Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

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Señor, déjala todavía este año…

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala.¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de hablar con la gente y alguien le habla de una matanza ordenada por Pilato contra algunos galileos que tal vez habían promovido una insurrección. Este episodio le proporciona la oportunidad de decir que el mal o las desgracias que nos pasan no son consecuencia directa de nuestras culpas. Jesús afirma que sería erróneo pensar que aquellos galileos asesinados en aquella matanza eran más culpables que los que se salvaron.

Y para explicar este pensamiento suyo, añade otro episodio que se parece más a un desastre natural: los muertos por la caída de la torre de Siloé. No es Dios, quien envía el mal o quien permite los desastres y las masacres, aunque pudiera ser por motivos pedagógicos. El Padre que Jesús vino a revelamos no actúa así. Al contrario, el Padre que está en el cielo debe luchar contra el mal desde el inicio, desde que la horrible violencia del príncipe del mal aparece en la historia de los hombres.

El Señor pide a todos los hombres, y a los discípulos del Evangelio en particular, que participen en esta dura batalla contra la maldad y contra el príncipe del mal que no deja de empujar la creación hacia su destrucción. De ahí el llamamiento a la conversión, es decir, a adherirse al Evangelio con todo el corazón y con todas las fuerzas, para estar junto a Jesús, que vino al mundo para derrotar el mal y llevar la liberación y la salvación a todos, también a la misma creación.

La pequeña parábola que añade Jesús, demuestra el valor de la intercesión. Muchas veces nos encontramos con situaciones que parecen difíciles de cambiar o que a pesar de todos nuestros esfuerzos siguen más o menos igual. Se parecen a aquella higuera de la que habla el Evangelio y que no da fruto. El propietario de la higuera, durante tres años, intenta recoger sus frutos, pero nunca los encuentra. Al final termina la paciencia y le pide al viñador que la corte para que no ocupe terreno inútilmente. El viñador, que estando junto a aquel árbol ha aprendido también a amarlo, ruega al señor que le deje cavar el terreno y echar abono; está seguro de que la higuera dará fruto.

Jesús nos exhorta a tener paciencia, es decir, a permanecer junto a aquella higuera, a rodearla de premura para que, en su debido momento, dé fruto. Tenemos que aprender de Dios a tener su paciencia que sabe tener esperanza en todos, que no apaga la mecha humeante, que acompaña y cura a quien es débil para que recupere fuerzas y también él pueda dar amor.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.

¿Por qué, pues, no juzgan por ustedes mismos lo que les conviene hacer ahora?

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Tiempo Ordinario

Viernes de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 54-59)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Cuando ustedes ven que una nube se va levantando por el poniente, enseguida dicen que va a llover, y en efecto, llueve. Cuando el viento sopla del sur, dicen que hará calor, y así sucede. ¡Hipócritas! Si saben interpretar el aspecto que tienen el cielo y la tierra, ¿por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente? ¿Por qué, pues, no juzgan por ustedes mismos lo que les conviene hacer ahora? Cuando vayas con tu adversario a presentarte ante la autoridad, haz todo lo posible por llegar a un acuerdo con él en el camino, para que no te lleve ante el juez, el juez te entregue a la policía, y la policía te meta en la cárcel. Yo te aseguro que no saldrás de ahí hasta que pagues el último centavo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

A quien le pedía un signo para creer en sus palabras, Jesús le contestaba que él era el único signo en el que se manifestaba plena y claramente el amor de Dios. ¿Por qué muchas veces no vemos los «signos del Señor» aunque los tenemos ante nuestros ojos? La respuesta es sencilla: porque estamos tan concentrados en nosotros mismos y en nuestras cosas que no somos capaces de ver nada más.

En cambio, dice Jesús, somos muy hábiles cuando se trata de saber si hará frío o calor. En estos casos levantamos la mirada para ver las nubes, o bien salimos de casa para sentir el viento. Jesús nos advierte a los discípulos que deberíamos levantar nuestros ojos para comprender el tiempo de la salvación.

El primer gran signo es el Evangelio: es el siglo de los signos. Escuchar esta palabra y ponerla en práctica es la primera obra del creyente. Luego hay otros signos: los sacramentos y en particular la santa Liturgia que nos hace partícipes del misterio de la muerte y de la resurrección del Señor. La Iglesia nos dice que la Santa Misa es el culmen y la fuente de toda la vida espiritual. Por eso deberíamos vivir con más atención los santos misterios en los que hemos sido acogidos.

Hay un signo más, un signo múltiple: son los pobres y todos aquellos que esperan ser liberados de las esclavitudes de este mundo. Desatender su situación significa no comprender el corazón de Dios y de la historia de la salvación. «¿por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente?», dice Jesús en el Evangelio. Es urgente comprender el mundo en el que vivimos y la cultura en la que están sumergidos hoy los pueblos. Los hombres están como sometidos a lo que podríamos llamar la «dictadura del materialismo». Es una esclavitud que se ha transformado en una especie de cultura que hace que este mundo nuestro sea aún más inhumano y violento.

Un juicio objetivo, una verdadera inteligencia de la historia, abierta a la esperanza, es consecuencia de leer las Escrituras y escuchar la Palabra de Dios habitualmente. El ejemplo que da Jesús de llegar a un acuerdo con el adversario antes de llegar a juicio -porque entonces será demasiado tarde- sugiere que si modelamos nuestra vida según el Evangelio nos podremos salvar.

La Palabra de Dios nos ayuda a descubrir los signos de la presencia de Dios, a ver la necesidad que tiene esta nuestra generación del Evangelio del amor y a contestar con aquella pasión que el Señor pide a sus discípulos, que ya son partícipes de su sueño sobre el mundo.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 394-395.

Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega!

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 49-53)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo ¡y cómo me angustio mientras llega! ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división. De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.

Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. Palabra del Señor.

Audio

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, mientras exhorta a los discípulos a vigilar, les dice que ha llegado el momento de la decisión. Con él han llegado los últimos tiempos y no se puede aplazar la decisión de seguir el Evangelio. Y para que los discípulos comprendan su preocupación apostólica, utiliza la imagen del fuego que él mismo ha venido a traer al a tierra: « He venido a traer fuego a la tierra y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!». 

El Apocalipsis retomará esta imagen a propósito del ángel que al final de los tiempos arroja fuego sobre la tierra (8, 5). Jesús quiere que los discípulos abandonen las actitudes de pereza, de retraso, de frialdad, de cerrazón, para vivir su misma preocupación, su misma inquietud: él estará inquieto hasta que la llama del amor no prenda en el corazón de los hombres. El discípulo, por tanto, no está llamado a una vida avara y tranquila, cuyo objetivo sea el bienestar personal o de su grupo. 

Impulsado por la urgencia de comunicar el Evangelio, el discípulo debe sumergirse en él y quedar como bautizado («sumergido», precisamente) en él. La adhesión al Evangelio absorbe la vida entera del discípulo, es como si en cierto modo el Evangelio lo poseyera. Por eso para seguir a Jesús hay que distanciarse de la vida antigua, la vida basada en los lazos viejos, incluso los de parentela. 

Los lazos de sangre -que evidentemente son importantes- no constituyen la salvación. Solo el Evangelio es el fuego que salva, que cambia el mundo, empezando por el corazón de cada persona. 

Pablo dirá que Cristo es nuestra paz (Ef 2, 14) y el mismo Señor dijo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz». No hay contradicción en este caso entre la paz y la espada. La paz que trae Jesús no es como la que da el mundo (Jn 14, 27), no es avara tranquilidad o seguridad de nuestras tradiciones. 

Para poder gozar de la paz que viene del Evangelio es necesaria una purificación a través del fuego, una separación entre el mal y el bien, un discernimiento entre la luz que Jesús viene a traer al mundo y las tinieblas del mal. La paz es un don y una conquista, es aceptar el Evangelio y cortar con el egocentrismo.


[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 393-394.