No tengas miedo de ir a Egipto. Yo iré contigo allá, José te cerrará los ojos…
La historia sapiencial de José culmina con el abrazo del hijo al papá, es decir, el abrazo a Jacob. Las lágrimas de gozo quieren borrar los surcos que dejó el llanto angustiado de tantas otras noches. Una frase asoma a los labios mustios del anciano padre: «Ya pudo morir tranquilo, pues te he vuelto a ver y vives todavía.»
En esa frase podemos reconocer a otro anciano, esta vez del Nuevo Testamento, el viejo Simeón, que, cargando en sus brazos al Niño Jesús, dijo lo que repetimos cada noche en la oración de completas: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto la salvación…»
Ese hijo recobrado, José, o ese niño tan aguardado, Jesús, colman de tal modo la vida, que ya ni la muerte parece ni grande ni fuerte. La vida tiende hacia una meta, que a veces es relativamente clara y otras no. Ver vencida a la muerte, saber que su fuerza no venció en José, y sobre todo, que quedá tronchada para siempre por la Cruz de Cristo, hace clara la vida trae el descanso de Jacob y la sonrisa de Simeón. #fraynelson.
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