Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Evangelio del Día

Compasión

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panes y pescados multiplicación Tiempo Ordinario

Sábado de la V semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (8, 1-10)

En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos”. Sus discípulos le respondieron: “¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?” El les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?” Ellos le contestaron: “Siete”.

Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.

Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Segunda multiplicación de los panes

El evangelista Marcos, como Mateo, relata una segunda multiplicación de los panes. A diferencia de la primera, esta tiene lugar en territorio pagano, y el lenguaje que utiliza el evangelista evidencia esta particularidad. También aquí una gran muchedumbre se reúne en tomo a Jesús, y es conmovedora la atención con la que estas personas, a pesar de no pertenecer a la religión judía, escuchan su predicación.

Jesús mismo, conmovido por su escucha atenta, toma la iniciativa para que aquellas personas no regresen a casa sin comer, dado que se había hecho tarde. La «compasión» mueve a Jesús a ocuparse incluso de este detalle de la gente que le escucha. La compasión es un término elegido a propósito por los evangelistas para describir la actitud de Jesús hacia las multitudes abandonadas, los enfermos sin curar, los pobres excluidos.

El término indica el amor entrañable de Jesús, el mismo sentimiento que movió al Buen Samaritano hacia aquel hombre medio muerto abandonado al borde del camino. Jesús comunica a sus discípulos su preocupación por aquella multitud. Pero se enfrenta nuevamente a su mezquindad. Los discípulos hacen caso de su «sensatez», y le responden que no es posible alimentar a tanta gente en un desierto. Jesús ya les había dicho: «Todo es posible para quien cree» y parecen no recordar el milagro de la multiplicación anterior.

Jesús toma de nuevo la iniciativa y les pregunta: «¿Cuántos panes tienen?»; «Siete», le responden, como desafiándole. Hace que se los traigan, los toma en sus manos y se los da a los discípulos para que los distribuyan. Jesús les hace participar en el milagro; de hecho los panes se multiplican justo mientras los discípulos los distribuyen. Jesús necesita de los discípulos, de nosotros, para que continúe repitiéndose el milagro de la multiplicación de un alimento que alcance para todos.

El hecho de que ocurra una segunda vez en territorio pagano indica que el pan debe ser multiplicado en todo tiempo y en todo lugar. Por todas partes hay necesidad de pan, de amor, de ayuda, de sostén; los discípulos están llamados a llevarlo, multiplicarlo y distribuirlo, siempre. Cada uno dará lo que tenga, aunque sea poco; lo importante es no guardarlo todo para uno mismo, pues de otro modo no sucederá nunca ningún milagro. (Paglia, p. 93-94)

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 93-94.

Oir y hablar

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sordo y tartamudoTiempo Ordinario

Viernes de la V semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (7, 31-37)

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos.

El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Ábrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa comunicando el Evangelio en territorio pagano, por donde su paso sigue creando ese clima nuevo de esperanza experimentado sobre todo por los enfermos y los pobres, igual que ocurría en Galilea. Algunos paganos, a los que había llegado la fama del joven profeta, le presentan a un hombre sordomudo. Jesús lo lleva consigo a un lugar aparte, lejos de la multitud.

El Evangelio continúa subrayando que la curación, del cuerpo o del alma, ocurre siempre a través de una relación directa y personal con Jesús; es necesario mirarle a los ojos, escuchar su palabra, aunque sea sólo una; como lo pidió el centurión que dijo a Jesús: «basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano».

También en este caso, después de haberlo tocado con sus manos, como para subrayar hasta qué punto es concreta la relación, y tras dirigir al cielo su oración, dice tan sólo una palabra a ese sordomudo: «¡Ábrete!». Y él se cura de su aislamiento: comienza a escuchar y a hablar.

«Ábrete» nos dice Jesús también a nosotros, que tan a menudo estamos sordos y mudos: sordos a la Palabra del Señor y al grito de los pobres, y por tanto también mudos en la oración y en las respuestas a dar a los que nos piden ayuda y apoyo. Tenemos necesidad de escuchar y de rezar para poder cumplir la misión evangelizadora que el Señor nos confía.

El estupor de la multitud ante el amor de Jesús que cura, es inmediato y contagioso. Jesús querría que callasen, pero ¿cómo es posible quedarse mudo ante el Evangelio que salva? Si abrimos los oídos al Evangelio, y si vemos con los ojos las maravillas que realiza, también nosotros diremos como aquella multitud: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 92-93.

Mas allá de las fronteras

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sirofenicia

Tiempo Ordinario

Jueves de la V semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (7, 24-30)

En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: “Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. La mujer le replicó: “Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”.

Entonces Jesús le contestó: “Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija”. Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Terminada la polémica de Jesús con los fariseos sobre la pureza y los ritos de purificación, el texto de Marcos nos propone el episodio de la mujer sirofenicia. Jesús vuelve de nuevo a tierra pagana y allí permanece por un tiempo para cumplir con una auténtica y verdadera misión de evangelización.

El evangelista Marcos parece subrayar en los capítulos 7 y 8 la determinación de Jesús de ir más allá de las fronteras del pueblo judío. Saliéndose de los confines de Israel Jesús quiere mostrar de forma directa que el Evangelio no está reservado sólo para algunos pueblos o grupos, o únicamente a determinadas personas. No hay nadie en el mundo que sea ajeno al Evangelio, nadie que no pueda -es más, que no deba- ser tocado por la misericordia del Señor.

El ejemplo de la mujer sirofenicia, tal como lo cuenta el evangelista, parece «obligar» a Jesús a ensanchar los límites de su misión. En este caso es la oración de esta mujer la que doblega el corazón de Jesús: ella insiste en pedir la curación de su hija enferma. Es un ejemplo para todos los creyentes: así se reza. Por otra parte es el mismo Jesús el que ha insistido en más ocasiones sobre la perseverancia en la oración: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre» (Le 11, 9-10).

La insistencia de esta pobre mujer nos ayuda a comprender la misericordia y la bondad de Dios: el Señor no sabe resistirse a la oración sincera de sus hijos, ni siquiera de aquellos considerados lejanos de la fe de su pueblo. Esta mujer perseveró en la oración y Jesús la escuchó, yendo mucho más allá de sus peticiones: no le dio sólo las migajas, sino la plenitud de la vida para la hija. Verdaderamente el corazón del Señor es grande y rico en misericordia; a nosotros se nos pide sólo dirigirnos a Él con fe. Dice Jesús al final de la parábola sobre la eficacia de la oración: «Si, pues, ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 13).

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 91-92.