dios que es el de la comunidad que se construye en la fraternidad.

La profecía se realiza en Jesús.

En torno a Jesús y a su Palabra es posible la comunidad que se construye a la luz del proyecto de Dios.

El evangelio de hoy nos presenta al centurión romano que busca a Jesús. Es el paso firme de un extranjero que empieza a subir el monte de la justicia y de la paz. Es un soldado, viene de lejos, ha hecho el juego de la guerra pues esta al servicio del sometimiento imperial de los pueblos, mediante la opresión.

El centurión es un peregrino que viene en busca de la Palabra de Jesús que sana. Frente a Jesús, se supera la diferencia entre patrón y criado. Con el paso de la fe su peregrinación lo lleva a ubicarse en el corazón del Reino de los Cielos que irrumpe en la persona y en el ministerio de Jesús.


[1] Oñoro F., Un pueblo congregado que inaugura un nuevo tiempo, CEBIPAL/CELAM.

Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano

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centurión 2

Adviento

Lunes de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 5-11)

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico y sufre mucho”. El le contestó: “Voy a curarlo”.

Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano.

Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande.

Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez
Voz: Marco Antonio Fernández Reyes

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Mensaje[1]

En el evangelio contemplamos el encuentro de Jesús con el centurión romano en Cafarnaúm. Quien pide la ayuda de Jesús es un soldado extranjero, pagano, representante del poder imperial que se ha enseñoreado sobre el pueblo de Israel; en pocas palabras, es una persona impura. Ante Jesús este hombre no se presenta como un guerrero, su arma no es la espada sino la fe y la compasión; se presenta expresando un profundo sentido de indignidad y reconociendo que el poder de la Palabra de Dios, manifestado en Jesús, no tiene fronteras. Así como el experimenta la eficacia de sus órdenes con sus subalternos, con mayor razón será eficaz la palabra de Jesús para sanar a su siervo enfermo.

Este centurión que deja su casa para ir hasta Jesús e invocar la curación es un hombre del Adviento, un hombre que no se resigna a la enfermedad de su criado. Es una invitación también para nosotros a que nos dirijamos al Señor, para que intervenga y traiga curación y salvación.

El centurión tenía todos los motivos para quedarse encerrado en la resignación. No sólo no participa de la fe de Israel, sino que es también un ocupante militar. Todas estas razones deberían impedirle dirigirse a un Maestro judío para pedirle ayuda. Sin embargo, está preocupado por su criado que se encuentra mal. Esta preocupación le empuja a salir para acudir donde Jesús. Intuye que es suficiente con poner un poco de su corazón en esas manos buenas y será escuchado.

Jesús lee en el corazón del centurión y, con la generosidad de quien sabe conmoverse, va más allá de su petición y le responde que irá a su casa para curar al criado. Ante aquel profeta que viene de Dios, ese centurión comprende de inmediato su pobreza y pequeñez. Y replica a Jesús que no es digno de que vaya a su casa. Sabía que para los judíos entrar en casa de un pagano podía constituir una contaminación. Siente vergüenza ante un hombre tan bueno y no quiere ponerle en apuros. Sin embargo, no duda de la bondad de Jesús y muestra su fe en la fuerza de la palabra que, cuando se pronuncia con la autoridad del corazón, se vuelve eficaz. Y he aquí que pronuncia esas espléndidas palabras que la liturgia -haciendo suyo el estupor de Jesús- sigue poniendo en nuestros labios: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano». Jesús elogia su fe extraordinaria. Es un pagano, pero tiene una fe grande.

En efecto, la fe no es pertenencia a un grupo, sino adhesión del corazón a Jesús. Y ese centurión escucha que le dice: «Ve; que sea como has creído». Se podría decir que el Señor se ha doblegado ante su fe. Y el criado enfermo se curó «en aquella hora», señala el evangelista, mostrando los efectos inmediatos de la fuerza de la palabra de Jesús. En realidad también se ha curado aquel centurión: en el encuentro con Jesús ha descubierto que es indigno, pero ha encontrado a quien le comprende en profundidad. El centurión está hoy delante de nosotros para indicarnos cómo ir al encuentro del Señor que está por venir.

El adviento abre el horizonte de la salvación a todos; nadie está excluido y ninguna circunstancia es excepción. Aprovechar esta oportunidad salvífica nos pide ponernos en camino, desinstalarnos, salir de la modorra espiritual, dejar el miedo, la cobardía y bajar la guardia para acercarnos a Jesús, como lo hizo el centurión romano, para interceder por otros y por nosotros mismos, convencidos que una Palabra suya basta para hacer nueva nuestra historia y la de la humanidad.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 14-15