Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la categoría: Evangelio del Día

¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?

0
Jesús y los niños 2 Tiempo Ordinario

Martes de la XIX semana

 Textos

† Del evangelio según san Mateo (18, 1-5. 10. 12-14)

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?” Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: “Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo.

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús se dispone a subir hacia Jerusalén, donde le espera la muerte y la resurrección. El evangelista indica que en aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?». Es una pregunta que denota su lejanía del maestro. Marcos, en un pasaje paralelo, presenta la misma escena: es una situación que continúa repitiéndose también hoy entre los discípulos: ¡cuántas veces olvidamos el Evangelio porque estamos preocupados solo por nosotros mismos.

Jesús tomó a un niño y lo puso «en medio de ellos», en el centro de la escena, y dirigiéndose a los discípulos, dijo: «Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos ». Con estas palabras empieza el cuarto largo discurso de Jesús a los discípulos, que es una espléndida reflexión sobre la vida de la comunidad cristiana.

El inicio ya es paradójico: el discípulo no es como un adulto, un hombre maduro, como habríamos pensado nosotros, sino un niño, un pequeño que necesita ayuda y apoyo, un hijo. El discípulo es un hijo, y debe serlo siempre, es decir, alguien que necesita ayuda, protección y compañía. Solo quien es hijo puede ser al mismo tiempo padre en la comunidad de creyentes.

En el Reino de Dios somos siempre hijos. Jesús nos advierte de que no despreciemos a los discípulos, a los pequeños, pues sus ángeles están siempre ante Dios. Es decir, Dios los protege. Y precisamente en ese mismo sentido va la extraordinaria parábola de la oveja perdida que narra Jesús para enseñar de qué calibre es el amor de Dios por sus hijos. Hace lo imposible para que ninguno de sus pequeños se pierda.

Es esa una dimensión que debería recuperar preponderancia en las comunidades cristianas: el primer puesto debe ocuparlo la preocupación por la salvación de los hermanos y las hermanas. Antes se decía que la primera tarea de los sacerdotes -quizá habría que decirlo de toda la comunidad cristiana- era la «salvación de las almas». Debe volver a ser así, porque esa es la preocupación misma de Dios.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 312-313.

¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?

0
jesus-y-los-recaudadoresTiempo Ordinario

Lunes de la XIX semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (17, 22-27)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús con sus discípulos en Galilea y les dijo: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo van a matar, pero al tercer día va a resucitar”. Al oír esto, los discípulos se llenaron de tristeza.

Cuando llegaron a Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los recaudadores del impuesto para el templo y le dijeron: “¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?” El les respondió: “Sí lo paga”.

Al entrar Pedro en la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: “¿Qué te parece, Simón? ¿A quiénes les cobran impuestos los reyes de la tierra, a los hijos o a los extraños?” Pedro le respondió: “A los extraños”. Entonces Jesús le dijo: “Por lo tanto, los hijos están exentos.

Pero para no darles motivo de escándalo, ve al lago y echa el anzuelo, saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda.

Tómala y paga por mí y por ti”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús, por segunda vez, les dice a los discípulos lo que le espera en Jerusalén: será entregado en manos de los jefes del pueblo, le matarán pero luego resucitará. Y una vez más los discípulos se muestran consternados. Les cuesta aceptar la idea de un Mesías sufriente aunque la profecía contenga también el anuncio de la resurrección.

Es la misma dificultad que nosotros conocemos bien. ¡Cuántas veces escuchamos solo lo que queremos sin dejar que la Palabra que se nos anuncia nos implique!

Cuando entraron en Cafarnaún, algunos recaudadores de impuestos se acercaron a Pedro y le preguntaron si Jesús iba a pagar el tributo establecido para el Templo. No se trata del tributo al César, sino del tributo que todo israelita debía dar al templo para su funcionamiento.

Aunque Jesús es «más grande que el templo», no evita aquella obligación y ordena a Pedro que, de la boca del pez que pescará, coja la moneda que deberá dar en el templo. Jesús no quiere provocar ningún escándalo no pagando. Ha venido para edificar, y no para escandalizar a la gente. Por eso actúa de manera distinta a lo que cabría esperar en él. En esta línea, ante la afirmación de los Corintios que decían: «todo es lícito», el apóstol Pablo contesta: sí, «mas no todo edifica. Que nadie procure su propio interés, sino el de los demás» (1 Cor 10, 23-24).

La primera preocupación de Jesús sigue siendo reunir y custodiar a la gente que el Padre le ha confiado. Y por eso procura alejar todo lo que puede provocar escándalos inútiles. Se trata de una sabiduría que requiere una gran disciplina interior sobre todo por parte de aquellos que tienen responsabilidades pastorales. Hay que eliminar el instinto a actuar impulsivamente y sin reflexionar El Señor nos muestra que la verdadera sabiduría es construir el templo espiritual que es la comunidad cristiana.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 311-312.

Si el grano de trigo… no muere, queda infecundo

0

Lorenzo10 de agosto

San Lorenzo, Diácono y Mártir

Textos

 † Del evangelio según san Juan (12, 24-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy, 10 de agosto, celebramos a San Lorenzo mártir, que murió como testigo de Cristo en Roma en el año 258 d.C. en tiempos del emperador Valeriano; en su testimonio encontramos un ejemplo concreto de la vivencia del evangelio: un hombre libre frente a su sociedad.

Los testigos de su persecución cuentan que cuando las autoridades imperiales lo presionaron para que entregara los supuestos tesoros de la Iglesia que estarían bajo su responsabilidad, san Lorenzo extendió la mano hacia un grupo de pobres y mendigos que estaban cerca y dijo: “He aquí los tesoros de la Iglesia”.

El testimonio de Lorenzo nos motiva y la Palabra de Dios, hoy en el evangelio de Juan, nos ofrece razones para que demos el paso valiente de Jesús al tomar la cruz, esto es, de dar la vida con generosidad y amor.

Las palabras de Jesús nos dan la clave interpretativa del misterio de la pasión en tres frases contundentes. Comienza con una comparación, de allí se extrae la aplicación para la vida y finalmente se indica que todo ello se vive junto con Jesús.

  1. Como el grano de trigo.

Si nosotros somos de los que pensamos que es absurdo perder algo en la vida, nos viene bien la comparación del grano de trigo: “si muere, producirá mucho fruto”. Según esta lógica para ganar hay que perder.

Por cierto, nadie dice que la muerte de la semilla, al plantarla en lo frío y oscuro de la tierra, para que luego brote el árbol, sea un absurdo.

Jesús enseña que la muerte es un paso “necesario” y que de ninguna manera es un absurdo si la miramos no desde el ángulo de la pérdida sino de la ganancia.  Lo que hay que mirar es la vida que brota y que se hace visible en su máximo esplendor.

  1. Entregar la vida para ganar la vida

La paradoja del grano de trigo que para dar vida en el árbol muere a sí misma en cuanto semilla, se constata en la vida de un discípulo de Jesús.

El seguimiento de Jesús exige renuncias para optar por el camino de la vida. Esto se comprende mejor dentro del horizonte indiscutible de todo el evangelio que es la Cruz. El reconocimiento, el aplauso del mundo, las imágenes de felicidad que hoy se ponen a nuestro alcance, tienen su gratificación, “sus ganancias”, pero en realidad dan en nada porque no dan la vida en plenitud. La verdadera realización está en el salir de sí mismo, en no vivir para sí, siguiendo el camino de servicio de Jesús.

  1. Estar con Jesús dónde él está por mí

Todo lo anterior se hace posible en el marco de una relación profunda con Jesús y una relación de “servicio” a él en los hermanos.

Como dice Jesús, esta relación tiene un presupuesto, el “seguimiento”, y tiene una consecuencia, “el Padre lo honrará”, es decir, lo reconocerá como su hijo en la gloria.

En el centro de este versículo aparece la idea central de toda esta experiencia de Jesús: estoy llamado a estar con Jesús allí donde él está por mí, o sea, en la cruz, envueltos en esa única vivencia de amor en la entrega a lo demás para que todos tengan vida. Ahí está el sentido, el valor y la verdadera realización de nuestra vida.

 

 

[1] F. Oñoro, Dar vida con la fuerza de la Cruz, Lectio Divina: Juan 12, 24-26:, CEBIPAL/CELAM