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Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano

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Adviento

Lunes de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (8, 5-11)

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un oficial romano y le dijo: “Señor, tengo en mi casa un criado que está en cama, paralítico y sufre mucho”. El le contestó: “Voy a curarlo”.

Pero el oficial le replicó: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano.

Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”.

Al oír aquellas palabras, se admiró Jesús y dijo a los que lo seguían: “Yo les aseguro que en ningún israelita he hallado una fe tan grande.

Les aseguro que muchos vendrán de oriente y de occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez
Voz: Marco Antonio Fernández Reyes

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Mensaje[1]

En el evangelio contemplamos el encuentro de Jesús con el centurión romano en Cafarnaúm. Quien pide la ayuda de Jesús es un soldado extranjero, pagano, representante del poder imperial que se ha enseñoreado sobre el pueblo de Israel; en pocas palabras, es una persona impura. Ante Jesús este hombre no se presenta como un guerrero, su arma no es la espada sino la fe y la compasión; se presenta expresando un profundo sentido de indignidad y reconociendo que el poder de la Palabra de Dios, manifestado en Jesús, no tiene fronteras. Así como el experimenta la eficacia de sus órdenes con sus subalternos, con mayor razón será eficaz la palabra de Jesús para sanar a su siervo enfermo.

Este centurión que deja su casa para ir hasta Jesús e invocar la curación es un hombre del Adviento, un hombre que no se resigna a la enfermedad de su criado. Es una invitación también para nosotros a que nos dirijamos al Señor, para que intervenga y traiga curación y salvación.

El centurión tenía todos los motivos para quedarse encerrado en la resignación. No sólo no participa de la fe de Israel, sino que es también un ocupante militar. Todas estas razones deberían impedirle dirigirse a un Maestro judío para pedirle ayuda. Sin embargo, está preocupado por su criado que se encuentra mal. Esta preocupación le empuja a salir para acudir donde Jesús. Intuye que es suficiente con poner un poco de su corazón en esas manos buenas y será escuchado.

Jesús lee en el corazón del centurión y, con la generosidad de quien sabe conmoverse, va más allá de su petición y le responde que irá a su casa para curar al criado. Ante aquel profeta que viene de Dios, ese centurión comprende de inmediato su pobreza y pequeñez. Y replica a Jesús que no es digno de que vaya a su casa. Sabía que para los judíos entrar en casa de un pagano podía constituir una contaminación. Siente vergüenza ante un hombre tan bueno y no quiere ponerle en apuros. Sin embargo, no duda de la bondad de Jesús y muestra su fe en la fuerza de la palabra que, cuando se pronuncia con la autoridad del corazón, se vuelve eficaz. Y he aquí que pronuncia esas espléndidas palabras que la liturgia -haciendo suyo el estupor de Jesús- sigue poniendo en nuestros labios: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa; con que digas una sola palabra, mi criado quedará sano». Jesús elogia su fe extraordinaria. Es un pagano, pero tiene una fe grande.

En efecto, la fe no es pertenencia a un grupo, sino adhesión del corazón a Jesús. Y ese centurión escucha que le dice: «Ve; que sea como has creído». Se podría decir que el Señor se ha doblegado ante su fe. Y el criado enfermo se curó «en aquella hora», señala el evangelista, mostrando los efectos inmediatos de la fuerza de la palabra de Jesús. En realidad también se ha curado aquel centurión: en el encuentro con Jesús ha descubierto que es indigno, pero ha encontrado a quien le comprende en profundidad. El centurión está hoy delante de nosotros para indicarnos cómo ir al encuentro del Señor que está por venir.

El adviento abre el horizonte de la salvación a todos; nadie está excluido y ninguna circunstancia es excepción. Aprovechar esta oportunidad salvífica nos pide ponernos en camino, desinstalarnos, salir de la modorra espiritual, dejar el miedo, la cobardía y bajar la guardia para acercarnos a Jesús, como lo hizo el centurión romano, para interceder por otros y por nosotros mismos, convencidos que una Palabra suya basta para hacer nueva nuestra historia y la de la humanidad.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 14-15