Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivo de la etiqueta: Velen

¡Velen! ¡Estén despiertos!

0
I Adviento
Adviento

Domingo de la I Semana

Ciclo A

El texto

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24, 37-44)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos.

Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.

Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.

Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor.

Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa.

También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

La invitación del evangelio del primer domingo de adviento es a estar en vela. Hay que recordar que en el tiempo de Jesús la noche se dividía en tres vigilias y el centinela o guardia que estaba de guardia, vigilaba, es decir, permanecía despierto, atento ante cualquier eventual peligro.

La vigilancia es una manera de posicionarse frente a la vida. Implica discernir lo que estamos viviendo, de reflexionar con lucidez y detectar aquello que nos quita la paz; se logra entrando en dialogo limpio y honesto consigo mismo y con Dios.

El texto evangélico nos dice con insistencia: «Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor» invitándonos con ello a estar atentos para que cuando venga el Hijo del Hombre no nos encuentre dormidos.

Sólo así no nos cogerán de sorpresa los acontecimientos fundamentales en los que se juega el rumbo de nuestra historia personal, tendremos prontitud espiritual para reaccionar y decidir correctamente un proyecto de vida que sí da crecimiento pleno.

Lo contrario de velar no es dormir, sino vivir adormecidos. Dormir es benéfico, lo que hace mal es el insomnio y vivir somnolientos, en estado semiconsciente; el sueño permite reponerse del desgaste de la jornada y descansar; sin embargo, no es algo voluntario, es una necesidad vital, instintiva. Velar supone entonces sobreponerse a la fuerza del instinto para estar atento, con los cinco sentidos y poder responder ante cualquier eventualidad o peligro.

El Señor vendrá

El acontecimiento que no nos debe encontrar adormecidos o somnolientos es el retorno de Cristo. Si, el Señor vendrá, así lo confesamos al decir en el credo que creemos que “… de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin“.  No sabemos cuando será, pero confiamos en su promesa: sabemos que el Señor vendrá porque un día vino en la carne; así lo dijo, y con su muerte y resurrección hizo creíbles todas sus palabras.

Es una venida anunciada

Desde el comienzo del evangelio, Jesús anunció la cercanía del Reino, es decir, la voluntad de Dios de hacer valer en la historia su Señorío, de manera que ni los hombres, ni la voluntad de la naturaleza tendrían la última palabra para determinar el curso de la historia.

El señorío de Dios se realizaría por medio de la venida del Hijo del Hombre con la potencia y la gloria de Dios. Cuando el Reino se revele definitiva y universalmente con todo su poder ante todo el mundo, toda existencia humana se manifestará ante el Hijo del hombre –Jesús en su gloria- con su verdadero sentido y valor. Con la venida definitiva de Jesús toda persona saldrá a la luz en su más íntima esencia.

Puesto que la historia de la humanidad está profundamente conectada a la venida del Señor, cada uno debería conducir su proyecto de vida en esa dirección. Ante Jesús tendremos que responder por todo lo que buscamos, trabajamos y logramos. En este sentido, toda nuestra vida debe prepararse para ese momento.

Es un regreso que pide estar preparados

Sin embargo, nadie conoce el día ni la hora, por eso hemos de velar y estar preparados. Es inútil ponerse a calcular cuándo acontecerá el regreso del Señor, lo que importa es estar preparados en todo momento, evitando cualquier comportamiento irresponsable. No es responsable vivir al impulso de los instintos, sin ningún proyecto de vida. En el evangelio, el Señor nos presenta tres comparaciones que nos ayudan a entenderlo mejor.

Llevar una vida distraída. Leemos: «Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre.». La enseñanza salta a la vista. No es razonable vivir de manera distraída, despreocupada.

La escena descrita en tiempos de Noé nos presenta gente absorbida por la vida terrena: comer, beber, casarse. Dejarse llevar tranquilamente por el ciclo biológico de la vida, atentos a lo inmediato, sin pensar en nada más allá, centrados en gozar la vida. En aquel entonces, el diluvio estaba anunciado, no pasaba nada, parecía algo lejano e irreal, por ello quienes vivieron en aquella época prefirieron concentrar su vida en lo que consideraban más concreto y práctico.

De la misma manera, la venida del Señor solamente ha sido anunciada. El hecho de que no suceda nada, puede llevar a pensar que tenemos mucho tiempo y a descuidarse en la atención a su venida, poniendo atención en asuntos más inmediatos; sin embargo, Jesús insiste que su venida sea imprevista y sorprendente.

Vivir embotados por la rutina y engañados por las apariencias. Leemos: «Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.» No hay que quedarse en la apariencia externa de las situaciones terrenas. Jesús parte de escenas de la vida diaria de mundo agrícola: los varones siembran y cosechan, las mujeres muelen el trigo. Todos trabajan absortos en las rutinas de la vida.

Las situaciones semejantes que todos vivimos, hasta cierto punto rutinarias: trabajo, fatiga, sufrimientos, alegrías, vida y muerte, pueden llevarnos a la ilusión de que la obediencia o la desobediencia, la rectitud o la injusticia, no tienen ninguna importancia; que es indiferente la forma en que se vive, al fin y al cabo, todos terminaremos igual.

El evangelio dice que con la venida del Señor habrá una separación radical: uno será tomado, otro será dejado; es decir, quienes esté preparados serán recibidos en la comunión con Dios y los otros serán excluidos.

La llegada imprevista. Leemos: «Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa.» Cada persona tiene que autorregularse y conducir su vida con base en la vigilancia.

Si conociéramos el día y la hora de la venida del Señor, dejaríamos para el último momento la preparación, pero el Señor viene y llegará como hace un ladrón nocturno, en forma inesperada, de manera sorpresiva, impredecible. Por eso, hay que estar preparado en todo momento. No podemos dejar de estar alerta. Hay que vivir responsablemente según la voluntad del señor, de manera que podamos encontrarlo, en cualquier momento, con la frente en alto.

Es un regreso deseado

La enseñanza de Jesús no es para asustarnos u obligarnos a una conversión movidos por el miedo. Lo que quiere es abrirnos los ojos. La venida del Señor no es para paralizarnos de miedo, sino para movilizarnos en la preparación. El miedo por la venida es cuando las cuentas de nuestra vida no están saldadas; cuando esto sucede, hay que prepararse, sólo así la vida tendrá sosiego, tendremos fortaleza interior y podremos soñar y construir los sueños de Dios.

El Señor viene a darle plenitud a nuestra vida, a elevarla a un plano superior compartiéndonos la suya, como lo ha hecho desde el momento de la encarnación. La vigilancia que nos pide el evangelio no se refiere sólo al encuentro final con Dios, en el fin del mundo o en el fin de nuestra existencia. Cada día Dios esta viniendo a nuestro encuentro y no podemos dejarlo pasar de largo. Viene en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad, nos sale al encuentro escondido en las personas más necesitadas y en diversas formar en las que nos colma con su gracia.

Conclusión.

La venida del Señor no debe atemorizarnos, Él viene como reconciliador, como dador de paz; viene para enseñarnos los caminos de Dios, para darnos a conocer su voluntad de salvación en el amor y en la justicia. Por eso en cada Eucaristía lo aclamamos diciendo ¡Ven Señor Jesús! indicando con ello que Él es nuestra esperanza.

Quien no sabe esperar se desespera y la desesperación hace perder el sentido de la vida; cuando esto sucede se vive como en automático, como ‘nadando de muertito’, arrastrado por las circunstancias, movido por los instintos, sin la luz de la inteligencia, sin la calidez de los afectos y sin la fortaleza de la voluntad. Quien vive instintivamente vive sólo para sí, manipula a los demás, los utiliza y los desecha; vive encerrado en si mismo, incapaz de descubrir en el otro a un hermano, de reconocer su dignidad, de respetarle, de servirle, de amarle y de perdonarle.

Por eso este domingo comenzamos a prepararnos a la Navidad fijando la mirada en el horizonte, recordando la promesa del Señor y renovando nuestra confianza en su cumplimento. La Palabra de Dios, si bien utiliza el lenguaje apocalíptico que hoy nos resulta un tanto extraño, lejos de querer provocar temor en nuestro interior nos invita a vivir en la esperanza y a sostenernos en ella mediante la oración, la escucha de la Palabra y la práctica de la caridad, para ser capaces de reconocer al Señor a su regreso y para que cuando Él venga nos encuentre vigilantes y nos haga partícipes de su Reino.

¿Cómo ilumina la Palabra de este Domingo nuestra vida? Es urgente despertar de la modorra espiritual. No podemos vivir inmersos en la preocupación egoísta de buscar sólo la satisfacción de nuestros deseos y necesidades.

El Señor vendrá de nuevo para llevar a plenitud todo cuanto existe, también a nosotros y debemos caminar en esa dirección, comprometiéndonos, en lo que nos toca, para que cada una de las dimensiones de nuestra existencia alcancen la plenitud: cuidando la salud de nuestro cuerpo, cultivando nuestra espiritualidad, aguzando nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad, estableciendo relaciones humanas saludables, fortaleciendo nuestra capacidad de amar, purificando nuestros afectos y encauzando toda nuestra energía vital en el cuidado de la vida, la propia y la de los demás, conformando comunidades fraternas y relaciones sociales justas.

No vivamos distraídos, preocupados sólo de lo más básico e inmediato; ni nos escondamos en el pretexto de que de nada sirve llevar una vida buena si al final todos vamos a donde mismo; hoy escuchamos que «de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada» y esto significa que quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y quienes no, ellos mismos se habrán excluido de la vida plena. ¡Ven Señor Jesús!

 

 

[1] Cf. F. Oñoro, Adviento: este es el tiempo de la Esperanza. Un discípulo siempre está en “vigilia”. Mateo 24, 37-44. CEBIPAL/CELAM.

Velen. Estén despiertos ¡El Señor viene!

0

Domingo I de Adviento. Ciclo A

1 Adviento A

Textos:
Isaías 2, 1-5
Salmo 121
Romanos 13, 11-14
Mateo 24, 37-44

1advALa invitación del evangelio del primer domingo de adviento es a estar en vela. Hay que recordar que en el tiempo de Jesús la noche se dividía en tres vigilias y el centinela o guardia que estaba de guardia, vigilaba, es decir, permanecía despierto, atento ante cualquier eventual peligro.

El texto evangélico nos dice con insistencia: «Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor» invitándonos con ello a estar atentos para que cuando venga el Hijo del Hombre no nos encuentre dormidos.

Lo contrario a velar es dormir. El sueño es benéfico, permite reponerse del desgaste de la jornada y descansar, pero no es algo voluntario, es una necesidad vital, instintiva. Velar supone entonces sobreponerse a la fuerza del instinto para estar atento, con los cinco sentidos y poder responder ante cualquier eventualidad o peligro.

El Señor vendrá, así lo confesamos al decir en el credo que creemos que “… de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.  No sabemos cuando será, pero confiamos en su promesa: sabemos que el Señor vendrá porque un día vino en la carne, así lo dijo y con su muerte y resurrección hizo creíbles todas sus palabras.

La venida del Señor no debe atemorizarnos, Él viene como reconciliador, como dador de paz; viene para enseñarnos los caminos de Dios, para darnos a conocer su voluntad de salvación en el amor y en la justicia. Por eso en cada Eucaristía lo aclamamos diciendo ¡Ven Señor Jesús! indicando con ello que Él es nuestra esperanza.

Quien no sabe esperar se desespera y la desesperación hace perder el sentido de la vida; cuando esto sucede se vive como en automático, como ‘nadando de muertito’, arrastrado por las circunstancias, movido por los instintos, sin la luz de la inteligencia, sin la calidez de los afectos y sin la fortaleza de la voluntad. Quien vive instintivamente vive sólo para sí, manipula a los demás, los utiliza y los desecha; vive encerrado en si mismo, incapaz de descubrir en el otro a un hermano, de reconocer su dignidad, de respetarle, de servirle, de amarle y de perdonarle.

Por eso este domingo comenzamos a prepararnos a la Navidad fijando la mirada en el horizonte, recordando la promesa del Señor y renovando nuestra confianza en su cumplimento. La Palabra de Dios, si bien utiliza el lenguaje apocalíptico que hoy nos resulta un tanto extraño, lejos de querer provocar temor en nuestro interior nos invita a vivir en la esperanza y a sostenernos en ella mediante la oración, la escucha de la Palabra y la práctica de la caridad, para ser capaces de reconocer al Señor a su regreso y para que cuando Él venga nos encuentre vigilantes y nos haga partícipes de su Reino.

¿Cómo ilumina la Palabra de este Domingo nuestra vida? Es urgente despertar de la modorra espiritual. No podemos vivir inmersos en la preocupación egoísta de buscar sólo la satisfacción de nuestros deseos y necesidades.

El Señor vendrá de nuevo para llevar a plenitud todo cuanto existe, también a nosotros y debemos caminar en esa dirección, comprometiéndonos, en lo que nos toca, para que cada una de las dimensiones de nuestra existencia alcancen la plenitud: cuidando la salud de nuestro cuerpo, cultivando nuestra espiritualidad, aguzando nuestra inteligencia en la búsqueda de la verdad, estableciendo relaciones humanas saludables, fortaleciendo nuestra capacidad de amar, purificando nuestros afectos y encauzando toda nuestra energía vital en el cuidado de la vida, la propia y la de los demás, conformando comunidades fraternas y relaciones sociales justas.

No vivamos distraídos, preocupados sólo de lo más básico e inmediato; ni nos escondamos en el pretexto de que de nada sirve llevar una vida buena si al final todos vamos a donde mismo; hoy escuchamos que «de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada» y esto significa que quienes estén preparados serán recibidos en la comunión con Dios y quienes no, ellos mismos se habrán excluido de la vida plena. ¡Ven Señor Jesús!

adv