Que el amor de ustedes sea sincero
La enseñanza de san Pablo sobre nuestra unidad como cuerpo tiene dos dimensiones: por una parte, estamos «unidos a Cristo»; por otra, «somos miembros los unos de los otros». Estas dos dimensiones son a la vez distintas e inconfundibles, pero también inseparables, aunque está claro que la segunda deriva de la primera.
Fijémonos en eñ segundo aspecto: somos miembros los unos de los otros. Esta convicción y sentimiento profundo es indispensable para la vida de la Iglesia. Mientras no sintamos que cada vez que se pierde algo en un hermano, o se pierde un hermano, algo de nosotros mismos es mutilado, difícilmente comprenderemos qué significan las palabras básicas del Evangelio: gracia, compasión, redención, vida nueva.
Por otra parte, reconocer que soy parte de mi hermano es reconocer que él tiene algún derecho sobre mí, sobre mis dones y posibilidades, sobre mi tiempo y mis bienes, sobre mis oraciones y preocupaciones. O con otras palabras: no me está «invadiendo» ni «agrediendo» si pide alguna de estas cosas de mí, o incluso, si las necesita aunque no sepa cómo pedirlas.
Y reconocer que mi hermano es parte de mí es saber que me interesa lo que le pase, aunque eventualmente él piense que lo estoy «invadiendo» o «agrediendo» simplemente porque me intereso por sus cosas. En tales circunstancias, el ejercicio del amor fraterno entraña ir más allá de su aprobación o desaprobación; supone ir más allá de lo que él alcanza a ver, no como un ejercicio de poder sino como una obra de la misericordia.
7 noviembre 2023. Textos bíblicos y mensaje del martes de la XXXI semana del tiempo ordinario.
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