Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal?

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la II semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús entró en la sinagoga, donde había un hombre que tenía tullida una mano. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si curaba en sábado y poderlo acusar. Jesús le dijo al tullido: “Levántate y ponte allí en medio”.

Después les preguntó: “¿Qué es lo que está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?” Ellos se quedaron callados.

Entonces, mirándolos con ira y con tristeza, porque no querían entender, le dijo al hombre: “Extiende tu mano”. La extendió, y su mano quedó sana. Entonces se fueron los fariseos y comenzaron a hacer planes con los del partido de Herodes para matar a JesúsPalabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

 Es sábado y, como de costumbre, Jesús se dirige a la sinagoga para la oración. Allí encuentra a un hombre con un brazo tullido. Un escrito apócrifo de la época pone en boca de este hombre la siguiente oración: «Yo era albañil, me ganaba la vida con el trabajo de mis manos. Oh, Jesús, te ruego que me cures para que no tenga que mendigar vergonzosamente mi pan». La escena del hombre con su brazo inmovilizado hace que vengan a la mente los numerosos trabajadores que han sufrido accidentes laborales quedando marcados para toda la vida. Es una situación que requiere más atención por parte de todos, para evitar que los lugares de trabajo sean lugares de riesgo y de muerte.

En cuanto ve a este hombre tullido de su mano, Jesús se conmueve. Le sucede cada vez que encuentra a los enfermos y los débiles. Los fariseos, por el contrario, a quienes no les interesa el sufrimiento de aquel hombre, enfocan su mirada maliciosa, esperando tener motivo para acusar a Jesús, pues saben que es sábado y que el Maestro nunca permanece inerte ante el dolor de las personas.

Jesús sabe que debe cumplir la voluntad del Padre y se dirige a aquel hombre y le ordena: «Extiende la mano». Aquel hombre obedece a la palabra de Jesús y extiende su mano. Queda curado. La obediencia al Evangelio lleva siempre a la curación, hace reconquistar lo que por el pecado o por la humana fragilidad habíamos perdido. Jesús ha venido para que ningún hombre sea más esclavo del mal, sino partícipe del nuevo horizonte de Dios que es la plenitud de vida. Aquel hombre se cura y puede volver a la vida cotidiana. La curación no se produce para permanecer prisioneros de nosotros mismos sino para ponerse al servicio de los demás, del bien común de todos. La mano es curada «para echar una mano» -como se suele decir- al necesitado.

Jesús se coloca más allá de la observancia formal del sábado, día dedicado a Dios; el ve las cosas de manera distinta y quiere hacer ver que el día considerado de Dios es propicio para que Dios irrumpa en la vida de las personas con toda su fuerza creadora. Cada vez que la misericordia y la salvación de Dios tocan la vida de los hombres se cumple el «sábado» de Dios: la fiesta del amor y de la plenitud de la vida.

El evangelio concluye haciendo notar una alianza perversa. Los Herodianos y los fariseos eran archienemigos, pues los primeros se sometían de buena voluntad al poder romano y sostenían que era justo pagar tributo a los emperadores, cosa que negaban los fariseos; sin embargo, tratándose de Jesús que hace el bien, se declaran a sí mismos sus enemigos y se confabulan con la intención de destruir a Jesús. Las alianzas entre enemigos no son rara; son perversas y sospechosas cuando eluden la reconciliación y comparten el objetivo destruir a quienes hacen el bien.

No pasan desapercibidas tampoco las distintas miradas en el texto; la de los fariseos es maliciosa, típica de quienes desconfían de si mismos y de todas las personas, obstinada en encontrar malas intenciones en las acciones más bondadosas, por eso buscan que Jesús realice algo que de pie a una acusación; Jesús no lo ignora y al ver la mala intención y el corazón endurecido de estas personas las mira con ira y tristeza, mas delante pondrá en evidencia a quienes teniendo ojos para ver no quieren ver.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 65-66.

El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado

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Tiempo Ordinario

Martes de la II semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (2, 23-28)

Un sábado Jesús iba caminando entre los sembrados, y sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le preguntaron: “¿Por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido hacer en sábado?” El les respondió: “¿No han leído acaso lo que hizo David una vez que tuvo necesidad y padecían hambre él y sus compañeros? Entró en la casa de Dios, en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes sagrados, que sólo podían comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros”. Luego añadió Jesús: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Y el Hijo del hombre también es dueño del sábado”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de la disputa sobre el ayuno, el evangelista Marcos narra otra disputa, ahora referida a la observancia del Sábado. Los fariseos ven que los discípulos de Jesús, mientras caminan por un sembrado en día de Sábado, recogen espigas para comerlas, transgrediendo así la ley del reposo prescrita para ese día. 

El pasaje paralelo de Mateo especifica la razón: los discípulos «sintieron hambre». Inmediatamente los fariseos acusan al Maestro de permitir a los discípulos transgredir la ley. Pero Jesús defiende a sus discípulos poniendo un ejemplo análogo sucedido a David, el cual, huyendo de Saúl que quería matarlo, entró en el templo y comió junto a sus compañeros el pan bendecido reservado a los sacerdotes. Y Jesús añade: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado». 

Con esta afirmación Jesús quiere mostrar lo que verdaderamente cuenta en la ley: no la observancia formal sino la salvación del hombre. El hombre y su salvación están en el corazón mismo de las Escrituras. En efecto, el Señor ha creado el mundo y ha enviado a su propio Hijo por amor del hombre, para salvarlo del pecado y de la muerte. El creyente, en consecuencia, no está llamado tanto a observar reglas como a responder al amor de Dios y a vivir con amor hacia los demás. 

Esta página evangélica manifiesta cuánto le importa a Jesús la salvación del hombre. Él ha venido a la tierra para esto, como escribe el evangelista Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». He aquí por qué el Hijo del hombre es Señor también del Sábado. Él ha venido para salvar,no para condenar. Y a cada uno de nosotros nos pide que le sigamos por este camino, el del amor que salva y demos por tanto en todo centralidad a la persona, a sus necesidades y sufrimiento, anteponiéndolas a cualquier formalidad que impida acercarles el amor de Dios.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 64-65.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos

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Tiempo Ordinario

Lunes de la II Semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (2, 18-22)

En una ocasión en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?” Jesús les contestó: “¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán. Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista habla de los discípulos del Bautista y de los fariseos, se consideraban justos y por ello se sentían autorizados para dirigirse a Jesús y pedirle explicaciones de por qué sus discípulos no practicaban el ayuno que, aun no siendo obligatorio, elevaba el espíritu. En realidad, su crítica se dirigía más al maestro que a los discípulos.

Jesús responde, a través de comparaciones, que no son las prácticas exteriores las que purifican el corazón y limpian la vida de los hombres. Es puro quien acoge al Mesías como los amigos acogen al esposo el día de su boda; obviamente, Jesús quería dar a entender que él era el esposo que estaba llegando y por ello sus amigos que le esperan no pueden ayunar; sería un gesto impropio de los amigos hacia el novio, que espera ser acogido de manera festiva y no con ayunos y penitencia.

Jesús advierte que en cualquier caso también llegarán tiempos difíciles para los amigos del novio, sobre todo cuando el novio les sea arrebatado; preanuncia así, aunque de manera velada, su pasión y su muerte. Entonces será cuando vendrán los momentos del ayuno, o mejor dicho, del sufrimiento.

Efectivamente, así ha sucedido desde el inicio hasta nuestros días, con la larga serie de discípulos que han sido perseguidos por su fe y han resistido hasta la efusión de la sangre. Con dos imágenes Jesús aclara que el espíritu del discipulado no se corresponde con la rigidez formal de las prácticas religiosas o ascéticas que no cambian el corazón.

El vestido viejo y los odres viejos son una religiosidad exterior que no cambia ni el corazón ni los comportamientos. Es el Evangelio lo que hace nuevos, no las prácticas exteriores. ¡Cuántos errores se cometen confiando la vida a la exterioridad! El Evangelio es el vino nuevo que hace nuevos los corazones que lo reciben. El corazón de quien está lleno de sí mismo y de sus obras es como un odre viejo incapaz de acoger la novedad del Reino. Y la tela nueva de la que habla Jesús es el manto tejido con los hilos del amor que no tiene nada que ver con la pieza vieja y desgastada del propio egocentrismo.

Los discípulos han comprendido que la salvación no está en gloriarse de las propias obras, aunque sean buenas como el ayuno, sino en amar a Jesús por encima de cualquier cosa, como la esposa ama a su esposo.


[1] V. Paglia, Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 63-64.